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jueves, 21 de abril de 2016

Miguel Ezquerra, el defensor del búnker de Hitler

Toda hoja tiene un haz y un envés. Y toda moneda, dos caras. Durante la II Guerra Mundial muchos aragoneses combatieron la sanguinaria demencia nazi, bien desde la Resistencia en tierras francesas, bien encuadrados en alguno de los ejércitos aliados. Los hubo que expusieron su vida para escudar a los perseguidos y los hubo que la sacrificaron con el anhelo de legar a las generaciones venideras un mundo más libre y justo. Pero también los hubo que, guiados por su personal credo, por ardor aventurero, por necesidad o por azar, batallaron en favor de las fuerzas del Eje.

Uno de los más sorprendentes adalides de los empeños de Adolf Hitler fue el oscense Miguel Ezquerra Sánchez. En el ocaso del conflicto, cuando el triunfo era ya sólo una quimera, dirigió una unidad de las Waffen-SS bautizada con su propio nombre (Einheit Ezquerra o Einsatzgruppe Ezquerra). Estaba compuesta de forma mayoritaria por españoles y fue emplazada en Berlín, donde se batió con ferocidad en la apocalíptica defensa final de la capital alemana ante los soviéticos.

Las insólitas hazañas de Ezquerra, dignas de mejor causa, se recogen en un texto autobiográfico que tituló Lutei até ao fim (Luché hasta el fin), ya que fue editado por primera vez, en 1947, en Lisboa, donde residió durante un tiempo para alejarse de la policía franquista. El momento político vedaba su publicación en España, pues el régimen imperante, para sobrevivir, debía congraciarse con las potencias vencedoras en la contienda planetaria. Además, en sus páginas se traslucían críticas al país surgido de la “triunfal Cruzada” (ya desde sus primeras frases, referidas al año 1944: “En mi patria el ambiente me ahogaba. No me gustaban muchas de las cosas que veía a mi alrededor”), a la par que se fustigaba a partidarios del régimen corruptos, con nombres y apellidos.

Así pues, la versión española de su libro, Berlín, a vida o muerte, no pudo ver la luz hasta finales de 1975, ya en los estertores del franquismo. En ella desgranaba sus vivencias en los últimos meses de vida del III Reich, con algunas divergencias respecto a lo publicado en Portugal y un estilo áspero y pobre, aunque vivo, mechado de antisemitismo y con la habitual parafernalia dialéctica falangista, donde virilidad y españolismo se encumbran como valores máximos.

Dichas memorias han sido objeto de debate entre aficionados y estudiosos del tema desde su aparición. E, incluso, quienes comparten la ideología de Ezquerra han puesto serios “peros” a varios de sus pasajes. Investigaciones exhaustivas sobre la Batalla de Berlín, como la emprendida por Antony Beevor, basada en la documentación militar soviética desclasificada, han ignorado la presencia de españoles en el bando germano. Este hecho se ha sumado a la pérdida de los archivos alemanes, capaces de confirmar o desmentir un relato épico aderezado con nebulosos episodios. Y tampoco ayuda a clarificar la cuestión la peculiar personalidad del autor, atrabiliario, farfantón, con un desmedido afán de protagonismo, amigo de ponerse medallas reales o ficticias y una memoria selectiva, proclive a oportunos olvidos, medias verdades, exageraciones e inexactitudes.

Sin embargo, gracias al testimonio de supervivientes, hoy se da por seguro que la Unidad Ezquerra existió, que un puñado de españoles dirigidos por un aragonés estuvieron entre los últimos pretorianos de la cancillería hitleriana, que ofrecieron una encarnizada resistencia y que sólo capitularon, ya muy diezmados, cuando la incontenible avalancha de fuego guiada en la distancia por Stalin sepultó toda esperanza.

Miguel Ezquerra nació en enero de 1913 en Canfranc, donde su padre, que fallecería siendo él todavía niño, era responsable de un molino. Cursó estudios de Magisterio en Pamplona y su primer destino profesional, como maestro, lo condujo hasta la localidad navarra de Lodosa.

No por ello perdió su vínculo con el Alto Aragón, adonde regresaba en vacaciones. El verano de 1936 decidió disfrutarlo en la capital oscense. Falangista de la primera hornada, tenía la costumbre de reunirse con otros jóvenes de parejo pensar en la terraza del Café Universal. Allí debatían, bebían, vociferaban el Cara al sol y provocaban a contrarios políticos o a paseantes curiosos.

El sábado 18 de julio las radios daban la noticia de un intento de golpe de Estado encabezado por oficiales del ejército contrarios a la República. A primeras horas del domingo, con los soldados ya en las calles de Huesca, Ezquerra se dirigió al Gobierno Militar. El carné de Falange le facilitó al instante un arma y la licencia para usarla.

Le faltó tiempo para alistarse en el bando de los sublevados. Se desconocen con detalle sus andanzas durante la Guerra Civil y en sus memorias apenas les dedica un breve párrafo. Parece ser que se implicó en la ocupación de Ayerbe y Almudévar, antes de ingresar en la 2ª Bandera de la Legión. Fue herido en las proximidades de Huesca y, ya restablecido, se integró en la Columna Móvil de Aragón. Con ella participó en diferentes operaciones bélicas en las tres provincias aragonesas hasta que dolencias intestinales le obligaron a pasar por hospitales militares de Zaragoza y Valladolid.

Tras su mejora, disfrutó de varias semanas de descanso en Canfranc. De nuevo en el frente, solicitó plaza en un curso de alféreces provisionales organizado en Fuentecaliente (Burgos). Con los galones ya en la bocamanga, entró a formar parte de la 7ª Bandera de Castilla y luchó en la sierra de Guadarrama. En marzo de 1938 fue destinado al Regimiento de Infantería Granada nº 6, en Extremadura, y poco después se le concedió el empleo de teniente provisional, que ostentó hasta el final del conflicto. El historiador Luis Antonio Palacio, que le ha seguido la pista en los registros castrenses, revela que obtuvo varias condecoraciones, tanto por comportamientos colectivos como por acciones individuales.

En el curso de la guerra conoció a quien sería su esposa. El estallido de un obús le causó heridas oculares y fue llevado a Sevilla para su recuperación. A la espera de recibir el alta definitiva, se le asignó un empleo en la guardia de la prisión hispalense. Allí coincidía casi a diario con Consuelo Reinoso, hija de un acreditado republicano, secretario del Ayuntamiento, y con un hermano encarcelado por sus ideas políticas. Es muy posible que gracias a la mediación de Ezquerra a este último le fuera conmutada la pena de muerte. Y la relación entablada con Consuelo desembocó en boda.

Rendida la República, solicitó la licencia y se instaló con su familia en Madrid, donde retomó sus labores docentes. Pero al dar inicio la II Guerra Mundial, en pago por su apoyo a la rebelión militar franquista, se presentó como voluntario en la embajada alemana, que rechazó el ofrecimiento.

Se afincó a continuación en el Sur de Francia, en Bayona, para ejercer como profesor de español contratado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. La ocupación del país por el ejército nazi alteró su día a día y se vio obligado a regresar a Madrid.

Aun cuando ya tenía una hija y otra iba en camino, su visceral anticomunismo le espoleó para dejarlo todo y marchar al combate en cuanto se produjo la invasión de la Unión Soviética por parte de Alemania (Operación Barbarroja), en el verano de 1941. Otra vez se postuló sin éxito ante la embajada alemana y, más tarde, intentó ser incluido, también de forma infructuosa, en la llamada División Azul (la 250ª Infanterie-Division de la Wehrmacht), el contingente de voluntarios españoles que viajó a los frentes de Nóvgorod y Leningrado para acabar con el bolchevismo alentados por las autoridades nacionales, que sentenciaron en una conocida arenga que “¡Rusia es culpable!” y, por tanto, “El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”.

Ezquerra removió cielo y tierra durante meses y, por fin, en agosto de 1943, resultó admitido en uno de los reemplazos que partieron para cubrir las bajas que se producían entre los españoles. A su llegada a la Unión Soviética, gracias a su experiencia militar, fue asignado a una compañía antitanques con el grado de teniente. Sin embargo, su estancia no fue muy dilatada ya que a finales de septiembre fue herido por la metralla durante un bombardeo en los alrededores de Kólpino, un suburbio industrial de Leningrado. Tuvo que ser evacuado a un hospital de Riga (Letonia) y, de allí, a otro de Königsberg, la actual Kaliningrado.

Sólo unos días después, a principios de octubre, se ordenaba el retorno de la División Azul. El rumbo de la guerra había dado un giro brusco en las estepas heladas del Frente Oriental y Franco, más interesado en conservar el poder que en guardar lealtad a quienes le habían ayudado a conseguirlo, decidió su repatriación, presionado por los Aliados. El destacamento español fue disuelto de forma oficial el 17 de noviembre y los últimos expedicionarios abandonaron el suelo ruso ya en diciembre. Ezquerra fue uno de los más rezagados, pues no pudo ser trasladado a España, todavía convaleciente, hasta el día 21 de ese mes.

Es muy probable que sus heridas, junto con sus sempiternos problemas gástricos, le impidieran inscribirse en la llamada Legión Azul, la Spanischen Freiwilliger Legion o Legión Española de Voluntarios (LEV), unos dos mil hombres acogidos por la 121ª Infanterie-Division que siguieron en armas hasta ser desmovilizados en marzo de 1944. Sus más celosos miembros, no obstante, se negaron a regresar y encontraron acomodo diseminados en distintas unidades alemanas.

Para entonces, el Gobierno del general Franco, atento al devenir del conflicto y amigo como era de nadar y guardar la ropa, había decretado que todos aquellos españoles que prestaran servicio militar en alguno de los bandos beligerantes serían privados de la nacionalidad española. La medida no supuso un obstáculo insalvable para los devotos más recalcitrantes del nacionalsocialismo. Dispuestos a salvar la “Europa civilizada” del ataque de los “subhumanos” (untermenschen) que colmaban las infames “hordas rojas”, varios centenares intentaron cruzar la frontera francesa para alistarse en el cada vez más necesitado ejército alemán.

Ezquerra fue uno de ellos. Y aquí comienza su relato. Dejó a su familia en un pueblecito de la provincia de Sevilla y subió a un tren con destino a Irún. Durante el viaje conoció a varios camaradas con el mismo propósito y el 2 de abril de 1944, en compañía de un joven gallego, se abrió paso a las bravas en la aduana tras encañonar con una pistola al guardia civil que la custodiaba.

Los alemanes, ahora más receptivos, agruparon a todos los que lograron sortear los pasos fronterizos y los trasladaron a un campamento en las proximidades de Königsberg, de nuevo cerca del Frente Oriental. Al poco de llegar, Ezquerra protagonizó un violento altercado con compañeros que le quisieron gastar una broma y, airado, solicitó a los mandos que se le mantuviese la graduación que había ostentado durante su paso por la División Azul.

Éstos se lo concedieron y lo reubicaron, ya como oficial, en unidades acantonadas en el Pirineo francés, encargadas de ayudar a nuevos voluntarios españoles, así como de detectar y eliminar a los integrados en la Resistencia. Se le ofreció luego un puesto en el Servicio Secreto alemán (Abwerh) y viajó a París para ser formado en radiotransmisión, lenguajes cifrados y fabricación de explosivos. En la Ciudad de la Luz entró en contacto con residentes españoles con el seudónimo de Capitán Kronos para recabar información. En ese momento los Aliados ya habían desembarcado en Normandía y Ezquerra asegura en su libro haber dirigido a un grupo de compatriotas incorporados a las tropas que, sin fortuna, intentaron contener el avance enemigo.

París fue evacuado por los alemanes de forma precipitada y el oscense los acompañó en su caótica retirada. En busca de su batallón, pasó por Austria y Checoslovaquia, hasta dar con él en la ciudad alemana de Coblenza.

Partidarios de los alemanes procedentes de toda Europa, tanto civiles como militares, habían encontrado refugio en el interior del país. Y Ezquerra fue puesto al frente de un pequeño comando integrado por españoles, en su gran mayoría veteranos de la División Azul (de sus 36 componentes, 8 eran aragoneses).

A la cabeza del mismo participó en la Batalla de las Ardenas, la última gran ofensiva de los ejércitos hitlerianos. El mal tiempo, primero el barro y luego la nieve, había empozado a los Aliados en los bosques de la región belga de las Ardenas e impedía que su aviación pudiera despegar, lo que fue aprovechado por los mariscales Model y von Rundstedt para organizar un brioso contraataque en diciembre de 1944. El comando de Ezquerra se infiltró en las líneas enemigas y sorprendió a un bisoño destacamento estadounidense. Destruyó un enorme depósito de municiones e hizo más de trescientos prisioneros (quizá uno de ellos fuera Kurt Vonnegut).

Sin embargo, el colofón de la operación no fue el deseado. Ezquerra tuvo que ser evacuado, pues sufrió congelaciones en varios dedos de sus pies, algunas de cuyas falanges le fueron amputadas, y en cuanto el cielo se despejó la supremacía aérea aliada frenó en seco la embestida alemana.

Ezquerra fue enviado entonces a Berlín, donde, dados sus recientes éxitos, se le ordenó organizar otra unidad, mayor, formada por españoles. Aunque en sus memorias le reste mérito, en esa decisión resultó decisiva la figura del general Wilhelm von Faupel, quien había fundado, junto con su esposa, el Instituto Iberoamericano para propagar el ideario nazi en los países de habla hispana. Con experiencia como asesor militar en Argentina y Perú, von Faupel había sido nombrado “encargado de negocios” ante el Gobierno de Franco en Burgos en octubre de 1936. Y ejerció como embajador alemán hasta agosto de 1937, cuando fue sustituido a petición española por su apoyo a Manuel Hedilla y a los sectores más radicales del falangismo. En la capital alemana mantuvo su postura y, a través del periódico Enlace, buscó aglutinar a españoles e hispanoamericanos leales a Hitler.

Ezquerra agavilló para su unidad a todo español que encontró. Rebuscó en el ejército alemán a los compatriotas que estuviesen alistados y los reclamó. A ellos sumó a residentes en Berlín necesitados de amparo, a trabajadores que habían llegado a Alemania a través de la organización Todt (creada para nutrir los centros de producción de obreros extranjeros así como de prisioneros, expatriados y judíos en régimen de esclavitud, ya que todos los alemanes en edad de combatir habían sido llamados a filas) cuyas fábricas habían sido destruidas por los bombardeos y vagaban sin recursos ni medios de huida, e incluso a deportados y presidiarios.

En total logró reclutar dos compañías, completadas con algunos franceses y belgas, que fueron acuarteladas en Postdam para recibir una rápida instrucción. El heterogéneo grupo impactó a un veterano del conflicto a su llegada: “Recibimos la orden de ir a Postdam donde se estaba reagrupando a todos los españoles en una sola unidad, capitaneada por Miguel Ezquerra. Nos supo mal abandonar a los camaradas de la SS-Wallonie con los que habíamos combatido y derramado nuestra sangre por un mismo ideal. Cuando llegamos a Postdam nos alojaron en un colegio de huérfanos militares y allí nos encontramos con un espectáculo circense descomunal, había más sargentos que soldados, legionarios pendencieros, gentes de mal vivir, despistados que no sabían dónde ir y antiguos veteranos de la División Azul y de otras unidades de la Wehrmacht. Seríamos aproximadamente entre 100 y 150. Recuerdo entre todos ellos a un legionario que hacia de escolta de Ezquerra, tenía la cara completamente tatuada y llevaba un enorme cinturón del Tercio con dos pistolas, una a cada lado. Años después, me contaron que murió sepultado entre las ruinas de Berlín”.

A mediados de abril de 1945 la Unidad Ezquerra entró en combate por primera vez, en Sttetin, donde defendió una cabeza de puente sobre el río Óder. Pero enseguida se le ordenó replegarse hasta Berlín. Los inconsistentes diques de contención puestos por el ejército alemán no tardaron en desmoronarse y un tsunami de hombres y armas procedente del Este anegó los alrededores de la capital alemana. El Segundo Frente Bielorruso al mando del general Rokossovski, el Primer Frente Bielorruso dirigido por Zhúkov y el Primer Frente Ucraniano de Kónev, además de una parte del renovado ejército polaco, más de dos millones de soldados, pusieron cerco al corazón del Reich.

Y después de haber padecido cuatro años de infames crímenes y brutales matanzas, lo hacían azuzados por acres proclamas: “¡Soldados del Ejército Rojo, ha sonado la hora de la venganza! ¡Lanzad la antorcha a la hoguera de Berlín! ¡Matad, matad, matad! ¡Violad, violad, violad! ¡Ningún alemán es inocente, ni siquiera los que todavía no han nacido!”, demandaba, por ejemplo, el escritor Iliá Ehrenburg (más lírico, la verdad, a su paso durante la Guerra Civil por Aragón, tierra a la que dedicó un sentido poema: “Será tu impulso, ¡corazón! / quemado y rojo Aragón...”).

Mientras miles de civiles buscaban refugio en el mar de escombros provocado por la aviación aliada, se atrincheraban los defensores: lo que quedaba de varias divisiones de las Waffen-SS y de la Wehrmacht, voluntarios extranjeros (nórdicos, holandeses, franceses, belgas...), policías y miembros de las Juventudes Hitlerianas y del Volkssturm, una milicia civil que incluía muchachos de escasa edad y ancianos. En total, unos 95.000 combatientes agotados, mal equipados y desorganizados.

El 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años, la artillería soviética comenzó a bombardear Berlín y cuatro más tarde la ciudad quedó sitiada. Ya no había escape. Los distritos de la periferia fueron pronto ocupados, pero no así el centro, donde durante una semana se recreó el Averno.

Los enfrentamientos se libraban cuerpo a cuerpo, casa por casa, día y noche. La artillería destrozaba edificios y las ametralladoras acribillaban calles, puertas y ventanas despedazando a sus ocupantes. Los soviéticos avanzaban palmo a palmo a costa de enormes quebrantos humanos y materiales (se calcula que perdieron más de 350.000 soldados, entre muertos, heridos y desaparecidos, y unos 2000 carros de combate). Pero la salvaje carnicería, acompañada de violaciones, saqueos, ejecuciones y suicidios colectivos, también devastaba a los defensores.

La Unidad Ezquerra, complementada con los restos de un batallón letón, fue destinada al barrio gubernamental, el epicentro de la lucha. Estableció su cuartel en las ruinas del Ministerio del Aire y fue dispuesta como fuerza móvil. Si bien en poco tiempo no hubo frente ni posiciones estables, cada cual luchaba donde podía, estaba encargada de acudir con urgencia allí donde era requerida para intentar cerrar las brechas que los soviéticos abrían en su avance. Sus fusiles y sus “puños de hierro” o panzerfaust (lanzagranadas antitanque de un único uso) hacían estragos entre la infantería y los carros de combate T-34 enemigos. Sin embargo, después de cada “salida” el número de sus miembros se reducía.


Entre misión y misión se sucedieron los dos episodios que más suspicacias han levantado entre los especialistas. En el primero, durante un descanso, un alto oficial invitó a Ezquerra a que lo acompañara por un laberinto de túneles subterráneos que desembocó, nada más y nada menos, que en el búnker de Hitler. En él, el mismísimo Führer le otorgó la Cruz de Caballero y le ofreció la nacionalidad alemana, que tuvo que rechazar porque un español lo es hasta su muerte. Al acabar el acto, saboreó un té en compañía de Goebbels y el general Hans Krebs.

Según Ezquerra, este mismo general, Krebs, solicitó su presencia cuando fue a parlamentar con el ruso Vasili Chuikov, el defensor de Stalingrado, las condiciones de una posible rendición alemana. Pero éste sólo aceptaba el sometimiento incondicional, que fue rechazado.

No es del todo imposible que en medio de aquella dantesca locura las cosas sucedieran tal y como el oscense las narra, aunque el jerarca nazi pasó sus últimos días de vida “sedado” para evitar un colapso nervioso y es más que improbable que encontrara un rato para recibir efusivamente a un oficial menor, extranjero, y concederle la nacionalidad alemana. Y tampoco parece tener mucho sentido que Krebs le pidiese que lo acompañara en su misión, ya que apenas lo conocía y Ezquerra no hablaba ruso y se defendía con torpeza en alemán.

Además, la misión de Krebs tuvo lugar el 1 de mayo, sólo un día antes de la rendición definitiva, y fue ordenada por Goebbels tras el suicidio de Hitler. Pero el Führer en persona, según Ezquerra, fue quien más tarde dictó que su Unidad ayudara a las que intentaban romper el cerco por el Norte de la ciudad para abrir una vía de escape.

Fuera quien fuera la persona que dio dicha orden, si es que ésta existió, lo cierto es que los hombres de Ezquerra que quedaban, muchos heridos y todos extenuados, se embarcaron en una huida desesperada, visto que todo estaba perdido y que las nuevas armas maravillosas (Wunderwaffen), que a última hora iban a revertir la situación según los más fanáticos, eran fruto de la fantasía.

Al intentar atravesar un puente cubierto de restos humanos y barrido sin cesar por las ametralladoras soviéticas, el grupo se deshizo. Sólo Ezquerra y tres compañeros lograron franquearlo. Poco después, ya sólo quedaban dos, Ezquerra y un sargento llamado Juan Pinar, quien optó por buscar la salvación por su cuenta (y que años más tarde, tras ser liberado por los soviéticos, se atribuiría la jefatura del grupo de combatientes españoles en Berlín). Al resto se le perdió la pista (alguno pudo escapar, pero casi todos murieron en la pelea, fueron fusilados o hechos prisioneros).

Tras enterarse del suicidio de Hitler, Ezquerra fue detenido e incorporado al torrente de cautivos que los vencedores conducían a pie hacia el Este. Al paso de su convoy por Polonia, una noche, entre Ezquerra y varios compañeros lograron matar a un guardia y fugarse. Decidieron separarse y se confundieron en el babélico caos de refugiados, deportados, exreclusos liberados y militares desmovilizados que, por miles, atravesaban Europa en distintas direcciones.

Ezquerra regresó a Berlín, convertido en una pira funeraria, y con ayuda de una amiga falsificó un documento de identidad argentino en el Instituto Iberoamericano, ya desmantelado (los von Faupel se habían suicidado). Con él, consiguió que los soviéticos lo evacuaran al sector británico de la ciudad, desde donde se trasladó a Bélgica haciéndose pasar por refugiado y, de allí, a París.

Los exiliados españoles de la ciudad lo conocían, por lo que tuvo que andar con pies de plomo. Tras fracasar en su intento de embarcarse hacia América, un antiguo camarada le prestó su documentación. Con ella viajó hacia el Sur en tren, a pie y en una bicicleta que robó hasta que, por fin, alcanzó la frontera española. Y ahí termina su relato.

De su vida posterior poco se conoce. Javier Nart lo entrevistó para la revista Interviú en 1982 y en el diálogo que mantuvieron trazó una trayectoria vital, después de su llegada a España, poco creíble. Aseguraba que al poco tiempo había sido requerido por el Servicio Secreto español. Luego se alistó en la Legión Extranjera francesa, con la que operó como agente doble para los españoles en Marruecos y estuvo en Vietnam. La abandonó y fue contratado por el dictador dominicano Leónidas Trujillo para adiestrar la “Legión Anticomunista del Caribe”. Como no le gustó lo que vio, se marchó a Brasil y Paraguay, donde contactó con antiguos nazis. En ese último país dirigió una concesión maderera que fracasó y, tras residir en Chile y Argentina, regresó a España.

En esa entrevista también afirmaba haber hablado en Sudamérica con Martin Bormann, el temible secretario personal de Hitler. Hoy se sabe seguro (por pruebas de ADN hechas a sus restos) que, como declaró un testigo, había muerto el 2 de mayo de 1945 al intentar huir de Berlín.

Como se ve, las lindes entre los recuerdos de Miguel Ezquerra y sus fabulaciones eran sumamente porosas. Pero no por ello todo lo que cuenta es falso. El núcleo central de sus memorias parece ser real, si bien la mayoría opina que las “enriqueció” de forma innecesaria, para darse importancia. No obstante, cuando publicó su libro todavía vivían muchos de sus compañeros de armas. Y nunca nadie lo desmintió ni lo acusó de fraude.

Miguel Ezquerra Sánchez falleció en octubre de 1984 en Madrid y está enterrado en el cementerio de La Almudena, en el panteón que guarda los restos de los veteranos de la División Azul.

Para saber más:
-ANSUÁTEGUI, Antonio (seudónimo de Francisco F. Mateu): Los últimos cien días de Berlín, Barcelona, Mateu, 1945.
-BEEVOR, Antony: Berlín, la caída. 1945, Barcelona, Crítica, 2002.
-EZQUERRA, Miguel: Berlín, a vida o muerte, Barcelona, Acervo, 1975.
-NART, Javier: “El jefe español de las SS”, en Interviú, 10-16 de noviembre de 1982.
-PUENTE. Moisés: Yo, muerto en Rusia (Memorias del alférez Ocañas de la División Azul), Madrid, San Martín, 2003.
-SANZ JARQUE, Juan José: Del Ebro a Volchof (3 vols.), Madrid, Actas, 2010-2012.
-VADILLO, Fernando: Los irreductibles, Alicante, García Hispán, 1993.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Paco Ponzán, un grito de libertad

De uno de los laterales de la gran Place d’Europe, en el corazón de Toulouse, nace una rectilínea alameda que se adentra en los jardines Compans Caffarelli, un inmenso espacio verde siempre frondoso gracias al húmedo aliento del cercano río Garona. A mediados de 2010 esa serena arboleda, propicia para la meditación y el descanso, y hasta entonces innominada, fue bautizada por las autoridades locales.

Al acto acudió el alcalde socialista de la ciudad acompañado de su antecesor, conservador, pues se pretendía rendir tributo a quien todos en el lugar consideran un legendario héroe de la Resistencia durante la ocupación nazi del país, en la II Guerra Mundial. Alguien que, al concluir la brutal contienda, recibió unánimes y públicos elogios de los máximos dirigentes de las potencias aliadas como muestra de reconocimiento y admiración.

Entre otras distinciones, fue laureado por Francia con la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Guerra y el grado de capitán de sus fuerzas armadas; el Reino Unido le otorgó la Insignia de la Hoja de Laurel de la Corona, que sólo en muy excepcionales ocasiones se concede a los no nacionales, y la Medalla del Rey por el Valor en la Causa de la Libertad; y el gobierno de los Estados Unidos hizo solemne entrega de un Certificado de Gratitud firmado por el presidente Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las tropas que combatieron a Hitler en Europa.

Ese luchador ya mítico se llamó Francisco Ponzán Vidal, aunque en la clandestinidad también era conocido por varios alias: Vidal, Paco, Gurriato, El gafas o El maestro de Huesca. Y como este último apodo indica, no era francés sino que, como el propio Garona, hundía sus raíces en Aragón, una saturniana tierra donde no hay calles con su nombre ni ningún monumento en una plaza como homenaje; donde sólo un puñado de fervorosos incondicionales intenta que el sañudo olvido no consiga aventar el recuerdo de quien arriesgó su vida, todos los días durante varios años, para rescatar de la barbarie más infame a cientos de personas armado, sobre todo, con su audacia y su inteligencia.

Los padres de Paco Ponzán vivieron una primera madurez viajera. Su progenitor, Agapito, natural de Sena, un maestro ilustrado que nunca ejerció, era empleado de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, la Norte, una empresa ferroviaria creada en 1858 que se extendió por gran parte de la mitad septentrional del país hasta ser nacionalizada y absorbida por RENFE en 1941.

Escoltado siempre por su esposa Tomasa, nacida en la capital oscense, su trabajo le obligó a constantes traslados. Así, la familia vivió breves estancias en Asturias, Cataluña y Castilla hasta su definitivo regreso a Huesca, cuando Paco, llegado al mundo en Oviedo el 30 de marzo de 1911, había cumplido ya los dos años.

Su infancia en el Alto Aragón se vio marcada por el temprano fallecimiento de su padre, en 1919, en la terrible epidemia de la llamada “gripe española”. Tomasa, mujer religiosa, lo matriculó en el colegio de los Salesianos para que aprendiera las primeras letras. Pese a estar en todo momento arropado por su madre y sus cuatro hermanas, el único varón de la casa no se amoldó a las exigencias del centro y, tras varios cursos, acabó por abandonarlo. Entró entonces como aprendiz en la imprenta y librería Iglesias (hasta hace poco abierta, aunque sólo como librería), donde cristalizó su amor por los libros. Se convirtió en un lector insaciable y decidió retomar sus estudios.


Tras superar un examen, con tan sólo 14 años ingresó en la Escuela Normal de Huesca para estudiar Magisterio. Allí coincidió con un compañero que se convertiría en el hermano que no había tenido, Evaristo Viñuales, y también con un profesor de los que se guarda memoria de por vida, de los que son capaces de abrir surcos en el pensar de sus alumnos y plantar en ellos ubérrimas semillas, Ramón Acín. Militante anarquista desde muy joven, un Acín ya maduro se había dado cuenta de que la auténtica revolución, la única que podía dar frutos perennes, era la de la enseñanza. Estaba al corriente de las teorías pedagógicas más avanzadas y en su quehacer diario primaba la formación integral de la persona sobre los contenidos del temario.

Su ejemplo de honestidad, trabajo, generosidad, confianza en el ser humano y compromiso con los más humildes alentó a Ponzán a seguir su estela. Y sus desatadas ansias de justicia social, en una España donde reinaba la miseria, le llevaron a implicarse de forma apasionada en todo tipo de actividades “subversivas”: mítines, algaradas estudiantiles, apoyo a huelgas, sabotajes a pequeña escala… Se afilió a la CNT y la policía no tardó en estar tras sus pasos.

En la alborada de su vida adulta, con 18 años y sus estudios ya concluidos, inició su carrera de maestro. Su primer destino, provisional, fue Ipás, un pequeño pueblecito próximo a Jaca. Unos cursos después, fue enviado más al Sur, a Castejón de Monegros, una localidad ya mucho mayor, al Este de la sierra de Alcubierre.

Sus tareas docentes no le impidieron seguir con su participación en acciones políticas o de protesta, lo que se tradujo en repetidas visitas a prisión, donde eran habituales los malos tratos. Fue encarcelado en 1930, tras la sublevación militar de Jaca contraria a la monarquía; en 1932, por su apoyo a los trabajadores en huelga de una empresa química de Sabiñánigo; a finales de 1933, cuando se encontraba en Zaragoza para alentar una revuelta libertaria; y en 1934, acusado de complicidad en la fuga de varios presos anarquistas de la cárcel de Huesca.

A pesar de todos esos “contratiempos” pudo obtener por oposición una plaza de maestro en propiedad, si bien tuvo que desplazarse hasta Galicia. Estuvo una temporada como educador en el municipio coruñés de Mazaricos, en concreto en la parroquia de Os Baos (que en 1966 fue desalojada y anegada por las aguas del embalse de Fervenza, construido para dotar de energía hidroeléctrica a una fábrica metalúrgica). Y, en enero de 1936, dejó el interior para ejercer su profesión a orillas del mar, en Camelle, un caserío pesquero de la indómita Costa da Morte perteneciente al concejo de Camariñas. Allí donde fue, se adhirió a la sección local de la CNT.

Ese año, al terminar el curso académico, se dispuso a pasar sus vacaciones con la familia. Y en Huesca se encontraba cuando se produjo la insurrección militar del 18 de julio. Ante tal trance, nutridos grupos de militantes de izquierda, algunos llegados de localidades cercanas, se congregaron ante el edificio del gobierno civil oscense. Hubo una reunión con el gobernador, Agustín Carrascosa, para convencerle de que repartiera armas entre la población con el fin de defender la legalidad republicana. Sin embargo, éste, como otros, no calibró bien la gravedad del suceso y se negó. Paco Ponzán, que como una moderna Casandra vaticinó la tragedia que se avecinaba, era partidario de tomarlas por la fuerza. Pero su antiguo preceptor, Acín, refrenó su desbocado ímpetu y le rogó prudencia. Su moderación le costaría la vida.

Con sólo uno de los bandos enfrentados armado, los partidarios del fallido golpe de Estado pronto controlaron la situación y comenzaron la supresión sistemática de sus oponentes. No hubo ninguna clemencia. Las consignas dictadas por el general Mola eran claras: “es necesario propagar una atmósfera de terror. Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros”.

Ramón Acín estuvo entre los primeros en ser asesinados, el 6 de agosto. El día 23, Conchita, su esposa, formaba parte de una tanda de casi un centenar de republicanos, incluidas once mujeres, que serían paseados por la ciudad y luego ejecutados.

Paco Ponzán consiguió abandonar Huesca cuando se hizo evidente que todo estaba perdido. A escondidas, caminando por la noche, encontró abrigo en casas de amigos de Chibulco y San Julián de Banzo, hasta alcanzar Angüés, en zona republicana. Su hermana Pilar, asimismo maestra, no tuvo tanta fortuna. Fue detenida y recluida en el jacetano fuerte de Rapitán.

El vacío de poder que se originó en el Aragón fiel a la República al inicio de la Guerra Civil hizo posible la constitución, en octubre de 1936, del denominado Consejo de Aragón, una entidad política regida, de forma mayoritaria, por dirigentes de la CNT. En él, Ponzán ocupó en un principio la cartera de Transportes y Comunicaciones, aunque más tarde pasó a ser auxiliar de su amigo Evaristo Viñuales en la de Información y Propaganda.

La sede del Consejo se fijó en Caspe, donde Paco conoció a Palmira Pla, una maestra de Cretas que organizaba unas colonias escolares en las que amparar de cotidianos horrores a los más pequeños, aunque fuera sólo por unos días. E iniciaron una relación que sembrarían de obstáculos la locura, el odio y la sinrazón de las armas.

En el verano de 1937, tras los enfrentamientos en Cataluña entre partidarios de la revolución social (CNT-FAI y POUM) y aquellos que consideraban prioritario ganar la guerra, además de ver con recelo las políticas aplicadas por los anarcosindicalistas (Gobierno, Generalitat y PSUC), las autoridades republicanas decidieron disolver el Consejo de Aragón.

Viñuales y Ponzán se integraron entonces en la 127 Brigada Mixta, dirigida por un viejo conocido de ambos, Máximo Franco, natural de Alcalá de Gurrea. En esa unidad operaba desde el inicio del conflicto un pequeño grupo guerrillero, formado sólo por aragoneses, autodenominado Libertador. Y en él encontró Ponzán, un hombre de acción alejado del frente por su acentuada miopía, el medio ideal para dar lo mejor de sí mismo en pro de la causa republicana.

El grupo, que se integró en el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP), estaba especializado en arriesgados golpes de mano tras las líneas enemigas, donde mantenía una red de contactos encubiertos. Entre sus tareas destacaban el salvamento de evadidos, la voladura de puentes, vías férreas y otras líneas de comunicación, y la obtención de datos actualizados sobre movimientos de tropas y su composición. Ponzán, con el grado de teniente, pasó a preparar y coordinar sus misiones, así como a notificar su resultado al Estado Mayor.

A medida que el frente de guerra fue moviéndose hacia el Este, empujado por las ofensivas del ejército de Franco, también se trasladó el campo de acción de los miembros de Libertador. Ya en Cataluña, incorporó a sus filas a varios combatientes locales, conocedores del idioma y el terreno. Pero en 1939 nada pudo evitar el derrumbe definitivo de una República desbaratada y el 10 de febrero Ponzán, con sus hombres, cruzaba la frontera con Francia por la localidad gerundense de Puigcerdá para alcanzar Bourg-Madame, no muy lejos del Principado de Andorra.


Antes de ser interceptados por los gendarmes franceses, lograron ocultar sus armas, ya que albergaban la esperanza de seguir el combate contra el franquismo en un futuro próximo. Después, fueron conducidos al campo de internamiento de Vernet d'Ariège, unos kilómetros al Sur de Toulouse.

Edificado como campo de prisioneros en la I Guerra Mundial, Vernet d'Ariège se convirtió en un centro disciplinario en el que fueron confinados “extremistas” españoles y miembros de las Brigadas Internacionales. Entre sus más afamados moradores figuraron el escritor Max Aub (que plasmó su desolador testimonio en Laberinto mágico y Manuscrito cuervo) y el cartelista Luis García Gallo, quien había colaborado en la publicación de Felipe Alaiz Vida y muerte de Ramón Acín y fue, años más tarde, reconocido dibujante de cómics en Francia con el seudónimo de Coq (trabajó con Goscinny en series tan populares como Yvette, La Fée Aveline y Docteur Gaudéamus).

Aun cuando seguía internado, dados su experiencia y sus éxitos anteriores, la dirección de la CNT encargó a Ponzán organizar el paso a Francia de los anarquistas prófugos en España, así como de los huidos de los campos de concentración creados por los vencedores de la Guerra Civil. En busca de nuevos agentes, guías, enlaces, alojamientos y documentación, varios de sus colaboradores escaparon de Vernet d'Ariège, de donde el propio Ponzán pudo salir gracias a un contrato de trabajo, como mecánico, que le ofreció un activista francés de izquierdas, Jean Bénazet, afincado en Varilhes.

Allí se estableció de modo temporal y allí se reencontró con su hermana Pilar, quien llegó acompañada de la viuda y la pequeña hija de Evaristo Viñuales. Éste y Máximo Franco, atrapados en el puerto de Alicante junto a un aluvión de miles de republicanos desahuciados, se habían suicidado, cogidos de la mano, el 1 de abril de 1939 (“el día de la Victoria”) antes de dejarse atrapar por las tropas italianas enviadas por Mussolini, que los tenían cercados.

Pilar, al contrario que muchos compañeros, había logrado esquivar la condena a muerte tras ser sometida a un consejo de guerra y, meses más tarde, formó parte de un canje de prisioneros. En ambas ocasiones, es más que probable que su “buena suerte” estuviese ligada a Carmen, otra de las hermanas Ponzán, casada con un militar que se había sumado a la sublevación del 36.

Cuando Pilar se trasladó a Varilhes, en enero de 1940, la II Guerra Mundial daba sus primeros pasos. El fuego de la sangrienta tragedia que había abrasado España se reavivaba con gran fuerza, ahora por todo el planeta.

En mayo de ese mismo año Paco cruzó furtivamente la frontera para establecer nuevos contactos en el Alto Aragón e intentar liberar a camaradas detenidos. En las cercanías de Boltaña se topó con una patrulla militar y resultó herido. Amigos de la zona lo curaron y escondieron hasta que pudo regresar a Francia. Sólo unos días después, el 14 de junio, los nazis entraban en París y el 22 se firmó el armisticio que dividía Francia en dos zonas, una ocupada por los alemanes y otra bajo el control de un régimen que colaboraba con ellos, dirigido por el mariscal Pétain.

Pétain y Franco se habían conocido en Marruecos, en los años 20, y se profesaban mutua admiración. De hecho, Pétain fue el primer embajador francés ante el Gobierno franquista, antes de que acabara la Guerra Civil. Si la acogida de los franceses a los exiliados españoles había sido, salvo excepciones, desabrida y recelosa, la situación a partir de ese momento se hizo todavía más tensa.

En septiembre de 1940, los Ponzán se trasladaron a Toulouse, una gran ciudad, donde sus actividades en favor de los anarquistas fugitivos podían pasar más inadvertidas. Sin embargo, el Servicio de Inteligencia británico consiguió localizarlos. Desde el inicio de la contienda mundial, numerosos militares del bando aliado que huían de los alemanes buscaban la manera de alcanzar un refugio. En poco tiempo se había logrado trenzar una trama de casas y personas de confianza que facilitaban su viaje hacia el mediodía francés como única escapatoria posible, pues al Oeste se extendía el mar y por el Norte y el Este, el enemigo. Pero ante ellos se alzaban dos obstáculos difíciles de franquear: la frontera española y los Pirineos.

Para poner a salvo a docenas de hombres en peligro embolsados en Marsella y sus alrededores, los impulsores de esa cadena de evasión, el capitán escocés Ian Garrow y el general belga Albert Guérisse, cuyo alias Pat O’Leary daría nombre a la organización, solicitaron la ayuda de Paco y sus montaraces colaboradores. Curtidos luchadores, idealistas e irreductibles, acostumbrados a sortear tanto fusiles enemigos como quebrados riscos, eran los únicos capaces de hacer permeables las montañas y filtrar hasta territorio español a los hostigados por los nazis, e incluso conducirlos a grandes ciudades como Barcelona, desde donde los consulados británico y belga los podían trasladar hasta Gibraltar o Portugal.


Los dirigentes anarquistas en el exilio, el llamado Consejo General del Movimiento Libertario, se opusieron a colaborar con quienes habían abandonado a la República española a su suerte y desautorizaron la operación. Pero Paco, a pesar de los mutuos recelos, desoyó la decisión y aceptó prestar su apoyo. Con amigos entre comunistas, socialistas y liberales, su prioridad era la desaparición de la dictadura franquista y estaba convencido de que la derrota de Hitler precipitaría, a continuación, la caída de sus correligionarios españoles. Además, no era sólo la libertad de Francia o de Gran Bretaña lo que estaba en juego. La negrura del totalitarismo se cernía sobre todo el mundo.

La red dirigida por Ponzán se puso, por tanto, al servicio de los aliados, encargados a partir de ese momento de su armamento y financiación. Un flujo constante de civiles y militares, en especial pilotos derribados, fue guiado a lugares seguros por anarquistas españoles a través de desfiladeros pirenaicos o bien desde playas mediterráneas. Británicos, polacos, holandeses, belgas, checos, griegos, yugoslavos, estadounidenses…

Sólo Ponzán, el organizador, estaba al tanto de todos los detalles. Sus hombres ni sabían ni querían saber más que lo imprescindible para llevar a cabo cada trabajo, con el fin de no tener nada que contar si eran atrapados. Hubo misiones centradas en socorrer a un solo individuo, como un general inglés que fue acompañado hasta la Ciudad Condal. Y también las hubo con grupos numerosos, que precisaban una infraestructura diferente, como la que ayudó a cruzar a España a 62 judíos que, en su mayoría, llegaron con bien a su destino (un anciano murió de agotamiento en la montaña y un joven tropezó y se despeñó).

Antes de partir, se facilitaba a los huidos documentación falsa de impecable factura y, de ser necesario, ropa nueva o réplicas exactas de uniformes. De forma temporal, se alojaban en pisos francos o de personas amigas. Y no fue raro que algunos se cobijaran en la propia residencia de los Ponzán. Allí, cuando era posible, Paco intentaba ahuyentar los mordiscos del miedo con bromas o con conversaciones sobre Literatura, en particular sobre autores renacentistas europeos y del Siglo de Oro español, como evocaría tiempo después uno de sus asistentes más cercanos, Salvador Aguado (tras la guerra se exilió en Hispanoamérica y fue profesor en varias Universidades; publicó un ensayo sobre el Lazarillo que dedicó a Ponzán, en recuerdo de sus charlas).

En junio de 1941 fue detenido Ian Garrow, hecho que no frenó la actividad de Ponzán y sus hombres. Su sangre fría y su pericia les permitían maniobrar con destreza en un entorno cenagoso, habitado por arribistas, confidentes, espías y agentes dobles. Sobornos y traiciones se entremezclaban con la desesperación y las ganas de vivir. La policía de Vichy estaba al acecho y era fácil cometer un error o que alguien aprovechara la desgracia ajena para conseguir dinero, salvar la propia vida o la de algún allegado, a cualquier precio y de cualquier manera.

En octubre de 1942, Paco y Pilar Ponzán, junto a otros activistas españoles, fueron descubiertos y arrestados. Por fortuna, pese al minucioso registro de su domicilio, no fueron halladas ni las armas que guardaban ni los útiles para falsificar documentos.

Los hombres fueron enclaustrados de nuevo en el campo de Vernet d'Ariège, reconvertido por los alemanes en centro de reagrupación para familias judías “en tránsito”. Sin embargo, sólo estuvieron en él unas semanas. Agentes de los servicios secretos franceses, que jugaban con dos barajas al ver que la guerra no tenía vencedor claro, se presentaron con falsas órdenes de traslado y lograron liberarlos.

Tras su salida, Ponzán retomó su arriscada lucha en favor de los perseguidos por los nazis, aunque ésta se volvió todavía más complicada. En noviembre de 1942 la seguridad interna, las fronteras y la policía de toda Francia quedaron bajo mando de la Gestapo y las SS, secundadas por milicias locales ultraderechistas. Todo el mundo se convirtió en sospechoso; todo el mundo tenía pánico de que alguien llamara a golpes a la puerta de su casa o de que un coche se parara de pronto en la calle, a su lado. Significaba el fin.

Un antiguo legionario francés a sueldo de los alemanes logró infiltrarse en la organización y delató a gran parte de sus componentes. Unas cien personas acabaron encarceladas. La mayoría fueron torturadas y ejecutadas. Otras, conducidas a campos de exterminio alemanes, un infierno en el que muy pocos sobrevivirían. Albert Guérisse fue apresado en marzo de 1943 (cautivo en Dachau y Mauthausen, lograría salvar la vida) y Ponzán pasó a ser el hombre más buscado de Toulouse. Convenció a sus más cercanos compañeros para que escaparan, pero él permaneció en la ciudad. Además de su tarea clandestina, le preocupaba su hermana Pilar, que seguía recluida.

Se cambió el peinado, las gafas y se dejó bigote para pasar inadvertido. Aun así, el 28 de abril de 1943 un policía lo paró por la calle porque le sonaba su cara. Aunque no lo reconoció, al ir indocumentado, lo detuvo. Estuvo varios meses encarcelado, como un preso anónimo, a la espera de juicio. Pero en aquel tiempo la muerte hablaba alemán y estaba siempre al acecho. Alguien lo identificó, la Gestapo lo reclamó y el intendente general de la policía, Pierre Marty, quien sería fusilado al acabar la guerra, se lo entregó.

En cuanto se enteró de su detención, Palmira Pla abandonó Chartres, donde se había afincado y trabajaba como costurera, para instalarse en Toulouse. Sin camaradas que pudiesen auxiliarlo, ella era su único y efímero consuelo. Lo pudo ver a lo lejos durante su juicio y, cada cierto tiempo, le llevaba comida y ropa limpia a la cárcel.

En el verano de 1944 Pilar se unió a Palmira, tras aprovechar un motín generalizado para escapar del campo de Gurs junto a otras españolas. Por desgracia, la primera visita de la pareja al penal fue baldía. Paco ya no estaba allí.


El 17 de agosto de 1944, dos días antes de que los alemanes abandonaran Toulouse en retirada y cuando ya se combatía en sus calles, seleccionaron a una cincuentena de presos a los que no querían dejar atrás y los montaron en camiones. Al llegar al bosque de Buzet-sur-Tarn, a unos 30 km de la ciudad, el convoy paró y los hicieron bajar. Nadie sabe bien qué sucedió allí. En casas cercanas se oyeron ráfagas de ametralladora y, poco después, los vecinos vieron alzarse tres enormes columnas de humo, antes de que los vehículos regresaran en dirección a Toulouse.

Parece ser que, tras ametrallarlos, habían hecho tres pilas con los cuerpos de muertos y moribundos, las habían rociado de gasolina y les habían prendido fuego. Entre los vestigios carbonizados, hermanados ya para siempre, se encontraban los de Paco Ponzán. No pudo cumplirse, por tanto, una de sus últimas voluntades, reflejadas en el testamento autógrafo que dejó en prisión: Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales.

Tras la liberación de Francia, se sucedieron los homenajes y los reconocimientos póstumos. Se calcula que Ponzán y sus hombres, muchos aragoneses, sacrificaron sus vidas para salvar la de alrededor de 3000 personas de forma directa (más o menos, el triple que las salvadas por el mundialmente conocido Oskar Schindler) y muchísimas más de forma indirecta, pues actuaron incontables veces como correo de informaciones clave para el desarrollo de la guerra.

Sin embargo, quienes celebraron su coraje y sus obras le negaron su máxima ambición, acabar con la dictadura de Franco, que se prolongaría durante décadas.

Para saber más:
-BROME, Vincent: L'histoire de Pat O'Leary, París, Amiot-Dumont, 1957 (versión inglesa: The Way Back. The Story of Lieut-Commander Pat O'Leary, Londres, The Companion Book Club, 1958).
-CLAVET, Josep: Las montañas de la libertad, Madrid, Alianza, 2010.
-JUAN, Víctor: Por escribir sus nombres (novela), Zaragoza, Prames, 2007.
-MONTSENY, Federica: Pasión y muerte de los españoles en Francia, Toulouse, Espoir, 1969.
-PONS PRADES, Eduardo: Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.
-PONZÁN, Pilar: Lucha y muerte por la Libertad, 1936-1945, Barcelona, Tot Editorial, 1996.
-SÁNCHEZ AGUSTÍ, Ferrán: Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos, Lérida, Milenio, 2003.
-TÉLLEZ, Antonio: La Red de Evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Barcelona, Virus, 1996.
-VV.AA.: La España exiliada de 1939, Zaragoza, IFC, 2001.
-Francisco Ponzán, el resistente olvidado (vídeo documental): https://www.youtube.com/watch?v=H11q0ow7pTg



viernes, 19 de diciembre de 2014

Maximino Cano Gascón, un maestro de la República en Las Hurdes

El 14 de abril de 1931 se proclamó la II República en España en medio de una esperanzada alegría general. Entre sus máximas prioridades figuró la de sacudir con fuerza el carcomido sistema educativo vigente y proporcionar al país una escuela obligatoria, pública, laica, mixta y moderna que le permitiera alcanzar el progreso económico, social y cultural que disfrutaban otras naciones europeas.

En España, hasta entonces, enseñar era penar. Quien lea las memorias del maestro oscense Valero Almudévar, activo en la segunda mitad del siglo XIX, podrá advertir cuán ardua era la tarea en el mundo rural. Funcionarios municipales recaudaban su escuálido salario entre los padres de los alumnos, en su mayoría sumidos en la indigencia. Muchos no podían satisfacer las demandas económicas por exiguas que fuesen y, a su vez, no entendían para qué debían aprender a leer o escribir sus hijos, pues para empuñar la hoz o apacentar ovejas no era necesario, incluso estorbaba. Así, había meses en que no se conseguía reunir la paga o se vivían auténticos motines populares.

Toda actividad docente se encontraba, además, tutelada por los caciques locales y por la Iglesia. Sin su visto bueno resultaba imposible emprender tarea alguna. No hay que olvidar que el último ejecutado por una Junta de Fe, hijas postreras de la Inquisición, había sido un maestro de primeras letras. Cayetano Ripoll no comulgaba con algunos dogmas católicos, se resistía a salir de su casa para presentar sus respetos al paso de la procesión y se le vio comer carne un Viernes Santo. No contento con eso, llevó a sus alumnos algún domingo al campo para observar la naturaleza sin que hubieran oído misa. Tal comportamiento, intolerable según el arzobispo de Valencia, merecía un castigo ejemplar. Y tras dos años encerrado en una mazmorra, fue ahorcado con asistencia de numeroso público en julio de 1826. Su cadáver fue metido en un barril pintado con llamas infernales y enterrado en un paraje apartado. Y de eso no hacía tanto tiempo.

Urgía, pues, impulsar un giro copernicano a la situación y los primeros Gobiernos de la República se pusieron manos a la obra sin pérdida de tiempo. Se proyectó la creación de nada menos que 27.000 escuelas de primaria (se calcula que más de un millón de niños estaban sin escolarizar y que el porcentaje de analfabetos superaba el 50% de la población) y se declaró no obligatoria la instrucción religiosa. Al mismo tiempo, con el sello de la Institución Libre de Enseñanza, se potenciaron las colonias escolares de vacaciones y se pusieron en marcha las Misiones Pedagógicas, alimentadas por voluntarios, que llevaron a recónditas poblaciones lectura, música, teatro, cine y arte.

Uno de los cambios más radicales consistió en dignificar la figura del maestro, cuya formación solía ser casi tan parca como magro su sueldo. A los aspirantes a ejercer el Magisterio se les exigió tener completo el bachiller antes de matricularse en las Escuelas Normales, en las que se instruían y donde comenzaron a disfrutar de un último curso con prácticas remuneradas. Se garantizó e incrementó su retribución, y se multiplicaron los cursos de reciclaje, en los que podían conocer de primera mano novedades didácticas.

Maximino Cano Gascón llevaba ya muchos años en la docencia cuando todas esas innovaciones pusieron del revés la escuela tradicional. Pero, como se verá, formó parte de las hornadas de vocacionales veteranos que renunciaron a la comodidad de la costumbre y abrazaron, plenos de optimismo y entusiasmo, el embate renovador. Había nacido en 1892 en Huesca, como hijo natural de un viudo pudiente. En 1910 obtuvo el título de maestro y enseguida comenzó a ejercer en pequeñas localidades aragonesas. Primero en Maleján, a los pies del Moncayo, y, más tarde, en distintos enclaves oscenses.

Durante sus primeros años de profesión combinó su quehacer cotidiano con su apego por la literatura. Se enfrascó en la redacción de una novela, que nunca terminaría, y en 1920 editó un librito de poemas y narraciones breves de resonancias modernistas, El primer amor. Lo más valioso de la publicación hay que buscarlo en su portada, pues revela su relación con el ilustrador, Ramón Acín, un artista, escritor, pedagogo y político cuyo generoso influjo marcaría de forma imborrable a varias generaciones de oscenses. No se conocen los vínculos que ligaban a Cano con un Acín sólo cuatro años mayor, aunque ya profesor en la Escuela Normal de Maestros de Huesca. Sin embargo, haberlos los hubo y tal vez se hallen en la base de episodios ocurridos años más tarde.



Tras unos apacibles cursos, desavenencias familiares, en concreto disputas por la herencia tras la muerte de su padre, movieron a Maximino a soltar amarras y solicitar empleos en poblaciones alejadas de su ciudad natal, en la que no volvió a residir. Y, de este modo, inició un rodar que le llevó a impartir docencia en Campillos (Málaga), Sanlúcar la Mayor (Sevilla), Caravaca de la Cruz (Murcia) y el pueblo turolense de Lechago. En los primeros meses de 1930 su peregrinar hizo escala en un destino que le marcaría de por vida. Pasó a dirigir la escuela de una alquería perdida, llamada La Huerta y enclavada en una de las más aisladas y paupérrimas comarcas del país, Las Hurdes.

Las Hurdes había saltado a las páginas de los periódicos unos años antes de la mano de Maurice Legendre, director de la Casa de Velázquez, un centro cultural francés abierto en Madrid. Este hispanista, intrigado por la existencia de una Peña de Francia en el interior peninsular, en tierras salmantinas, con un santuario donde se veneraba una Virgen hallada por un devoto francés en la Edad Media, se animó a conocerla en el verano de 1909. Ferviente católico, tanto el paisaje como el oratorio le cautivaron y desde entonces visitó el lugar con asiduidad.

En 1912, acompañado por un guía local, descendió algo más de lo habitual por las estribaciones meridionales de la Peña, hasta adentrarse unos kilómetros en el extremo norte de la provincia de Cáceres, en Las Hurdes. Y allí descubrió algo que lo sobrecogió. Una serie de pequeñas aldeas tachonaban un agreste rincón. Sus pobladores sobrevivían a duras penas, abandonados a su suerte. Nunca había visto nada igual. Atroz miseria en toda su desnudez. Le pareció haber dado un salto en el tiempo hasta un pasado remoto, excluido por completo de cualquier rasgo de civilización.

A su regreso a Madrid, profundamente turbado, inició una campaña para llamar la atención de la opinión pública sobre esas gentes y las deplorables circunstancias en que discurría su vida, castigada por el hambre, el paludismo y el bocio, males endémicos. En 1914 recorrió la zona en compañía de Miguel de Unamuno y en 1922 hizo lo propio con otro de sus amigos, Gregorio Marañón, quien encabezó una comisión sanitaria. Tanto ruido armó que, en junio de ese último año, hasta el mismo rey, Alfonso XIII, viajó hasta allí, en una excursión más propagandística que otra cosa. Cuando el séquito, las comitivas y los periodistas desaparecieron, todo continuó igual, inmutable.

No en vano, con Maximino Cano ya instalado allí, la comarca fue elegida como sede de terrible destierro por las autoridades republicanas. A ella fue a parar durante diez meses, entre mayo de 1932 y marzo de 1933, José María Albiñana, el creador del Partido Nacionalista Español, de corte fascista, incansable instigador de algaradas e insurrecciones (y en 1967, en tiempos de Franco, acogería al secretario general de la UGT, Nicolás Redondo). Tras su estancia, escribió un libro, Confinado en Las Hurdes, donde describía el lugar como “un puñado de chozas miserables, levantadas sobre estiércol secular, una breve humanidad enferma y harapienta, una promiscuidad repugnante de sexos y especies animales”.

En esas mismas fechas, en abril y mayo de 1932, Luis Buñuel rodaba, en compañía, entre otros, de Ramón Acín y Rafael Sánchez Ventura, su célebre documental Las Hurdes. Tierra sin pan. Con una estudiada puesta en escena, denunciaba su atraso, su centenario desamparo y la dejadez institucional. El crudo testimonio social del cineasta aragonés escandalizó a espectadores y atizó conciencias en varios continentes.

Pues bien, en ese entorno extremo, en "el fin del mundo", Maximino Cano inició una aventura educativa que sólo se puede calificar de asombrosa en compañía de José Vargas Gómez, originario del pueblo murciano de Abarán, responsable de la cercana escuela de Caminomorisco. Con el fin de dotar de humanidad y dar una oportunidad y un porvenir a unos niños condenados de antemano por todo y por todos, ambos maestros decidieron poner en práctica un sistema de enseñanza pionero en Europa.

Y, sin dejarse intimidar por las penosas condiciones en las que se desenvolvían sus alumnos, sucios, descalzos, mal vestidos y peor alimentados (la anemia y la tuberculosis eran habituales entre ellos), aplicaron en sus colegios las innovadoras teorías del pedagogo francés Célestin Freinet, basadas en la experimentación, el contacto con la realidad circundante y el trabajo en equipo como instrumentos básicos de educación.


Tras intentar paliar, en la medida de lo posible, las carencias materiales más acuciantes (se crearon un comedor escolar, aseos y un ropero, y las Misiones Pedagógicas llevaron libros), ambos maestros abandonaron el recitado de lecciones en voz alta, de memoria, por parte de monótonos coros infantiles en favor de actividades más ilustrativas y participativas. Cuando no se daban largos paseos por el campo para estudiar el medio natural, las plantas y los animales, se observaban con atención las labores de los adultos, se organizaban talleres de manualidades, se aplicaba el cálculo a problemas cotidianos o se redactaban textos de tema libre para exponer y debatir en clase. Un objetivo siempre presente fue el de armonizar el cuidado de los materiales, el respeto por los otros y la responsabilidad con una formación lúdica y amena, para engañar lágrimas y lástimas. La educación sin alegría es una educación a medias.

Con dinero de sus débiles bolsillos, los docentes compraron pequeñas imprentas con el fin de que los chavales las manejaran y publicaran sus propios trabajos en periódicos escolares. En abril de 1933 aparecía el primer número de Ideas y Hechos, en Caminomorisco, y sólo unos días después lo hacía el ejemplar inicial de Niños, Pájaros y Flores, en La Huerta (este último adornado con pajaritas, ¿un guiño a Ramón Acín y Huesca?). Los logros y experiencias se pusieron en común con otros colegios, hasta del extranjero. Se mandaron a centros mexicanos, uruguayos, franceses y belgas plantas disecadas, dibujos, cuentos oídos o inventados, sellos, etc. Cuando era necesario, los niños escribían en castellano pero dejaban espacios en blanco donde el maestro traducía el texto al francés. Y el mismo sistema empleaban los franceses y belgas en sus respuestas.

¡¡¡Y todo eso se hacía desde uno de los lugares más desventurados y míseros del país, Las Hurdes, a comienzos de los años 30!!! Una comarca de la que Marañón había llegado a decir: “contemplando aquellas viviendas y aquella pobreza inconcebible, se comprende que ciertas normas éticas que parecen fundamentales en la vida espiritual de los pueblos han de ser allí lujos exquisitos que no hay derecho alguno de exigir”.

No se sabe con certeza a cuál de los dos maestros correspondió la iniciativa de introducir los métodos freinetianos, pero su trabajo fue de los más tempranos en España. Entre los primeros promotores de Freinet en territorio patrio figura Jesús Sanz Poch. Becado en el Instituto Rousseau de Ginebra, supo de sus teorías de primera mano y las dio a conocer en la Escuela Normal de Lérida. Allí coincidió con un inspector de enseñanza primaria, Herminio Almendros (padre del prestigioso director de fotografía Néstor Almendros, exiliado y ganador de un Óscar), quien las divulgó por los pueblos a su cargo y, desde el curso 1931-1932, también por los de la provincia de Huesca, a la que fue trasladado. En la capital oscense, Almendros intimó con Ramón Acín, cuyas hijas, Katia y Sol, abandonaron la escuela oficial para recibir clases particulares de la esposa del primero, María Cuyás, de acuerdo a los postulados freinetianos.

Quizá Cano y Acín mantuvieran la relación y se intercambiaran información. O tal vez el freinetismo llegó a Las Hurdes por otras vías, gracias a contactos y experiencias previas de José Vargas o a través de libros y revistas especializadas. El caso es que desde Las Hurdes se extendió a otras zonas de Extremadura, pues Maximino Cano fue trasladado en septiembre de 1933 a Montijo, una población mayor, en la provincia de Badajoz. En Montijo aparecieron dos periódicos escolares, Floreal (de igual título que una revista editada por Acín) y Alborada, y sus centros educativos se convirtieron en referente para muchos otros. En poco tiempo, casi una treintena de maestros bebieron de ese manantial, cada vez más fecundo.

Pero en el verano de 1936 las fauces del infierno se abrieron en España y todo lo engulleron. En agosto, los militares alzados ocuparon la región y pisotearon cualquier atisbo de pedagogía moderna. El apocalipsis se llevó por delante, de golpe, lo hecho hasta entonces. La represión fue brutal. Aunque la gran mayoría nunca había alzado un arma ni hecho mal a nadie, los maestros fueron considerados peligrosos. Quien controla la educación, controla el futuro. Muchos, entre ellos varios freinetianos, fueron detenidos y ejecutados en los primeros días de la contienda, sin esperar a ningún juicio. Y otros muchos, hombres y mujeres, fueron a parar a prisión, de donde no todos saldrían con vida, pues se habían convertido en el "enemigo", como aseguraba José Pemartín, dirigente destacado del nuevo Ministerio de Educación Nacional: "Tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado —unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos— la causa nacional".

Maximino fue encarcelado, acusado de sindicalista y espía. Tenía una imprenta, con la que podía elaborar propaganda subversiva, y una radio (era un gran aficionado a montar radios y lo hacía en clase con sus alumnos), con la que podía escuchar emisoras enemigas. Además, se señaló que viajaba mucho a Las Hurdes, quizá para informar de movimientos de tropas. La verdad es que de ahí era la familia de su mujer, pues se había casado con una muchacha del lugar durante su estancia (su esposa y un hijo fallecerían durante la guerra), y la pareja hacía frecuentes visitas.

Al final, logró sortear la muerte, pero tuvo que pasar por un duro proceso de depuración y fue suspendido durante un tiempo de empleo y sueldo. En su favor influyeron de forma definitiva el enérgico testimonio del párroco de Caminomorisco y la solicitud de los vecinos y del alcalde de La Huerta, que lo recordaban con devoción, para que volviera a ejercer allí. Y eso fue lo que hizo, una vez libre.

Sin embargo, ya nada fue lo mismo. Tuvo que embridar sus ansias renovadoras y la pedagogía vanguardista acabó desechada para siempre. Y lo mismo le ocurrió a José Vargas, quien había regresado a su Abarán natal en 1934. Con una familia a su cargo e informes negativos del cura de su pueblo en el juicio a que fue sometido tras la victoria de los sublevados, no le quedó otro remedio que afiliarse a Falange como último recurso para sobrevivir.

La enseñanza en la España de Franco, liberada de malsanas doctrinas extranjeras, volvió a manos de la Iglesia católica. Se decretó la obligatoriedad de conocer de memoria el catecismo escrito por el turolense Jerónimo Martínez de Ripalda a finales del siglo XVI. En el Ripalda “modernizado” se podía leer: “¿Hay otras libertades perniciosas? Sí señor, la libertad de enseñanza, la libertad de propaganda y de reunión. ¿Por qué son perniciosas esas libertades? Porque sirven para enseñar el error y propagar el vicio”. Y el primer ministro de Educación de la posguerra, el también turolense José Ibáñez Martín, afirmó: “lo verdaderamente importante desde el punto de vista político es arrancar de la docencia y de la creación científica la neutralidad ideológica y desterrar el laicismo, para formar una nueva juventud poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca al Ser Supremo”.


















Maximino regresó a La Huerta en 1940, viudo y con tres hijas. Allí se volvió a casar y tuvo más descendencia. En 1946 se trasladó a Asturias, sin hacer mucho ruido. Primero dio clase en la escuela de Miranda y, más tarde, en la de Figueredo. Concluyó su carrera en tierras castellanas, Villadepalos y Medina de Rioseco, hasta su jubilación en 1958. Murió en Ponferrada, donde está enterrado, en 1973.

Hoy nadie lo conoce en su Aragón natal, ni tampoco sabe nada de su prodigiosa empresa en tiempos de la República. Y es una pena. Si alguien le prestara alguna atención, quizá se pudieran resolver las muchas incógnitas aún existentes. ¿Qué relación le unía a Ramón Acín? ¿El foco pedagógico aragonés influyó de alguna manera en el extremeño, o viceversa? ¿Tuvo algo que ver en la decisión de Buñuel y Acín de rodar en Las Hurdes? ¿Visitó el rodaje?

En un presente que sonroja y envilece, en el que la educación pública vuelve a ser ninguneada, con menos presupuesto y profesores para "ahorrar", en el que resurge la asignatura de Religión y desaparece la de Educación para la ciudadanía porque adoctrinaba (sic) —con lo provechosa que les hubiese sido a esos que acaparan bienes de forma compulsiva en supuestos paraísos—, la figura de Maximino Cano y su quijotesco ejemplo deberían ser un espejo en el que mirarnos. Porque él creyó que otra educación era posible, es decir, que otro futuro era posible.


Para saber más:
-Almudévar, Valero: Páginas originales (memorias de un maestro de escuela), Huesca, Museo Pedagógico de Aragón, 2010 (ed. facsímil).
-García Madrid, Antonio: Freinet en Las Hurdes durante la Segunda República: los maestros José Vargas Gómez y Maximino Cano Gascón, Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2008.
Un ejército de maestros: experiencias de las técnicas de Freinet en Castilla y Extremadura (1932-1936), Salamanca, Universidad Pontificia, 2009.
-Gertrúdix, Sebastián: Simeón Omella, el maestro de Plasencia del Monte, Zaragoza, Gobierno de Aragón-CAI, 2002.
-Hernández Huerta, José Luis: La influencia de Célestin Freinet en España durante la década de 1930, Villares de la Reina (Salamanca), Anthema, 2005.
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