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martes, 30 de junio de 2015

Juan José Laborde, un jacetano en la Corte del rey de Francia

Algunas veces el curso de la historia se acelera de manera brusca. Durante un limitado espacio de tiempo altera su habitual fluir y sobreviene un sensible salto cualitativo. En el mundo occidental, una de esas excepcionales ocasiones se vivió a finales del siglo XVIII, cuando la afilada hoja de la guillotina descabezó un Antiguo Régimen en descomposición.

En las décadas anteriores, los filósofos de la Ilustración habían aupado la Razón a un pedestal del que ya no ha bajado, los artistas volvieron sus miradas hacia la Antigüedad clásica, hubo guerras que convulsionaron continentes y nació un nuevo país, los Estados Unidos de América, que no tardaría en convertirse en señera potencia mundial. En todos y cada uno de esos trascendentes pasos previos al arrebato final tuvo un protagonismo incuestionable, si bien en la sombra, un jacetano llamado Juan José Laborde. En Europa le dedican tesis, estudios y publicaciones. Por el contrario, en su Aragón natal muy pocos han oído hablar de él.

A pesar de sus majestuosas moles pétreas, sus ásperos acantilados cortados a pico y sus tortuosas hoces, los Pirineos nunca han constituido un muro infranqueable. Desde la llegada del hombre al lugar, el tránsito de personas, mercancías e ideas entre sus dos porosas vertientes, la norte y la sur, ha sido incesante.

Los pueblos prerromanos que habitaron la Cordillera compartieron formas de vida y costumbres. Las calzadas romanas facilitaron, más tarde, el trasiego. Por ellas circularon carros, caballerías e infinidad de gentes a lomos de sandalias, abarcas o alpargatas. Los visigodos reinaron a ambos lados del macizo montañoso y, en la Edad Media, colonos llegados de lo que hoy es la Francia meridional abundaron en la repoblación del territorio arrebatado por los cristianos a los musulmanes.

Entre los extranjeros instalados en tierra aragonesa en tiempos más recientes, la francesa siempre ha sido, por vecindad, la comunidad más numerosa. Sobre todo en la capital, donde lograron enraizarse y medrar familias por todos conocidas (Bruil, Lac, Averly, Carde, Mercier…), así como en poblaciones próximas a la frontera. En una de ellas, en Jaca, primera villa del Reino, se afincaron a comienzos del siglo XVIII el joven Jean Pierre Laborde y su esposa, Marguerite Aleman de Sainte-Croix.

Jean Pierre era natural de Bielle, una pequeña localidad del Bearne emplazada en el valle de Ossau, comunicado con el oscense valle de Tena a través del paso de El Portalet. Allí su familia regentaba un hostal. Él, sin embargo, se estableció como tratante de ganado, aunque parece ser que también ejerció de ocasional banquero y no fue ajeno al velado contrabando de diferentes productos entre ambos países, práctica inmemorial en la zona desde la aparición de las invisibles barreras políticas.

El apellido Laborde, con sus variantes locales (Laborda, Labuerda), muy extendido en suelo oscense, incrementó todavía más su presencia tras el nacimiento de los cuatro hijos de la pareja. Juan José, llegado al mundo en enero de 1724, fue el menor y el único varón. En las calles de Jaca, al amparo de su centenaria catedral, al igual que en los cercanos parajes pirenaicos que luego añoraría, transcurrió su tranquila infancia. Pero al no ver claro su futuro en el Alto Aragón, cuando cumplió los 10 años su progenitor lo envió a casa de unos familiares en Bayona.

En aquel tiempo, la ciudad francesa despuntaba como uno de los puertos más prósperos del país vecino. Un primo suyo dirigía una compañía marítima de importación y exportación, y en ella entró de aprendiz. Trabajó duro y se mantuvo siempre atento a todo. Así, cuando en 1748 se produjo el fallecimiento de su primo, le sustituyó al frente del negocio con tan solo 24 años.

Con las riendas en su mano, la empresa prosperó de forma exponencial. Sus contactos en Madrid, pero también su condición de español y su dominio del idioma, le permitieron acaparar las importaciones francesas de plata procedente de las colonias hispanoamericanas. Desde la llegada de los Borbones al trono de España, los principales focos financieros de la Corte y de la Administración se encontraban en manos de banqueros originarios del suroeste de Francia, en dura pugna con inversores vascos y navarros. Y el panorama no varió tras la creación, en 1748, del llamado Real Giro, institución estatal que buscó monopolizar el lucrativo flujo de plata amonedada hacia Europa.

La moneda de plata española (el real de a ocho o piastra) era la más demandada y la única aceptada en todos los rincones del planeta, incluido el Extremo Oriente, por su acreditada calidad. Resellada por otros Estados o no, se convirtió en la primera divisa internacional (y también la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos, donde circuló hasta 1857).

Para gestionar el negocio, Laborde se asoció a François Nogué, marido de su hermana mayor, Orosia (nombre que subrayaba los vínculos de la familia con Jaca, cuya patrona es Santa Orosia). En 1752 fundaron Laborde & Nogué, que representó en Bayona a la Compañía Francesa de las Indias Orientales, necesitada de las monedas españolas para, entre otras transacciones, la compra de algodón hindú. A su vez, canalizó diversas operaciones económicas entre las monarquías española y francesa. En pago, obtuvo favores políticos y beneficios económicos de ambas.

Parte de los cuantiosos dividendos obtenidos con la plata fueron reinvertidos por Laborde en diferentes proyectos. Se hizo dueño de una flota de barcos de pesca que incluía varios balleneros, participó en el comercio transatlántico de materias primas, especias y frutas tropicales, adquirió una gran hacienda en Haití con el fin de cultivar caña de azúcar y hasta se involucró en la trata de esclavos, para dotar sus plantaciones de vigorosos braceros.

En el otoño de 1756 dio comienzo una encarnizada “guerra mundial”. La conocida como Guerra de los Siete Años (1756-1763) enfrentó en distintos campos de batalla a dos poderosas coaliciones. Por un lado, la formada como potencias principales por Francia, Austria, Rusia y Suecia. Por otro, la que integraron Gran Bretaña y Prusia, junto con varios aliados menores. Con el paso del tiempo, España también sería arrastrada a la contienda, de lado de los primeros, mientras que Portugal lo haría en apoyo de los segundos.

La penuria de fondos del Estado francés para abastecer y sostener a sus ejércitos le llevó a solicitar préstamos a Laborde. Éste adelantó el dinero preciso de su ya insondable bolsa o bien suministró equipos y víveres. Además, consiguió mediante un crédito personal, que le concedió de forma reservada el rey de España, 12 millones de libras en oro.


Gracias a ello, sólo unas semanas después del inicio del conflicto armado, el jacetano ya ejercía como consejero de la cancillería de Luis XV. Su influencia en palacio se abría paso a grandes zancadas. Y con poco más de treinta años, hacía gala de escudo de armas (que luego heredaría la localidad de Méréville, en la que Laborde residió en sus últimos años) y acuñó una divisa Ex parvo, multum (De poco, mucho), declaración explícita, sin pudor alguno, tanto de sus humildes orígenes como de sus formidables conquistas económicas y sociales. La joven aristocracia del dinero ya no se amilanaba acomplejada ante la rancia aristocracia de sangre.

En septiembre de 1758, presionado por los principales dirigentes políticos franceses, Laborde abandonó Bayona y, reacio a hacerlo en Versalles, como le habían sugerido, se instaló en París. Y al poco tiempo, sustituyó en el empleo de banquero de la Corte a Jean de Pâris de Montmartel, padrino de madame de Pompadour y titular del cargo durante lustros. Sin embargo, ahí no culminó su andadura.

Varios reveses diplomáticos y bélicos precipitaron el relevo del hasta entonces principal responsable de la política exterior de Francia, el cardenal Bernis. Su sucesor, el duque de Choiseul, encontró en Laborde uno de los pilares básicos de su labor. La sintonía entre ambos, que desembocó en una estrecha amistad, facilitó el ingreso del jacetano en el círculo íntimo de Luis XV y su elección como recaudador general de impuestos (fermier général).

El 9 de septiembre de 1760, se desposó en Bruselas con Rosalie Claire de Nettine, trece años menor. El padre de la novia, Mathias de Nettine, había sido el banquero más relevante de los Países Bajos austriacos; esto es, de gran parte de la actual Bélgica, que tras varios siglos bajo la tutela del rey de España había pasado a depender de las autoridades de Viena en 1714, al concluir la Guerra de Sucesión Española. Cuando Mathias de Nettine falleció en 1749, el negocio familiar pasó a ser regido, con mano de hierro, por su esposa, Barbe Stoupy. Con ese matrimonio se unían dos de las mayores fortunas de Europa y, como pretendía Choiseul, más que probable Celestina, se apuntalaba la alianza entre Francia y Austria.

Pero la estrecha relación entre ambos países no florecería en los campos de batalla. Pese al sostén económico de Laborde, la pericia como estratega del monarca prusiano Federico II el Grande tenía en continuo jaque a las tropas francesas y austriacas. Centroeuropa se vio arrasada (como revela Barry Lyndon, la película filmada por Kubrick). Y otro tanto sucedió en lejanos escenarios, como la India o Filipinas, donde se combatía con saña y los ingleses solían salir victoriosos.

Mientras, el Norte de América era sacudido por matanzas no menos pavorosas que las que asolaban el Viejo Continente. Aun cuando las tribus indígenas, salvo las de lengua iroquesa, se aliaron con los colonos y expedicionarios franceses, los británicos acabaron por imponer su ley (también hay películas sobre el tema, en particular las que recrean el final del último de los mohicanos, según la novela de James F. Cooper). Todo ello obligó a una Francia exhausta a buscar la paz en condiciones muy desfavorables. Y con la firma del Tratado de París perdió muchas de sus posesiones en América y Asia.

El descalabro no minó en exceso la posición privilegiada de Laborde. En 1764, sólo un año después del fin de las hostilidades, adquirió a poco más de 100 km de París el castillo de La Ferté-Vidame, hogar hasta su fallecimiento del duque de Saint-Simon, célebre por sus Memorias y por su amistad con Montesquieu, a quien acostumbraba a alojar en su mansión.

Decidido a hacer del lugar una morada regia, demolió la vetusta fortaleza medieval y encargó la construcción de un nuevo palacio a uno de los arquitectos de moda en Francia, Antoine Mathieu Le Carpentier. Al darse por concluidas las obras, en 1771, en el centro de la finca, cuya extensión se multiplicó con la compra de señoríos vecinos, se levantaba una majestuosa construcción de aire clásico, repartida en varios cuerpos escalonados y rodeada de versallescos jardines, estanques, pabellones, establos, granjas… La inversión ascendió a la colosal cifra de 14 millones de libras.

Ni la caída en desgracia de Choiseul ni el fallecimiento de Luis XV, en 1774, alejaron a Laborde de la gloria social. En su suntuosa residencia de La Ferté-Vidame recibió con asiduidad a ilustres visitantes. Por ella pasó, por ejemplo, el hermano de la reina María Antonieta, el futuro José II de Austria, el gran reformador y modernizador del Sacro Imperio Germánico, enfrentado a la Iglesia y a la nobleza.

Su fortuna se incrementó con la compraventa de terrenos e inmuebles, sobre todo en París, y con la especulación financiera. Aconsejó en sus inversiones a una heterogénea clientela compuesta por reyes, nobles y burgueses adinerados, en la que no faltaron destacados integrantes de la Ilustración. Ente estos últimos figuró Voltaire (moriría inmensamente rico), con quien llegó a tener bastante complicidad, hasta el punto de intercambiar cartas en las que el jacetano desvelaba confidencias referidas a su matrimonio (dichoso, parece ser, pues calificaba a su esposa de “templo de la virtud” y “su mejor amigo”).

En 1780, Laborde costeó la campaña militar de Jean-Baptiste-Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau, a la que se incorporaron los voluntarios del marqués de La Fayette en apoyo de la insurrección de las colonias británicas en el Norte de América. Los combatientes franceses, cuyo número triplicó al de los locales, se unieron al ejército de George Washington (equipado y avituallado por el diplomático español Francisco de Saavedra) y juntos batieron a los ingleses en Yorktown, un encuentro calificado por algunos historiadores como “la batalla que cambió el curso de la historia”. Tras la derrota, sumada a la que unos meses antes habían sufrido en Pensacola a manos del gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez (cuyo retrato, en homenaje, cuelga de las paredes del Capitolio), los vencidos se vieron obligados a iniciar unas conversaciones de paz que culminarían con el reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos de América, en 1783.


Ese mismo año, seducido por los vastos bosques que rodeaban la edificación principal, magníficos para la caza, el rey Luis XVI se encaprichó del castillo de Rambouillet, propiedad de su primo, Luis Juan María de Borbón, duque de Penthièvre. A cambio de su cesión, éste solicitó La Ferté-Vidame para su familia. No pudiendo negar nada al monarca, Laborde se vio obligado a vender su residencia por una simbólica cantidad. Sólo pudo retener para sí los muebles y objetos de arte que el duque de Penthièvre desdeñó (todo el lugar sería devastado unos años después, durante la Revolución Francesa, y todavía hoy continúa en ruinas).

No era prudente enemistarse con tan egregios personajes y, además, como todo el mundo en Francia, conocía la historia de Nicolas Fouquet, el otrora todopoderoso intendente de finanzas de Luis XIV. Su palacio de Vaux-le-Vicomte alcanzó tal majestuosidad que desató los celos del soberano, quien sospechó que tanto fasto podía tener su germen en la apropiación de fondos públicos. Fouquet fue arrestado por el capitán de la guardia real (llamado, por cierto, d’Artagnan) y, tras un tormentoso proceso judicial, “desapareció para siempre”, sin dejar huella, en las cárceles reales.

Laborde encajó el revés con entereza. Y unos meses después de ser privado de tan preciada posesión, se trasladó a Méréville. Aunque ya había cumplido los sesenta años, no se desalentó y decidió levantar otra morada elísea. Para ello, contrató a François-Joseph Bélanger, arquitecto de la Corte con marcado apego por la Antigüedad, así como a escultores, ebanistas y dos renombrados pintores, Claude-Joseph Vernet y Hubert Robert, paisajistas formados en Italia, consagrados por sus cuadros de ruinas romanas.

Junto a ellos, un ejército de 700 obreros especializados trabajaría durante diez años para dar vida a un extraordinario “jardín inglés”, trufado de idílicos elementos propios de la naturaleza salvaje (pequeñas cascadas, grutas, roquedales, riachuelos, serpenteantes caminos,…), que evocaban en Laborde el Pirineo de su infancia. Un oasis, según el escritor romántico François-René de Chateaubriand, que lo recorrió maravillado. El jardín reunió numerosas especies vegetales importadas y aclimatadas al lugar (sirvió de vivero a muchos otros jardines de Francia), pues Laborde, hombre del Siglo de las Luces, estaba interesado por la botánica, el progreso científico y los descubrimientos.

Ese interés por el conocimiento fue la base en la educación de sus hijos, dos de los cuales, Édouard y Ange Auguste, se embarcaron en la expedición dirigida por el conde de La Pérouse al océano Pacífico. Los navíos que la componían levaron anclas en agosto de 1785 con objetivos científicos, económicos y políticos. Exploraron las costas de América y Asia, Australia y varios archipiélagos de Oceanía. A su paso por Alaska, en la bahía de Lituya, Édouard y Ange Auguste murieron de forma heroica al tratar de salvar a unos compañeros arrastrados por la corriente (la expedición al completo desaparecería en el mar meses más tarde; hasta 2005 no se identificaron sus restos, hallados en las islas Salomón).

En su honor, en una pequeña isla en el corazón de un lago de los jardines de Méréville, fue erigida una gran columna rostral, un monumento conmemorativo propio de Grecia y Roma. Y en sus cercanías y de acuerdo, asimismo, a patrones del arte de la Antigüedad, fueron edificados un cenotafio (tumba vacía) para preservar la memoria del navegante inglés James Cook, uno de los primeros europeos en aventurarse por las aguas del Pacífico, y el Templo de la Piedad Filial, presidido por un busto de su hija menor, Nathalie, tallado por Augustin Pajou (en los últimos años del siglo XIX, todas esas construcciones fueron trasladadas al Parc de Jeurre, en el municipio de Morigny-Champigny, próximo a París; mientras el busto de Nathalie fue a parar al Louvre).


Alejado ya del ojo del huracán, Méréville se convirtió en refugio ideal para el sereno atardecer de Juan José Laborde. Luis XVI le concedió el título de marqués de Méréville, que desestimó utilizar de forma oficial y que se sumó al que Luis XV le había otorgado de marqués de Laborde. Su vida giró alrededor de sus jardines, el apoyo a sus hijos y sus dádivas. Todos los años donaba 24.000 libras para los pobres y en 1788 sufragó la construcción de cuatro grandes hospitales en París.

Su voluntario retiro propició que durante las primeras sacudidas de la Revolución Francesa los insurrectos no le prestaran atención. Pero el 7 de noviembre de 1793 fue arrestado y recluido en el parisiense palacio de Luxemburgo, acusado de haber ayudado al duque de Orleáns a trasladar su colección de arte a Inglaterra, es decir, a evadir capitales al extranjero. Un tribunal revolucionario presidido por Louis Antoine Léon de Saint-Just, apodado el “arcángel del terror”, lo condenó a muerte el 18 de abril de 1794 (el 29 germinal del año II) y ese mismo día, en la plaza de la Concordia, la cabeza del jacetano, separada de su cuerpo por la inclemente guillotina, acabó en un cesto. Tenía setenta años.

Sobrevivieron a su padre tres hijos, ya que, además, de los ahogados en Alaska, en 1792 había fallecido Pauline, casada con Jean-François de Pérusse, primer duque d'Escars o des Cars.

El primogénito, François, heredó sus títulos y su afición por las finanzas. Ingresó en la Marina y combatió en la Guerra de Independencia Americana. Miembro de los Estados Generales, participó en el famoso Juramento del Juego de Pelota, génesis de la primera Constitución de la República Francesa. Más tarde, se exilió en Londres (en realidad, había sido él quien orquestó el traslado de capitales y obras de arte del duque de Orleáns a Inglaterra), donde falleció soltero en 1802. La benjamina, Nathalie, estuvo casada con Charles de Noailles, duque de Mouchy, y fue una de las numerosas amantes de Chateaubriand.

El más ilustre y longevo de sus hijos fue Alexandre de Laborde, viajero, escritor, historiador y político. De joven tuvo relaciones amorosas con un personaje clave en la Revolución Francesa, Teresa Cabarrús (precipitó la caída de Robespierre y fue amiga inseparable de Josefina Beauharnais, la esposa de Napoleón), hija también de una franco-aragonesa y de Francisco Cabarrús, ministro de finanzas de Carlos III y creador del Banco de España. Pero la relación no llegó a buen puerto por la oposición de sus respectivos progenitores.

Alexandre de Laborde visitó con mucha asiduidad España, el país de procedencia de su padre, en misiones diplomáticas o a la cabeza de un equipo de artistas y eruditos que plasmó sus impresiones en varios libros, muy cotizados (si bien hay quien opina que, en realidad, su objetivo era el del espionaje, para preparar la inminente invasión de las tropas napoleónicas). De su paso por Aragón, dejó constancia en varios grabados. Los dedicados a Zaragoza tienen un valor especial, pues aportan detalles sobre algunas construcciones, como el monasterio de Santa Engracia, que poco después de ser llevadas al papel fueron arruinadas durante los Sitios.


Para saber más:
- DURAND, Yves: "Mémoires de Jean-Joseph de Laborde, banquier de la cour et fermier général", en Bulletin de la Société d'Histoire de France, 1968-69.
- ORMESSON, François d' y THOMAS, Jean-Pierre: Jean-Joseph de Laborde: banquier de Louis XV, mécène des Lumières, París, Perrin, 2002.

viernes, 25 de octubre de 2013

María Andresa (Andrea) Casamayor, la prosperidad a través de las Matemáticas

La matemática zaragozana María Andresa Casamayor y de la Coma fue la primera mujer de la que se tiene noticia en publicar un libro de tema científico en España. Lo hizo durante la primera mitad del siglo XVIII y, a juzgar por el contenido de su obra y por la forma en que está expuesto, su intención fue la de “democratizar” el saber y dotar de instrumentos útiles a sus conciudadanos para que pudieran prosperar en sus tareas cotidianas.

Sus padres, el mercader Juan José Casamayor, de origen francés, y la zaragozana Juana Rosa de la Coma Alexandre, contrajeron matrimonio el 13 de abril de 1705 en la basílica del Pilar, a tiro de piedra de su domicilio en la calle de la Coma (hoy Damián Forment), posiblemente así llamada porque en ella se encontraba la casa materna. Allí bautizarían también a sus nueve hijos, entre niños y niñas. María Andresa nació en 1720, el 30 de noviembre, festividad de san Andrés, y de ahí su nombre, que mal transcrito por un comentarista posterior se ha conocido hasta recientes fechas por Andrea.

La Zaragoza en la que vivió esta pionera de la ciencia fue una de las más florecientes de su historia. Una vez superados los estragos que había dejado a su paso la Guerra de Sucesión, la ciudad fue recuperando el pulso. La influencia en la Corte del llamado “partido aragonés”, encabezado por el conde de Aranda, repercutió en la capital del reino. Y en ella se fueron abriendo paso, aunque a duras penas, los postulados de la Ilustración.

Dicha corriente cultural, nacida en Francia e Inglaterra, sostenía que había que combatir la ignorancia y la superstición. La razón, la ciencia y la educación eran imprescindibles para impulsar el progreso económico y renovar la sociedad.

Semejante ideario, llamado a alterar el orden establecido, no fue del agrado de todo el mundo, claro está. Pero una minoría, pese a formar parte de la elite acomodada, lo asumió y lo llevó a la práctica. A ese grupo ilustrado parece pertenecer la familia de María Andresa Casamayor, ya que ésta recibió una esmerada instrucción, algo insólito para una mujer en la España de su tiempo.

No es probable que acudiera a la escuela, pues durante su infancia todavía no había en Zaragoza colegios femeninos (y los mixtos eran impensables). El primero lo abriría la Compañía de María, en 1744. Unos años más tarde, las dominicas de Santa Rosa también orientaron su vocación hacia la enseñanza. Pero hasta 1783, por Real Cédula, no se establecieron en el país las escuelas de barrio para niñas. Había mujeres que recibían en su casa a alumnas privadas y tutores para las más pudientes, si bien, en la práctica totalidad de los casos, las chicas sólo recibían nociones de doctrina católica y labores domésticas. Aprender a leer y escribir, por ejemplo, se consideraba secundario.

Una de las contadas excepciones a esa norma fue María Andresa. Fray Pedro Martínez, rector y regente de estudios del colegio San Vicente Ferrer, dejó testimonio del admirable nivel que había adquirido en las ciencias matemáticas. Ambos se reunían con frecuencia para trabajar en difíciles cálculos aritméticos y abrir nuevas vías de investigación. Por eso, el religioso manifestó una enorme sorpresa cuando, en 1738, sin haber cumplido todavía los dieciocho años, su compañera de elucubraciones numerarias llevó a la imprenta un libro, Tyrocinio Artihmetico. Instrucción de las cuatro reglas llanas, en el que se explicaban, de forma muy sencilla, las operaciones más básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir.

Existían otras publicaciones que abordaban el mismo tema, pero todas eran más prolijas y farragosas. El Tyrocinio (“aprendizaje”) aportaba ejemplos asequibles extraídos de la vida real en ámbitos como el comercio, la agricultura y la ganadería. Y, a su vez, incluía un completo tratado de los pesos, medidas y monedas vigentes en Aragón, con detalladas tablas de valores y equivalencias.

El texto lo tuvo que firmar con un nombre masculino, Casandro Mamés de la Marca y Araoia, un anagrama del suyo propio. Es decir, trastocó el orden de las letras de su verdadero nombre para componer su seudónimo. Ese supuesto autor dedicaba la obra al colegio de Santo Tomás, de las Escuelas Pías zaragozanas, de las que se decía discípulo. Y el censor que suscribe el permiso de edición era Juan Francisco de Jesús, catedrático de Matemáticas de dicho centro. Ahí puede estar otra de las claves de la edición de un libro en el que priman varios principios básicos: ser accesible, didáctico, útil y ofrecer herramientas para mejorar la productividad y la consideración social.

Los escolapios se instalaron en Zaragoza en 1731. Y no sería de extrañar que alguno de sus miembros hubiese sido instructor de María Andrea. A su llegada traerían la primitiva filosofía de la orden, fundada en 1597, en Roma, por el oscense José de Calasanz. Su idea de atender la educación de los más necesitados de forma gratuita supuso toda una revolución en su tiempo. Tanto los citados jesuitas, que temían perder su monopolio docente, como, sobre todo, los estamentos privilegiados, la vieron como una amenaza e intentaron eliminarla.

Si los pobres tenían acceso a las escuelas, aprendían a leer y a escribir, algo que se consideraba antinatural, y se convertían en unos “señoritos” ¿quién querría trabajar la tierra de sol a sol?, ¿quién se encargaría de cuidar los animales?, ¿quién acarrearía sacos y fardos?, ¿quién limpiaría todo lo que se ensuciaba? Y si, además, sabían de cuentas ¿a qué peligrosas conclusiones podían llegar?

Calasanz también abogó porque la formación fuese provechosa y permitiera a los alumnos ganarse el pan en el futuro. Por ello hizo especial hincapié en las Matemáticas y sus aplicaciones prácticas. Varios de los primeros escolapios fueron notables matemáticos y físicos. El propio fundador se interesó por la disciplina y hasta tuvo el coraje de apoyar a Galileo antes, durante y después del juicio al que fue sometido, en el que la Iglesia le dio a elegir entre renegar de la absurda y herética teoría de que la Tierra giraba alrededor del sol o morir quemado vivo en la hoguera.

Como no podía ser de otra manera, dado su “subversivo historial” y sus “amistades peligrosas”, Calasanz se vio obligado a comparecer ante el Santo Oficio en 1642 y terminó suspendido. Seis años después, Inocencio X redujo sus pretensiones y convirtió su creación, muy controlada, en una orden secular sin votos. Hasta 1699, tras incontables presiones en todos los sentidos y ya muerto el santo oscense, las Escuelas Pías no recobrarían su pujanza, al ser restituidas como orden de votos solemnes.

Tanto el ideario de los primeros escolapios como los principios ilustrados se hallan en la base del Tyrocinio de Andresa Casamayor, quien rebajó sus amplios conocimientos matemáticos en favor de la pedagogía y el bien común, algo que no es tan sencillo ni está al alcance de cualquiera, por mucho que se domine determinada materia. Todo en él se explica con claridad, paso a paso, para facilitar su comprensión.

Al poco tiempo de editar su libro, falleció el padre de la joven matemática y la familia zozobró en un mar de deudas. Pese a ello, María Andresa nunca contrajo matrimonio ni buscó cobijo en la Iglesia, casi las únicas salidas viables para una mujer de su tiempo en sus circunstancias. Se vio obligada a trabajar fuera de casa para subsistir, una excepción a la norma. Fue maestra de niñas en colegios públicos, labor por la que además de un modesto sueldo disfrutó de un humilde alojamiento en las inmediaciones de la plaza de San Agustín.

Una obra suya de más calado pero de menos repercusión social, como el título ya indica, sería El para sí solo de Casandro Mamés de la Marca y Araioa. Noticias especulativas y prácticas de los números, uso de las tablas de raíces y reglas generales para responder algunas demandas que con dichas tablas se resuelven sin álgebra, su segunda composición, hoy perdida. Sus 109 folios manuscritos quedaron en posesión de sus hermanos cuando María Andrea murió sin hijos en octubre de 1780, ya anciana. Éstos la dieron a conocer a eruditos y curiosos, pero nunca costearon su impresión, pues no resultaba rentable.

Por desgracia, aparte de lo que sus escritos dejan entrever y de vagas referencias de otros autores, pocos datos más hay de esta zaragozana excepcional, enterrada en el Pilar, que vio pasar su vida a orillas del Ebro y a la que doctos contemporáneos dedicaron escasas pero meritorias líneas. Disfrutó del saber y de su difusión en una época en que ambas actividades estaban vedadas al sexo femenino por los usos y costumbres. Y aun cuando se desconozcan la mayor parte de su trayectoria vital y de sus logros, no aparezca en ningún manual y nadie haya oído nunca mencionar su nombre, se trata de la primera mujer de ciencia española de la que se conserva obra escrita. Eso sí, oculta bajo un seudónimo masculino.

Para saber más:
-Bernués, Julio y Miana, Pedro J.: “Soñando con números, María Andresa Casamayor (1720-1780)”, en Suma. Revista sobre Enseñanza y Aprendizaje de las Matemáticas, n.º 91, 2019.
-Casado Ruiz, María José: Las damas del laboratorio. Mujeres científicas en la historia, Barcelona, Debate, 2006.
-Urgel Masip, Asunción: José de Calasanz, Zaragoza, CAI, 2000.

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PD: Esta entrada participa en la Edición 4.1231056 del Carnaval de Matemáticas, cuyo anfitrión es el blog Scientia

martes, 15 de octubre de 2013

Roque Joaquín de Alcubierre, el descubridor de Pompeya y Herculano

¿Quién no ha oído hablar de Pompeya? Salvo la propia capital, no existe ninguna otra ciudad, de las cientos que florecieron en la Antigüedad bajo el control político de Roma, que haya alcanzado la popularidad que hoy tiene en cualquier parte del globo la localidad de la bahía de Nápoles. Incontables enjambres de turistas la recorren a diario. Y todo el mundo, además, está al corriente de su trágico fin.

Pompeya no fue una gran metrópoli sino una urbe de tamaño medio, similar a otras muchas. Y ni siquiera sus ruinas son las más majestuosas entre las conservadas, pues se han hallado restos de mayor monumentalidad y extensión a orillas del Mediterráneo (basta con visitar Leptis Magna,  Djémila o Timgad, en el Norte de África, para comprobarlo). Sin embargo, tanto Pompeya como sus vecinas, en especial Herculano, poseen unas características distintivas que las dotan de un valor especial.

Un cataclismo interrumpió abruptamente el discurrir de su existencia un verano del año 832 desde la fundación de Roma, esto es, el año 79 del calendario cristiano actual, cuando todavía estaban calientes, ironías del destino, las brasas de las grandes hogueras con las que sus pobladores acababan de celebrar las Vulcanalias, fiestas dedicadas a Vulcano, esposo de Venus y dios del fuego, la forja y los volcanes —si bien hace escasas fechas se ha descubierto que la catástrofe tuvo lugar en octubre y no en agosto, como se creía hasta ahora—.

Como contrapartida, ese apocalipsis que las devastó les proporcionó un cobijo estable y permitió que, en parte, se conservaran tal y como estaban en el momento de la tragedia. Calles, viviendas, comercios, oratorios, zonas de ocio, estatuas, pinturas y grafitis, muebles, utensilios de uso cotidiano, joyas y hasta la huella dejada por los cuerpos de algunos de sus habitantes y de sus mascotas, a los que no dio tiempo de huir, permanecieron durante siglos preservados en una “cámara sellada”, bajo tierra, a salvo del despiadado paso del tiempo.

Y allí seguirían, como lugares de leyenda, si no hubiese sido por la tenacidad de un zaragozano, Roque Joaquín de Alcubierre, quien las localizó y devolvió a la luz.

En una carta, un testigo ocular, Gayo Plinio Cecilio Segundo, conocido hoy como Plinio el Joven, narró con detalle la catástrofe a su amigo y gran historiador Cornelio Tácito, así como la muerte de su tío. Éste, el mayor naturalista del mundo antiguo, al que se da el sobrenombre de Plinio el Viejo para diferenciarlo de su sobrino, había acudido a evacuar a los supervivientes al mando de la flota romana emplazada en la zona.

Según Plinio, tras unos pequeños temblores de tierra, el noveno día antes de las calendas de septiembre (24 de agosto) una colosal columna de humo procedente del Vesubio ascendió a los cielos. A continuación, comenzó una densa lluvia de piedras volcánicas y ceniza que ocultó el sol. Durante horas, cubrió toda la comarca, hundió tejados y colapsó vías y caminos. Finalmente, grandes nubes de gases ardientes  y materiales en suspensión que se movían a nivel del suelo (oleadas de flujo piroclástico) abrasaron todo lo que encontraron a su paso.

Cuando el volcán se serenó, Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y otros asentamientos menores habían desaparecido de la faz de la tierra. El emperador Tito, que sólo llevaba un par de meses en el poder, envió rápidos auxilios, donó dinero para las víctimas y hasta se personó en el lugar. Pero muy poco se pudo hacer. Durante un tiempo, antiguos habitantes y saqueadores intentaron recuperar objetos de algún valor. Después, el recuerdo de las ciudades sepultadas se fue haciendo cada vez más difuso hasta acabar por perderse. Como único testimonio de lo sucedido sólo quedaron las cartas de Plinio.

Diecisiete siglos más tarde un ingeniero militar nacido en Zaragoza, en 1702, se afincó en la región. No se sabe la fecha con certeza, pero es más que probable que fuera durante la segunda mitad de 1734, una vez que el reino de Nápoles retornó a manos españolas. Tras la batalla de Bitonto, en mayo de ese año, los soldados del conde de Montemar doblegaron los últimos focos de resistencia austriaca y fue entronizado un hijo del monarca español Felipe V, que pasó a reinar con el nombre de Carlos VII de Nápoles (el mismo que en 1759, al morir sin descendencia sus hermanos mayores Luis I y Fernando VI, abandonaría la corona napolitana para ceñir la española y convertirse en Carlos III).

Roque Joaquín de Alcubierre había recibido su primera formación a orillas del Ebro. Y en cuanto tuvo edad para ello, al parecer bajo la protección del conde de Bureta, se unió como voluntario al Real Cuerpo de Ingenieros Militares, creado en 1711. A las órdenes de Esteban Panón y de Andrés Bonito y Pignatelli, pasó por varios destinos, entre los que figuraron  Gerona y Valsaín, antes de trasladarse a la Corte. Allí intentó ser admitido de forma definitiva en la oficialidad del Cuerpo de Ingenieros. Pero su complicado carácter y rencillas internas se lo impidieron.

Al ser enviado a Nápoles Andrés de los Cobos, su superior en ese momento, Alcubierre, a quien su jefe inmediato tenía en alta estima, le acompañó. El primer documento que certifica su presencia en el Sur de Italia data de enero de 1736.

Dos años después y ya, por fin, con los galones de capitán, se hallaba enfrascado en la nivelación de los terrenos aledaños a un pabellón de caza para el rey, en Portici, cuando le llamó poderosamente la atención la gran cantidad de objetos antiguos que surgían diseminados, a pocos centímetros de la superficie. Un amigo del lugar, el cirujano Giovanni de Angelis, le confirmó la constante presencia de materiales romanos. Al mismo tiempo, le llegó la noticia de que unos años antes, durante el dominio austriaco, al cavar un pozo en una finca cercana por orden de Manuel Mauricio de Lorena, príncipe D’Elbeuf, se habían encontrado lo que parecían vestigios arquitectónicos, junto a mármoles labrados y otros restos menores.

Todo ello le hizo sospechar que la tierra albergaba tesoros escondidos y pidió permiso para iniciar una búsqueda más exhaustiva. No hay que olvidar que desde el Renacimiento las piezas de arte griegas y romanas estaban muy cotizadas y existía un floreciente mercado para coleccionistas, copado por las familias más adineradas, en el que abundaban las falsificaciones (hasta Miguel Ángel, en su juventud, labró varias estatuas que luego enterró y “avejentó” para poder venderlas a mejor precio). Tras mucho insistir, obtuvo la autorización del propio monarca en octubre de 1738 y, con la ayuda de tres peones, se puso manos a la obra.

En aquel entonces, ni la Arqueología ni sus métodos científicos existían todavía. El penoso trabajo de Alcubierre y sus hombres se asemejaba al de los mineros en busca de metales o piedras preciosas. Excavaban pozos y a partir de éstos abrían galerías subterráneas, en muchas ocasiones en terrenos “petrificados” donde llegaban a emplear explosivos para abrirse paso. A medida que iban avanzando, las galerías se estrechaban y se hacían más inhóspitas, por la humedad y, sobre todo, el humo de las antorchas con las que se alumbraban. Al lugar de la excavación sólo se podía acceder por el pozo. Tanto hombres como materiales ascendían y descendían atados a una soga, con la ayuda de un cabestrante.

Por suerte, los resultados no se hicieron esperar. Bronces, lápidas, estatuas de diferentes tamaños... comenzaron a abandonar su apacible refugio en un flujo interminable y multiplicaron el interés del monarca, que decidió aumentar el número de operarios. Alcubierre, a su vez, fue obligado a llevar un diario donde rendir puntual cuenta de los avances y de todos y cada uno de los hallazgos, que debían ser descritos de forma meticulosa y dibujados. A éste se añadían informes periódicos y alguno más, suplementario, en caso de dar con elementos de una calidad extraordinaria.

No tardó en ser localizado un muro, que se pensó era de un templo campestre. Sin embargo, poco después, la inscripción de una lápida reveló que pertenecía a un teatro, el teatro de la ciudad de Herculano, una de las mencionadas en las cartas de Plinio el Joven.

El entusiasmo se desató. Cada nueva galería ofrecía descubrimientos más asombrosos que la anterior. Con el fin de aligerar las tareas, un grupo de presos se sumó a los trabajos. Apareció la basílica, lugar destinado a la administración de justicia y las transacciones financieras. Y aparecieron, una tras otra, viviendas engalanadas con increíbles mosaicos y pinturas murales. Una de ellas, la villa de los Papiros, custodiaba 1.785 manuscritos con textos latinos y griegos, la mayoría hasta entonces desconocidos.

El prestigio de Alcubierre como director de la excavación aumentaba pero su salud se fue minando, maltratada por la aspereza de su cometido. Perdió todos sus dientes y su vista se vio gravemente afectada. Agotado y enfermo, tuvo que abandonar temporalmente su quehacer entre 1741 y 1745. En su ausencia disminuyeron los hallazgos, por lo que en cuanto recobró la energía, ya con el grado de teniente coronel, volvió a su puesto y con él retornaron los resultados espectaculares.

En 1748 fue informado de que a unos kilómetros de donde excavaban también era frecuente que emergieran durante tareas agrícolas abundantes objetos antiguos y que los lugareños aprovechaban las piedras talladas que encontraban para levantar sus propias edificaciones. Decidió entonces solicitar permiso al ministro de Estado para iniciar nuevas búsquedas en esa zona y, en cuanto tuvo el beneplácito real, puso en marcha la empresa.

Su intuición y dedicación pronto dieron fruto y un nuevo rosario de objetos fascinantes se encaminó hacia el Museo Real de Portici, donde todo, sin excepción alguna, debía ser catalogado y estudiado. Alcubierre creía haber dado esta vez con la ciudad de Estabia. Pero estaba equivocado. En 1763 sería desenterrada una inscripción que daba nombre a la localidad. Se trataba, nada más y nada menos, que de Pompeya, la mayor de cuantas había devorado la furia del Vesubio.

El celo de Alcubierre por su tarea y su eterna curiosidad le impulsaron a implicarse en la resurrección de nuevos enclaves. Se sabe que excavó la villa del político, historiador y literato Gayo Asinio Polion en Sorrento y también que trabajó en algún momento de su carrera en EstabiaPozzuoli, Capri y Cumas. Pero sus innumerables éxitos se vieron salpicados por malentendidos, envidias y rivalidades de algunos de los funcionarios que tenía bajo su severo mando.

Esos reproches se sumaron a diversas críticas académicas. Atraídos por la desbocada fama del lugar, numerosos eruditos visitaron las excavaciones pero poco pudieron ver, pues el acceso estaba muy restringido. Uno de los más acreditados, Johann Joachim Winckelmann, considerado en la actualidad el padre de las modernas Arqueología e Historia del Arte, muy enfadado, censuró abiertamente y con extrema dureza el secretismo y los “primitivos” métodos del aragonés. Lo que no impidió que éste siguiera al frente de los trabajos hasta su muerte, en 1780, una ocupación absorbente que compaginó, no obstante, con sus obligaciones militares. En 1772 había sido ascendido a brigadier e ingeniero jefe de los ejércitos del rey, así como gobernador del castillo del Carmen, adosado a la muralla aragonesa de Nápoles. Y cinco años después fue nombrado mariscal de campo.

A pesar de vivir cautivo por su labor día y noche durante décadas, de revelar al mundo tesoros de incalculable valor y de ser el principal responsable de que hoy podamos viajar en el tiempo hasta los años de esplendor del Imperio Romano, este primitivo “Indiana Jones” aragonés, que acabaría abandonado en la cuneta de la historia, nunca se aprovechó de su posición para lucrarse. Tras su fallecimiento, su viuda se vio obligada a solicitar ayuda económica a las autoridades y, en atención a los servicios prestados, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales, renta que sólo alcanzó a la familia para seguir residiendo, en honrada pobreza, en una humilde vivienda de Nápoles.


Para saber más:
-FERNÁNDEZ MURGA, Félix: Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia, Salamanca, Universidad, 1989.
-Blog de viajes Pasaporteblog.com: http://www.pasaporteblog.com/pompeya/

viernes, 20 de septiembre de 2013

Antonio Gavín y sus terroríficos cuentos

¿Quién fue el escritor español más leído fuera de nuestro país en los siglos XVIII y XIX después de Cervantes? ¿Algún clásico del Siglo de Oro como Mateo Alemán, Lope de Vega, Calderón, Quevedo o Góngora? ¿O bien un autor del momento: un intelectual de la talla de Jovellanos o los fabulistas Iriarte y Samaniego?

Pues bien, aunque no aparezca en ningún manual de Literatura, que, como muchas otras cosas, habría que revisar en profundidad para ser justos, el escritor español que más ediciones conoció de su obra en el mundo anglosajón durante los siglos XVIII y XIX, quince, sólo por detrás del Quijote y al mismo nivel que La Celestina, fue un aragonés hoy olvidado llamado Antonio Gavín. Su vida se nos revela como una novela de aventuras y la trascendencia de sus escritos, tanto literarios como políticos, de mucho más alcance del que se pueda sospechar.

Nació en Zaragoza, en 1682, en una familia acomodada. Estudió en los jesuitas de la capital del Ebro y, después, cursó Teología en la Universidad cesaraugustana. En 1705 fue ordenado sacerdote y pasó a ejercer de confesor en la catedral de la Seo (fuente de inspiración para numerosas tramas de sus narraciones). Fue admitido como miembro en la Academia de Teología Moral de la Santísima Trinidad de Zaragoza y asistió a varios juicios de la Inquisición.

En ese tiempo, la ciudad, como el resto del país, se veía azotada y dividida por la Guerra de Sucesión, que enfrentaba a muerte a los partidarios de dos pretendientes al trono de España, Felipe de Borbón, nieto del rey francés Luis XIV, y el archiduque Carlos de Austria. El alto clero aragonés y la Inquisición se pusieron del lado del Borbón, mientras que el bajo clero dio su apoyo al bando austracista.

Probablemente emparentado con uno de los últimos Justicias de Aragón, también llamado Antonio Gavín, que penaría hasta la muerte en una prisión borbónica, nuestro autor engrosó las filas de los incondicionales del archiduque y en 1711, cuando vio la causa perdida, huyó de Zaragoza. Disfrazado de militar, se adentró en Francia hasta alcanzar París. Allí se logró entrevistar con el confesor de Luis XIV, al que expuso una historia inventada. Pero éste, receloso, le negó el pasaporte para viajar a Inglaterra. Volvió a cruzar la frontera y en San Sebastián embaucó a un sacerdote jesuita que le ayudó a buscar amparo en Portugal, donde coincidió con James Stanhope, militar inglés de alto rango a quien conocía de su estancia en la capital aragonesa durante la guerra. Stanhope le facilitó el viaje a Inglaterra y le proporcionó cartas de presentación. Así, en 1714, tres años después de su fuga, por fin pudo poner los pies en suelo británico.

Pronto abrazó de corazón el protestantismo, complacido por la austeridad de su puesta en escena y el rigor de sus lecturas bíblicas. Gracias a la intercesión del obispo de Londres, se inició como pastor anglicano, primero en castellano, para inmigrantes y exiliados, y, más tarde, en inglés. Ocupó temporalmente el cargo de capellán en el navío real Preston y en 1720, en busca de mejorar su situación económica, muy marchita, se afincó en Irlanda. Tras unos años de denodados esfuerzos por combatir el catolicismo imperante en la isla, retomó su carrera como capellán castrense. Se sabe de su estancia en Gibraltar, donde sus encontronazos con el gobernador del peñón, el general Sabine, le empujaron a abandonar la milicia en 1734 y a solicitar su traslado a las colonias inglesas de América.

Una vez instalado, predicó en varias parroquias de Virginia, pero su temperamento y sus arraigadas convicciones pusieron trabas a su labor. Siempre a contracorriente, en ninguna aguantaba mucho tiempo a causa, principalmente, de su pionera, belicosa y tenaz postura en contra de la esclavitud.

Falleció en septiembre de 1750 y en sus últimas voluntades dejó dispuesto su sobrio funeral, aun cuando su fama comenzaba a extenderse a causa de las sucesivas ediciones de su libro A Master-Key to Popery (La llave maestra del papado), que también fue conocido como The great red dragon (El gran dragón rojo). Escrito durante su estancia en Irlanda, había sido editado en inglés por primera vez en 1724, en tres tomos, y no tardó en ser vertido al francés (Le passe par-tout de l’Eglise romaine), alemán y holandés. La publicación está compuesta por una amalgama de textos heterogéneos cuyo fin último es denunciar la corrupción y depravación de la Iglesia Católica. Ensayos doctrinales, bien sean de creación personal o bien extraídos de otros autores, en especial del extremeño Cipriano de Valera, que en el siglo XVI también se vio seducido por la Reforma, se hermanan con ejemplos de comportamientos innobles de autoridades eclesiásticas y ficciones literarias. Estas últimas, aderezadas con experiencias propias, más o menos fidedignas y cuyo escenario es la Zaragoza de la Guerra de Sucesión, son lo más llamativo del conjunto.

Por diferentes cuentos o novelitas breves desfilan toda una suerte de clérigos, inquisidores y aristócratas perversos, codiciosos y concupiscentes que abusan de su poder para seducir a jóvenes incautas a las que muchas veces, ya despojadas de honra y fortuna, no dudan en asesinar. La mayoría de los malvados sale indemne de sus tropelías y, además, asciende en la escala social.

Esas descarnadas narraciones de terror pasaron y pasan desapercibidas en España. Sólo contados eruditos enciclopédicos, como Menéndez Pelayo, o residentes durante décadas en Estados Unidos, como Ramón J. Sender, las han tenido en alguna consideración. El primero, en su Historia de los heterodoxos españoles, las tilda de “lubricidad monstruosa y desenfrenada” y celebra que nadie sepa de su existencia a este lado de los Pirineos. El segundo, tradujo e incorporó a su novela Carolus rex, “olvidando” citar la fuente, una de las historias breves de Gavín protagonizada por una joven rescatada por los franceses de las cárceles inquisitoriales de la Aljafería.

Por el contrario, la morbosa mezcla de sexo y sangre, tan del agrado del público local no sólo de entonces sino también de ahora, y que reafirmaba la primacía moral protestante sobre los papistas, gentes sin escrúpulos y suma de todos los vicios, tuvo un enorme eco en el mundo anglosajón. Su ascendente sobre la llamada literatura gótica es palpable, en particular sobre su obra cumbre, El monje (1795), de Matthew Gregory Lewis, con ambientación y personajes españoles, y que inspiró un guión a Luis Buñuel que no pudo rodar por falta de fondos. Y subyace también en multitud de relatos de escritores románticos posteriores y de clásicos del terror como Edgar Allan Poe.

Pero el gran influjo del aragonés al otro lado del Atlántico quizá no haya que buscarlo sólo en el terreno literario. Antonio Gavín manifestó por escrito su admiración por el imperio de la ley de que gozaban los ingleses frente a los atropellos de los poderosos, tanto en la metrópoli como en las colonias. Tras su muerte, sus papeles y su biblioteca, a través de su viuda Rachel, fueron a parar a manos del virginiano Thomas Jefferson, autor del Estatuto para la Libertad Religiosa de Virginia, así como uno de los padres de la Declaración de Independencia de los EE.UU. y su tercer presidente.

Y no es descabellado pensar que no sería el único en quien dejarían una profunda impronta. En la Convención de Filadelfia, reunida en 1787 para dotar de una Constitución al recién nacido país, se citaron las leyes forales de Aragón como modelo de protección de las libertades individuales. John Dickinson, uno de los redactores del texto definitivo, alabó de forma expresa la institución del Justicia de Aragón, un ejemplo que imitar por resultar un poder moderador del soberano, garante de su legitimidad y fuente de legislación.

No hay que olvidar que Gavín estuvo seguramente emparentado con uno de esos últimos Justicias y se opuso con denuedo a la llegada de los Borbones que, tras hacerse con el poder, promulgarían los Decretos de Nueva Planta. Éstos suprimieron definitivamente dicha figura jurídica (muy maltrecha tras el mazazo recibido por parte de Felipe II), junto con centenarios códigos legislativos que atemperaban la autoridad del monarca en los territorios de la Corona de Aragón y le obligaban a cumplir lo pactado.

Para saber más
-Barreiro, Javier: Galería del olvido, Zaragoza, Cremallo Ediciones, 2001.
-Gavín, Antonio: Compendio del origen y abusos de la Inquisición en Zaragoza. Escritos en inglés por D. Antonio Gavin, sacerdote español, y después Ministro de la Iglesia protestante en Inglaterra. Traducido al castellano por D. Ricardo Baxter. Buenos Aires, Imp. del Estado, 1826.
-Gavín, Antonio: El antipapismo de un aragonés anglicano en la Inglaterra del siglo XVIII. Claves de la corrupción moral de la Iglesia Católica (ed. Genaro Lamarca). Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2008.
-Gavín, Antonio: El licenciado Lucindo o El cura canalla (ed. Genaro Lamarca). Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2011.
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