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jueves, 5 de junio de 2014

Al-Mutamín (o Al-Mutamán), el matemático que fue rey

En nuestros días, sofocados por la zozobra en la que nos han sumido, los términos “gobernante” y “sabio” parecen pertenecer a universos opuestos, antitéticos. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Hubo otras épocas en que personas inteligentes, versadas con gran aprovechamiento en diferentes ciencias, se ocuparon también de tareas políticas y orientaron su capacidad y tiempo al servicio de la comunidad.

Uno de esos singulares prohombres se llamó Abú Amir Yúsuf ben Ahmed ibn Hud, aunque los cronistas se refieren a él por el sobrenombre que adoptó: Al-Mutamín (o Al-Mutamán), “el que confía en Dios”. Reinó en la taifa de Saraqusta (Zaragoza), ciudad en la que había nacido hacia el año 1040 (el 431 del calendario musulmán), y, tras recientes investigaciones, hay quien ha llegado a la conclusión de que, pese a morir bastante joven, se trata del matemático más brillante en la historia de la península Ibérica y, posiblemente, el más sobresaliente de toda la Europa medieval. Hasta tal punto ha asombrado la magnitud de sus logros que algunos especialistas han planteado la posibilidad de cambiar los nombres de varios teoremas clásicos de la Matemática, pues Al-Mutamín los expuso siglos antes de que fueran “descubiertos” y divulgados en Occidente.

Al contrario de lo que mucha gente cree, el Islam no sólo floreció en el sur peninsular. Hubo otras zonas de lo que hoy es España donde la cultura musulmana alcanzó un espectacular desarrollo. Una de ellas fue el valle del Ebro, espina dorsal de la llamada Marca Superior, un territorio de frontera cuya cabeza visible era Zaragoza. Tales fueron su arraigo en la zona y su poderío que, por ejemplo, en su avance hacia el Sur los cristianos ocuparon antes Toledo (1085), ya en La Mancha, que Huesca (1096), a las puertas del los Pirineos.

Después de una tumultuosa relación plagada de constantes pugnas entre la autoridad central y los poderes islámicos locales, estos últimos aprovecharon la fitna o guerra civil que despedazaría el hasta entonces próspero califato de Córdoba para constituir, a comienzos del siglo XI, un reino o taifa independiente. Dos linajes árabes con origen en el Yemen, los Tuyibíes y los Hudíes, se sucedieron en el trono y Saraqusta conoció con ellos un periodo de prodigioso esplendor.

El padre de Al-Mutamín y segundo miembro de la dinastía hudí, Abú Yafar Ahmed ben Sulaymán, extendió el dominio saraqustí hasta el mar al ocupar Tarragona, Tortosa y Denia. Y Zaragoza contó con un puerto muy activo, al igual que en época romana. El Ebro, navegable, se convirtió en aventajado camino para el tránsito de mercancías, gentes e ideas hacia el Mediterráneo, en especial las costas de Siria y Egipto, en viajes de ida y vuelta.


En 1064, dicho rey recuperó Barbastro, que había sido sometido un año antes por la primera cruzada de la historia, animada por el papa Alejandro II (una especie de ensayo de las que unas décadas más tarde asolaron Tierra Santa), y se ganó a pulso el sobrenombre de Al-Muqtadir Billáh, “el victorioso con la ayuda de Dios”. En las afueras de Zaragoza mandó levantar una residencia de ensueño, como sacada de un cuento de Las mil y una noches, la Aljafería, a la que el propio monarca calificó en un poema como el “palacio de la alegría” (qasr al-surur). Y en ella reunió una Corte de ilustrados, musulmanes y judíos, instruidos en múltiples saberes. Literatos, filósofos y científicos de todo Al-Ándalus, que huían de la contienda fratricida, buscaron refugio a orillas del Ebro y aquí se sumaron a los eruditos autóctonos, que ya despuntaban.

En este ambiente creció Al-Mutamín, rodeado de señeros hombres de ciencia. Su interés se centró en los matemáticos y los astrónomos. Los primeros estaban ligados a figuras como Abú Abd Allah Assaraqustí o el cordobés Al-Karmani, difusor del neoplatonismo a través de la llamada Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza. Entre los segundos descollaba Ahmad ben Muhammad Al-Naqqash, quien fabricó un astrolabio que custodia con especial celo el museo Nacional Germánico de Núremberg.

Aun cuando el dilatado reinado paterno, que se extendió entre 1046 y 1081, le permitió dedicar parte de su tiempo al estudio, Al-Mutamín no abandonó sus obligaciones cortesanas. De esta forma, al fallecer su progenitor, estuvo en disposición de gobernar con destreza un reino ya debilitado e inmerso en una espinosa encrucijada, puesto que todas sus fronteras se veían amenazadas por temibles antagonistas, no solo cristianos sino también musulmanes. Castilla aguardaba expectante la oportunidad de poner el pie en territorio saraqustí. Pero las mayores amenazas provenían del Norte y del Este, donde el joven reino de Aragón y los condados catalanes se expandían con gran pujanza, y donde su hermano menor Al-Mundir, asentado en Lérida, le negó el vasallaje y se alzó en rebeldía.

Para contrarrestar el poder de sus enemigos, Al-Mutamín contó durante su gobierno, desde el primer al último día, con la inestimable ayuda de un aliado a sueldo, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. El célebre cantar de gesta que relata sus hazañas, compuesto más de un siglo después de los hechos históricos, silencia su servicio a las órdenes del monarca saraqustí y ahorma la realidad a necesidades propagandísticas y literarias. En sus versos, a golpe de espada, cercenando cabezas y miembros de “moros” a diestro y siniestro hasta que le va por el codo abajo mucha sangre chorreando, el caballero castellano se abre paso por los dominios zaragozanos (todas las tierras aquellas mucho que las saqueaba / y ya también Zaragoza la tiene sujeta a parias), que el poema épico hace depender equivocadamente del rey de Valencia.


Pero la realidad fue otra, muy distinta a la cantada por los juglares. El Cid, al frente de su hueste mercenaria en el exilio, se convirtió en el brazo armado de la política de Al-Mutamín. Se mantuvo siempre fiel al zaragozano, con quien formó un tándem cabal. Y en su nombre batalló sin descanso y derrotó en varias ocasiones, pese a una clara inferioridad numérica, a los ejércitos coaligados de Al-Mundir, el rey de Aragón Sancho Ramírez y el conde barcelonés Ramón Berenguer II (a este último le arrebataría Colada, una de las dos espadas, junto a Tizona, que la tradición le atribuye). Para los habitantes de la taifa era un héroe admirado y sólo el repentino fallecimiento del monarca musulmán en otoño de 1085, unas semanas después de que todo Al-Ándalus llorara sobrecogido la conquista cristiana de Toledo, pondría fin a la alianza.

La herencia política de Al-Mutamín no le sobrevivió mucho tiempo. Su hijo y sucesor, Al-Mustaín (“el que implora la ayuda de Dios”), pudo mantener la independencia del reino ante los nuevos paladines del Islam occidental, los almorávides. Pero no fue capaz de detener el imparable avance de los aragoneses y encontró la muerte en combate, en 1110, a manos de las tropas de Alfonso I el Batallador.

No sucedió lo mismo, por suerte, con el legado intelectual de Al-Mutamín. Aunque también cultivó la Filosofía, el saraqustí se volcó en la redacción de un compendio enciclopédico de la Matemática más avanzada de su época, el Libro de la perfección (Kitab al-Istikmal).

En ese tratado, el más extenso escrito hasta entonces, se recogen, glosadas en profundidad, lo que los musulmanes llamaban “ciencias de los antiguos”. Es decir, los escritos científicos de la Grecia clásica (Euclides, Arquímedes, Teodosio de Bitinia, Menelao de Alejandría, Apolonio de Pérgamo, etc.), reunidos y conservados en Bagdad por orden de los califas abasíes desde mediados del siglo VIII. A esos textos se añaden descubrimientos destacados de las primeras generaciones de matemáticos musulmanes. En particular, de Thabit ibn Qurrá e Ibn Al-Haytham (el Alhacén de los cristianos). No hay que olvidar que la erudición islámica desarrolló enormemente la aritmética decimal, las fracciones y la trigonometría plana y esférica, así como la resolución de ecuaciones. De ella proceden los números que usamos en la actualidad (números “arábigos”), junto a términos tan comunes hoy en día como algoritmo o álgebra.

En el Libro de la perfección se diseccionan infinidad de postulados de Aritmética (teoría de los números, números amigos, números irracionales, razones y proporciones...) y Geometría (geometría plana, geometría de la esfera y otros cuerpos sólidos, secciones cónicas...), así como sus aplicaciones en ciencias como la Óptica y la Astronomía.

Sin embargo, no se trata tan solo de una recopilación y unos comentarios de teorías ajenas. Su presentación es novedosa e inédita, al estructurar el contenido de acuerdo a las categorías de la Lógica de Aristóteles y dividirlo en géneros y especies. A su vez, incluye aportaciones originales de gran mérito. Una de ellas es la resolución, nunca antes hecha, del denominado teorema de Ceva, una proposición geométrica que no pudo ser demostrada en Europa hasta ¡seis siglos después!, cuando en 1678 lo consiguiera el milanés Giovanni Ceva.

Como se ve, la influencia de los escritos de Al-Mutamín no llegó a alcanzar la Europa cristiana, a pesar de que su biblioteca personal fue salvada y trasladada a Rueda de Jalón, refugio de los últimos Hudíes, antes de que el Batallador tomara Zaragoza. Unos años más tarde, cuando Rueda pasó a depender de la diócesis de Tarazona, traductores al servicio del obispo Miguel de Toulouse, en particular Hugo de Santalla (“Escuela de Traductores de Tarazona”), trabajaron en los manuscritos allí guardados. Pero no existe ninguna referencia a la obra del rey matemático.

Por el contrario, sí que circuló por el mundo musulmán. Uno de los primeros estudios científicos de Maimónides fue una revisión exhaustiva del Libro de la perfección, cuyo contenido dieron a conocer en el Egipto fatimí los discípulos del pensador judío nacido en Córdoba. Y desde allí se difundió a otras zonas de dominio islámico, pues se ha documentado su presencia en Bagdad en el siglo XIV.

Su rastro, sin embargo, se perdió en el tiempo y hasta hace escasas fechas el texto de Al-Mutamín era desconocido. Fragmentos anónimos de un manual matemático, que hoy se sabe que pertenecen al Libro de la perfección, fueron catalogados en bibliotecas de Leiden, Copenhague y El Cairo. Pero hasta 1985 no se produjo su resurrección, cuando fue hallada una copia en la biblioteca L’Askeri Müze de Estambul procedente de la colección de obras científicas del cultivado sultán otomano Mehmed II (1432-1481), el mismo que con la conquista de Constantinopla puso irreversible fin al milenario Imperio Romano de Oriente. Esa resurrección fue definitiva tras ser encontrada, poco después, una segunda copia en la capital egipcia.


Dos profesores universitarios, el holandés Jan Hogendijk y el argelino Ahmed Djebbar, han dedicado desde entonces muchas horas de estudio a los trabajos matemáticos de Al-Mutamín. Y este último advirtió, además, que una obra de Ibn Sartaq (siglo XIV), que se conserva en dos códices en El Cairo y Damasco, es en realidad una versión del Istikmal que permite completar las partes que faltan en otros repertorios.

De la importancia de los hallazgos de este rey sabio habla el hecho de que Al-Mutamín se convirtiera en el tema estrella del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia, certamen auspiciado por la UNESCO cada cuatro años y celebrado en Zaragoza en 1993 (cuando aún no había que ahorrar también en sabiduría), al que acudieron más de 1.300 científicos de todo el mundo, entre ellos varios premios Nobel. En él, los conocimientos acopiados por el zaragozano asombraron a todos los presentes y, aunque hoy arrinconado, quedó certificado que se trata de uno de los matemáticos más sorprendentes y magistrales de la historia.


Para saber más:
-Andú, Fernando: El esplendor de la poesía en la taifa de Zaragoza, Zaragoza, Mira, 2007.
-Al-Gazzar, Abu Bakr: Diwan. Abu Bakr al-Gazzar, el poeta de la Aljafería, Zaragoza, Prensas Universitarias (Col. Larumbe), 2005.
-Cervera, M ª José: El reino de Saraqusta, Zaragoza, CAI, 1999.
-Corral, José Luis: El salón dorado (novela), Madrid, Edhasa, 1996.
Historia de Zaragoza. Zaragoza musulmana (714-1118), Zaragoza, Ayuntamiento y CAI, 1998.
— El Cid (novela), Barcelona, Edhasa, 2000.
-Turk, Afif: El reino de Zaragoza en el siglo XI de Cristo (V de la Hégira), Madrid, Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 1978.
-Viguera, Mª Jesús: El islam en Aragón, Zaragoza, CAI (Col. Mariano de Pano y Ruata), 1995.

domingo, 9 de marzo de 2014

Jerónimo Soriano, un pediatra moderno del siglo XVI

En nuestros días, nos es imposible imaginar lo frágil que ha sido la vida humana desde que el homo sapiens comenzara a poblar la Tierra hasta hace tan solo unos años, cuando fue descubierta la penicilina y, al finalizar la II Guerra Mundial, se generalizó el uso de los antibióticos. Un catarro mal curado, una simple rozadura que sangrara y se infectara, la rotura de una muela o cualquier otro problema de salud que en la actualidad únicamente representa una enojosa molestia pasajera no era extraño que desembocara en una segura condena a muerte.

Los más expuestos al peligro eran, como cabe suponer, los más débiles. Y entre éstos, el colectivo con mayor número de afectados, con diferencia, era el de los niños, diezmado por la ausencia de condiciones higiénicas y la deficiente alimentación. Por poner un ejemplo, la tasa de mortalidad infantil (el número de fallecidos antes de cumplir un año de vida, de cada mil nacimientos), que en España era del 3,1‰ en 2012, sólo una centuria antes, en 1901, ascendía hasta el 185,9‰. De cada mil niños que llegaban al mundo en nuestro país, casi doscientos fallecían antes de poder celebrar su primer cumpleaños. Y si eso ocurría en los albores del siglo XX, ¿qué no sucedería en el siglo XVI?

En esa época la Medicina todavía estaba anclada en los escasos tratados grecorromanos que habían logrado franquear el pantanoso filtro de la Edad Media. Textos atribuidos a Hipócrates, Aristóteles, Celso, Dioscórides o Galeno eran lo único que iluminaba a quienes intentaban sanar al prójimo, antes de que Vesalio y la sistemática disección de cadáveres comenzaran a minar muchos de los irrefutables dogmas de la Antigüedad, a pesar de la feroz oposición de la Iglesia. Esas eran las contadas armas, junto con lo aprendido en el ejercicio de su profesión, con las que podían batallar en el día a día los más cualificados médicos.

Uno de los más sorprendentes, admirables y “revolucionarios” de su tiempo se llamó Jerónimo Soriano, y nació y vivió en Teruel. No buscó nunca el beneficio económico ni el reconocimiento académico por la práctica de su trabajo. Su única preocupación fue la de restablecer la salud de los enfermos o, al menos, aliviar sus dolores y mejorar sus condiciones de vida. Sus escritos tuvieron gran repercusión durante décadas tanto en España como en Europa y América. Y la historia de la Pediatría (un término que no se comenzó a utilizar hasta bien entrado el s. XVIII) no sería la misma sin las aportaciones de Soriano, quien se anticipó en varios siglos a diagnósticos y logros de la Medicina contemporánea.

No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento. Es probable que fuera en torno a 1540, pues en el año 1600 asegura llevar “cuarenta años de ejercicio de la facultad médica”. Debió de cursar estudios superiores tanto en Valencia como en Zaragoza, al parecer con la ayuda económica de un protector llamado Gaspar de Pedro. Pero casi toda su vida profesional transcurrió en la capital turolense. Allí se ocupó de los problemas de salud de pacientes adinerados, aunque sin olvidar nunca a los más desfavorecidos, a quienes atendió de forma gratuita y por los que sintió una especial devoción, hasta el punto de llegar a ser conocido entre sus conciudadanos como señor “san Jerónimo”.

En 1595 llevó a la imprenta su Libro de experimentos médicos fáciles y verdaderos, recopilados de gravísimos autores, considerado la más antigua “enciclopedia médica” en castellano, dirigida a un público amplio y no sólo a los especialistas. Aunque la verdad es que por aquel entonces eran pocos los privilegiados que sabían leer y tenían la suficiente capacidad económica como para comprar un ejemplar, la publicación circuló pródigamente, pues fue reeditada hasta en 15 ocasiones, la última en el año 1700.

Con la intención de llegar al mayor número posible de lectores, Soriano eligió el castellano para difundir sus saberes y no el latín, la lengua internacional del momento y la usada habitualmente en la composición de obras científicas. Su fin último era el de instruir a cuantos más mejor en la tarea de prevenir, diagnosticar y tratar.

En cada uno de sus 59 capítulos, explicaba de una forma sencilla y comprensible cómo enfrentarse con remedios caseros a muy diferentes dolencias, desde quemaduras a úlceras pasando por la tiña, la sarna, los dolores menstruales, las molestias del embarazo, los cólicos, las verrugas, las almorranas, el dolor de muelas o de oídos, los piojos, las picaduras de serpientes... e, incluso, la alopecia. Primero presentaba las fórmulas aplicadas por los maestros antiguos, que conocía bien, y, luego, las matizaba o complementaba con recetas propias, producto de su experiencia.

Pero si su labor como divulgador de enseñanzas médicas fue más que notable, su figura se agiganta en el terreno de la asistencia a la infancia. Sus observaciones, sus intuiciones y su actitud le convirtieron en un profesional único, muy diferente al resto de sus coetáneos, al ser de los primeros en darse cuenta de que los chiquillos no son adultos bajitos, sino que padecen enfermedades particulares, propias de su edad. Hasta entonces, una vez que pasaban sus primeros meses de vida y abandonaban la lactancia materna, recibían los mismos cuidados que el resto de la población.

En 1600 Jerónimo Soriano editó en Zaragoza su obra más conocida: Método y orden de curar las enfermedades de los niños, de nuevo en castellano, con un estilo claro e inteligible que limita en lo posible los términos técnicos, además de emplear aragonesismos y sus equivalentes en otras regiones de España para hacerse entender mejor. Su estructura es similar a la de su primera publicación. Está dividida en 39 capítulos, cada uno de ellos dedicado a una enfermedad específica de la infancia, en los que se trasluce su aversión por el intrusismo profesional de sanadores y curanderos, así como por las estériles prácticas de hechicería.

Su enorme cariño hacia sus pequeños pacientes y su entrega vocacional se manifiestan en su pluma, cargada de tiernos diminutivos, suaves recomendaciones y expresiones de afecto.

En su siglo, ya había aparecido algún manual de orientación pediátrica. Dos de los más leídos fueron redactados por Thomas Phaer y Girolamo Mercuriale. El primero, que compaginó su quehacer como médico con los de abogado, político y traductor de Virgilio, había editado en 1545, en inglés, The Boke of Chyldren. Mientras que el segundo, esta vez en latín, dio a conocer en 1583 De morbis puerorum. En España, el mallorquín Damián Carbó (o Carbón), el toledano Francisco Núñez de Oria y el médico de Carlos V, Luis Lobera de Ávila, habían llevado al papel varios compendios en los que se hacía referencia a enfermedades infantiles, si bien centrados, fundamentalmente, en las complicaciones que pueden poner en peligro el parto o a los recién nacidos.

Soriano se ocupó también del embarazo, el alumbramiento y las primeras semanas de vida. Para la composición de esos capítulos se apoyó en Der schwangeren Frauen und Hebammen. Rosengarten (Las mujeres embarazadas y las parteras. El jardín rosa), de Eucharius Rösslin (Rößlin, Roesslin, Roslin o Rhodion), referencia básica en la Europa renacentista, desde 1513, para atender problemas de obstetricia, con ilustrativos grabados de Martin Caldenbach, discípulo de Durero. El turolense incluía la traducción castellana del correspondiente pasaje alemán, enriquecida con comentarios de cosecha propia que, en ocasiones, refutaban las tesis de la “autoridad” o aportaban puntos de vista particulares junto a medidas higiénicas y tratamientos novedosos.

Así, cuando el texto original recomienda baños y ungüentos para paliar la delgadez excesiva, Soriano no duda en desdeñar la idea por improductiva y defender, con un impagable sentido común, un mayor control en la calidad y cantidad de los alimentos, ya que “no hay remedio eficaz si por la boca no se da alguna cosa que ayude para que pueda rehacer naturaleza y recibir nudrimento en el cuerpo”.

Pero ahí no terminaron sus aportaciones, ni mucho menos, puesto que en las páginas de su libro abordó un extenso catálogo de dolencias infantiles, que aconsejó siempre tratar con los métodos curativos menos agresivos para el paciente. De esta forma diagnosticó la meningitis, los cólicos nefríticos, la dermatitis, el asma, las dificultades respiratorias durante el sueño, las complicaciones cardíacas y hasta las psiquiátricas. Vislumbró el carácter hereditario de la epilepsia, diferenció entre las convulsiones asociadas a procesos febriles y otros tipos de espasmos, y prescribió baños de agua tibia con objeto de bajar las altas temperaturas corporales, al contrario de como era costumbre.

Para combatir ciertas cámaras (diarreas) propuso el ayuno y la ingestión de bebidas azucaradas, pero nunca de leche. Distinguió entre diversos parásitos intestinales y subrayó la importancia de la nutrición para el desarrollo físico e intelectual, con conceptos que no se retomarían hasta el siglo XIX. En su texto se encuentra, además, la primera referencia española a la celiaquía, una enfermedad cuyos síntomas ya fueron advertidos por Areteo de Capadocia a comienzos del siglo II, pero que no sería tenida en consideración hasta que, en 1888, el inglés Samuel Jones Gee fijase su definitivo cuadro clínico.

Muchas de las tesis de Soriano tuvieron un enorme eco tras la muerte de su autor. Su última obra conoció ediciones ampliadas en 1690, 1697, 1709 y 1721. Y reputados profesionales, como Francisco Pérez Cascales y Luis Mercado, este último médico de Felipe II y Felipe III, se adentraron por las sendas que había desbrozado el genial turolense.

Pero si en algo se adelantó Soriano a su tiempo fue en la creación del primer hospital infantil del que se tiene noticia. En su trato diario observó que los niños precisaban un tipo de atención y un entorno distintos a los requeridos por los adultos, pues ni su cuerpo ni su mente han madurado todavía. Y con dinero de su propio bolsillo organizó un centro que acogió a los más necesitados.

Hubo que esperar casi trescientos años para que en las principales capitales de Europa se pusieran en marcha proyectos similares y sus ciudadanos pudieran tener a su alcance lo que consiguieron los turolenses a finales del siglo XVI. En la “muy civilizada” Inglaterra, por ejemplo, el Great Ordmond Street Hospital, establecimiento sanitario para niños pionero en Londres, no abrió sus puertas hasta... ¡1852! (por cierto, este hospital goza de un vital refuerzo económico al administrar los derechos de autor de Peter Pan, que le fueron cedidos en 1929 por su creador, J. M. Barrie, amigo y compañero en la redacción del periódico de la Universidad de Edimburgo de Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson).

A pesar del gran impacto de la persona y la obra de este precursor de la moderna Pediatría, especialidad que no alcanzaría la “mayoría de edad” hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando se independizó gradualmente de la Obstetricia y la Medicina Interna, la figura de Jerónimo Soriano se fue desdibujando tras su fallecimiento.

Sin embargo, el polvo dejado por paso del tiempo no ha logrado ocultarla por completo y, hoy, se le honra en su ciudad natal. En su memoria, se organizan en Teruel unos cursos de Pediatría que llevan su nombre, que también pone título a unas becas para proyectos de investigación que buscan asistir a niños de países subdesarrollados. A su vez, el premio Jerónimo Soriano, distingue el mejor trabajo publicado cada año en la revista Anales de Pediatría, órgano oficial de la Asociación Española de Pediatría.

Para saber más: 
-LÓPEZ PIÑERO, J. M. y BUJOSA, F.: Los tratados de enfermedades infantiles en la España del Renacimiento, Valencia, Universidad, 1982.
-SORIANO, Jerónimo: Método y orden de curar las enfermedades de los niños, Madrid, Real Academia de Medicina, 1929. / Valladolid, Maxtor, 2011 (ed. facsímil).

viernes, 25 de octubre de 2013

María Andresa (Andrea) Casamayor, la prosperidad a través de las Matemáticas

La matemática zaragozana María Andresa Casamayor y de la Coma fue la primera mujer de la que se tiene noticia en publicar un libro de tema científico en España. Lo hizo durante la primera mitad del siglo XVIII y, a juzgar por el contenido de su obra y por la forma en que está expuesto, su intención fue la de “democratizar” el saber y dotar de instrumentos útiles a sus conciudadanos para que pudieran prosperar en sus tareas cotidianas.

Sus padres, el mercader Juan José Casamayor, de origen francés, y la zaragozana Juana Rosa de la Coma Alexandre, contrajeron matrimonio el 13 de abril de 1705 en la basílica del Pilar, a tiro de piedra de su domicilio en la calle de la Coma (hoy Damián Forment), posiblemente así llamada porque en ella se encontraba la casa materna. Allí bautizarían también a sus nueve hijos, entre niños y niñas. María Andresa nació en 1720, el 30 de noviembre, festividad de san Andrés, y de ahí su nombre, que mal transcrito por un comentarista posterior se ha conocido hasta recientes fechas por Andrea.

La Zaragoza en la que vivió esta pionera de la ciencia fue una de las más florecientes de su historia. Una vez superados los estragos que había dejado a su paso la Guerra de Sucesión, la ciudad fue recuperando el pulso. La influencia en la Corte del llamado “partido aragonés”, encabezado por el conde de Aranda, repercutió en la capital del reino. Y en ella se fueron abriendo paso, aunque a duras penas, los postulados de la Ilustración.

Dicha corriente cultural, nacida en Francia e Inglaterra, sostenía que había que combatir la ignorancia y la superstición. La razón, la ciencia y la educación eran imprescindibles para impulsar el progreso económico y renovar la sociedad.

Semejante ideario, llamado a alterar el orden establecido, no fue del agrado de todo el mundo, claro está. Pero una minoría, pese a formar parte de la elite acomodada, lo asumió y lo llevó a la práctica. A ese grupo ilustrado parece pertenecer la familia de María Andresa Casamayor, ya que ésta recibió una esmerada instrucción, algo insólito para una mujer en la España de su tiempo.

No es probable que acudiera a la escuela, pues durante su infancia todavía no había en Zaragoza colegios femeninos (y los mixtos eran impensables). El primero lo abriría la Compañía de María, en 1744. Unos años más tarde, las dominicas de Santa Rosa también orientaron su vocación hacia la enseñanza. Pero hasta 1783, por Real Cédula, no se establecieron en el país las escuelas de barrio para niñas. Había mujeres que recibían en su casa a alumnas privadas y tutores para las más pudientes, si bien, en la práctica totalidad de los casos, las chicas sólo recibían nociones de doctrina católica y labores domésticas. Aprender a leer y escribir, por ejemplo, se consideraba secundario.

Una de las contadas excepciones a esa norma fue María Andresa. Fray Pedro Martínez, rector y regente de estudios del colegio San Vicente Ferrer, dejó testimonio del admirable nivel que había adquirido en las ciencias matemáticas. Ambos se reunían con frecuencia para trabajar en difíciles cálculos aritméticos y abrir nuevas vías de investigación. Por eso, el religioso manifestó una enorme sorpresa cuando, en 1738, sin haber cumplido todavía los dieciocho años, su compañera de elucubraciones numerarias llevó a la imprenta un libro, Tyrocinio Artihmetico. Instrucción de las cuatro reglas llanas, en el que se explicaban, de forma muy sencilla, las operaciones más básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir.

Existían otras publicaciones que abordaban el mismo tema, pero todas eran más prolijas y farragosas. El Tyrocinio (“aprendizaje”) aportaba ejemplos asequibles extraídos de la vida real en ámbitos como el comercio, la agricultura y la ganadería. Y, a su vez, incluía un completo tratado de los pesos, medidas y monedas vigentes en Aragón, con detalladas tablas de valores y equivalencias.

El texto lo tuvo que firmar con un nombre masculino, Casandro Mamés de la Marca y Araoia, un anagrama del suyo propio. Es decir, trastocó el orden de las letras de su verdadero nombre para componer su seudónimo. Ese supuesto autor dedicaba la obra al colegio de Santo Tomás, de las Escuelas Pías zaragozanas, de las que se decía discípulo. Y el censor que suscribe el permiso de edición era Juan Francisco de Jesús, catedrático de Matemáticas de dicho centro. Ahí puede estar otra de las claves de la edición de un libro en el que priman varios principios básicos: ser accesible, didáctico, útil y ofrecer herramientas para mejorar la productividad y la consideración social.

Los escolapios se instalaron en Zaragoza en 1731. Y no sería de extrañar que alguno de sus miembros hubiese sido instructor de María Andrea. A su llegada traerían la primitiva filosofía de la orden, fundada en 1597, en Roma, por el oscense José de Calasanz. Su idea de atender la educación de los más necesitados de forma gratuita supuso toda una revolución en su tiempo. Tanto los citados jesuitas, que temían perder su monopolio docente, como, sobre todo, los estamentos privilegiados, la vieron como una amenaza e intentaron eliminarla.

Si los pobres tenían acceso a las escuelas, aprendían a leer y a escribir, algo que se consideraba antinatural, y se convertían en unos “señoritos” ¿quién querría trabajar la tierra de sol a sol?, ¿quién se encargaría de cuidar los animales?, ¿quién acarrearía sacos y fardos?, ¿quién limpiaría todo lo que se ensuciaba? Y si, además, sabían de cuentas ¿a qué peligrosas conclusiones podían llegar?

Calasanz también abogó porque la formación fuese provechosa y permitiera a los alumnos ganarse el pan en el futuro. Por ello hizo especial hincapié en las Matemáticas y sus aplicaciones prácticas. Varios de los primeros escolapios fueron notables matemáticos y físicos. El propio fundador se interesó por la disciplina y hasta tuvo el coraje de apoyar a Galileo antes, durante y después del juicio al que fue sometido, en el que la Iglesia le dio a elegir entre renegar de la absurda y herética teoría de que la Tierra giraba alrededor del sol o morir quemado vivo en la hoguera.

Como no podía ser de otra manera, dado su “subversivo historial” y sus “amistades peligrosas”, Calasanz se vio obligado a comparecer ante el Santo Oficio en 1642 y terminó suspendido. Seis años después, Inocencio X redujo sus pretensiones y convirtió su creación, muy controlada, en una orden secular sin votos. Hasta 1699, tras incontables presiones en todos los sentidos y ya muerto el santo oscense, las Escuelas Pías no recobrarían su pujanza, al ser restituidas como orden de votos solemnes.

Tanto el ideario de los primeros escolapios como los principios ilustrados se hallan en la base del Tyrocinio de Andresa Casamayor, quien rebajó sus amplios conocimientos matemáticos en favor de la pedagogía y el bien común, algo que no es tan sencillo ni está al alcance de cualquiera, por mucho que se domine determinada materia. Todo en él se explica con claridad, paso a paso, para facilitar su comprensión.

Al poco tiempo de editar su libro, falleció el padre de la joven matemática y la familia zozobró en un mar de deudas. Pese a ello, María Andresa nunca contrajo matrimonio ni buscó cobijo en la Iglesia, casi las únicas salidas viables para una mujer de su tiempo en sus circunstancias. Se vio obligada a trabajar fuera de casa para subsistir, una excepción a la norma. Fue maestra de niñas en colegios públicos, labor por la que además de un modesto sueldo disfrutó de un humilde alojamiento en las inmediaciones de la plaza de San Agustín.

Una obra suya de más calado pero de menos repercusión social, como el título ya indica, sería El para sí solo de Casandro Mamés de la Marca y Araioa. Noticias especulativas y prácticas de los números, uso de las tablas de raíces y reglas generales para responder algunas demandas que con dichas tablas se resuelven sin álgebra, su segunda composición, hoy perdida. Sus 109 folios manuscritos quedaron en posesión de sus hermanos cuando María Andrea murió sin hijos en octubre de 1780, ya anciana. Éstos la dieron a conocer a eruditos y curiosos, pero nunca costearon su impresión, pues no resultaba rentable.

Por desgracia, aparte de lo que sus escritos dejan entrever y de vagas referencias de otros autores, pocos datos más hay de esta zaragozana excepcional, enterrada en el Pilar, que vio pasar su vida a orillas del Ebro y a la que doctos contemporáneos dedicaron escasas pero meritorias líneas. Disfrutó del saber y de su difusión en una época en que ambas actividades estaban vedadas al sexo femenino por los usos y costumbres. Y aun cuando se desconozcan la mayor parte de su trayectoria vital y de sus logros, no aparezca en ningún manual y nadie haya oído nunca mencionar su nombre, se trata de la primera mujer de ciencia española de la que se conserva obra escrita. Eso sí, oculta bajo un seudónimo masculino.

Para saber más:
-Bernués, Julio y Miana, Pedro J.: “Soñando con números, María Andresa Casamayor (1720-1780)”, en Suma. Revista sobre Enseñanza y Aprendizaje de las Matemáticas, n.º 91, 2019.
-Casado Ruiz, María José: Las damas del laboratorio. Mujeres científicas en la historia, Barcelona, Debate, 2006.
-Urgel Masip, Asunción: José de Calasanz, Zaragoza, CAI, 2000.

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PD: Esta entrada participa en la Edición 4.1231056 del Carnaval de Matemáticas, cuyo anfitrión es el blog Scientia
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