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viernes, 19 de abril de 2019

Mariano Goybet, el militar zaragozano que capitaneó a los soldados negros estadounidenses en la Primera Guerra Mundial

A comienzos de la década de 1840, el por entonces alcalde de Zaragoza, Miguel Alejos Burriel, advirtió con sana envidia cómo Cataluña prosperaba con brío, al ser la más temprana región española en subirse al tren de la industrialización, y pretendió que la capital aragonesa se sumase a similar impulso modernizador. Con ese fin, alentó la creación de un complejo industrial mecanizado que aprovechara la fuerza con la que el agua del Canal Imperial bajaba por las faldas de los montes de Torrero a través de varias acequias. Una fuerza que, acrecentada por saltos y desniveles, podía poner en movimiento maquinaria pesada sin menoscabar por ello el tradicional desempeño agrícola de la zona.

Este visionario político progresista imaginó la primera industrialización de Zaragoza en el área de Cuéllar y San José con abundantes fábricas alimentadas por energía hidráulica y hasta previó las barriadas obreras que las acompañarían. Su idea era que, al principio, primaran allí las factorías de hilados y tejidos, como en Cataluña, que convirtieran las materias primas locales (lana, cáñamo y lino) en productos elaborados, multiplicando así su precio y la prosperidad ciudadana.

Sin embargo, el inicial desarrollo industrial, liderado por una burguesía en alza, ni fue tan vasto como planteó Burriel, ni tan rápido. Y tampoco se basó en la producción textil, con poca tradición en la ciudad a excepción hecha de la seda y el esparto. Fueron las harineras (de Felipe Almech, Manuel Pardo, Bernabé Andrés, Rufino Vidal, Pedro Urroz, etc.) las que, poco a poco, fueron ocupando el lugar para aprovechar la fuerza motriz de las aguas, junto con algún taller complementario, como los que se beneficiaban de la proximidad de las pródigas canteras de yeso que dieron nombre a la hoy concurrida plaza de las Canteras, en el barrio de Torrero.

Esas pioneras instalaciones necesitaban máquinas especializadas y componentes para su ajuste o renovación, en caso de ser necesario. Y la lejanía de las forjas catalanas y vascas, junto con el lastimoso estado de los caminos de herradura, únicas vías de comunicación de la época, las encarecían sobremanera. Para atender dicha demanda, en enero de 1853 se constituyó la primera siderurgia de la región, la Sociedad Maquinista Aragonesa, tras la obtención de una concesión de diez años para explotar un salto de agua en Torrero. A su nombre se edificaron una fundición, dotada de turbina hidráulica y horno, un taller de elaboración y reparación de maquinaria, almacenes, carpintería…

La nueva empresa estuvo impulsada por dos banqueros y comerciantes, Juan Francisco Villarroya y Tomás Castellano, que en 1848 habían puesto en pie una gran fábrica de harinas, enseguida convertida en una de las más florecientes de todo el país, en un inmejorable emplazamiento, en el centro de una feraz comarca rural próxima al puente sobre el río Gállego, en la carretera que unía Barcelona y Zaragoza, y sobre la acequia de Urdán, cuyo caudal movía sus ruedas de molino.

Para que su proyecto siderúrgico echara a andar, los inversores capitalistas necesitaban gerentes expertos en la materia y los fueron a buscar a Francia, tradicional lugar de procedencia de numerosos emprendedores afincados en Aragón. La sociedad anónima se constituyó con un capital de dos millones de reales repartidos en 504 acciones. La mitad era posesión de Villarroya y Castellano, y la otra mitad se la distribuyeron tres ingenieros llegados de Lyon: Pierre Jules Goybet, Augustin Montgolfier y Antoine Averly. El primero, de mayor autoridad, que se hizo con 126 acciones mientras sus compañeros suscribían 63 cada uno, había sido el director de la Escuela de Ciencias y Artes Industriales lionesa, y era familia del segundo, pues los dos estaban emparentados con los hermanos Montgolfier, los inventores del globo aerostático, que en 1783 consiguieron hacer volar, en una cesta enganchada al aparato, primero a animales y luego a personas. Parece ser que Goybet ya conocía Aragón pues de muy joven habría ayudado a su padre y a su tío a poner en marcha alguna manufactura papelera en la región.

La Sociedad Maquinista Aragonesa (razón social Julio Goybet y Cía.) dispuso de unos medios de producción de análogo nivel técnico que sus equivalentes en Francia, en ese momento a la cabeza de la ingeniería industrial. Y sin competencia alguna en la rama de las transformaciones metálicas en Aragón vivió unos inicios de esplendor. Dos de los encargos institucionales que más prestigio le dieron fueron la verja que circundó el monumento a Pignatelli y el chapitel de la torre de la Seo.

A iniciativa de la Diputación Provincial, el escultor Antonio Palao había modelado una estatua de Ramón Pignatelli, que hubo que fundir en París, para coronar un zócalo en piedra —extraída de las minas de La Puebla de Albortón por el cantero José Lasuén, padre del también escultor Dionisio Lasuén— erigido en las ajardinadas afueras de la ciudad —hoy céntrica plaza Aragón—. Solo faltaba el enrejado que rodease y protegiese el conjunto y este le fue encargado a la Maquinista Aragonesa. Al concluir los trabajos, se procedió a su instalación. Su peso ascendía a 15.400 libras, pagándose por su confección y colocación 20.000 reales. La ceremonia de inauguración, el 31 de junio de 1859, constituyó un rotundo éxito, sin precedentes, pues se trataba de la primera estatua monumental de tal calibre que ornaba Zaragoza desde tiempos de los romanos —en 1904, el justicia Juan de Lanuza arrebataría el señero emplazamiento al bueno de don Ramón y este, evaporados sus días de gloria, fue arrinconado en el parque que se le dedicó en el barrio de Cuéllar, donde permanece marginado y aburrido—.

El otro encargo de tronío que recibió la fábrica dirigida por Goybet fue el chapitel del campanil de la Seo. El original había sido destruido por un rayo, que mató al campanero, en abril de 1850. El nuevo, de hierro fundido recubierto por chapas de cobre en forma de concha que lo guarecen, de 80.000 libras de peso, fue instalado entre enero y abril de 1861. Su base octogonal mide 8 m de diámetro y su altura 25 m hasta la cruz.

Esos y otros logros profesionales permitieron a los Goybet alcanzar un plácido acomodo en la alta sociedad zaragozana, a la que se sumaron con naturalidad el ya llamado por todos «don Julio» y su esposa, Marie Bravais, sobrina de Auguste Bravais, célebre físico que puso las bases de la Cristalografía moderna. La familia Goybet poseía un linaje real, al descender de Luis VIII de Francia, y la mayor parte de sus componentes (militares, alcaldes, notarios, industriales...) pertenecían a la nobleza de Saboya. En la capital aragonesa, el matrimonio acudía con asiduidad a fiestas y espectáculos públicos, y Julio Goybet llegó a ser nombrado caballero por Isabel II.

La dicha familiar se incrementó el 17 de agosto de 1861, cuando vino al mundo un nuevo miembro. Como «zaragozanos» de pro, sus padres bautizaron al recién nacido con gran pompa y solemnidad en la basílica del Pilar donde recibió los nombres de Mariano Francisco Julio, si bien sería conocido solo por el primero de ellos —Mariano era, con diferencia, el nombre de varón más común en el Aragón de la época, como Pilar lo era el de mujer, ambos en honor a la Virgen del Pilar, la Virgen María—.

Ese mismo año, 1861, la Sociedad Maquinista Aragonesa se reestructuró y entraron en ella nuevos inversores. «Don Julio» siguió como principal directivo pero el porcentaje de su participación disminuyó. Además, se produjo un acontecimiento que trastocó por completo el escenario en el que actuaba la empresa. El 16 de septiembre se estrenaba, con la presencia del rey consorte Francisco de Asís, el trayecto ferroviario Barcelona-Zaragoza, que culminaba en la estación del Norte o del Arrabal. Y solo unos días después, también desde la estación del Norte, partía el primer convoy de la línea Zaragoza-Pamplona. La irrupción del ferrocarril revolucionó el panorama industrial zaragozano, que todavía se agitaría más cuando el 25 de mayo de 1863 se abriera al público la estación de Campo del Sepulcro, luego del Portillo, a la que comenzaron a llegar los trenes procedentes de Madrid.

En 1863 terminaba también la concesión del salto de agua que daba vida a la Sociedad Maquinista Aragonesa y esta decidió trasladarse a un terreno adquirido a la baronesa de la Menglana, frente al Camino de Miraflores, próximo al paseo de las Damas. A su vez, Antonio Averly, hasta ese momento su director técnico, montó sus propios talleres en la calle San Miguel, que funcionarán como sucursal de la gran fábrica que su familia tenía en Lyon —de ahí se mudaría en 1880 al Campo del Sepulcro, al lado de la estación de Madrid, donde aún siguen en pie diferentes instalaciones, el único legado superviviente de esta época de arranque industrial, que nuestros benéficos munícipes consienten arrasar para que se levanten preciosos bloques de pisos—. Y, al calor de la recién estrenada red ferroviaria, que aumentaba de forma extraordinaria el radio de acción comercial y abarataba la producción, pronto surgirían nuevas siderurgias (de los hermanos Rodón, José Villalta, Juan Iranzo, Miguel Irisarri, los también franceses Jean Mercier y Gustave Carde…).

Es en esos tumultuosos años de primera infancia de Mariano Goybet cuando, apurados por la quebradiza salud de Marie Bravais y la inestabilidad del momento, la familia decide regresar a Lyon, un golpe mortal para la Sociedad Maquinista Aragonesa, que terminaría por disolverse en 1867. Allí, en la confluencia del Ródano y el Saona, el pequeño Mariano continuó su formación. Y al concluir sus estudios de secundaria ingresó en la escuela militar de Saint Cyr. Sumergirse en la vida castrense era ya una tradición familiar. Su tío, Charles Goybet, participó en varias revueltas en Italia, así como en la guerra de Crimea, y llegó al generalato en el arma de Caballería. Y sus hermanos Victor, mayor, y Henri, menor, se convertirían asimismo en insignes oficiales del ejército francés —el segundo en la Marina—.

El zaragozano salió de St. Cyr en 1884, ya como militar, y fue enviado al 2º Regimiento de Tiradores Argelinos, al mando del general Theodore Lespieau, con cuya hija Marguerite se casó. Al ser nombrado teniente, se unió en Grenoble al 140º Regimiento de Infantería. Y más tarde continuó su formación en la École de Guerre, graduándose con honores en 1892.

Su modélica trayectoria profesional le hizo pasar por diferentes destinos y grados hasta que en diciembre de 1907, siendo teniente coronel, se hizo cargo del 30º Batallón de Cazadores Alpinos. Buen esquiador y amante de la montaña, aprovechó la ocasión para acometer, al frente de sus hombres o en solitario, marchas y ascensiones por las más agrestes cumbres de los Alpes, incluido el mítico Mont Blanc.

Obtuvo el grado coronel y se mantuvo en un puesto en el que se encontraba cómodo. Pero el 28 de julio de 1914 el nacionalista serbio Gavrilo Princip asesinó en Sarajevo al heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, y el averno se hizo realidad en Europa. En pocas semanas, el Reino Unido, Francia, Rusia e Italia se enfrentaban en los campos de batalla a Alemania, el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Otomano. El continente se consumía en llamas y los cadáveres de millones de soldados sembraban comarcas enteras tras infernales e interminables matanzas, una hecatombe de pesadilla en la que se ensayaban los últimos adelantos técnicos. La revolución industrial había llegado también a la guerra.

En los compases iniciales de la I Guerra Mundial, el batallón de Mariano Goybet fue enviado a la cordillera de los Vosgos, en la región de Alsacia. Consiguió derrotar en sucesivos choques a los alemanes en Munster (14 de agosto), Gunsbach (19 de agosto) y Logelbach (22 de agosto). Y solo dos días después de la última escaramuza, el 24 de agosto, apresó un convoy de una división bávara en el Col de Mandray.



Respaldado por esas victorias, Goybet pasó a dirigir el 152º Regimiento de Infantería, con el que repitió triunfos en la zona (Ormont y Spitzenberg). Y a continuación recibió el mando de la 81ª Brigada, que tomó la ciudad de Steinbach (3 de enero de 1915). Durante 1915 fue herido en dos ocasiones y tuvo que ser hospitalizado. Y en el breve intervalo de unos meses perdió a dos de sus hijos, Frédéric y Adrien, muertos en combate. Una vez recuperado de sus heridas, se integró en el 98º Regimiento de Infantería, desplegado en Verdún, que más tarde sería trasladado hacia el norte, a la batalla del Somme. Tanto en Verdún como en las proximidades del río Somme, la carnicería alcanzó cotas nunca vistas. Miles y miles de hombres cayeron para no volverse a levantar abatidos por la artillería, las ametralladoras y los gases tóxicos sin que apenas se alterase el dibujo de las líneas del frente.

El ejército francés, agotado y desangrado, se vio obligado a reorganizarse y a principios de 1917 al militar zaragozano le fue asignado el mando de la 25ª División de Infantería. Los alemanes, también exhaustos, comenzaron a mostrar algunos síntomas de flaqueza, más todavía tras la progresiva incorporación a la guerra de las tropas estadounidenses, que se sumaron a las hostilidades desde mediados de 1917. Los hombres de Goybet aprovecharon una retirada estratégica de sus enemigos en el verano de ese año para hostigar su marcha y perseguirlos hasta la ciudad de San Quintín, de la que los desalojaron —el 80 % de sus edificios fue destruido por la
artillería—, antes de apoderarse, en agosto, tras inclementes acometidas, del bosque de Avocourt. En diciembre, Mariano Goybet vio ya como en su bocamanga lucían las estrellas de general.


La entrada de EE.UU. en el conflicto terminó por desequilibrar la balanza. Un reguero de nuevos combatientes y copiosos recursos armamentísticos y logísticos dieron a los Aliados el empujón definitivo para desmantelar el muro alemán, agrietado tras casi cuatro años de atroz sangría. Un sinfín de voluntarios se alistó al otro lado del Atlántico para ir a luchar a Europa. Entre ellos, más de dos millones de estadounidenses negros, deseosos de acreditar su patriotismo y evidenciar que su capacidad para el combate no tenía nada que envidiar a la de sus compatriotas blancos, como algunas unidades ya habían demostrado durante la Guerra de Secesión y la Hispano-estadounidense.

Pese al impulso de esos dos millones de voluntarios, algo menos de 400.000 acabaron sirviendo en el ejército durante la I Guerra Mundial. De ellos, una cuarta parte, unos 100.000, fueron enviados a Francia. A la gran mayoría se le asignó tareas de intendencia o labores secundarias: descargar los suministros de los barcos, transportar municiones, reparar líneas férreas y vehículos, cavar zanjas, limpiar establos, enterrar a los caídos… Solo dos divisiones, la 92ª y la 93ª, compuestas cada una por cuatro regimientos, un total de unos 20.000 hombres, todos de color, fueron consideradas combatientes.

Tanto el ejército como la sociedad del Estados Unidos de la época se oponían a que blancos y negros luchasen juntos. La segregación y el racismo eran las normas imperantes —y lo seguirían siendo hasta finales de la década de 1960— y la convivencia de unos y otros en un mismo plano se consideraba «antinatural». En todos los cuarteles, como en la mayoría de los establecimientos civiles, los letreros que informaban de espacios «solo para blancos» regulaban la vida diaria.

Aunque hubo algunas protestas, el Alto Mando estadounidense mantuvo su negativa a que los soldados negros peleasen codo con codo con los blancos. El hecho llegó a conocimiento de los responsables del ejército francés que, devastado, había visto gravemente reducidos sus efectivos y se encontraba al borde de la extenuación. El mariscal Pétain solicitó al general Pershing, jefe de las fuerzas expedicionarias americanas, la colaboración de los soldados negros en las maltrechas unidades francesas, pero su petición, en un principio, no fue atendida. Preocupaba la integración de los combatientes de color en compañías no segregadas, pues resultaba un «alarmante precedente». Ningún blanco estaba dispuesto a compartir su tienda o a saludar a un superior de color y menos aún a obedecer sus órdenes. E incluso se llegó a advertir a los franceses de la indisciplina, cobardía y mala conducta de los soldados negros. Podían darse casos de robos, violaciones o, lo que es peor, de que confraternizasen con las mujeres locales —en muchos lugares de EE.UU. un hombre negro corría serios riesgos de ser salvajemente linchado, sin que las autoridades hicieran nada por evitarlo, solo por ir de la mano de una mujer blanca—.

Ante la desesperada insistencia de Pétain, Pershing accedió finalmente a que los hombres de las divisiones 92ª y 93ª se pusiesen a las órdenes del cuartel general francés, repartidos en distintos destacamentos. Satisfacía así a sus aliados y a la mayoría de sus propios oficiales y soldados, que se negaban a luchar en su compañía. Por su parte, como potencia colonial, acostumbrada a tener entre sus filas a soldados negros de origen africano, Francia no mostró ninguna reticencia a integrarlos.



En mayo de 1918, a Mariano Goybet se le encomendó la misión de reconstruir la 157ª División de Infantería, que poco antes había sido diezmada por los alemanes. Para su resurrección se le adjudicaron tres regimientos, el 333º francés junto con el 371º y el 372º, de la 93ª División, de estadounidenses de color, en los que se aunaban reclutas de diferente procedencia y miembros de la Guardia Nacional. Todos ellos fueron sometidos a un intenso entrenamiento de cuatro semanas. Los americanos recibieron el casco y el armamento de los franceses, si bien mantuvieron su uniforme caqui. El idioma fue una de las principales barreras que hubo que salvar. Los oficiales eran en su mayoría blancos. Los suboficiales, negros.


A las órdenes del zaragozano, la 157ª División adoptó como emblema una mano roja, que no tardaría en hacerse legendaria en el frente occidental. Con el IV Ejército, participó en la ofensiva general aliada en Champagne y después de enconados combates y espectaculares golpes de mano consiguió romper la línea fortificada del enemigo en Monthois, a pesar de la numantina resistencia alemana y de sus tenaces contraataques, que desembocaban en despiadados enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Antes de ser desplegada en la zona de los Vosgos, a las afueras de Sainte Marie les Mines, capturó cuantiosos prisioneros y se incautó de gran cantidad de piezas de artillería.

Los soldados negros de la Mano Roja probaron su valía y protagonizaron incontables actos de heroísmo. Casi un tercio de los mismos murió o resultó herido. Sus dos regimientos fueron condecorados con la Cruz de Guerra, la más alta distinción militar francesa, y docenas de sus integrantes con la Legión de Honor. Un comportamiento similar tuvieron otros regimientos de combatientes de color (como el 369º, The Harlem Hellfighters, la primera unidad aliada en cruzar el Rin, o el 370º, The black devils).

El 11 de noviembre de 1918, a las 11:00 h, entró en vigor el armisticio entre los Aliados y las Potencias Centrales. Y el 20 de diciembre se ordenó la disolución de la División de la Mano Roja. Mariano Goybet despidió con un emotivo discurso a sus supervivientes, que desfilaron a los sones de la Marsellesa aclamados por la multitud. Sin embargo, al regresar a su país sus gestas se sepultaron en el olvido y sus méritos no fueron reconocidos. Ciento veintisiete Medallas de Honor del Congreso estadounidense fueron concedidas al acabar la I Guerra Mundial. Ninguna para un combatiente de color —Freddie Stowers, por ejemplo, del 371º, muerto en combate durante el asalto a un nido de ametralladoras, fue propuesto por sus oficiales para recibirla, pero sus familiares no la conseguirían hasta ¡73 años más tarde!, en 1991, de la mano de George Bush—. Muy al contrario, en 1919 creció la tensión racial, estallaron disturbios en diferentes ciudades y aumentó el número de linchamientos, sufridos en un alto porcentaje por veteranos del conflicto, malacostumbrados a desenvolverse en un mundo en guerra pero sin segregación.

Goybet fue laureado por el general Pershing con la Medalla por Servicio Distinguido, y en marzo de 1919 con la Orden del Ejército por el mariscal Pétain. Hasta marzo de 1920 ejerció de comandante general adjunto de Estrasburgo y en esa fecha fue reclamado por el general Henri Gouraud, alto comisionado de la República Francesa en Siria, para dirigir la 3ª División de Levante.

Durante la I Guerra Mundial, los británicos habían ocupado varias provincias del Imperio Otomano en Egipto, para controlar el paso por canal de Suez, y en Mesopotamia, para hacerse con los pozos petrolíferos de la zona, al tiempo que espoleaban a los árabes —entre otros, el mítico Lawrence de Arabia— para que se rebelaran contra los turcos, prometiéndoles la independencia a cambio de su respaldo militar. Su intención última, no obstante, era pasar a dominar un territorio de enorme valor estratégico y económico. Y con ese objetivo se reunieron en 1916 un enviado británico, Mark Sykes, con uno francés, François Georges Picot. Entre los dos, con escuadra y cartabón, trazaron sobre un mapa dos grandes áreas de influencia, que se repartieron sin tener en cuenta la composición étnica y religiosa de la población local o sus deseos —algo que todavía está pagando toda la humanidad y que no tiene visos de solución—.

Una vez declarada la paz, varias reuniones ajustaron los límites establecidos en el acuerdo Sykes-Picot y surgieron en el área nuevos Estados (Siria, Líbano, Irak, Palestina, Transjordania y Arabia Saudí), pero bajo control francés o británico. El Imperio Otomano fue dividido de forma oficial por el Tratado de Sévres, que reservó a los franceses Siria y el Líbano en nombre de la Sociedad de Naciones. Pero Faisal, uno de los hijos de Hussein, monarca hachemita de Arabia Saudí, puestos en el trono de las bisoñas naciones, renegó del acuerdo y se alzó en armas.



Para sofocar la sublevación fue llamado Mariano Goybet. Sus tropas, entre las que había soldados marroquíes, argelinos y senegaleses, batieron a los sublevados en la batalla de Maysaloun y el 25 de julio de 1920 entraron en Damasco —donde un antepasado suyo había sido esclavizado en el siglo XII, durante la segunda Cruzada—. Muy poco pudieron hacer, a pesar de su empeño, las espingardas, los caballos y los camellos de los árabes frente a las ametralladoras, los tanques y los aviones franceses.

El mandato francés en Siria y el Líbano se alargó hasta la II Guerra Mundial. En 1946 se retiraron sus últimas tropas de la zona, que había abandonado mucho antes Mariano Goybet una vez cumplida su misión. Este, tras su regreso a Francia, recibió nuevos honores y en 1923 fue nombrado general de división, antes de pasar a la reserva. A lo largo de su trayectoria profesional fue muy apreciado por sus superiores, que alabaron en numerosas ocasiones su capacidad táctica. Hombre cultivado, tuvo relación epistolar con uno de sus narradores favoritos, Rudyard Kipling. Practicó el dibujo y acopió una gran biblioteca, con cuantiosos títulos de poesía.


Este singular militar zaragozano falleció el 29 de septiembre de 1943 en Yenne, en la región de Saboya, cuando las tropas nazis ocupaban Francia y dominaban la mayor parte de Europa. Contra ellas combatieron su tercer hijo, el contraalmirante Pierre Goybet, quien controlaba el puerto de Casablanca cuando los estadounidenses aterrizaron en la ciudad, y su nieto Adrien, que se enfrentó a los japoneses en Camboya y, posteriormente, intervino en las campañas de Indochina y Argelia.

Para saber más:
- BARBEAU, Arthur y HENRI, Florette: The unknown soldiers: Black American troops in World War I, Filadelfia, Temple University Press, 1974.
- BIEL, Pilar: Zaragoza y la industrialización: la arquitectura industrial en la capital aragonesa, Zaragoza, IFC, 2004.
- BROOKS, Max y WHITE, Caanan: Los guerreros del infierno de Harlem (cómic), Madrid, Umbriel, 2017.
- GRACIA, Mariano: Memorias de un zaragozano, Zaragoza, IFC, 2013.
- HEYWOOD, Chester D.: Negro combat troops in the World War: the story of the 371st infantry, Worcester, Commonwealth Press, 1928.
- La integración de soldados negros estadounidenses de la 93 división de infantería en el ejército francés en 1918, https://journals.openedition.org/rha/7328
- Luchando por respeto, soldados afroamericanos, https://www.military.com/history/fighting-for-respect-african-american-soldiers-wwi.html
- MANSON, Monroe y FURR, Arthur Franklin: The american negro soldier with the Red Hand of France, Boston, The Cornhill Company, 1920.
- SCOTT, Emmett J.: The american negro in the World War, Chicago, Homewood Press, 1919.

jueves, 21 de abril de 2016

Miguel Ezquerra, el defensor del búnker de Hitler

Toda hoja tiene un haz y un envés. Y toda moneda, dos caras. Durante la II Guerra Mundial muchos aragoneses combatieron la sanguinaria demencia nazi, bien desde la Resistencia en tierras francesas, bien encuadrados en alguno de los ejércitos aliados. Los hubo que expusieron su vida para escudar a los perseguidos y los hubo que la sacrificaron con el anhelo de legar a las generaciones venideras un mundo más libre y justo. Pero también los hubo que, guiados por su personal credo, por ardor aventurero, por necesidad o por azar, batallaron en favor de las fuerzas del Eje.

Uno de los más sorprendentes adalides de los empeños de Adolf Hitler fue el oscense Miguel Ezquerra Sánchez. En el ocaso del conflicto, cuando el triunfo era ya sólo una quimera, dirigió una unidad de las Waffen-SS bautizada con su propio nombre (Einheit Ezquerra o Einsatzgruppe Ezquerra). Estaba compuesta de forma mayoritaria por españoles y fue emplazada en Berlín, donde se batió con ferocidad en la apocalíptica defensa final de la capital alemana ante los soviéticos.

Las insólitas hazañas de Ezquerra, dignas de mejor causa, se recogen en un texto autobiográfico que tituló Lutei até ao fim (Luché hasta el fin), ya que fue editado por primera vez, en 1947, en Lisboa, donde residió durante un tiempo para alejarse de la policía franquista. El momento político vedaba su publicación en España, pues el régimen imperante, para sobrevivir, debía congraciarse con las potencias vencedoras en la contienda planetaria. Además, en sus páginas se traslucían críticas al país surgido de la “triunfal Cruzada” (ya desde sus primeras frases, referidas al año 1944: “En mi patria el ambiente me ahogaba. No me gustaban muchas de las cosas que veía a mi alrededor”), a la par que se fustigaba a partidarios del régimen corruptos, con nombres y apellidos.

Así pues, la versión española de su libro, Berlín, a vida o muerte, no pudo ver la luz hasta finales de 1975, ya en los estertores del franquismo. En ella desgranaba sus vivencias en los últimos meses de vida del III Reich, con algunas divergencias respecto a lo publicado en Portugal y un estilo áspero y pobre, aunque vivo, mechado de antisemitismo y con la habitual parafernalia dialéctica falangista, donde virilidad y españolismo se encumbran como valores máximos.

Dichas memorias han sido objeto de debate entre aficionados y estudiosos del tema desde su aparición. E, incluso, quienes comparten la ideología de Ezquerra han puesto serios “peros” a varios de sus pasajes. Investigaciones exhaustivas sobre la Batalla de Berlín, como la emprendida por Antony Beevor, basada en la documentación militar soviética desclasificada, han ignorado la presencia de españoles en el bando germano. Este hecho se ha sumado a la pérdida de los archivos alemanes, capaces de confirmar o desmentir un relato épico aderezado con nebulosos episodios. Y tampoco ayuda a clarificar la cuestión la peculiar personalidad del autor, atrabiliario, farfantón, con un desmedido afán de protagonismo, amigo de ponerse medallas reales o ficticias y una memoria selectiva, proclive a oportunos olvidos, medias verdades, exageraciones e inexactitudes.

Sin embargo, gracias al testimonio de supervivientes, hoy se da por seguro que la Unidad Ezquerra existió, que un puñado de españoles dirigidos por un aragonés estuvieron entre los últimos pretorianos de la cancillería hitleriana, que ofrecieron una encarnizada resistencia y que sólo capitularon, ya muy diezmados, cuando la incontenible avalancha de fuego guiada en la distancia por Stalin sepultó toda esperanza.

Miguel Ezquerra nació en enero de 1913 en Canfranc, donde su padre, que fallecería siendo él todavía niño, era responsable de un molino. Cursó estudios de Magisterio en Pamplona y su primer destino profesional, como maestro, lo condujo hasta la localidad navarra de Lodosa.

No por ello perdió su vínculo con el Alto Aragón, adonde regresaba en vacaciones. El verano de 1936 decidió disfrutarlo en la capital oscense. Falangista de la primera hornada, tenía la costumbre de reunirse con otros jóvenes de parejo pensar en la terraza del Café Universal. Allí debatían, bebían, vociferaban el Cara al sol y provocaban a contrarios políticos o a paseantes curiosos.

El sábado 18 de julio las radios daban la noticia de un intento de golpe de Estado encabezado por oficiales del ejército contrarios a la República. A primeras horas del domingo, con los soldados ya en las calles de Huesca, Ezquerra se dirigió al Gobierno Militar. El carné de Falange le facilitó al instante un arma y la licencia para usarla.

Le faltó tiempo para alistarse en el bando de los sublevados. Se desconocen con detalle sus andanzas durante la Guerra Civil y en sus memorias apenas les dedica un breve párrafo. Parece ser que se implicó en la ocupación de Ayerbe y Almudévar, antes de ingresar en la 2ª Bandera de la Legión. Fue herido en las proximidades de Huesca y, ya restablecido, se integró en la Columna Móvil de Aragón. Con ella participó en diferentes operaciones bélicas en las tres provincias aragonesas hasta que dolencias intestinales le obligaron a pasar por hospitales militares de Zaragoza y Valladolid.

Tras su mejora, disfrutó de varias semanas de descanso en Canfranc. De nuevo en el frente, solicitó plaza en un curso de alféreces provisionales organizado en Fuentecaliente (Burgos). Con los galones ya en la bocamanga, entró a formar parte de la 7ª Bandera de Castilla y luchó en la sierra de Guadarrama. En marzo de 1938 fue destinado al Regimiento de Infantería Granada nº 6, en Extremadura, y poco después se le concedió el empleo de teniente provisional, que ostentó hasta el final del conflicto. El historiador Luis Antonio Palacio, que le ha seguido la pista en los registros castrenses, revela que obtuvo varias condecoraciones, tanto por comportamientos colectivos como por acciones individuales.

En el curso de la guerra conoció a quien sería su esposa. El estallido de un obús le causó heridas oculares y fue llevado a Sevilla para su recuperación. A la espera de recibir el alta definitiva, se le asignó un empleo en la guardia de la prisión hispalense. Allí coincidía casi a diario con Consuelo Reinoso, hija de un acreditado republicano, secretario del Ayuntamiento, y con un hermano encarcelado por sus ideas políticas. Es muy posible que gracias a la mediación de Ezquerra a este último le fuera conmutada la pena de muerte. Y la relación entablada con Consuelo desembocó en boda.

Rendida la República, solicitó la licencia y se instaló con su familia en Madrid, donde retomó sus labores docentes. Pero al dar inicio la II Guerra Mundial, en pago por su apoyo a la rebelión militar franquista, se presentó como voluntario en la embajada alemana, que rechazó el ofrecimiento.

Se afincó a continuación en el Sur de Francia, en Bayona, para ejercer como profesor de español contratado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. La ocupación del país por el ejército nazi alteró su día a día y se vio obligado a regresar a Madrid.

Aun cuando ya tenía una hija y otra iba en camino, su visceral anticomunismo le espoleó para dejarlo todo y marchar al combate en cuanto se produjo la invasión de la Unión Soviética por parte de Alemania (Operación Barbarroja), en el verano de 1941. Otra vez se postuló sin éxito ante la embajada alemana y, más tarde, intentó ser incluido, también de forma infructuosa, en la llamada División Azul (la 250ª Infanterie-Division de la Wehrmacht), el contingente de voluntarios españoles que viajó a los frentes de Nóvgorod y Leningrado para acabar con el bolchevismo alentados por las autoridades nacionales, que sentenciaron en una conocida arenga que “¡Rusia es culpable!” y, por tanto, “El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”.

Ezquerra removió cielo y tierra durante meses y, por fin, en agosto de 1943, resultó admitido en uno de los reemplazos que partieron para cubrir las bajas que se producían entre los españoles. A su llegada a la Unión Soviética, gracias a su experiencia militar, fue asignado a una compañía antitanques con el grado de teniente. Sin embargo, su estancia no fue muy dilatada ya que a finales de septiembre fue herido por la metralla durante un bombardeo en los alrededores de Kólpino, un suburbio industrial de Leningrado. Tuvo que ser evacuado a un hospital de Riga (Letonia) y, de allí, a otro de Königsberg, la actual Kaliningrado.

Sólo unos días después, a principios de octubre, se ordenaba el retorno de la División Azul. El rumbo de la guerra había dado un giro brusco en las estepas heladas del Frente Oriental y Franco, más interesado en conservar el poder que en guardar lealtad a quienes le habían ayudado a conseguirlo, decidió su repatriación, presionado por los Aliados. El destacamento español fue disuelto de forma oficial el 17 de noviembre y los últimos expedicionarios abandonaron el suelo ruso ya en diciembre. Ezquerra fue uno de los más rezagados, pues no pudo ser trasladado a España, todavía convaleciente, hasta el día 21 de ese mes.

Es muy probable que sus heridas, junto con sus sempiternos problemas gástricos, le impidieran inscribirse en la llamada Legión Azul, la Spanischen Freiwilliger Legion o Legión Española de Voluntarios (LEV), unos dos mil hombres acogidos por la 121ª Infanterie-Division que siguieron en armas hasta ser desmovilizados en marzo de 1944. Sus más celosos miembros, no obstante, se negaron a regresar y encontraron acomodo diseminados en distintas unidades alemanas.

Para entonces, el Gobierno del general Franco, atento al devenir del conflicto y amigo como era de nadar y guardar la ropa, había decretado que todos aquellos españoles que prestaran servicio militar en alguno de los bandos beligerantes serían privados de la nacionalidad española. La medida no supuso un obstáculo insalvable para los devotos más recalcitrantes del nacionalsocialismo. Dispuestos a salvar la “Europa civilizada” del ataque de los “subhumanos” (untermenschen) que colmaban las infames “hordas rojas”, varios centenares intentaron cruzar la frontera francesa para alistarse en el cada vez más necesitado ejército alemán.

Ezquerra fue uno de ellos. Y aquí comienza su relato. Dejó a su familia en un pueblecito de la provincia de Sevilla y subió a un tren con destino a Irún. Durante el viaje conoció a varios camaradas con el mismo propósito y el 2 de abril de 1944, en compañía de un joven gallego, se abrió paso a las bravas en la aduana tras encañonar con una pistola al guardia civil que la custodiaba.

Los alemanes, ahora más receptivos, agruparon a todos los que lograron sortear los pasos fronterizos y los trasladaron a un campamento en las proximidades de Königsberg, de nuevo cerca del Frente Oriental. Al poco de llegar, Ezquerra protagonizó un violento altercado con compañeros que le quisieron gastar una broma y, airado, solicitó a los mandos que se le mantuviese la graduación que había ostentado durante su paso por la División Azul.

Éstos se lo concedieron y lo reubicaron, ya como oficial, en unidades acantonadas en el Pirineo francés, encargadas de ayudar a nuevos voluntarios españoles, así como de detectar y eliminar a los integrados en la Resistencia. Se le ofreció luego un puesto en el Servicio Secreto alemán (Abwerh) y viajó a París para ser formado en radiotransmisión, lenguajes cifrados y fabricación de explosivos. En la Ciudad de la Luz entró en contacto con residentes españoles con el seudónimo de Capitán Kronos para recabar información. En ese momento los Aliados ya habían desembarcado en Normandía y Ezquerra asegura en su libro haber dirigido a un grupo de compatriotas incorporados a las tropas que, sin fortuna, intentaron contener el avance enemigo.

París fue evacuado por los alemanes de forma precipitada y el oscense los acompañó en su caótica retirada. En busca de su batallón, pasó por Austria y Checoslovaquia, hasta dar con él en la ciudad alemana de Coblenza.

Partidarios de los alemanes procedentes de toda Europa, tanto civiles como militares, habían encontrado refugio en el interior del país. Y Ezquerra fue puesto al frente de un pequeño comando integrado por españoles, en su gran mayoría veteranos de la División Azul (de sus 36 componentes, 8 eran aragoneses).

A la cabeza del mismo participó en la Batalla de las Ardenas, la última gran ofensiva de los ejércitos hitlerianos. El mal tiempo, primero el barro y luego la nieve, había empozado a los Aliados en los bosques de la región belga de las Ardenas e impedía que su aviación pudiera despegar, lo que fue aprovechado por los mariscales Model y von Rundstedt para organizar un brioso contraataque en diciembre de 1944. El comando de Ezquerra se infiltró en las líneas enemigas y sorprendió a un bisoño destacamento estadounidense. Destruyó un enorme depósito de municiones e hizo más de trescientos prisioneros (quizá uno de ellos fuera Kurt Vonnegut).

Sin embargo, el colofón de la operación no fue el deseado. Ezquerra tuvo que ser evacuado, pues sufrió congelaciones en varios dedos de sus pies, algunas de cuyas falanges le fueron amputadas, y en cuanto el cielo se despejó la supremacía aérea aliada frenó en seco la embestida alemana.

Ezquerra fue enviado entonces a Berlín, donde, dados sus recientes éxitos, se le ordenó organizar otra unidad, mayor, formada por españoles. Aunque en sus memorias le reste mérito, en esa decisión resultó decisiva la figura del general Wilhelm von Faupel, quien había fundado, junto con su esposa, el Instituto Iberoamericano para propagar el ideario nazi en los países de habla hispana. Con experiencia como asesor militar en Argentina y Perú, von Faupel había sido nombrado “encargado de negocios” ante el Gobierno de Franco en Burgos en octubre de 1936. Y ejerció como embajador alemán hasta agosto de 1937, cuando fue sustituido a petición española por su apoyo a Manuel Hedilla y a los sectores más radicales del falangismo. En la capital alemana mantuvo su postura y, a través del periódico Enlace, buscó aglutinar a españoles e hispanoamericanos leales a Hitler.

Ezquerra agavilló para su unidad a todo español que encontró. Rebuscó en el ejército alemán a los compatriotas que estuviesen alistados y los reclamó. A ellos sumó a residentes en Berlín necesitados de amparo, a trabajadores que habían llegado a Alemania a través de la organización Todt (creada para nutrir los centros de producción de obreros extranjeros así como de prisioneros, expatriados y judíos en régimen de esclavitud, ya que todos los alemanes en edad de combatir habían sido llamados a filas) cuyas fábricas habían sido destruidas por los bombardeos y vagaban sin recursos ni medios de huida, e incluso a deportados y presidiarios.

En total logró reclutar dos compañías, completadas con algunos franceses y belgas, que fueron acuarteladas en Postdam para recibir una rápida instrucción. El heterogéneo grupo impactó a un veterano del conflicto a su llegada: “Recibimos la orden de ir a Postdam donde se estaba reagrupando a todos los españoles en una sola unidad, capitaneada por Miguel Ezquerra. Nos supo mal abandonar a los camaradas de la SS-Wallonie con los que habíamos combatido y derramado nuestra sangre por un mismo ideal. Cuando llegamos a Postdam nos alojaron en un colegio de huérfanos militares y allí nos encontramos con un espectáculo circense descomunal, había más sargentos que soldados, legionarios pendencieros, gentes de mal vivir, despistados que no sabían dónde ir y antiguos veteranos de la División Azul y de otras unidades de la Wehrmacht. Seríamos aproximadamente entre 100 y 150. Recuerdo entre todos ellos a un legionario que hacia de escolta de Ezquerra, tenía la cara completamente tatuada y llevaba un enorme cinturón del Tercio con dos pistolas, una a cada lado. Años después, me contaron que murió sepultado entre las ruinas de Berlín”.

A mediados de abril de 1945 la Unidad Ezquerra entró en combate por primera vez, en Sttetin, donde defendió una cabeza de puente sobre el río Óder. Pero enseguida se le ordenó replegarse hasta Berlín. Los inconsistentes diques de contención puestos por el ejército alemán no tardaron en desmoronarse y un tsunami de hombres y armas procedente del Este anegó los alrededores de la capital alemana. El Segundo Frente Bielorruso al mando del general Rokossovski, el Primer Frente Bielorruso dirigido por Zhúkov y el Primer Frente Ucraniano de Kónev, además de una parte del renovado ejército polaco, más de dos millones de soldados, pusieron cerco al corazón del Reich.

Y después de haber padecido cuatro años de infames crímenes y brutales matanzas, lo hacían azuzados por acres proclamas: “¡Soldados del Ejército Rojo, ha sonado la hora de la venganza! ¡Lanzad la antorcha a la hoguera de Berlín! ¡Matad, matad, matad! ¡Violad, violad, violad! ¡Ningún alemán es inocente, ni siquiera los que todavía no han nacido!”, demandaba, por ejemplo, el escritor Iliá Ehrenburg (más lírico, la verdad, a su paso durante la Guerra Civil por Aragón, tierra a la que dedicó un sentido poema: “Será tu impulso, ¡corazón! / quemado y rojo Aragón...”).

Mientras miles de civiles buscaban refugio en el mar de escombros provocado por la aviación aliada, se atrincheraban los defensores: lo que quedaba de varias divisiones de las Waffen-SS y de la Wehrmacht, voluntarios extranjeros (nórdicos, holandeses, franceses, belgas...), policías y miembros de las Juventudes Hitlerianas y del Volkssturm, una milicia civil que incluía muchachos de escasa edad y ancianos. En total, unos 95.000 combatientes agotados, mal equipados y desorganizados.

El 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años, la artillería soviética comenzó a bombardear Berlín y cuatro más tarde la ciudad quedó sitiada. Ya no había escape. Los distritos de la periferia fueron pronto ocupados, pero no así el centro, donde durante una semana se recreó el Averno.

Los enfrentamientos se libraban cuerpo a cuerpo, casa por casa, día y noche. La artillería destrozaba edificios y las ametralladoras acribillaban calles, puertas y ventanas despedazando a sus ocupantes. Los soviéticos avanzaban palmo a palmo a costa de enormes quebrantos humanos y materiales (se calcula que perdieron más de 350.000 soldados, entre muertos, heridos y desaparecidos, y unos 2000 carros de combate). Pero la salvaje carnicería, acompañada de violaciones, saqueos, ejecuciones y suicidios colectivos, también devastaba a los defensores.

La Unidad Ezquerra, complementada con los restos de un batallón letón, fue destinada al barrio gubernamental, el epicentro de la lucha. Estableció su cuartel en las ruinas del Ministerio del Aire y fue dispuesta como fuerza móvil. Si bien en poco tiempo no hubo frente ni posiciones estables, cada cual luchaba donde podía, estaba encargada de acudir con urgencia allí donde era requerida para intentar cerrar las brechas que los soviéticos abrían en su avance. Sus fusiles y sus “puños de hierro” o panzerfaust (lanzagranadas antitanque de un único uso) hacían estragos entre la infantería y los carros de combate T-34 enemigos. Sin embargo, después de cada “salida” el número de sus miembros se reducía.


Entre misión y misión se sucedieron los dos episodios que más suspicacias han levantado entre los especialistas. En el primero, durante un descanso, un alto oficial invitó a Ezquerra a que lo acompañara por un laberinto de túneles subterráneos que desembocó, nada más y nada menos, que en el búnker de Hitler. En él, el mismísimo Führer le otorgó la Cruz de Caballero y le ofreció la nacionalidad alemana, que tuvo que rechazar porque un español lo es hasta su muerte. Al acabar el acto, saboreó un té en compañía de Goebbels y el general Hans Krebs.

Según Ezquerra, este mismo general, Krebs, solicitó su presencia cuando fue a parlamentar con el ruso Vasili Chuikov, el defensor de Stalingrado, las condiciones de una posible rendición alemana. Pero éste sólo aceptaba el sometimiento incondicional, que fue rechazado.

No es del todo imposible que en medio de aquella dantesca locura las cosas sucedieran tal y como el oscense las narra, aunque el jerarca nazi pasó sus últimos días de vida “sedado” para evitar un colapso nervioso y es más que improbable que encontrara un rato para recibir efusivamente a un oficial menor, extranjero, y concederle la nacionalidad alemana. Y tampoco parece tener mucho sentido que Krebs le pidiese que lo acompañara en su misión, ya que apenas lo conocía y Ezquerra no hablaba ruso y se defendía con torpeza en alemán.

Además, la misión de Krebs tuvo lugar el 1 de mayo, sólo un día antes de la rendición definitiva, y fue ordenada por Goebbels tras el suicidio de Hitler. Pero el Führer en persona, según Ezquerra, fue quien más tarde dictó que su Unidad ayudara a las que intentaban romper el cerco por el Norte de la ciudad para abrir una vía de escape.

Fuera quien fuera la persona que dio dicha orden, si es que ésta existió, lo cierto es que los hombres de Ezquerra que quedaban, muchos heridos y todos extenuados, se embarcaron en una huida desesperada, visto que todo estaba perdido y que las nuevas armas maravillosas (Wunderwaffen), que a última hora iban a revertir la situación según los más fanáticos, eran fruto de la fantasía.

Al intentar atravesar un puente cubierto de restos humanos y barrido sin cesar por las ametralladoras soviéticas, el grupo se deshizo. Sólo Ezquerra y tres compañeros lograron franquearlo. Poco después, ya sólo quedaban dos, Ezquerra y un sargento llamado Juan Pinar, quien optó por buscar la salvación por su cuenta (y que años más tarde, tras ser liberado por los soviéticos, se atribuiría la jefatura del grupo de combatientes españoles en Berlín). Al resto se le perdió la pista (alguno pudo escapar, pero casi todos murieron en la pelea, fueron fusilados o hechos prisioneros).

Tras enterarse del suicidio de Hitler, Ezquerra fue detenido e incorporado al torrente de cautivos que los vencedores conducían a pie hacia el Este. Al paso de su convoy por Polonia, una noche, entre Ezquerra y varios compañeros lograron matar a un guardia y fugarse. Decidieron separarse y se confundieron en el babélico caos de refugiados, deportados, exreclusos liberados y militares desmovilizados que, por miles, atravesaban Europa en distintas direcciones.

Ezquerra regresó a Berlín, convertido en una pira funeraria, y con ayuda de una amiga falsificó un documento de identidad argentino en el Instituto Iberoamericano, ya desmantelado (los von Faupel se habían suicidado). Con él, consiguió que los soviéticos lo evacuaran al sector británico de la ciudad, desde donde se trasladó a Bélgica haciéndose pasar por refugiado y, de allí, a París.

Los exiliados españoles de la ciudad lo conocían, por lo que tuvo que andar con pies de plomo. Tras fracasar en su intento de embarcarse hacia América, un antiguo camarada le prestó su documentación. Con ella viajó hacia el Sur en tren, a pie y en una bicicleta que robó hasta que, por fin, alcanzó la frontera española. Y ahí termina su relato.

De su vida posterior poco se conoce. Javier Nart lo entrevistó para la revista Interviú en 1982 y en el diálogo que mantuvieron trazó una trayectoria vital, después de su llegada a España, poco creíble. Aseguraba que al poco tiempo había sido requerido por el Servicio Secreto español. Luego se alistó en la Legión Extranjera francesa, con la que operó como agente doble para los españoles en Marruecos y estuvo en Vietnam. La abandonó y fue contratado por el dictador dominicano Leónidas Trujillo para adiestrar la “Legión Anticomunista del Caribe”. Como no le gustó lo que vio, se marchó a Brasil y Paraguay, donde contactó con antiguos nazis. En ese último país dirigió una concesión maderera que fracasó y, tras residir en Chile y Argentina, regresó a España.

En esa entrevista también afirmaba haber hablado en Sudamérica con Martin Bormann, el temible secretario personal de Hitler. Hoy se sabe seguro (por pruebas de ADN hechas a sus restos) que, como declaró un testigo, había muerto el 2 de mayo de 1945 al intentar huir de Berlín.

Como se ve, las lindes entre los recuerdos de Miguel Ezquerra y sus fabulaciones eran sumamente porosas. Pero no por ello todo lo que cuenta es falso. El núcleo central de sus memorias parece ser real, si bien la mayoría opina que las “enriqueció” de forma innecesaria, para darse importancia. No obstante, cuando publicó su libro todavía vivían muchos de sus compañeros de armas. Y nunca nadie lo desmintió ni lo acusó de fraude.

Miguel Ezquerra Sánchez falleció en octubre de 1984 en Madrid y está enterrado en el cementerio de La Almudena, en el panteón que guarda los restos de los veteranos de la División Azul.

Para saber más:
-ANSUÁTEGUI, Antonio (seudónimo de Francisco F. Mateu): Los últimos cien días de Berlín, Barcelona, Mateu, 1945.
-BEEVOR, Antony: Berlín, la caída. 1945, Barcelona, Crítica, 2002.
-EZQUERRA, Miguel: Berlín, a vida o muerte, Barcelona, Acervo, 1975.
-NART, Javier: “El jefe español de las SS”, en Interviú, 10-16 de noviembre de 1982.
-PUENTE. Moisés: Yo, muerto en Rusia (Memorias del alférez Ocañas de la División Azul), Madrid, San Martín, 2003.
-SANZ JARQUE, Juan José: Del Ebro a Volchof (3 vols.), Madrid, Actas, 2010-2012.
-VADILLO, Fernando: Los irreductibles, Alicante, García Hispán, 1993.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Paco Ponzán, un grito de libertad

De uno de los laterales de la gran Place d’Europe, en el corazón de Toulouse, nace una rectilínea alameda que se adentra en los jardines Compans Caffarelli, un inmenso espacio verde siempre frondoso gracias al húmedo aliento del cercano río Garona. A mediados de 2010 esa serena arboleda, propicia para la meditación y el descanso, y hasta entonces innominada, fue bautizada por las autoridades locales.

Al acto acudió el alcalde socialista de la ciudad acompañado de su antecesor, conservador, pues se pretendía rendir tributo a quien todos en el lugar consideran un legendario héroe de la Resistencia durante la ocupación nazi del país, en la II Guerra Mundial. Alguien que, al concluir la brutal contienda, recibió unánimes y públicos elogios de los máximos dirigentes de las potencias aliadas como muestra de reconocimiento y admiración.

Entre otras distinciones, fue laureado por Francia con la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Guerra y el grado de capitán de sus fuerzas armadas; el Reino Unido le otorgó la Insignia de la Hoja de Laurel de la Corona, que sólo en muy excepcionales ocasiones se concede a los no nacionales, y la Medalla del Rey por el Valor en la Causa de la Libertad; y el gobierno de los Estados Unidos hizo solemne entrega de un Certificado de Gratitud firmado por el presidente Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las tropas que combatieron a Hitler en Europa.

Ese luchador ya mítico se llamó Francisco Ponzán Vidal, aunque en la clandestinidad también era conocido por varios alias: Vidal, Paco, Gurriato, El gafas o El maestro de Huesca. Y como este último apodo indica, no era francés sino que, como el propio Garona, hundía sus raíces en Aragón, una saturniana tierra donde no hay calles con su nombre ni ningún monumento en una plaza como homenaje; donde sólo un puñado de fervorosos incondicionales intenta que el sañudo olvido no consiga aventar el recuerdo de quien arriesgó su vida, todos los días durante varios años, para rescatar de la barbarie más infame a cientos de personas armado, sobre todo, con su audacia y su inteligencia.

Los padres de Paco Ponzán vivieron una primera madurez viajera. Su progenitor, Agapito, natural de Sena, un maestro ilustrado que nunca ejerció, era empleado de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, la Norte, una empresa ferroviaria creada en 1858 que se extendió por gran parte de la mitad septentrional del país hasta ser nacionalizada y absorbida por RENFE en 1941.

Escoltado siempre por su esposa Tomasa, nacida en la capital oscense, su trabajo le obligó a constantes traslados. Así, la familia vivió breves estancias en Asturias, Cataluña y Castilla hasta su definitivo regreso a Huesca, cuando Paco, llegado al mundo en Oviedo el 30 de marzo de 1911, había cumplido ya los dos años.

Su infancia en el Alto Aragón se vio marcada por el temprano fallecimiento de su padre, en 1919, en la terrible epidemia de la llamada “gripe española”. Tomasa, mujer religiosa, lo matriculó en el colegio de los Salesianos para que aprendiera las primeras letras. Pese a estar en todo momento arropado por su madre y sus cuatro hermanas, el único varón de la casa no se amoldó a las exigencias del centro y, tras varios cursos, acabó por abandonarlo. Entró entonces como aprendiz en la imprenta y librería Iglesias (hasta hace poco abierta, aunque sólo como librería), donde cristalizó su amor por los libros. Se convirtió en un lector insaciable y decidió retomar sus estudios.


Tras superar un examen, con tan sólo 14 años ingresó en la Escuela Normal de Huesca para estudiar Magisterio. Allí coincidió con un compañero que se convertiría en el hermano que no había tenido, Evaristo Viñuales, y también con un profesor de los que se guarda memoria de por vida, de los que son capaces de abrir surcos en el pensar de sus alumnos y plantar en ellos ubérrimas semillas, Ramón Acín. Militante anarquista desde muy joven, un Acín ya maduro se había dado cuenta de que la auténtica revolución, la única que podía dar frutos perennes, era la de la enseñanza. Estaba al corriente de las teorías pedagógicas más avanzadas y en su quehacer diario primaba la formación integral de la persona sobre los contenidos del temario.

Su ejemplo de honestidad, trabajo, generosidad, confianza en el ser humano y compromiso con los más humildes alentó a Ponzán a seguir su estela. Y sus desatadas ansias de justicia social, en una España donde reinaba la miseria, le llevaron a implicarse de forma apasionada en todo tipo de actividades “subversivas”: mítines, algaradas estudiantiles, apoyo a huelgas, sabotajes a pequeña escala… Se afilió a la CNT y la policía no tardó en estar tras sus pasos.

En la alborada de su vida adulta, con 18 años y sus estudios ya concluidos, inició su carrera de maestro. Su primer destino, provisional, fue Ipás, un pequeño pueblecito próximo a Jaca. Unos cursos después, fue enviado más al Sur, a Castejón de Monegros, una localidad ya mucho mayor, al Este de la sierra de Alcubierre.

Sus tareas docentes no le impidieron seguir con su participación en acciones políticas o de protesta, lo que se tradujo en repetidas visitas a prisión, donde eran habituales los malos tratos. Fue encarcelado en 1930, tras la sublevación militar de Jaca contraria a la monarquía; en 1932, por su apoyo a los trabajadores en huelga de una empresa química de Sabiñánigo; a finales de 1933, cuando se encontraba en Zaragoza para alentar una revuelta libertaria; y en 1934, acusado de complicidad en la fuga de varios presos anarquistas de la cárcel de Huesca.

A pesar de todos esos “contratiempos” pudo obtener por oposición una plaza de maestro en propiedad, si bien tuvo que desplazarse hasta Galicia. Estuvo una temporada como educador en el municipio coruñés de Mazaricos, en concreto en la parroquia de Os Baos (que en 1966 fue desalojada y anegada por las aguas del embalse de Fervenza, construido para dotar de energía hidroeléctrica a una fábrica metalúrgica). Y, en enero de 1936, dejó el interior para ejercer su profesión a orillas del mar, en Camelle, un caserío pesquero de la indómita Costa da Morte perteneciente al concejo de Camariñas. Allí donde fue, se adhirió a la sección local de la CNT.

Ese año, al terminar el curso académico, se dispuso a pasar sus vacaciones con la familia. Y en Huesca se encontraba cuando se produjo la insurrección militar del 18 de julio. Ante tal trance, nutridos grupos de militantes de izquierda, algunos llegados de localidades cercanas, se congregaron ante el edificio del gobierno civil oscense. Hubo una reunión con el gobernador, Agustín Carrascosa, para convencerle de que repartiera armas entre la población con el fin de defender la legalidad republicana. Sin embargo, éste, como otros, no calibró bien la gravedad del suceso y se negó. Paco Ponzán, que como una moderna Casandra vaticinó la tragedia que se avecinaba, era partidario de tomarlas por la fuerza. Pero su antiguo preceptor, Acín, refrenó su desbocado ímpetu y le rogó prudencia. Su moderación le costaría la vida.

Con sólo uno de los bandos enfrentados armado, los partidarios del fallido golpe de Estado pronto controlaron la situación y comenzaron la supresión sistemática de sus oponentes. No hubo ninguna clemencia. Las consignas dictadas por el general Mola eran claras: “es necesario propagar una atmósfera de terror. Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros”.

Ramón Acín estuvo entre los primeros en ser asesinados, el 6 de agosto. El día 23, Conchita, su esposa, formaba parte de una tanda de casi un centenar de republicanos, incluidas once mujeres, que serían paseados por la ciudad y luego ejecutados.

Paco Ponzán consiguió abandonar Huesca cuando se hizo evidente que todo estaba perdido. A escondidas, caminando por la noche, encontró abrigo en casas de amigos de Chibulco y San Julián de Banzo, hasta alcanzar Angüés, en zona republicana. Su hermana Pilar, asimismo maestra, no tuvo tanta fortuna. Fue detenida y recluida en el jacetano fuerte de Rapitán.

El vacío de poder que se originó en el Aragón fiel a la República al inicio de la Guerra Civil hizo posible la constitución, en octubre de 1936, del denominado Consejo de Aragón, una entidad política regida, de forma mayoritaria, por dirigentes de la CNT. En él, Ponzán ocupó en un principio la cartera de Transportes y Comunicaciones, aunque más tarde pasó a ser auxiliar de su amigo Evaristo Viñuales en la de Información y Propaganda.

La sede del Consejo se fijó en Caspe, donde Paco conoció a Palmira Pla, una maestra de Cretas que organizaba unas colonias escolares en las que amparar de cotidianos horrores a los más pequeños, aunque fuera sólo por unos días. E iniciaron una relación que sembrarían de obstáculos la locura, el odio y la sinrazón de las armas.

En el verano de 1937, tras los enfrentamientos en Cataluña entre partidarios de la revolución social (CNT-FAI y POUM) y aquellos que consideraban prioritario ganar la guerra, además de ver con recelo las políticas aplicadas por los anarcosindicalistas (Gobierno, Generalitat y PSUC), las autoridades republicanas decidieron disolver el Consejo de Aragón.

Viñuales y Ponzán se integraron entonces en la 127 Brigada Mixta, dirigida por un viejo conocido de ambos, Máximo Franco, natural de Alcalá de Gurrea. En esa unidad operaba desde el inicio del conflicto un pequeño grupo guerrillero, formado sólo por aragoneses, autodenominado Libertador. Y en él encontró Ponzán, un hombre de acción alejado del frente por su acentuada miopía, el medio ideal para dar lo mejor de sí mismo en pro de la causa republicana.

El grupo, que se integró en el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP), estaba especializado en arriesgados golpes de mano tras las líneas enemigas, donde mantenía una red de contactos encubiertos. Entre sus tareas destacaban el salvamento de evadidos, la voladura de puentes, vías férreas y otras líneas de comunicación, y la obtención de datos actualizados sobre movimientos de tropas y su composición. Ponzán, con el grado de teniente, pasó a preparar y coordinar sus misiones, así como a notificar su resultado al Estado Mayor.

A medida que el frente de guerra fue moviéndose hacia el Este, empujado por las ofensivas del ejército de Franco, también se trasladó el campo de acción de los miembros de Libertador. Ya en Cataluña, incorporó a sus filas a varios combatientes locales, conocedores del idioma y el terreno. Pero en 1939 nada pudo evitar el derrumbe definitivo de una República desbaratada y el 10 de febrero Ponzán, con sus hombres, cruzaba la frontera con Francia por la localidad gerundense de Puigcerdá para alcanzar Bourg-Madame, no muy lejos del Principado de Andorra.


Antes de ser interceptados por los gendarmes franceses, lograron ocultar sus armas, ya que albergaban la esperanza de seguir el combate contra el franquismo en un futuro próximo. Después, fueron conducidos al campo de internamiento de Vernet d'Ariège, unos kilómetros al Sur de Toulouse.

Edificado como campo de prisioneros en la I Guerra Mundial, Vernet d'Ariège se convirtió en un centro disciplinario en el que fueron confinados “extremistas” españoles y miembros de las Brigadas Internacionales. Entre sus más afamados moradores figuraron el escritor Max Aub (que plasmó su desolador testimonio en Laberinto mágico y Manuscrito cuervo) y el cartelista Luis García Gallo, quien había colaborado en la publicación de Felipe Alaiz Vida y muerte de Ramón Acín y fue, años más tarde, reconocido dibujante de cómics en Francia con el seudónimo de Coq (trabajó con Goscinny en series tan populares como Yvette, La Fée Aveline y Docteur Gaudéamus).

Aun cuando seguía internado, dados su experiencia y sus éxitos anteriores, la dirección de la CNT encargó a Ponzán organizar el paso a Francia de los anarquistas prófugos en España, así como de los huidos de los campos de concentración creados por los vencedores de la Guerra Civil. En busca de nuevos agentes, guías, enlaces, alojamientos y documentación, varios de sus colaboradores escaparon de Vernet d'Ariège, de donde el propio Ponzán pudo salir gracias a un contrato de trabajo, como mecánico, que le ofreció un activista francés de izquierdas, Jean Bénazet, afincado en Varilhes.

Allí se estableció de modo temporal y allí se reencontró con su hermana Pilar, quien llegó acompañada de la viuda y la pequeña hija de Evaristo Viñuales. Éste y Máximo Franco, atrapados en el puerto de Alicante junto a un aluvión de miles de republicanos desahuciados, se habían suicidado, cogidos de la mano, el 1 de abril de 1939 (“el día de la Victoria”) antes de dejarse atrapar por las tropas italianas enviadas por Mussolini, que los tenían cercados.

Pilar, al contrario que muchos compañeros, había logrado esquivar la condena a muerte tras ser sometida a un consejo de guerra y, meses más tarde, formó parte de un canje de prisioneros. En ambas ocasiones, es más que probable que su “buena suerte” estuviese ligada a Carmen, otra de las hermanas Ponzán, casada con un militar que se había sumado a la sublevación del 36.

Cuando Pilar se trasladó a Varilhes, en enero de 1940, la II Guerra Mundial daba sus primeros pasos. El fuego de la sangrienta tragedia que había abrasado España se reavivaba con gran fuerza, ahora por todo el planeta.

En mayo de ese mismo año Paco cruzó furtivamente la frontera para establecer nuevos contactos en el Alto Aragón e intentar liberar a camaradas detenidos. En las cercanías de Boltaña se topó con una patrulla militar y resultó herido. Amigos de la zona lo curaron y escondieron hasta que pudo regresar a Francia. Sólo unos días después, el 14 de junio, los nazis entraban en París y el 22 se firmó el armisticio que dividía Francia en dos zonas, una ocupada por los alemanes y otra bajo el control de un régimen que colaboraba con ellos, dirigido por el mariscal Pétain.

Pétain y Franco se habían conocido en Marruecos, en los años 20, y se profesaban mutua admiración. De hecho, Pétain fue el primer embajador francés ante el Gobierno franquista, antes de que acabara la Guerra Civil. Si la acogida de los franceses a los exiliados españoles había sido, salvo excepciones, desabrida y recelosa, la situación a partir de ese momento se hizo todavía más tensa.

En septiembre de 1940, los Ponzán se trasladaron a Toulouse, una gran ciudad, donde sus actividades en favor de los anarquistas fugitivos podían pasar más inadvertidas. Sin embargo, el Servicio de Inteligencia británico consiguió localizarlos. Desde el inicio de la contienda mundial, numerosos militares del bando aliado que huían de los alemanes buscaban la manera de alcanzar un refugio. En poco tiempo se había logrado trenzar una trama de casas y personas de confianza que facilitaban su viaje hacia el mediodía francés como única escapatoria posible, pues al Oeste se extendía el mar y por el Norte y el Este, el enemigo. Pero ante ellos se alzaban dos obstáculos difíciles de franquear: la frontera española y los Pirineos.

Para poner a salvo a docenas de hombres en peligro embolsados en Marsella y sus alrededores, los impulsores de esa cadena de evasión, el capitán escocés Ian Garrow y el general belga Albert Guérisse, cuyo alias Pat O’Leary daría nombre a la organización, solicitaron la ayuda de Paco y sus montaraces colaboradores. Curtidos luchadores, idealistas e irreductibles, acostumbrados a sortear tanto fusiles enemigos como quebrados riscos, eran los únicos capaces de hacer permeables las montañas y filtrar hasta territorio español a los hostigados por los nazis, e incluso conducirlos a grandes ciudades como Barcelona, desde donde los consulados británico y belga los podían trasladar hasta Gibraltar o Portugal.


Los dirigentes anarquistas en el exilio, el llamado Consejo General del Movimiento Libertario, se opusieron a colaborar con quienes habían abandonado a la República española a su suerte y desautorizaron la operación. Pero Paco, a pesar de los mutuos recelos, desoyó la decisión y aceptó prestar su apoyo. Con amigos entre comunistas, socialistas y liberales, su prioridad era la desaparición de la dictadura franquista y estaba convencido de que la derrota de Hitler precipitaría, a continuación, la caída de sus correligionarios españoles. Además, no era sólo la libertad de Francia o de Gran Bretaña lo que estaba en juego. La negrura del totalitarismo se cernía sobre todo el mundo.

La red dirigida por Ponzán se puso, por tanto, al servicio de los aliados, encargados a partir de ese momento de su armamento y financiación. Un flujo constante de civiles y militares, en especial pilotos derribados, fue guiado a lugares seguros por anarquistas españoles a través de desfiladeros pirenaicos o bien desde playas mediterráneas. Británicos, polacos, holandeses, belgas, checos, griegos, yugoslavos, estadounidenses…

Sólo Ponzán, el organizador, estaba al tanto de todos los detalles. Sus hombres ni sabían ni querían saber más que lo imprescindible para llevar a cabo cada trabajo, con el fin de no tener nada que contar si eran atrapados. Hubo misiones centradas en socorrer a un solo individuo, como un general inglés que fue acompañado hasta la Ciudad Condal. Y también las hubo con grupos numerosos, que precisaban una infraestructura diferente, como la que ayudó a cruzar a España a 62 judíos que, en su mayoría, llegaron con bien a su destino (un anciano murió de agotamiento en la montaña y un joven tropezó y se despeñó).

Antes de partir, se facilitaba a los huidos documentación falsa de impecable factura y, de ser necesario, ropa nueva o réplicas exactas de uniformes. De forma temporal, se alojaban en pisos francos o de personas amigas. Y no fue raro que algunos se cobijaran en la propia residencia de los Ponzán. Allí, cuando era posible, Paco intentaba ahuyentar los mordiscos del miedo con bromas o con conversaciones sobre Literatura, en particular sobre autores renacentistas europeos y del Siglo de Oro español, como evocaría tiempo después uno de sus asistentes más cercanos, Salvador Aguado (tras la guerra se exilió en Hispanoamérica y fue profesor en varias Universidades; publicó un ensayo sobre el Lazarillo que dedicó a Ponzán, en recuerdo de sus charlas).

En junio de 1941 fue detenido Ian Garrow, hecho que no frenó la actividad de Ponzán y sus hombres. Su sangre fría y su pericia les permitían maniobrar con destreza en un entorno cenagoso, habitado por arribistas, confidentes, espías y agentes dobles. Sobornos y traiciones se entremezclaban con la desesperación y las ganas de vivir. La policía de Vichy estaba al acecho y era fácil cometer un error o que alguien aprovechara la desgracia ajena para conseguir dinero, salvar la propia vida o la de algún allegado, a cualquier precio y de cualquier manera.

En octubre de 1942, Paco y Pilar Ponzán, junto a otros activistas españoles, fueron descubiertos y arrestados. Por fortuna, pese al minucioso registro de su domicilio, no fueron halladas ni las armas que guardaban ni los útiles para falsificar documentos.

Los hombres fueron enclaustrados de nuevo en el campo de Vernet d'Ariège, reconvertido por los alemanes en centro de reagrupación para familias judías “en tránsito”. Sin embargo, sólo estuvieron en él unas semanas. Agentes de los servicios secretos franceses, que jugaban con dos barajas al ver que la guerra no tenía vencedor claro, se presentaron con falsas órdenes de traslado y lograron liberarlos.

Tras su salida, Ponzán retomó su arriscada lucha en favor de los perseguidos por los nazis, aunque ésta se volvió todavía más complicada. En noviembre de 1942 la seguridad interna, las fronteras y la policía de toda Francia quedaron bajo mando de la Gestapo y las SS, secundadas por milicias locales ultraderechistas. Todo el mundo se convirtió en sospechoso; todo el mundo tenía pánico de que alguien llamara a golpes a la puerta de su casa o de que un coche se parara de pronto en la calle, a su lado. Significaba el fin.

Un antiguo legionario francés a sueldo de los alemanes logró infiltrarse en la organización y delató a gran parte de sus componentes. Unas cien personas acabaron encarceladas. La mayoría fueron torturadas y ejecutadas. Otras, conducidas a campos de exterminio alemanes, un infierno en el que muy pocos sobrevivirían. Albert Guérisse fue apresado en marzo de 1943 (cautivo en Dachau y Mauthausen, lograría salvar la vida) y Ponzán pasó a ser el hombre más buscado de Toulouse. Convenció a sus más cercanos compañeros para que escaparan, pero él permaneció en la ciudad. Además de su tarea clandestina, le preocupaba su hermana Pilar, que seguía recluida.

Se cambió el peinado, las gafas y se dejó bigote para pasar inadvertido. Aun así, el 28 de abril de 1943 un policía lo paró por la calle porque le sonaba su cara. Aunque no lo reconoció, al ir indocumentado, lo detuvo. Estuvo varios meses encarcelado, como un preso anónimo, a la espera de juicio. Pero en aquel tiempo la muerte hablaba alemán y estaba siempre al acecho. Alguien lo identificó, la Gestapo lo reclamó y el intendente general de la policía, Pierre Marty, quien sería fusilado al acabar la guerra, se lo entregó.

En cuanto se enteró de su detención, Palmira Pla abandonó Chartres, donde se había afincado y trabajaba como costurera, para instalarse en Toulouse. Sin camaradas que pudiesen auxiliarlo, ella era su único y efímero consuelo. Lo pudo ver a lo lejos durante su juicio y, cada cierto tiempo, le llevaba comida y ropa limpia a la cárcel.

En el verano de 1944 Pilar se unió a Palmira, tras aprovechar un motín generalizado para escapar del campo de Gurs junto a otras españolas. Por desgracia, la primera visita de la pareja al penal fue baldía. Paco ya no estaba allí.


El 17 de agosto de 1944, dos días antes de que los alemanes abandonaran Toulouse en retirada y cuando ya se combatía en sus calles, seleccionaron a una cincuentena de presos a los que no querían dejar atrás y los montaron en camiones. Al llegar al bosque de Buzet-sur-Tarn, a unos 30 km de la ciudad, el convoy paró y los hicieron bajar. Nadie sabe bien qué sucedió allí. En casas cercanas se oyeron ráfagas de ametralladora y, poco después, los vecinos vieron alzarse tres enormes columnas de humo, antes de que los vehículos regresaran en dirección a Toulouse.

Parece ser que, tras ametrallarlos, habían hecho tres pilas con los cuerpos de muertos y moribundos, las habían rociado de gasolina y les habían prendido fuego. Entre los vestigios carbonizados, hermanados ya para siempre, se encontraban los de Paco Ponzán. No pudo cumplirse, por tanto, una de sus últimas voluntades, reflejadas en el testamento autógrafo que dejó en prisión: Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales.

Tras la liberación de Francia, se sucedieron los homenajes y los reconocimientos póstumos. Se calcula que Ponzán y sus hombres, muchos aragoneses, sacrificaron sus vidas para salvar la de alrededor de 3000 personas de forma directa (más o menos, el triple que las salvadas por el mundialmente conocido Oskar Schindler) y muchísimas más de forma indirecta, pues actuaron incontables veces como correo de informaciones clave para el desarrollo de la guerra.

Sin embargo, quienes celebraron su coraje y sus obras le negaron su máxima ambición, acabar con la dictadura de Franco, que se prolongaría durante décadas.

Para saber más:
-BROME, Vincent: L'histoire de Pat O'Leary, París, Amiot-Dumont, 1957 (versión inglesa: The Way Back. The Story of Lieut-Commander Pat O'Leary, Londres, The Companion Book Club, 1958).
-CLAVET, Josep: Las montañas de la libertad, Madrid, Alianza, 2010.
-JUAN, Víctor: Por escribir sus nombres (novela), Zaragoza, Prames, 2007.
-MONTSENY, Federica: Pasión y muerte de los españoles en Francia, Toulouse, Espoir, 1969.
-PONS PRADES, Eduardo: Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.
-PONZÁN, Pilar: Lucha y muerte por la Libertad, 1936-1945, Barcelona, Tot Editorial, 1996.
-SÁNCHEZ AGUSTÍ, Ferrán: Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos, Lérida, Milenio, 2003.
-TÉLLEZ, Antonio: La Red de Evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Barcelona, Virus, 1996.
-VV.AA.: La España exiliada de 1939, Zaragoza, IFC, 2001.
-Francisco Ponzán, el resistente olvidado (vídeo documental): https://www.youtube.com/watch?v=H11q0ow7pTg



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