martes, 4 de noviembre de 2014

Antonio Serón, el Virgilio bilbilitano

En el otoño de la Edad Media obras literarias, filosóficas y científicas nacidas en Grecia y Roma durante la Antigüedad lograron saltar las tapias de los monasterios donde habían sobrevivido atrincheradas más de mil años y ayudaron a los europeos a dulcificar la asfixiante omnipresencia de la Iglesia y alumbrar una nueva concepción de la existencia.

Ese revivir de la cultura clásica, el llamado Renacimiento, surgió en la península Itálica, ya que allí su poso era mayor, y se extendió con rapidez por toda Europa con el eficaz apoyo de la imprenta.

La imparable marea empapó a infinidad de literatos aragoneses, oscurecidos en nuestros días, a pesar de su valía, por los vaivenes de la historia y el brillo de sus contemporáneos castellanos. Uno de los más desconocidos de entre esa pléyade de desconocidos se llamó Antonio Serón, nació en Calatayud y fue poeta.

Lo único que se conoce de su biografía es lo que él mismo cuenta en su obra, de forma subjetiva, fragmentaria y sin preocuparse por la exactitud de los detalles. A eso hay que sumar que en esos poemas donde esboza episodios de su azarosa existencia se desdibujan las lindes entre experiencias vividas y ficción alegórica. Su vida se presenta como un relato de aventuras en verso poblado de dioses y criaturas mitológicas, por el que asoman taimados leguleyos, escritores de renombre, sanguinarios piratas, odaliscas de harén, obispos y reyes. Y en él no se sabe a ciencia cierta dónde acaba la realidad y dónde comienza el recurso literario.

Pero, aunque la trayectoria vital que traza, veraz o fantástica, resulte hoy asombrosa, no fue tan excepcional para su tiempo. De hecho, preludia la de Miguel de Cervantes pues, al igual que el universal creador del Quijote unas décadas más tarde, parece ser que Serón conoció traiciones, pobreza, batallas navales, esclavitud, redención, prisiones y destierros, antes de recibir la visita, al final de sus días, de la fama y los laureles.

En los manuales de literatura es habitual fechar el origen del Renacimiento en España a comienzos del siglo XVI e, incluso, considerar que la chispa prendió cuando el embajador de Venecia, Andrea Navagero (quien, por cierto, tras su visita a Zaragoza la consideró una “ciudad bellísima”, meritorio elogio en boca de un veneciano), convenció a Juan Boscán, en una tertulia mantenida en los jardines de la Alhambra en 1526, de que en sus poemas adoptase los metros del dolce stil novo, de moda en Italia.

Sin embargo, en la Corona de Aragón temas y composiciones habituales en la cultura grecorromana, así como nuevas formas poéticas, se iban abriendo paso desde mucho antes. En 1443 el soberano aragonés Alfonso V, tras lustros de combates en la zona, decidió establecer su Corte en Nápoles. Este monarca, entusiasta protector de las artes, se rodeó de un amplio séquito de humanistas entre los que sobresalieron Lorenzo Valla, Antonio Beccadelli (el Panormita), Jorge de Trebisonda y Giovanni Pontano. En Nápoles, todavía en el siglo XV, se llevaron a cabo traducciones de autores griegos y romanos, además de gestarse el Cancionero de Estúñiga, que reunió creaciones de rapsodas aragoneses, catalanes, valencianos, baleares y castellanos, junto a las de italianos.

Uno de ellos, el aragonés Juan de Villalpando, fue el primero de quien se tiene noticia en llevar al papel sonetos en castellano, si bien con versos de doce sílabas. Un poco después lo haría Íñigo López de Mendoza, el famoso marqués de Santillana, quien se crió literariamente en la Corte aragonesa. Estuvo al servicio de Fernando I y, después, ocupó el cargo de copero de su hijo, Alfonso V. Vinculado durante largo tiempo a los hermanos de este último (los infantes de Aragón evocados por Jorge Manrique: ¿Qué fue de tanto galán / qué de tanta invención / como trajeron?) y admirador confeso de Petrarca, en sus coplas “fechas al itálico modo” adoptó ya el endecasílabo, abriendo la puerta de ese modo a poetas posteriores como Garcilaso, cuya primorosa lírica nunca hubiera sido la que fue sin sus dos estancias en el reino de Nápoles (en 1522-1523 y en 1533).

El precoz “sabor a Italia” de raíz napolitana pronto tomó cuerpo en tierras aragonesas gracias a la proliferación de academias de humanidades (studi humanitatis). Frente a la enseñanza escolástica de las Universidades medievales, en poblaciones como Zaragoza, Uncastillo, Daroca, Calatayud y Alcañiz, se empezó a impartir una nueva educación, requerida por los dirigentes del naciente Estado moderno (regidores, legisladores, diplomáticos, docentes, funcionarios, etc.), que ponía un particular acento en el estudio de las lenguas y las letras clásicas.

En una de esas academias, en el colegio de los jesuitas de Calatayud (sobre su solar se levanta hoy la iglesia de San Juan el Real, con pinturas atribuidas a Goya), Antonio Serón aprendió latín, así como rudimentos básicos de Gramática, Retórica y Poética, bajo la atenta guía de Juan Franco. Su padre ocupaba el puesto de vicario en la administración ciudadana y había puesto un interés especial en su educación desde que vino al mundo en una fecha incierta, ya avanzado el siglo XVI.

Un temprano e inconveniente enamoramiento, junto a la inestabilidad política y el clima viciado que reinaban en la localidad, que se vio sacudida entre 1517 y 1522 por sangrientas refriegas armadas entre la nobleza y grupos de agricultores, artesanos y comerciantes (descritas por Serón con un tono homérico), movieron a su progenitor a enviarlo a Valencia para continuar con su formación. En la capital del Turia tuvo como maestro a Juan Ángel González y coincidió con otros poetas que ejercieron una notable influencia en sus composiciones, entre ellos Jaime Juan Falcón, quien mantendría ásperas disputas con otro humanista aragonés, el alcañizano Juan Lorenzo Palmireno.

Su plácida vida de estudiante junto al Mediterráneo, que añoró luego en sus rimas, se derrumbó cuando, al regresar a Calatayud para poner en orden los temas de la herencia tras el fallecimiento paterno, advirtió con estupor que el albacea testamentario, el jurisconsulto Antonio Calvo, le había desposeído de forma arbitraria de los bienes en depósito y que quedaba poco menos que en la indigencia (tal vez por ostentar la condición de hijo natural). Y después de acudir sin éxito a los tribunales y ver que vecinos y antiguos amigos le daban la espalda, se vio obligado a abandonar su ciudad natal sin recurso alguno.

Hay quien piensa que se alistó entonces en el ejército de Carlos I. No era raro en la época alternar la pluma y la espada, ya se tratara de miembros de la Corte, como los citados Jorge Manrique y Garcilaso (ambos fueron heridos de muerte en combate), o de figuras más alejadas del poder, como Cervantes, que perdió el uso de una mano en Lepanto tras recibir un disparo de arcabuz. Sin embargo, es más que probable que Serón, de haber participado en alguna campaña militar lo hubiese hecho constar en sus escritos (una vez magnificada e idealizada su intervención), donde encuentra un hueco todo suceso excepcional que vivió.

Él sólo señala que cuando todavía no había cumplido los treinta años y se dirigía hacia Italia por mar, su embarcación fue abordada por el corsario otomano Dragut, sobrenombre dado al célebre Turgut o Turgut Reis (reis significa almirante). Los turcos lo consideran, aún hoy en día, uno de sus grandes héroes. Le han dedicado una imponente estatua en Estambul y su localidad natal, en la costa de Anatolia, lleva con orgullo su nombre. Los españoles, por el contrario, lo tenían por un personaje abominable, de legendaria ferocidad, y así aparece retratado, por ejemplo, en Los trabajos de Persiles y Segismunda, novela cervantina en la que “azota a los remeros cristianos con el brazo muerto de otro cristiano cautivo”.

Lo cierto es que, en 1540, cuando apenas llevaba unos años surcando los mares, el navegante turco había sido apresado por Gianetti Doria, sobrino del almirante genovés Andrea Doria. Y pasó una larga temporada esclavizado como galeote o encadenado en una sucia mazmorra, una humillación que no ayudó a incrementar su afecto por los cristianos. No fue liberado hasta 1544, por Jeireddín Barbarroja, a quien sucedería en el mando de la flota corsaria, una vez satisfecho un descomunal rescate que los genoveses se vieron obligados a aceptar cuando 250 naves turcas pusieron cerco a su puerto.

Dragut no solía matar a sus “presas”, pues prefería obtener de ellas un beneficio económico. Llevó a Serón y al resto de sus compañeros a Estambul. Y allí fue vendido ante las puertas de la antigua basílica de Santa Sofía, reconvertida en mezquita, a un rico amo, quien lo puso al servicio de una de sus siete esposas, “blanca de piel, delgada, alta, de rostro apacible, ojos verdes, hermosa de cara, de seno redondo”.

Ésta, desatendida por un marido que sólo le dedicaba un día a la semana, según riguroso turno, se prendó del poeta (como Dido de Eneas). Los iniciales requerimientos de su dueña: “Tú eres mi dulce amor, tú mi placer exquisito, yo tu sierva, tú mi señor” no tardaron en convertirse en amenazas: “Créeme, en tus manos está tu vida. Volverás libre a España. Si desprecias mi amor, serás siempre mi esclavo”. Y ante tal disyuntiva, alguien que “no era tan ignorante en las cosas del amor”, alguien a quien “muchas veces habían solicitado mujeres hermosas”, ¿qué podía hacer?, “ni podía librarme de la esclavitud, ni ver en parte alguna ninfas tan propicias. El amor me conturbaba pues ¿quién ante una mujer así, joven y hermosa, que vencería a los brillantes del cielo, resistiría insensible y no respondería a la amante?”.

Rendido a los deseos de su propietaria, la muelle “esclavitud” de Serón (nada que ver con el terrible cautiverio de Cervantes en Argel años después) se prolongó durante un tiempo en una de las ciudades más fascinantes del mundo en aquel momento. Bajo el dictado de Solimán el Magnífico, la capital otomana vivía un apogeo político y cultural que dejaría huellas indelebles. Pero, con el correr de los meses, el aragonés comenzó a echar de menos su tierra y, sobre todo, su condición de poeta, pues había abandonado cálamo y tintero. Letraherido, convenció a un mercader veneciano para que le ayudara a huir. Y escondido en su navío pudo alcanzar la costa italiana.

Visitó Roma y poco después se instaló en Borja, bajo la protección del turiasonense Carlos Muñoz Serrano, clérigo y alto funcionario real que acabaría de obispo de Barbastro y a quien Serón dedicó varios poemas. El giro dado allí a su vida fue definitivo. Según cuenta, en un sueño se le apareció la Virgen y le aconsejó abandonar su sempiterno vagar y sus liviandades de juventud, además de vestir cogulla, ser morador del Carmelo y conducir el rebaño a “conocidos rediles” y “abrigadas sombras”.

Su vida conventual, sin embargo, resultó bastante efímera. Un sacerdote lo acusó de impío, disoluto, lascivo y hechicero (preparador de sortilegios amatorios) ante el obispo de Tarazona, Juan González de Munébrega, quien compatibilizaba ese cargo con el de inquisidor de Sevilla, donde fue flagelo de erasmistas y librepensadores durante décadas. Y, pese a proclamar su inocencia, acabó en un calabozo hasta oír la definitiva sentencia: destierro de la diócesis.

Inició en aquel momento un prolongado errar que le llevó, como profesor de Gramática y Retórica, a un sinfín de poblaciones de Andalucía, Castilla y Galicia, en ocasiones en condiciones de extrema precariedad. Hasta que a comienzos de la década de 1560 fue coronado por Felipe II con el título de “poeta laureado” (al parecer, a petición de las autoridades literarias de Calatayud). Gracias a ese galardón, su prestigio se incrementó de forma considerable y fue invitado a impartir docencia en Huesca, Zaragoza y Lérida, ciudad esta última donde se pierde su rastro alrededor de 1568.

Antonio Serón fue un poeta bastante prolífico. Sus obras llaman la atención por su estilo elegante, de métrica pulcra y precisa, y no pocos pasajes de notable inspiración, que hunden sus raíces en la poesía latina de tiempo de Augusto, una edad áurea marcada por autores de la envergadura de Virgilio, Horacio y Ovidio. Pero su característica más reseñable es que todas ellas están escritas en latín clásico. La zambullida en la Antigüedad alcanzó en Aragón tal profundidad que muchos de sus literatos sólo se expresaron en dicha “lengua muerta”. En ese terreno, en cantidad y en calidad, las letras aragonesas deslumbraron como ningunas otras durante todo el siglo XVI.

Su proyecto más ambicioso cristalizó en un extenso poema épico, en tres libros, Aragonia, en el que evoca la historia de Aragón, desde sus legendarios orígenes hasta la elección del conde barcelonés Ramón Berenguer como marido de Petronila, la única hija de Ramiro II el Monje. Su reconocible ideal se encuentra en la mítica fundación de Roma narrada por Virgilio en La Eneida. Y como el padre literario del héroe troyano, Serón sacrificó el rigor histórico en aras de la belleza poética, al contrario que su contemporáneo Jerónimo Zurita, quien en esa misma época hilvanaba sus Anales de la Corona de Aragón.

Además de ese magno texto, al que dedicó sus mayores afanes y tiempo, Serón escribió una serie de poemas de carácter narrativo o descriptivo, en su mayoría silvas y elegías (en la literatura latina, elegía es una composición que alterna un verso hexámetro y otro pentámetro, asociada a temas amorosos, lejos del luctuoso sentido actual). Se sirvió de ellos para dar a conocer líricamente fragmentos de su biografía, pero también para elogiar a algunos autores de su siglo, como Nebrija o Diego Ramírez Pagán (“el segundo Ovidio”), a quien debió de conocer en Valencia, así como para reprender a otros, en particular al navarro Jerónimo de Arbolanche, censurado asimismo por Cervantes en su Viaje al Parnaso.

Su crítica se convierte en social cuando recorre el infierno acompañado por su admirado Virgilio, tal como Dante en la Divina Comedia. Allí observa los tormentos que padecen politeístas, mahometanos y herejes, pero también cómo penan jueces venales, abogados codiciosos y eclesiásticos ávidos de poder o mujeriegos.

En uno de sus poemas más estimados describe la Calatayud de su niñez. Pocas ciudades españolas, si es que hay alguna, tienen la suerte de contar con un testimonio de primera mano de muchas de sus antiguas calles y de las gentes que las habitaban, ya que el poeta recorre las vías urbanas y detalla quiénes eran sus moradores, con nombres y apellidos, qué negocios las dotaban de vida y los festejos que en ellas se celebraban.


Y en dos cuestiones de interés se tiene a Serón por pionero. Fue el primero en versificar la historia de amor de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, los “Amantes de Teruel”, cuyas supuestas momias fueron halladas en 1555. Y también aparece como precursor en el uso del gentilicio “bilbilitano”, que terminó imponiéndose con el tiempo a calatayubí o calatayucense, hasta entonces en uso.

Su pluma estuvo siempre guiada por “Cintia”, denominación que da a su musa. Se trata del mismo alias que Sexto Propercio, poeta latino contemporáneo de Augusto, empleó para enmascarar a su amada. E igualmente puso título a una colección de versos, Cintia, historia de dos amantes, firmada por uno de los más notables humanistas del siglo XV europeo, Eneas Silvio Piccolomini, más conocido como Pío II tras ser elegido papa, en 1458 (esa obra, que reúne veintitrés composiciones de tema erótico, tiene como protagonista a una joven de quien el futuro Sumo Pontífice se había enamorado cuando estudiaba en la Universidad de Siena; censurada con posterioridad por las autoridades eclesiásticas, vería la luz de nuevo a finales del siglo XIX).

En vida, Antonio Serón fue elogiado por su amigo Ramírez Pagán en su Floresta de diversa poesía (1562). Pero su muerte trajo de la mano un rápido olvido. Sólo algunos eruditos repararon en su figura y obra. Ya en el siglo XVII, el zaragozano Juan Francisco Andrés de Uztarroz lo citó en Aganipe de los cisnes aragoneses celebrados en el clarín de la fama, en el que pretendía congregar a los escritores patrios más sobresalientes. Y el sevillano Nicolás Antonio, que reunió nada más y nada menos que a todos los literatos hispanos desde Augusto hasta sus días, lo menciona en su Bibliotheca hispana nova.

El también zaragozano Ignacio Jordán de Asso fue el primero en publicar una selección de sus poemas, en 1781. Lo hizo en Ámsterdam, donde ejercía de cónsul español, con el título Antonii Seronis bilbilitani carmina. En su tarea es probable que se valiera del manuscrito hoy guardado en la Biblioteca Nacional con el número 3663 y que con anterioridad fue posesión de Bartolomé Morlanes, capellán de la basílica del Pilar. Unos años más tarde, Félix Latassa recogió su nombre, al que sumó escuetos datos biográficos, en su Biblioteca de escritores aragoneses.

Pese a su evidente calidad y a que ha sido traducido hace escasas fechas por José Guillén Cabañero, en nuestros días nadie se ocupa en leer a Serón. Tanto los latinistas, cuyo interés se circunscribe a la Antigüedad, como los estudiosos del Renacimiento, ocupados en analizar los textos en castellano, lo ignoran. Como consecuencia, se ha instalado en tierra de nadie, en el limbo, en compañía de otros aragoneses que durante el siglo XVI escribieron en la lengua de Cicerón. Bueno, o ahí estaba hasta que el papa Benedicto XVI decidió suprimir el limbo.

Para saber más:
-Pérez Lasheras, Antonio: La literatura del reino de Aragón hasta el siglo XVI, Zaragoza, Ibercaja-DPZ, 2003.
-Sánchez Portero, Antonio: Noticia y antología de poetas bilbilitanos, Calatayud, Imp. Tipo Línea, 1969.
Segunda Noticia y antología de poetas bilbilitanos, Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, 2005.
-Serón, Antonio: Obras completas de Antonio Serón (2 vols., ed. José Guillén), Zaragoza, IFC, 1982.

jueves, 5 de junio de 2014

Al-Mutamín (o Al-Mutamán), el matemático que fue rey

En nuestros días, sofocados por la zozobra en la que nos han sumido, los términos “gobernante” y “sabio” parecen pertenecer a universos opuestos, antitéticos. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Hubo otras épocas en que personas inteligentes, versadas con gran aprovechamiento en diferentes ciencias, se ocuparon también de tareas políticas y orientaron su capacidad y tiempo al servicio de la comunidad.

Uno de esos singulares prohombres se llamó Abú Amir Yúsuf ben Ahmed ibn Hud, aunque los cronistas se refieren a él por el sobrenombre que adoptó: Al-Mutamín (o Al-Mutamán), “el que confía en Dios”. Reinó en la taifa de Saraqusta (Zaragoza), ciudad en la que había nacido hacia el año 1040 (el 431 del calendario musulmán), y, tras recientes investigaciones, hay quien ha llegado a la conclusión de que, pese a morir bastante joven, se trata del matemático más brillante en la historia de la península Ibérica y, posiblemente, el más sobresaliente de toda la Europa medieval. Hasta tal punto ha asombrado la magnitud de sus logros que algunos especialistas han planteado la posibilidad de cambiar los nombres de varios teoremas clásicos de la Matemática, pues Al-Mutamín los expuso siglos antes de que fueran “descubiertos” y divulgados en Occidente.

Al contrario de lo que mucha gente cree, el Islam no sólo floreció en el sur peninsular. Hubo otras zonas de lo que hoy es España donde la cultura musulmana alcanzó un espectacular desarrollo. Una de ellas fue el valle del Ebro, espina dorsal de la llamada Marca Superior, un territorio de frontera cuya cabeza visible era Zaragoza. Tales fueron su arraigo en la zona y su poderío que, por ejemplo, en su avance hacia el Sur los cristianos ocuparon antes Toledo (1085), ya en La Mancha, que Huesca (1096), a las puertas del los Pirineos.

Después de una tumultuosa relación plagada de constantes pugnas entre la autoridad central y los poderes islámicos locales, estos últimos aprovecharon la fitna o guerra civil que despedazaría el hasta entonces próspero califato de Córdoba para constituir, a comienzos del siglo XI, un reino o taifa independiente. Dos linajes árabes con origen en el Yemen, los Tuyibíes y los Hudíes, se sucedieron en el trono y Saraqusta conoció con ellos un periodo de prodigioso esplendor.

El padre de Al-Mutamín y segundo miembro de la dinastía hudí, Abú Yafar Ahmed ben Sulaymán, extendió el dominio saraqustí hasta el mar al ocupar Tarragona, Tortosa y Denia. Y Zaragoza contó con un puerto muy activo, al igual que en época romana. El Ebro, navegable, se convirtió en aventajado camino para el tránsito de mercancías, gentes e ideas hacia el Mediterráneo, en especial las costas de Siria y Egipto, en viajes de ida y vuelta.


En 1064, dicho rey recuperó Barbastro, que había sido sometido un año antes por la primera cruzada de la historia, animada por el papa Alejandro II (una especie de ensayo de las que unas décadas más tarde asolaron Tierra Santa), y se ganó a pulso el sobrenombre de Al-Muqtadir Billáh, “el victorioso con la ayuda de Dios”. En las afueras de Zaragoza mandó levantar una residencia de ensueño, como sacada de un cuento de Las mil y una noches, la Aljafería, a la que el propio monarca calificó en un poema como el “palacio de la alegría” (qasr al-surur). Y en ella reunió una Corte de ilustrados, musulmanes y judíos, instruidos en múltiples saberes. Literatos, filósofos y científicos de todo Al-Ándalus, que huían de la contienda fratricida, buscaron refugio a orillas del Ebro y aquí se sumaron a los eruditos autóctonos, que ya despuntaban.

En este ambiente creció Al-Mutamín, rodeado de señeros hombres de ciencia. Su interés se centró en los matemáticos y los astrónomos. Los primeros estaban ligados a figuras como Abú Abd Allah Assaraqustí o el cordobés Al-Karmani, difusor del neoplatonismo a través de la llamada Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza. Entre los segundos descollaba Ahmad ben Muhammad Al-Naqqash, quien fabricó un astrolabio que custodia con especial celo el museo Nacional Germánico de Núremberg.

Aun cuando el dilatado reinado paterno, que se extendió entre 1046 y 1081, le permitió dedicar parte de su tiempo al estudio, Al-Mutamín no abandonó sus obligaciones cortesanas. De esta forma, al fallecer su progenitor, estuvo en disposición de gobernar con destreza un reino ya debilitado e inmerso en una espinosa encrucijada, puesto que todas sus fronteras se veían amenazadas por temibles antagonistas, no solo cristianos sino también musulmanes. Castilla aguardaba expectante la oportunidad de poner el pie en territorio saraqustí. Pero las mayores amenazas provenían del Norte y del Este, donde el joven reino de Aragón y los condados catalanes se expandían con gran pujanza, y donde su hermano menor Al-Mundir, asentado en Lérida, le negó el vasallaje y se alzó en rebeldía.

Para contrarrestar el poder de sus enemigos, Al-Mutamín contó durante su gobierno, desde el primer al último día, con la inestimable ayuda de un aliado a sueldo, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. El célebre cantar de gesta que relata sus hazañas, compuesto más de un siglo después de los hechos históricos, silencia su servicio a las órdenes del monarca saraqustí y ahorma la realidad a necesidades propagandísticas y literarias. En sus versos, a golpe de espada, cercenando cabezas y miembros de “moros” a diestro y siniestro hasta que le va por el codo abajo mucha sangre chorreando, el caballero castellano se abre paso por los dominios zaragozanos (todas las tierras aquellas mucho que las saqueaba / y ya también Zaragoza la tiene sujeta a parias), que el poema épico hace depender equivocadamente del rey de Valencia.


Pero la realidad fue otra, muy distinta a la cantada por los juglares. El Cid, al frente de su hueste mercenaria en el exilio, se convirtió en el brazo armado de la política de Al-Mutamín. Se mantuvo siempre fiel al zaragozano, con quien formó un tándem cabal. Y en su nombre batalló sin descanso y derrotó en varias ocasiones, pese a una clara inferioridad numérica, a los ejércitos coaligados de Al-Mundir, el rey de Aragón Sancho Ramírez y el conde barcelonés Ramón Berenguer II (a este último le arrebataría Colada, una de las dos espadas, junto a Tizona, que la tradición le atribuye). Para los habitantes de la taifa era un héroe admirado y sólo el repentino fallecimiento del monarca musulmán en otoño de 1085, unas semanas después de que todo Al-Ándalus llorara sobrecogido la conquista cristiana de Toledo, pondría fin a la alianza.

La herencia política de Al-Mutamín no le sobrevivió mucho tiempo. Su hijo y sucesor, Al-Mustaín (“el que implora la ayuda de Dios”), pudo mantener la independencia del reino ante los nuevos paladines del Islam occidental, los almorávides. Pero no fue capaz de detener el imparable avance de los aragoneses y encontró la muerte en combate, en 1110, a manos de las tropas de Alfonso I el Batallador.

No sucedió lo mismo, por suerte, con el legado intelectual de Al-Mutamín. Aunque también cultivó la Filosofía, el saraqustí se volcó en la redacción de un compendio enciclopédico de la Matemática más avanzada de su época, el Libro de la perfección (Kitab al-Istikmal).

En ese tratado, el más extenso escrito hasta entonces, se recogen, glosadas en profundidad, lo que los musulmanes llamaban “ciencias de los antiguos”. Es decir, los escritos científicos de la Grecia clásica (Euclides, Arquímedes, Teodosio de Bitinia, Menelao de Alejandría, Apolonio de Pérgamo, etc.), reunidos y conservados en Bagdad por orden de los califas abasíes desde mediados del siglo VIII. A esos textos se añaden descubrimientos destacados de las primeras generaciones de matemáticos musulmanes. En particular, de Thabit ibn Qurrá e Ibn Al-Haytham (el Alhacén de los cristianos). No hay que olvidar que la erudición islámica desarrolló enormemente la aritmética decimal, las fracciones y la trigonometría plana y esférica, así como la resolución de ecuaciones. De ella proceden los números que usamos en la actualidad (números “arábigos”), junto a términos tan comunes hoy en día como algoritmo o álgebra.

En el Libro de la perfección se diseccionan infinidad de postulados de Aritmética (teoría de los números, números amigos, números irracionales, razones y proporciones...) y Geometría (geometría plana, geometría de la esfera y otros cuerpos sólidos, secciones cónicas...), así como sus aplicaciones en ciencias como la Óptica y la Astronomía.

Sin embargo, no se trata tan solo de una recopilación y unos comentarios de teorías ajenas. Su presentación es novedosa e inédita, al estructurar el contenido de acuerdo a las categorías de la Lógica de Aristóteles y dividirlo en géneros y especies. A su vez, incluye aportaciones originales de gran mérito. Una de ellas es la resolución, nunca antes hecha, del denominado teorema de Ceva, una proposición geométrica que no pudo ser demostrada en Europa hasta ¡seis siglos después!, cuando en 1678 lo consiguiera el milanés Giovanni Ceva.

Como se ve, la influencia de los escritos de Al-Mutamín no llegó a alcanzar la Europa cristiana, a pesar de que su biblioteca personal fue salvada y trasladada a Rueda de Jalón, refugio de los últimos Hudíes, antes de que el Batallador tomara Zaragoza. Unos años más tarde, cuando Rueda pasó a depender de la diócesis de Tarazona, traductores al servicio del obispo Miguel de Toulouse, en particular Hugo de Santalla (“Escuela de Traductores de Tarazona”), trabajaron en los manuscritos allí guardados. Pero no existe ninguna referencia a la obra del rey matemático.

Por el contrario, sí que circuló por el mundo musulmán. Uno de los primeros estudios científicos de Maimónides fue una revisión exhaustiva del Libro de la perfección, cuyo contenido dieron a conocer en el Egipto fatimí los discípulos del pensador judío nacido en Córdoba. Y desde allí se difundió a otras zonas de dominio islámico, pues se ha documentado su presencia en Bagdad en el siglo XIV.

Su rastro, sin embargo, se perdió en el tiempo y hasta hace escasas fechas el texto de Al-Mutamín era desconocido. Fragmentos anónimos de un manual matemático, que hoy se sabe que pertenecen al Libro de la perfección, fueron catalogados en bibliotecas de Leiden, Copenhague y El Cairo. Pero hasta 1985 no se produjo su resurrección, cuando fue hallada una copia en la biblioteca L’Askeri Müze de Estambul procedente de la colección de obras científicas del cultivado sultán otomano Mehmed II (1432-1481), el mismo que con la conquista de Constantinopla puso irreversible fin al milenario Imperio Romano de Oriente. Esa resurrección fue definitiva tras ser encontrada, poco después, una segunda copia en la capital egipcia.


Dos profesores universitarios, el holandés Jan Hogendijk y el argelino Ahmed Djebbar, han dedicado desde entonces muchas horas de estudio a los trabajos matemáticos de Al-Mutamín. Y este último advirtió, además, que una obra de Ibn Sartaq (siglo XIV), que se conserva en dos códices en El Cairo y Damasco, es en realidad una versión del Istikmal que permite completar las partes que faltan en otros repertorios.

De la importancia de los hallazgos de este rey sabio habla el hecho de que Al-Mutamín se convirtiera en el tema estrella del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia, certamen auspiciado por la UNESCO cada cuatro años y celebrado en Zaragoza en 1993 (cuando aún no había que ahorrar también en sabiduría), al que acudieron más de 1.300 científicos de todo el mundo, entre ellos varios premios Nobel. En él, los conocimientos acopiados por el zaragozano asombraron a todos los presentes y, aunque hoy arrinconado, quedó certificado que se trata de uno de los matemáticos más sorprendentes y magistrales de la historia.


Para saber más:
-Andú, Fernando: El esplendor de la poesía en la taifa de Zaragoza, Zaragoza, Mira, 2007.
-Al-Gazzar, Abu Bakr: Diwan. Abu Bakr al-Gazzar, el poeta de la Aljafería, Zaragoza, Prensas Universitarias (Col. Larumbe), 2005.
-Cervera, M ª José: El reino de Saraqusta, Zaragoza, CAI, 1999.
-Corral, José Luis: El salón dorado (novela), Madrid, Edhasa, 1996.
Historia de Zaragoza. Zaragoza musulmana (714-1118), Zaragoza, Ayuntamiento y CAI, 1998.
— El Cid (novela), Barcelona, Edhasa, 2000.
-Turk, Afif: El reino de Zaragoza en el siglo XI de Cristo (V de la Hégira), Madrid, Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 1978.
-Viguera, Mª Jesús: El islam en Aragón, Zaragoza, CAI (Col. Mariano de Pano y Ruata), 1995.

domingo, 9 de marzo de 2014

Jerónimo Soriano, un pediatra moderno del siglo XVI

En nuestros días, nos es imposible imaginar lo frágil que ha sido la vida humana desde que el homo sapiens comenzara a poblar la Tierra hasta hace tan solo unos años, cuando fue descubierta la penicilina y, al finalizar la II Guerra Mundial, se generalizó el uso de los antibióticos. Un catarro mal curado, una simple rozadura que sangrara y se infectara, la rotura de una muela o cualquier otro problema de salud que en la actualidad únicamente representa una enojosa molestia pasajera no era extraño que desembocara en una segura condena a muerte.

Los más expuestos al peligro eran, como cabe suponer, los más débiles. Y entre éstos, el colectivo con mayor número de afectados, con diferencia, era el de los niños, diezmado por la ausencia de condiciones higiénicas y la deficiente alimentación. Por poner un ejemplo, la tasa de mortalidad infantil (el número de fallecidos antes de cumplir un año de vida, de cada mil nacimientos), que en España era del 3,1‰ en 2012, sólo una centuria antes, en 1901, ascendía hasta el 185,9‰. De cada mil niños que llegaban al mundo en nuestro país, casi doscientos fallecían antes de poder celebrar su primer cumpleaños. Y si eso ocurría en los albores del siglo XX, ¿qué no sucedería en el siglo XVI?

En esa época la Medicina todavía estaba anclada en los escasos tratados grecorromanos que habían logrado franquear el pantanoso filtro de la Edad Media. Textos atribuidos a Hipócrates, Aristóteles, Celso, Dioscórides o Galeno eran lo único que iluminaba a quienes intentaban sanar al prójimo, antes de que Vesalio y la sistemática disección de cadáveres comenzaran a minar muchos de los irrefutables dogmas de la Antigüedad, a pesar de la feroz oposición de la Iglesia. Esas eran las contadas armas, junto con lo aprendido en el ejercicio de su profesión, con las que podían batallar en el día a día los más cualificados médicos.

Uno de los más sorprendentes, admirables y “revolucionarios” de su tiempo se llamó Jerónimo Soriano, y nació y vivió en Teruel. No buscó nunca el beneficio económico ni el reconocimiento académico por la práctica de su trabajo. Su única preocupación fue la de restablecer la salud de los enfermos o, al menos, aliviar sus dolores y mejorar sus condiciones de vida. Sus escritos tuvieron gran repercusión durante décadas tanto en España como en Europa y América. Y la historia de la Pediatría (un término que no se comenzó a utilizar hasta bien entrado el s. XVIII) no sería la misma sin las aportaciones de Soriano, quien se anticipó en varios siglos a diagnósticos y logros de la Medicina contemporánea.

No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento. Es probable que fuera en torno a 1540, pues en el año 1600 asegura llevar “cuarenta años de ejercicio de la facultad médica”. Debió de cursar estudios superiores tanto en Valencia como en Zaragoza, al parecer con la ayuda económica de un protector llamado Gaspar de Pedro. Pero casi toda su vida profesional transcurrió en la capital turolense. Allí se ocupó de los problemas de salud de pacientes adinerados, aunque sin olvidar nunca a los más desfavorecidos, a quienes atendió de forma gratuita y por los que sintió una especial devoción, hasta el punto de llegar a ser conocido entre sus conciudadanos como señor “san Jerónimo”.

En 1595 llevó a la imprenta su Libro de experimentos médicos fáciles y verdaderos, recopilados de gravísimos autores, considerado la más antigua “enciclopedia médica” en castellano, dirigida a un público amplio y no sólo a los especialistas. Aunque la verdad es que por aquel entonces eran pocos los privilegiados que sabían leer y tenían la suficiente capacidad económica como para comprar un ejemplar, la publicación circuló pródigamente, pues fue reeditada hasta en 15 ocasiones, la última en el año 1700.

Con la intención de llegar al mayor número posible de lectores, Soriano eligió el castellano para difundir sus saberes y no el latín, la lengua internacional del momento y la usada habitualmente en la composición de obras científicas. Su fin último era el de instruir a cuantos más mejor en la tarea de prevenir, diagnosticar y tratar.

En cada uno de sus 59 capítulos, explicaba de una forma sencilla y comprensible cómo enfrentarse con remedios caseros a muy diferentes dolencias, desde quemaduras a úlceras pasando por la tiña, la sarna, los dolores menstruales, las molestias del embarazo, los cólicos, las verrugas, las almorranas, el dolor de muelas o de oídos, los piojos, las picaduras de serpientes... e, incluso, la alopecia. Primero presentaba las fórmulas aplicadas por los maestros antiguos, que conocía bien, y, luego, las matizaba o complementaba con recetas propias, producto de su experiencia.

Pero si su labor como divulgador de enseñanzas médicas fue más que notable, su figura se agiganta en el terreno de la asistencia a la infancia. Sus observaciones, sus intuiciones y su actitud le convirtieron en un profesional único, muy diferente al resto de sus coetáneos, al ser de los primeros en darse cuenta de que los chiquillos no son adultos bajitos, sino que padecen enfermedades particulares, propias de su edad. Hasta entonces, una vez que pasaban sus primeros meses de vida y abandonaban la lactancia materna, recibían los mismos cuidados que el resto de la población.

En 1600 Jerónimo Soriano editó en Zaragoza su obra más conocida: Método y orden de curar las enfermedades de los niños, de nuevo en castellano, con un estilo claro e inteligible que limita en lo posible los términos técnicos, además de emplear aragonesismos y sus equivalentes en otras regiones de España para hacerse entender mejor. Su estructura es similar a la de su primera publicación. Está dividida en 39 capítulos, cada uno de ellos dedicado a una enfermedad específica de la infancia, en los que se trasluce su aversión por el intrusismo profesional de sanadores y curanderos, así como por las estériles prácticas de hechicería.

Su enorme cariño hacia sus pequeños pacientes y su entrega vocacional se manifiestan en su pluma, cargada de tiernos diminutivos, suaves recomendaciones y expresiones de afecto.

En su siglo, ya había aparecido algún manual de orientación pediátrica. Dos de los más leídos fueron redactados por Thomas Phaer y Girolamo Mercuriale. El primero, que compaginó su quehacer como médico con los de abogado, político y traductor de Virgilio, había editado en 1545, en inglés, The Boke of Chyldren. Mientras que el segundo, esta vez en latín, dio a conocer en 1583 De morbis puerorum. En España, el mallorquín Damián Carbó (o Carbón), el toledano Francisco Núñez de Oria y el médico de Carlos V, Luis Lobera de Ávila, habían llevado al papel varios compendios en los que se hacía referencia a enfermedades infantiles, si bien centrados, fundamentalmente, en las complicaciones que pueden poner en peligro el parto o a los recién nacidos.

Soriano se ocupó también del embarazo, el alumbramiento y las primeras semanas de vida. Para la composición de esos capítulos se apoyó en Der schwangeren Frauen und Hebammen. Rosengarten (Las mujeres embarazadas y las parteras. El jardín rosa), de Eucharius Rösslin (Rößlin, Roesslin, Roslin o Rhodion), referencia básica en la Europa renacentista, desde 1513, para atender problemas de obstetricia, con ilustrativos grabados de Martin Caldenbach, discípulo de Durero. El turolense incluía la traducción castellana del correspondiente pasaje alemán, enriquecida con comentarios de cosecha propia que, en ocasiones, refutaban las tesis de la “autoridad” o aportaban puntos de vista particulares junto a medidas higiénicas y tratamientos novedosos.

Así, cuando el texto original recomienda baños y ungüentos para paliar la delgadez excesiva, Soriano no duda en desdeñar la idea por improductiva y defender, con un impagable sentido común, un mayor control en la calidad y cantidad de los alimentos, ya que “no hay remedio eficaz si por la boca no se da alguna cosa que ayude para que pueda rehacer naturaleza y recibir nudrimento en el cuerpo”.

Pero ahí no terminaron sus aportaciones, ni mucho menos, puesto que en las páginas de su libro abordó un extenso catálogo de dolencias infantiles, que aconsejó siempre tratar con los métodos curativos menos agresivos para el paciente. De esta forma diagnosticó la meningitis, los cólicos nefríticos, la dermatitis, el asma, las dificultades respiratorias durante el sueño, las complicaciones cardíacas y hasta las psiquiátricas. Vislumbró el carácter hereditario de la epilepsia, diferenció entre las convulsiones asociadas a procesos febriles y otros tipos de espasmos, y prescribió baños de agua tibia con objeto de bajar las altas temperaturas corporales, al contrario de como era costumbre.

Para combatir ciertas cámaras (diarreas) propuso el ayuno y la ingestión de bebidas azucaradas, pero nunca de leche. Distinguió entre diversos parásitos intestinales y subrayó la importancia de la nutrición para el desarrollo físico e intelectual, con conceptos que no se retomarían hasta el siglo XIX. En su texto se encuentra, además, la primera referencia española a la celiaquía, una enfermedad cuyos síntomas ya fueron advertidos por Areteo de Capadocia a comienzos del siglo II, pero que no sería tenida en consideración hasta que, en 1888, el inglés Samuel Jones Gee fijase su definitivo cuadro clínico.

Muchas de las tesis de Soriano tuvieron un enorme eco tras la muerte de su autor. Su última obra conoció ediciones ampliadas en 1690, 1697, 1709 y 1721. Y reputados profesionales, como Francisco Pérez Cascales y Luis Mercado, este último médico de Felipe II y Felipe III, se adentraron por las sendas que había desbrozado el genial turolense.

Pero si en algo se adelantó Soriano a su tiempo fue en la creación del primer hospital infantil del que se tiene noticia. En su trato diario observó que los niños precisaban un tipo de atención y un entorno distintos a los requeridos por los adultos, pues ni su cuerpo ni su mente han madurado todavía. Y con dinero de su propio bolsillo organizó un centro que acogió a los más necesitados.

Hubo que esperar casi trescientos años para que en las principales capitales de Europa se pusieran en marcha proyectos similares y sus ciudadanos pudieran tener a su alcance lo que consiguieron los turolenses a finales del siglo XVI. En la “muy civilizada” Inglaterra, por ejemplo, el Great Ordmond Street Hospital, establecimiento sanitario para niños pionero en Londres, no abrió sus puertas hasta... ¡1852! (por cierto, este hospital goza de un vital refuerzo económico al administrar los derechos de autor de Peter Pan, que le fueron cedidos en 1929 por su creador, J. M. Barrie, amigo y compañero en la redacción del periódico de la Universidad de Edimburgo de Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson).

A pesar del gran impacto de la persona y la obra de este precursor de la moderna Pediatría, especialidad que no alcanzaría la “mayoría de edad” hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando se independizó gradualmente de la Obstetricia y la Medicina Interna, la figura de Jerónimo Soriano se fue desdibujando tras su fallecimiento.

Sin embargo, el polvo dejado por paso del tiempo no ha logrado ocultarla por completo y, hoy, se le honra en su ciudad natal. En su memoria, se organizan en Teruel unos cursos de Pediatría que llevan su nombre, que también pone título a unas becas para proyectos de investigación que buscan asistir a niños de países subdesarrollados. A su vez, el premio Jerónimo Soriano, distingue el mejor trabajo publicado cada año en la revista Anales de Pediatría, órgano oficial de la Asociación Española de Pediatría.

Para saber más: 
-LÓPEZ PIÑERO, J. M. y BUJOSA, F.: Los tratados de enfermedades infantiles en la España del Renacimiento, Valencia, Universidad, 1982.
-SORIANO, Jerónimo: Método y orden de curar las enfermedades de los niños, Madrid, Real Academia de Medicina, 1929. / Valladolid, Maxtor, 2011 (ed. facsímil).

viernes, 31 de enero de 2014

Abraham Abulafia, el Mesías no nació en Belén sino en Zaragoza

Todavía crepitan los rescoldos de los fastos navideños con que la Cristiandad rememora anualmente el nacimiento de Jesús de Nazaret. Según el relato cristiano, el pregonado Mesías de los textos bíblicos fue alumbrado en Belén hace algo más de dos milenios. Sin embargo, hay quien considera que esa tradición, arraigada con vigor por los cinco continentes, no se sustenta sobre una base real. Para algunos, el anunciado Salvador es una mera figura literaria que ni habitó ni habitará entre los hombres. Para otros, todavía está por llegar. Han existido creyentes convencidos de que la Divinidad se encarnó en otros personajes históricos. E, incluso, los hubo que defendieron, con sincera devoción, que su venida al mundo se produjo durante el siglo XIII en... ¡¡Zaragoza!!, en el seno de la comunidad judía local.

A lo largo de los siglos, infinidad de iluminados, embaucadores o tunantes engañabobos se han apropiado de la condición de Mesías, el ungido por Dios, para instaurar su reino en la Tierra sin otro interés que el beneficio propio. No es ese el caso de Abraham ben Shemuel Abulafiah, más conocido como Abraham Abulafia, pues está considerado como una personalidad de enorme relieve en la cultura hebraica medieval, clave en la historia de la cábala y uno de los máximos representantes de la mística, no solo judía, sino universal.

Abraham Abulafia vio su primera luz en la capital del Ebro en 1240. En ese tiempo, la judería de Zaragoza, cuyo origen se remonta a época romana, iniciaba un periodo de pujanza que se mantendría vivo durante décadas. El número de sus miembros crecía de forma sostenida, pues había acogido a judíos del sur peninsular, huidos del rigorismo religioso de los almohades, a los que se sumarían familias expulsadas de Francia. Y su prosperidad, tanto económica, como política y cultural, aumentaba al mismo ritmo.

Llegó a ser conocida como qiryah ‘alizah (ciudad alegre), un espejo, un modelo que imitar, punto de referencia para otras aljamas de la Corona de Aragón. Su elite, ligada a la monarquía, ocupó puestos de responsabilidad en la Corte, además de financiar empresas del soberano aragonés, de quien dependía. Y las sentencias de sus sofrim (notarios), hoy atesoradas como joyas jurídicas, literarias e históricas de valor incalculable en prestigiosas colecciones, como la Hebraica de Berlín o la British Library, sentaban cátedra en todo el Mediterráneo occidental.

Tal fue el auge de la aljama zaragozana que no tardó en rebasar sus límites físicos. Durante centurias ocupó el cuadrante sudoriental del antiguo recinto romano, comunicada con el resto de la ciudad por seis puertas o postigos que se cerraban por la noche. La sinagoga mayor se levantaba en el solar hoy ocupado por la iglesia del seminario de San Carlos Borromeo. A partir de 1273, con permiso real, saltaría la barrera que hasta entonces habían supuesto la antigua muralla de piedra y el Coso para dar vida a la llamada judería nueva, extramuros, de la que se conservan unos baños públicos, en los bajos de un edificio de viviendas, como único vestigio de la presencia hebraica en la capital aragonesa.


Ese entorno de prosperidad no retuvo, sin embargo, a la familia de Abraham Abulafia, que dejó la ciudad para instalarse en Tudela. Allí recibió el muchacho su primera formación de la mano de su padre, quien le inició en los preceptos del judaísmo. En 1260, tras el fallecimiento de su progenitor, partió hacia Tierra Santa en un viaje iniciático en busca del Sambation, un mítico río más allá del cual se encontraban las diez tribus perdidas de Israel. Pero al encontrar la zona devastada por las Cruzadas (en el siglo XIII se sucedieron cinco Cruzadas que solo sirvieron para sembrar en la región muerte, desolación y caos) y por el traumático fin del califato abasí a manos de los mongoles (1258), regresó a Europa.

Se casó a su paso por Grecia y se instaló en Capua, en el sur de Italia, donde bajo la guía de un médico llamado Hillel, probablemente el rabino Samuel ben Eliezer, también conocido como Hillel de Verona, se entregó al estudio de tratados cabalísticos (la cábala es una suma de las tradiciones místicas judías que pretende desentrañar los mensajes crípticos y las enseñanzas ocultas en la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco). Asimismo, se adentró en el análisis de la Guía de los perplejos, la obra cumbre de Maimónides, médico y pensador judío nacido en Córdoba, célebre por intentar maridar de forma armoniosa fe y razón. Según Abulafia, el texto encerraba un compendio de sabiduría enmascarada que, después de un minucioso examen, era posible decodificar.

Tras obtener cierto reconocimiento y contar con sus primeros discípulos, en 1271 se trasladó a la Península Ibérica para ahondar en su formación. Residió temporalmente en Barcelona y en Castilla, centros cabalísticos de primer orden (es más que probable que uno de los textos centrales de la cábala, el Zohar, fuese escrito por Moisés de León, contemporáneo del zaragozano), antes de iniciar nuevos viajes que le llevaron a Sicilia y, otra vez, a Grecia y Capua.

Parece ser que fruto de sus estudios y reflexiones llegó a la conclusión de la inminente llegada al mundo del verdadero Mesías y sus experiencias místicas le llevaron a determinar que el encargado de dar a conocer la buena nueva, tocado por la mano de Dios, resultaba que era él.

En 1280, protagonizó un impar episodio que le dio notoriedad y revela la singularidad de su persona y obra. Cada vez más convencido de su condición mesiánica, decidió entrevistarse con el papa Nicolás III, a quien anunció su visita, para darle cuenta de sus logros y obtener la alianza de judíos y cristianos de cara a la etapa que se avecinaba. Con ese fin, se encaminó a Viterbo, ciudad a la que se había trasladado la curia papal en 1257 para huir de la hostilidad ciudadana y de la constante violencia que reinaba en Roma.

En agosto, como tenía costumbre en época estival, el pontífice descansaba en un castillo cercano, Roca Suriana. Miembro de la poderosísima familia Orsini, de genio vivo, abundantes preocupaciones terrenales (no hay que olvidar que Dante, en su Divina comedia, no dudó en tacharlo de codicioso y corrupto, y lo colocó en el Infierno) y, por lo que se ve, poco dado al diálogo ecuménico, Nicolás III ordenó que se levantara una gran pira y que en cuanto asomase por ahí fuese apresado y quemado.

La noticia no hizo mella en el ánimo de Abulafia, que no abandonó la empresa, seguro de que Dios protegería a su emisario. Y al entrar decidido en el recinto amurallado, se enteró de que el papa había fallecido la noche anterior, de repente, a resultas de un inesperado ataque de apoplejía, lo que confirmaba sin lugar a dudas sus argumentos. No obstante, fue detenido y enviado a prisión. Pero los cardenales, enzarzados en una dura pugna por la sucesión en el trono de San Pedro, no sabían qué hacer con él y, finalmente, transcurrido un mes, lo pusieron en libertad.

Algo más prudente, visto lo visto, no quiso poner a prueba de nuevo el socorro divino y, por si acaso, sin esperar a que fuera elegido un nuevo interlocutor válido, esto es, un nuevo pontífice (las disputas entre candidatos italianos y franceses no se zanjarían hasta siete meses después de la muerte de Nicolás III, cuando Carlos de Anjou impusiera por la fuerza a su protegido, Martín IV), abandonó el lugar y se afincó en Sicilia, donde continuó con sus prédicas mesiánicas. La comunidad hebrea de Palermo hizo públicas sus protestas por la influencia que ejercía sobre los jóvenes del lugar y el rabino barcelonés Salomón ben Adret, gran autoridad jurídica del momento, condenó sus enseñanzas.

Como consecuencia, entre 1285 y 1288 estuvo confinado en la diminuta y ventosa isla de Comino, en el archipiélago maltés. Volvió posteriormente a Italia y en 1291 dio a conocer Imre Shefer, libro que reúne gran parte de sus enseñanzas. A partir de entonces se pierde su rastro y nada más se sabe de él.

A lo largo de su vida, este sorprendente zaragozano redactó más de cincuenta obras, muchas de las cuales se han perdido y otras permanecen inéditas. Entre las que alcanzaron alguna difusión figuran poemas, análisis gramáticos, comentarios a los libros de otros autores y textos proféticos. Pero las de mayor calado son tratados místicos y cabalísticos basados en la gematría, una ciencia centrada en la permutación y combinación de letras, y en las relaciones existentes entre las palabras de un mismo valor numérico, para revelar su trascendencia espiritual y dilucidar su simbolismo (a cada letra hebrea le corresponde un valor numérico; cuando la suma de las que componen una palabra es igual a la suma de las que forman otra, se considera que ambas deben tener una conexión).

No es este el lugar para analizar al detalle sus intrincadas teorías (doctores tiene la cábala), pero su fin último era establecer las técnicas y medios necesarios para conseguir la gozosa unión del hombre con Dios. Fijar un camino, ajeno a la realidad que nos muestran los sentidos, que libere nuestra mente y conduzca al Creador, para sumergirse en la esencia de su divinidad. Su misticismo, lleno de referencias musicales y términos eróticos, está emparentado con el de los sufíes musulmanes y enlaza con la lírica religiosa que siglos más tarde compondrá San Juan de la Cruz.

Su influencia, muchas veces velada, condicionó la obra de sus discípulos y de toda la cábala posterior. Algunos de sus escritos fueron vertidos al latín e italiano durante el Renacimiento por intelectuales cercanos a Pico della Mirandola, sobre todo por Guillermo de Sicilia, un judío converso más conocido como Flavio Mitrídates, y dejaron su poso en algunas corrientes cristianas del momento. Y hasta hay quien opina que afloran en la obra pictórica de Miguel Ángel, en especial en sus frescos vaticanos.

En la actualidad, la gente de la calle ignora por completo su existencia. No así ciertos novelistas amigos de misterios arcanos y algunos especialistas en Semiótica, Matemáticas e Informática, admirados por su capacidad para el análisis lingüístico y los cálculos combinatorios.

Sus textos han inspirado a creadores judíos contemporáneos, ya sean músicos, literatos (Élie-Geroges Barreby, Nathaniel Tarn, Yvan Goll) o artistas plásticos (Bruria Finkel, Abraham Pincas), por lo general de públicos minoritarios.

Pero su figura también está presente en famosos best-sellers de difusión planetaria. Philipp Vandenberg hace referencia a Abulafia y a su influjo sobre Miguel Ángel en La conjura sixtina. Los personajes de mayor peso de El último cabalista de Lisboa, del estadounidense Richard Zimler, siguen las doctrinas de Abulafia. La también estadounidense Myla Goldberg, alude a Abulafia en su novela La huella del silencio, que fue llevada al cine en 2005 con Richard Gere y Juliette Binoche al frente del reparto. El matemático e informático australiano Greg Egan, metido a escritor de ciencia-ficción, escogió en la ya clásica Ciudad Permutación el interfaz “Abulafia” como clave de acceso del principal protagonista, Paul Durham. Y el celebrado Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, cuya acción está dividida en 120 capítulos agrupados en diez sefirot de la cábala hebrea, bautizó con el nombre del zaragozano un ordenador de vital importancia en la trama.

Para saber más:
-González Frías, Federico y Valls, Mireia: Presencia viva de la cábala, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2006.
-Hames, Harvey J.: Like angels on Jacob’s ladder: Abraham Abulafia, the Franciscans and Joachimism, State University of New York Press, Albany (N.Y.), 2009.
-Idel, Moshe: The mystical experience in Abraham Abulafia, State University of New York Press, Albany (N.Y.), 1988. Hay una edición en francés: L’experience mystique d’Abraham Aboulafia, París, Les Editions du Cerf, 1989.
Cábala, nuevas perspectivas, Madrid, Siruela, 2005.
-Scholem, Gershom: Las grandes tendencias de la mística judía, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.
Los orígenes de la cábala, Barcelona, Paidós, 2001.
La cábala y su simbolismo, Madrid, Siglo XXI, 2009.
-VV.AA.: Cábala y deconstrucción, Barcelona, Azul, 1999.
Aragón Sefarad, Zaragoza, DPZ-Ibercaja, 2004.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

José Cabrero Arnal y el perro Pif

En Francia, el cómic (bande dessinée) es a un mismo tiempo pasión e industria. No hay otro país de Europa que le dedique mayor atención y allí se celebra anualmente el Festival Internacional de Angulema, una de las más concurridas reuniones de autores, editores y lectores de historietas del mundo.

A mediados del siglo XX, antes de que la televisión se apoderase de todos y cada uno de los hogares del viejo continente, el cómic francés vivió un periodo de especial esplendor. En ese tiempo, a figuras clásicas llegadas de Bélgica, como Tintín, Spirou o Lucky Luke, se fueron sumando héroes locales de la talla del irreductible Astérix. Con todos ellos, con los viejos y con los nuevos, convivió otro personaje menos conocido en España pero que en el país vecino rivalizó y hasta superó a los anteriores, el perro Pif.

Llegó a dar nombre a una popular revista, con una tirada semanal que oscilaba entre los 700.000 y el millón de ejemplares, esperada todos los jueves como el maná por los niños y los no tan niños. Y en muchos de ellos dejó una profunda impronta, como recuerda el escritor francés Michel Houellebecq en las páginas de Las partículas elementales (1998), donde evoca cómo durante su infancia le ayudaba a hacer volar su fantasía en la soledad de su habitación, en casa de su abuela paterna, comunista, en Charny (Borgoña).

La mayor parte de sus lectores suponían que la firma C. Arnal que aparecía en las aventuras de Pif hacía referencia a un francés, Claude Arnal. Sólo los más informados sabían que el autor del guión y los dibujos era un español. Pero, equivocadamente, lo creían nacido en Barcelona.

Lo cierto es que José Cabrero Arnal no era catalán sino aragonés. Su vida no fue un camino de rosas. Le tocó vivir episodios terribles, plagados de violencia y barbarie, y sólo su omnipresente sentido del humor y los lápices de colores, inseparables compañeros, lograron sacarlo a flote.

Había nacido en septiembre de 1909 en Castilsabás, un pequeño pueblo 12 kilómetros al nordeste de la capital oscense cuyos habitantes pueden contarse hoy con los dedos de las manos. Como tantas otras, su familia se vio obligada a ganarse el pan lejos de casa. Su padre, Emeterio, un labrador sin tierras propias, consiguió trabajo como policía en Barcelona, a donde se trasladó con su mujer e hijos.

Para un niño criado en la inveterada inmutabilidad de la vida rural, llegar a la Barcelona de la época, un hervidero de luchas obreras, pistolerismo y reivindicaciones políticas, fue como aterrizar en otro planeta. Todo le parecía fascinante: sus inmensas avenidas, el gentío que las poblaba, el ruidoso tráfico, los diferentes ambientes de sus barrios, los cines y cafés, el mar... Pronto, sin embargo, se acomodó a la nueva situación y, tras abandonar sus estudios, consiguió algunos empleos como ebanista y mecánico.

Desde crío había tenido un don para el dibujo y sería esa cualidad la que le permitiría salir de los límites de su devenir cotidiano. Su carácter abierto y bromista, condimentado con sus infinitos monigotes y caricaturas, le abrieron las puertas de los cabarets del Barrio Chino y del mundo nocturno y bohemio. A él le gustaba divertirse y vivir la vida.

Se intentó hacer boxeador, pero le partieron la nariz y renunció a la idea. Comenzó entonces a colaborar de forma profesional con las principales revistas infantiles del momento, con historias y personajes emparentados con El Gato Félix y los divulgados por la casa Disney. Dibujó para TBO, KKO, Gente Menuda, Mickey y, sobre todo, Pocholo, donde animó varias series que le reportaron un merecido reconocimiento: Hazañas de Paco Zumba, el moscón aventurero; Cascarilla, detective; la premonitoria Guerra en el país de los insectos; y las andanzas y viajes extraordinarios protagonizados por el perro Top, “padre” del futuro Pif.

Su dominio de los recursos gráficos y el dinamismo de sus composiciones en seguida le hicieron destacar en el universo del entretenimiento para niños. Cabrero Arnal fue uno de los primeros historietistas españoles en generalizar el uso del “bocadillo” en los diálogos, las líneas de movimiento, las elipsis narrativas, las onomatopeyas de ruidos y las metáforas visuales (estrellas, corazones, bombillas, rayos, calaveras, etc.).

A su vez, participó en la ilustración de publicaciones de adultos, como Lecturas y El Hogar y la Moda, así como en el semanario satírico L'Esquella de la Torratxa, antimonárquico y anticlerical, para el que firmó caricaturas y viñetas humorísticas.

El inicio de la Guerra Civil dinamitó su bien encaminada trayectoria vital y profesional. Podía haberse buscado un puesto en retaguardia dedicado a la confección de revistas, folletos o carteles de propaganda, pero decidió ir voluntario al frente, en las Milicias Populares, para defender la República. Combatió como artillero, hasta ser herido en una pierna. Y tras curar sus lesiones, fue asignado a una compañía de ametralladoras.


Después de tres años de penalidades, en marzo de 1939 su padre fue fusilado en Huesca por los partidarios de los militares sublevados. Perdida toda esperanza y con Barcelona ya ocupada por las tropas franquistas, cruzó extenuado la frontera en compañía de miles de refugiados.

Peregrinó por los campos de internamiento de Argelès, Barcarès y Saint-Cyprien, donde más de medio millón de exiliados españoles, custodiados por guardias senegaleses o magrebíes, malvivieron o murieron a la intemperie, desnutridos y sin las mínimas condiciones higiénicas, a causa del frío, las enfermedades o las epidemias.

Al comenzar la II Guerra Mundial, se enroló en la 109 Compañía de Trabajadores Extranjeros (CTE) una de las unidades militarizadas que prestaban servicios auxiliares al ejército francés, compuestas principalmente por republicanos españoles. Por medio franco al día, trabajaban a destajo, cubiertos con pesados capotes de la gran guerra del 14 y desarmados.

Cuando los alemanes rebasaron la línea Maginot, en la primavera de 1940, fue hecho prisionero junto con sus compañeros y, tras estar un tiempo confinado, el 27 de enero de 1941 ingresó en el campo de exterminio de Mauthausen, un infierno en la Tierra, donde se le asignó el número 6299.

Al revisar las pertenencias de los internos, un oficial de las SS encontró varios dibujitos pornográficos que había hecho a petición de uno de los policías alemanes que lo habían custodiado. Desencajado, exigió a gritos saber el nombre de su autor y Cabrero Arnal, aunque se temía lo peor, dio un paso al frente. Para sorpresa de todos, el oficial soltó una risotada y dijo que en adelante dibujaría para él.

Se le asignó un puesto en el almacén de ropa y allí pasó sus primeros meses en el campo, lo que aprovechó para conseguir, a escondidas, prendas de abrigo para los compañeros que las necesitaban o para intercambiar por comida. De esa época data la caricatura que hizo de otro prisionero altoaragonés, Miguel Luciano Aznar Sesé, natural de Oto.

Su “tranquilidad”, sin embargo, tuvo fecha de caducidad pues el responsable de la instalación, un alemán, fue sorprendido con joyas y otros objetos de valor de los deportados, fruto de un pillaje organizado, y todos los que trabajaban en el almacén y se libraron de ser ejecutados fueron destinados a la cantera de granito, a acarrear piedras de unos 20 kg por una interminable escalera de 186 escalones, “la escalera de la muerte”, en la que infinidad de presos, exhaustos o apaleados, dejaron la vida.

Un tiempo después, fue enviado al llamado kommando Steyr, un complejo fabril que abastecía a la maquinaria de guerra nazi, unos kilómetros al sur del campo principal. La muerte era habitual entre los obreros forzosos a causa de la desnutrición, el frío y el ritmo de trabajo, así como por los ataques aéreos aliados.

Al contrario que Hércules, Teseo u Orfeo, que salieron indemnes de su paso por el Hades, cuando Mauthausen fue liberado por los estadounidenses, en mayo de 1945, los pocos que habían logrado resistir con vida se habían convertido en espectros. Entre ellos se encontraba Cabrero Arnal. Tenía 36 años y pesaba 39 kilos.

A pesar de lo menguado de sus fuerzas, pudo llegar hasta París, donde conoció un nuevo calvario. Mendigaba y dormía en bancos de la calle o en alguna pensión miserable. Medio muerto de hambre y frío, una camarera, con la que se casaría, se apiadó de él y lo alimentó por compasión. La suerte por fin vino a visitarle cuando la Cruz Roja Republicana y antiguos compañeros de infortunio, que conocían su arte con los lápices, le pusieron en contacto con el periódico L’Humanité, órgano oficial del Partido Comunista Francés, donde coincidió con el fotógrafo Francesc Boix, otro superviviente de Mauthausen.

En L`Humanité publicó con asiduidad tiras cómicas y en 1948, aunque con el tiempo daría vida a multitud de personajes, vio la luz su creación más popular: el perro Pif, la mascota de una familia de clase trabajadora envuelta en innumerables líos que siempre se solventaban con humor.

Tal fue su éxito que, en 1952, Pif se mudó a Vaillant, un semanario infantil creado por antiguos miembros de la Resistencia en el que Cabrero Arnal ya colaboraba con las correrías de Placid y Muzo. En sólo unos meses, la efigie de Pif colonizó la cabecera, luego cedió su nombre a la sección de pasatiempos y en 1954 sus peripecias viajaron de la contraportada a la portada. En 1965, la publicación pasó a denominarse Vaillant, le Journal de Pif y cuatro años más tarde únicamente Pif Gadget (en referencia al juguetito que se regalaba con cada número).

Bajo su manto protector surgieron célebres “actores secundarios”, como el gato Hércules o Pifou, el hijo de Pif. Alguno de ellos nació ya de la pluma de colaboradores de Cabrero Arnal pues éste, con su salud quebrada tras lustros de desventuras, fue dejando a sus criaturas en manos de otros dibujantes y guionistas.


Las andanzas de Pif aparecieron en multitud de formatos. Salieron a la venta juguetes promocionales e incluso llegó a contar con una serie de animación, en 1989, años después del fallecimiento de su creador. Su fama se extendió por países francófonos como Bélgica y Suiza, pero también alcanzó Italia, Alemania y varias naciones del otro lado del telón de acero (no hay que olvidar el origen comunista de la revista), en especial Rumanía.

En España se publicó en 1978 una versión traducida, titulada Pif, con un formato menor que el original. Pero sólo salieron a la venta 37 números, al no tener el arraigo de los tebeos de la editorial Bruguera, una competencia inabordable.

Cabrero Arnal no volvió nunca a España, aun cuando jamás pudo obtener la nacionalidad francesa. La solicitó a comienzos de su estancia parisina, pero le fue denegada repetidamente. Con la Guerra Fría ya en marcha, las autoridades le etiquetaron como miembro del Partido Comunista, algo que nunca fue y que no encajaba en su forma de ser, tan celosa de su libertad personal y refractaria a todo tipo de disciplina.

Cuando murió en Antibes, en 1982, al día siguiente de cumplir los 73 años, había sido incomprensiblemente orillado por el mundo del cómic, del que su frágil salud le había ido apartando, pese a que sus creaciones, convertidas ya en iconos, mantenían intacto su brillo.

Hace escasas fechas se ha celebrado una nueva edición del Salón del Cómic de Zaragoza. En ninguna de ellas ha recibido homenaje alguno, aun siendo el principal autor aragonés en la historia del tebeo. Seguramente, porque ni organizadores ni visitantes, en su propia tierra, saben de su existencia.

Por fortuna, un profesor de historia francés, también dibujante y nieto de exiliados aragoneses, Philippe Guillen, se ha propuesto sacarlo de las tinieblas del olvido y le ha dedicado un magnífico libro, que todavía no tiene versión en castellano. Y José Luis Melero, hace escasas fechas, lo presentó al público desde su tribuna en Heraldo de Aragón.

También se puede rastrear su paso por el campo de concentración en la novela K. L. Reich, escrita por un compañero de Mauthausen y editada por primera vez en 1963, ya que su figura inspiró al protagonista de la narración, Emilio, un prisionero que consigue sobrevivir haciendo dibujos pornográficos para los SS.

Para saber más:

-Amat-Piniella, Joaquim: K. L. Reich, Barcelona, Seix Barral, 1963. / Barcelona, Libros del Asteroide, 2014.
-Guillen, Philippe: José Cabrero Arnal. De la République espagnole aux pages de ‘Vaillant’, la vie du créateur de ‘Pif le chien’, Portet-sur-Garonne, ed. Loubatières, 2011.
-Roig, Montserrat: Noche y niebla. Los catalanes en los campos nazis, Barcelona, Península, 1978.

martes, 5 de noviembre de 2013

Emilio Bonelli, el creador del Sáhara Español

A finales de 1975, mientras Franco agonizaba, los televisores de todo el país, todavía en blanco y negro, prestaban constante atención a la llamada “Marcha Verde”, un bíblico éxodo de civiles orquestado por la monarquía marroquí para ocupar los territorios saharauis hasta entonces bajo autoridad española. La sagaz estratagema de Hassan II, que aprovechaba el vacío de poder que en ese momento reinaba en la política nacional, dio sus frutos de forma inmediata y a través de la “Operación Golondrina” todos los residentes españoles fueron evacuados de la región en un tiempo récord. La atropellada retirada, que abandonó a su suerte a los naturales de la zona, fue absoluta (hasta los cadáveres de los cementerios fueron recogidos). El último núcleo urbano en ser desalojado fue Villa Cisneros, el 9 de enero de 1976. Curiosamente, esa había sido también la primera fundación española en el Sáhara, casi un siglo antes, producto de la obstinación de un zaragozano singular, Emilio Bonelli.

Durante la segunda mitad del siglo XIX África se convirtió en el escenario principal de míticas expediciones. Toda una legión de novelescos aventureros europeos, coronados por un salacot y apoyados por Sociedades Geográficas, se adentraron en el entonces continente misterioso en busca de legendarias ciudades tragadas por las dunas, las fuentes del Nilo o civilizaciones perdidas cuyos restos custodiaban feroces tribus o fieras salvajes.

Al carro de ese heterogéneo grupo de exploradores, científicos, misioneros y cazadores de tesoros, en su mayoría británicos o franceses, se subió en marcha Emilio Bonelli. Sus huellas aparecen hoy borrosas pero fue él, gran conocedor del Magreb, quien fundó las primeras colonias españolas en el Sáhara y quien, más tarde, recorrió impenetrables selvas y caudalosos ríos para fijar los límites de Guinea Ecuatorial.

Su padre, Eduardo Bonelli, un ingeniero agrónomo italiano amigo de los viajes, se había domiciliado en la capital aragonesa mediada la centuria. Allí conocería a Isabel Hernando, con quien contrajo matrimonio. En noviembre de 1855 nació Emilio, bautizado en la parroquia de San Gil y cuya infancia quedó truncada por la temprana muerte de su madre. Tras el fallecimiento, la familia abandonó Zaragoza para establecerse en Marsella durante unos años, que al chico, con facilidad para los idiomas, le sirvieron para aprender francés e italiano.

A continuación se trasladó al Norte de África. Argel y Túnez fueron las primeras etapas de un periplo que finalizaría en Tánger, donde un hermano de su padre regentaba una farmacia. Éste tuvo que hacerse cargo del muchacho cuando su progenitor falleció, víctima del cólera, en 1869. Para entonces, Emilio se hallaba ya perfectamente integrado en la vida del país. Vestía chilaba y babuchas, estaba al tanto de las costumbres y se manejaba en la lengua local sin problemas. Poco después, su dominio del idioma le permitió afincarse en Rabat y ganarse la vida de intérprete para el consulado de España.

Al ser llamado a filas, decidió seguir la carrera militar e ingresó en la Academia de Infantería de Toledo. Durante sus estudios castrenses, solventó como pudo sus problemas económicos con traducciones y la ayuda de algún compañero. Ya como alférez, fue destinado a Madrid y consiguió un sobresueldo estable como contable en el Ayuntamiento. Esto le permitió regresar con cierta frecuencia al Norte de África y sumergirse en la vida cotidiana de distintas poblaciones de la zona.

En 1882, tras recibir una jugosa recompensa económica de la corporación municipal por desenmarañar intrincadas partidas presupuestarias, Bonelli pidió una licencia temporal y viajó durante meses por la cuenca del río Sebú y la región de Garb, además de visitar las ciudades de Fez y Mequínez, al igual que unos años antes había hecho José María Murga Mugartegui, el llamado “moro vizcaíno”. A su vuelta, dio una conferencia en la sede de la Sociedad Geográfica de Madrid, animada por Joaquín Costa, que le dio a conocer entre los interesados por el continente africano.

A comienzos de 1884, informado de los problemas que sufrían los pesqueros canarios en las costas atlánticas del Sáhara, pues eran acosados cuando buscaban refugio, propuso a Genaro de Quesada, ministro de la Guerra y veterano de la campaña de Marruecos de 1859-1860, ocupar la zona y establecer varias bases fijas, con objeto de brindarles protección y puntos de aprovisionamiento. Éste rechazó el proyecto, pese a que venía avalado por la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas. Pero Bonelli, tenaz, no tiró la toalla y porfió hasta conseguir audiencia con el presidente del Gobierno, Cánovas del Castillo.

Si bien el máximo dirigente del Partido Conservador acogió con cautela la empresa, puso a disposición del aragonés 7500 pesetas, una cantidad meramente testimonial procedente de los fondos reservados, para que intentara ponerla en marcha. Si no cristalizaba, tampoco sería mucha la pérdida y el Gobierno podía darse por no enterado y lavarse las manos.

Es probable que Cánovas viera la oportunidad de que España, de forma discreta y apenas sin coste, se sumara a otras naciones europeas, que en ese momento se repartían África sin pudor con el fin de apropiarse de sus inmensas riquezas naturales. Aunque hoy resulte algo inconcebible, para reclamar la soberanía sobre un territorio africano en aquella época solo había que comprobar que no había otra potencia colonial en el lugar, ocuparlo de forma efectiva, es decir, establecer guarniciones militares o puestos comerciales, y comunicar dicha ocupación con carácter oficial en los medios internacionales. Este “derecho”, que refrendó la Conferencia de Berlín (1884-1885), no tenía en cuenta a la población local, gentes primitivas a quienes llevar la civilización. Bastaba tan sólo con suscribir algún tratado, de buen grado o por la fuerza, con sus elites dirigentes, los únicos nativos que obtenían beneficios del convenio.

Una vez recibido el plácet, Bonelli marchó rápidamente a Canarias, pues existía el temor de que un explorador británico, el escocés Donald Mackenzie, instalase factorías en la zona y demandase su posesión. Allí preparó sin tardanza la expedición con la ayuda de la Compañía Mercantil Hispano-Africana y la Sociedad de Pesquerías Canario-Africana, que le proporcionaron diversas mercancías y materiales de construcción. Y a bordo de la goleta Ceres, se encaminó hacia la costa saharaui.

En noviembre de 1884 atracó en la llamada península de Río de Oro (que carecía tanto de río como de oro), junto a un pontón que la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas había instalado unos meses antes para que sirviese de muelle y almacén. El enclave era un puerto natural, con pozos de agua potable en las cercanías, visitado por tribus nómadas y ajeno a la jurisdicción del sultán de Marruecos.

En solo unos días fue edificada una caseta de madera en la que se izó la bandera española, la primera construcción de un asentamiento bautizado con el nombre de Villa Cisneros (hoy Dajla) en homenaje al confesor de Isabel la Católica, promotor de la conquista de Orán en 1509.

Lo mismo hizo en las siguientes semanas en puntos más al norte y más al sur. En el golfo de Cintra fundó Puerto Badía, en recuerdo del arabista y aventurero Domingo Badía. Y en el cabo Blanco, Medina Gatell conmemoró al tarraconense Joaquin Gatell (ninguno de los dos establecimientos prosperaría y serían pronto abandonados).

Bonelli entró inmediatamente en conversación con varios jefes de tribus locales, con quienes acordó poner bajo protectorado español la franja costera en la que se habían levantado las instalaciones, germen del futuro Sáhara Español. En dichas negociaciones resultó clave la figura del zaragozano. Tenía mano izquierda, era generoso con los regalos, consideraba sagrada la hospitalidad, conocía el Corán, no dudaba en vestir la indumentaria local y se acompañaba siempre de su tetera y su pipa de kif. Además, entendía la hassanía, el dialecto árabe usado en la zona.

Como el propio Bonelli dejó en papel: “el objetivo principal de este viaje por tan áridas comarcas, desconocidas del mundo civilizado, consistía en asegurar para mi patria la explotación de aquellos bancos de pesquerías, que algunos escritores, mucho más competentes que yo en esta industria, aseguran ser muy superiores en calidad y abundancia de peces á los famosísimos de Terranova”.

También se pretendió abastecer de agua y carbón a los barcos que lo necesitaran, además de potenciar el comercio con los nómadas y hacer que algunas caravanas se desviasen de su camino habitual, transahariano, para intercambiar animales o géneros exóticos como oro, marfil, pieles o plumas de avestruz por alimentos, azúcar, té y manufacturas españolas. El éxito de esas últimas iniciativas fue, sin embargo, muy escaso. Aunque comenzaron a circular tímidamente duros con la efigie de Isabel II (sabil) y Alfonso XII (fonsus), el comercio de trueque mantuvo su primacía. La región era paupérrima y estaba muy alejada de las rutas del gran comercio, que nunca se asomaron por el territorio ocupado.

No se pretendió sojuzgar militarmente el lugar, “civilizar” a los saharauis, imponerles leyes o convertirlos al cristianismo, como se hacía en otros puntos del continente. En todo momento se respetó su autogobierno, así como sus costumbres y tradiciones.

A pesar de ello, en los primeros años hubo algunos roces e incluso enfrentamientos con tribus despechadas, en busca de botín, que habían quedado al margen de los tratados. El primero, en 1885, cuando Bonelli visitaba la Península para dar cuenta de sus actividades y ser nombrado nada más y nada menos que Comisario Regio para África Occidental. Villa Cisneros fue saqueada y hubo varios muertos. Su regreso a toda prisa, acompañado de un pequeño destacamento militar, apaciguó la situación y, con ayuda de nativos leales, recompuso el orden.


Se planificaron entonces expediciones hacia el interior del desierto, hacia el Sur y hacia el Norte, y se suscribieron nuevos pactos de amistad. Poco a poco, el dominio se fue extendiendo y consolidando, aun cuando en el Gobierno español no sobraban ni los recursos ni el interés por el territorio sahariano.

Bonelli, sin embargo, ya no dirigiría las operaciones principales desde el puesto de mando. Su inesperado éxito, que cogió a todos por sorpresa, había llamado la atención tanto dentro como fuera de España.

Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas, lo “fichó” para su Compañía Trasatlántica, un verdadero imperio naviero puesto en pie por su padre, el primero en ostentar el título nobiliario. En junio de 1886 cesó como Comisario Regio y unos meses más tarde emprendió viaje hacia la Guinea española.

Durante tres años, en colaboración con Enrique D'Almonte y con vistas a su explotación económica, reconoció y cartografió varias de sus islas y la parte continental de Guinea Ecuatorial, explorada sólo unos años antes por el vitoriano Manuel Iradier. Remontó la cuenca del río Muni y las de sus afluentes el Noya, el Utamboni, el Bañe, el Utongo y el Congüe, además de las de los ríos Benito y Campo. Después, levantó una factoría en la isla de Elobey Chico.

Según algunas fuentes, a su regreso a España la Royal Geographic Society de Londres, dados sus amplios conocimientos del Sáhara occidental, le encargó la búsqueda de la expedición del coronel Paul Flatters. El militar francés había partido en diciembre de 1881 de Ouargla, en el sur de Argelia, al frente de un numeroso convoy con la intención de abrir una ruta entre el Mediterráneo y el Atlántico a través del desierto. Dos meses después de su salida la caravana fue asaltada por los tuaregs, que no dejaron supervivientes. Parece ser que Bonelli dio con los restos de la columna y los hizo llegar a Londres a excepción hecha del podómetro personal de Flatters, que le fue obsequiado como recuerdo.

Su reconocido prestigio le permitió dar numerosas conferencias y llevar a la imprenta varias publicaciones sobre sus viajes antes de su fallecimiento, en 1926. Llegó a dirigir la Compañía Mercantil Hispano-Africana y como representante de la Real Sociedad Geográfica participó en los congresos comerciales hispano-marroquíes celebrados en 1907 (Madrid), 1908 (Zaragoza), 1909 (Valencia) y 1910 (Madrid).

Varios de sus hijos también eligieron la vida castrense. Uno de ellos, Juan María Bonelli Rubio, fue gobernador de Guinea Ecuatorial en la década de 1940. Como máximo responsable político de la colonia, secundó a los docentes indígenas que solicitaban la equiparación laboral con los funcionarios españoles. Y al igual que al inspector general de educación, ese apoyo le costó el puesto, una decisión que alimentaría los primeros brotes independentistas en la región.


Para saber más:
-Ballano, Fernando: Españoles en África, Madrid, Tombooktu, 2013.
-Bonelli Hernando, Emilio: Observaciones de un viaje por Marruecos, Madrid, Fortanet, 1883.
El Sáhara: descripción geográfica, comercial y agrícola, desde Cabo Bojador a Cabo Blanco, viajes al interior, habitantes del desierto y consideraciones generales, Madrid, Tip. de I. Péant e hijos, 1887.
Un viaje al Golfo de Guinea, Madrid, Fortanet, 1888.
-Bonelli Rubio, Juan María: Emilio Bonelli Hernando: un español que vivió para África, Madrid, s. n., 1947.
-Fernández-Aceytuno, Mariano: Ifni y Sáhara, una encrucijada en la historia de España, Dueñas, Simancas, 2001.
-Fernández Rodríguez, Manuel: España y Marruecos en los primeros años de la Restauración, Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1985.
-García, Alejandro: Historias del Sáhara. El peor y el mejor de los mundos, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2001.
-Martín, Jos: Exploradores españoles olvidados del siglo XIX, Madrid, TF, 2001.
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