lunes, 28 de septiembre de 2015

Paco Ponzán, un grito de libertad

De uno de los laterales de la gran Place d’Europe, en el corazón de Toulouse, nace una rectilínea alameda que se adentra en los jardines Compans Caffarelli, un inmenso espacio verde siempre frondoso gracias al húmedo aliento del cercano río Garona. A mediados de 2010 esa serena arboleda, propicia para la meditación y el descanso, y hasta entonces innominada, fue bautizada por las autoridades locales.

Al acto acudió el alcalde socialista de la ciudad acompañado de su antecesor, conservador, pues se pretendía rendir tributo a quien todos en el lugar consideran un legendario héroe de la Resistencia durante la ocupación nazi del país, en la II Guerra Mundial. Alguien que, al concluir la brutal contienda, recibió unánimes y públicos elogios de los máximos dirigentes de las potencias aliadas como muestra de reconocimiento y admiración.

Entre otras distinciones, fue laureado por Francia con la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Guerra y el grado de capitán de sus fuerzas armadas; el Reino Unido le otorgó la Insignia de la Hoja de Laurel de la Corona, que sólo en muy excepcionales ocasiones se concede a los no nacionales, y la Medalla del Rey por el Valor en la Causa de la Libertad; y el gobierno de los Estados Unidos hizo solemne entrega de un Certificado de Gratitud firmado por el presidente Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las tropas que combatieron a Hitler en Europa.

Ese luchador ya mítico se llamó Francisco Ponzán Vidal, aunque en la clandestinidad también era conocido por varios alias: Vidal, Paco, Gurriato, El gafas o El maestro de Huesca. Y como este último apodo indica, no era francés sino que, como el propio Garona, hundía sus raíces en Aragón, una saturniana tierra donde no hay calles con su nombre ni ningún monumento en una plaza como homenaje; donde sólo un puñado de fervorosos incondicionales intenta que el sañudo olvido no consiga aventar el recuerdo de quien arriesgó su vida, todos los días durante varios años, para rescatar de la barbarie más infame a cientos de personas armado, sobre todo, con su audacia y su inteligencia.

Los padres de Paco Ponzán vivieron una primera madurez viajera. Su progenitor, Agapito, natural de Sena, un maestro ilustrado que nunca ejerció, era empleado de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, la Norte, una empresa ferroviaria creada en 1858 que se extendió por gran parte de la mitad septentrional del país hasta ser nacionalizada y absorbida por RENFE en 1941.

Escoltado siempre por su esposa Tomasa, nacida en la capital oscense, su trabajo le obligó a constantes traslados. Así, la familia vivió breves estancias en Asturias, Cataluña y Castilla hasta su definitivo regreso a Huesca, cuando Paco, llegado al mundo en Oviedo el 30 de marzo de 1911, había cumplido ya los dos años.

Su infancia en el Alto Aragón se vio marcada por el temprano fallecimiento de su padre, en 1919, en la terrible epidemia de la llamada “gripe española”. Tomasa, mujer religiosa, lo matriculó en el colegio de los Salesianos para que aprendiera las primeras letras. Pese a estar en todo momento arropado por su madre y sus cuatro hermanas, el único varón de la casa no se amoldó a las exigencias del centro y, tras varios cursos, acabó por abandonarlo. Entró entonces como aprendiz en la imprenta y librería Iglesias (hasta hace poco abierta, aunque sólo como librería), donde cristalizó su amor por los libros. Se convirtió en un lector insaciable y decidió retomar sus estudios.


Tras superar un examen, con tan sólo 14 años ingresó en la Escuela Normal de Huesca para estudiar Magisterio. Allí coincidió con un compañero que se convertiría en el hermano que no había tenido, Evaristo Viñuales, y también con un profesor de los que se guarda memoria de por vida, de los que son capaces de abrir surcos en el pensar de sus alumnos y plantar en ellos ubérrimas semillas, Ramón Acín. Militante anarquista desde muy joven, un Acín ya maduro se había dado cuenta de que la auténtica revolución, la única que podía dar frutos perennes, era la de la enseñanza. Estaba al corriente de las teorías pedagógicas más avanzadas y en su quehacer diario primaba la formación integral de la persona sobre los contenidos del temario.

Su ejemplo de honestidad, trabajo, generosidad, confianza en el ser humano y compromiso con los más humildes alentó a Ponzán a seguir su estela. Y sus desatadas ansias de justicia social, en una España donde reinaba la miseria, le llevaron a implicarse de forma apasionada en todo tipo de actividades “subversivas”: mítines, algaradas estudiantiles, apoyo a huelgas, sabotajes a pequeña escala… Se afilió a la CNT y la policía no tardó en estar tras sus pasos.

En la alborada de su vida adulta, con 18 años y sus estudios ya concluidos, inició su carrera de maestro. Su primer destino, provisional, fue Ipás, un pequeño pueblecito próximo a Jaca. Unos cursos después, fue enviado más al Sur, a Castejón de Monegros, una localidad ya mucho mayor, al Este de la sierra de Alcubierre.

Sus tareas docentes no le impidieron seguir con su participación en acciones políticas o de protesta, lo que se tradujo en repetidas visitas a prisión, donde eran habituales los malos tratos. Fue encarcelado en 1930, tras la sublevación militar de Jaca contraria a la monarquía; en 1932, por su apoyo a los trabajadores en huelga de una empresa química de Sabiñánigo; a finales de 1933, cuando se encontraba en Zaragoza para alentar una revuelta libertaria; y en 1934, acusado de complicidad en la fuga de varios presos anarquistas de la cárcel de Huesca.

A pesar de todos esos “contratiempos” pudo obtener por oposición una plaza de maestro en propiedad, si bien tuvo que desplazarse hasta Galicia. Estuvo una temporada como educador en el municipio coruñés de Mazaricos, en concreto en la parroquia de Os Baos (que en 1966 fue desalojada y anegada por las aguas del embalse de Fervenza, construido para dotar de energía hidroeléctrica a una fábrica metalúrgica). Y, en enero de 1936, dejó el interior para ejercer su profesión a orillas del mar, en Camelle, un caserío pesquero de la indómita Costa da Morte perteneciente al concejo de Camariñas. Allí donde fue, se adhirió a la sección local de la CNT.

Ese año, al terminar el curso académico, se dispuso a pasar sus vacaciones con la familia. Y en Huesca se encontraba cuando se produjo la insurrección militar del 18 de julio. Ante tal trance, nutridos grupos de militantes de izquierda, algunos llegados de localidades cercanas, se congregaron ante el edificio del gobierno civil oscense. Hubo una reunión con el gobernador, Agustín Carrascosa, para convencerle de que repartiera armas entre la población con el fin de defender la legalidad republicana. Sin embargo, éste, como otros, no calibró bien la gravedad del suceso y se negó. Paco Ponzán, que como una moderna Casandra vaticinó la tragedia que se avecinaba, era partidario de tomarlas por la fuerza. Pero su antiguo preceptor, Acín, refrenó su desbocado ímpetu y le rogó prudencia. Su moderación le costaría la vida.

Con sólo uno de los bandos enfrentados armado, los partidarios del fallido golpe de Estado pronto controlaron la situación y comenzaron la supresión sistemática de sus oponentes. No hubo ninguna clemencia. Las consignas dictadas por el general Mola eran claras: “es necesario propagar una atmósfera de terror. Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros”.

Ramón Acín estuvo entre los primeros en ser asesinados, el 6 de agosto. El día 23, Conchita, su esposa, formaba parte de una tanda de casi un centenar de republicanos, incluidas once mujeres, que serían paseados por la ciudad y luego ejecutados.

Paco Ponzán consiguió abandonar Huesca cuando se hizo evidente que todo estaba perdido. A escondidas, caminando por la noche, encontró abrigo en casas de amigos de Chibulco y San Julián de Banzo, hasta alcanzar Angüés, en zona republicana. Su hermana Pilar, asimismo maestra, no tuvo tanta fortuna. Fue detenida y recluida en el jacetano fuerte de Rapitán.

El vacío de poder que se originó en el Aragón fiel a la República al inicio de la Guerra Civil hizo posible la constitución, en octubre de 1936, del denominado Consejo de Aragón, una entidad política regida, de forma mayoritaria, por dirigentes de la CNT. En él, Ponzán ocupó en un principio la cartera de Transportes y Comunicaciones, aunque más tarde pasó a ser auxiliar de su amigo Evaristo Viñuales en la de Información y Propaganda.

La sede del Consejo se fijó en Caspe, donde Paco conoció a Palmira Pla, una maestra de Cretas que organizaba unas colonias escolares en las que amparar de cotidianos horrores a los más pequeños, aunque fuera sólo por unos días. E iniciaron una relación que sembrarían de obstáculos la locura, el odio y la sinrazón de las armas.

En el verano de 1937, tras los enfrentamientos en Cataluña entre partidarios de la revolución social (CNT-FAI y POUM) y aquellos que consideraban prioritario ganar la guerra, además de ver con recelo las políticas aplicadas por los anarcosindicalistas (Gobierno, Generalitat y PSUC), las autoridades republicanas decidieron disolver el Consejo de Aragón.

Viñuales y Ponzán se integraron entonces en la 127 Brigada Mixta, dirigida por un viejo conocido de ambos, Máximo Franco, natural de Alcalá de Gurrea. En esa unidad operaba desde el inicio del conflicto un pequeño grupo guerrillero, formado sólo por aragoneses, autodenominado Libertador. Y en él encontró Ponzán, un hombre de acción alejado del frente por su acentuada miopía, el medio ideal para dar lo mejor de sí mismo en pro de la causa republicana.

El grupo, que se integró en el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP), estaba especializado en arriesgados golpes de mano tras las líneas enemigas, donde mantenía una red de contactos encubiertos. Entre sus tareas destacaban el salvamento de evadidos, la voladura de puentes, vías férreas y otras líneas de comunicación, y la obtención de datos actualizados sobre movimientos de tropas y su composición. Ponzán, con el grado de teniente, pasó a preparar y coordinar sus misiones, así como a notificar su resultado al Estado Mayor.

A medida que el frente de guerra fue moviéndose hacia el Este, empujado por las ofensivas del ejército de Franco, también se trasladó el campo de acción de los miembros de Libertador. Ya en Cataluña, incorporó a sus filas a varios combatientes locales, conocedores del idioma y el terreno. Pero en 1939 nada pudo evitar el derrumbe definitivo de una República desbaratada y el 10 de febrero Ponzán, con sus hombres, cruzaba la frontera con Francia por la localidad gerundense de Puigcerdá para alcanzar Bourg-Madame, no muy lejos del Principado de Andorra.


Antes de ser interceptados por los gendarmes franceses, lograron ocultar sus armas, ya que albergaban la esperanza de seguir el combate contra el franquismo en un futuro próximo. Después, fueron conducidos al campo de internamiento de Vernet d'Ariège, unos kilómetros al Sur de Toulouse.

Edificado como campo de prisioneros en la I Guerra Mundial, Vernet d'Ariège se convirtió en un centro disciplinario en el que fueron confinados “extremistas” españoles y miembros de las Brigadas Internacionales. Entre sus más afamados moradores figuraron el escritor Max Aub (que plasmó su desolador testimonio en Laberinto mágico y Manuscrito cuervo) y el cartelista Luis García Gallo, quien había colaborado en la publicación de Felipe Alaiz Vida y muerte de Ramón Acín y fue, años más tarde, reconocido dibujante de cómics en Francia con el seudónimo de Coq (trabajó con Goscinny en series tan populares como Yvette, La Fée Aveline y Docteur Gaudéamus).

Aun cuando seguía internado, dados su experiencia y sus éxitos anteriores, la dirección de la CNT encargó a Ponzán organizar el paso a Francia de los anarquistas prófugos en España, así como de los huidos de los campos de concentración creados por los vencedores de la Guerra Civil. En busca de nuevos agentes, guías, enlaces, alojamientos y documentación, varios de sus colaboradores escaparon de Vernet d'Ariège, de donde el propio Ponzán pudo salir gracias a un contrato de trabajo, como mecánico, que le ofreció un activista francés de izquierdas, Jean Bénazet, afincado en Varilhes.

Allí se estableció de modo temporal y allí se reencontró con su hermana Pilar, quien llegó acompañada de la viuda y la pequeña hija de Evaristo Viñuales. Éste y Máximo Franco, atrapados en el puerto de Alicante junto a un aluvión de miles de republicanos desahuciados, se habían suicidado, cogidos de la mano, el 1 de abril de 1939 (“el día de la Victoria”) antes de dejarse atrapar por las tropas italianas enviadas por Mussolini, que los tenían cercados.

Pilar, al contrario que muchos compañeros, había logrado esquivar la condena a muerte tras ser sometida a un consejo de guerra y, meses más tarde, formó parte de un canje de prisioneros. En ambas ocasiones, es más que probable que su “buena suerte” estuviese ligada a Carmen, otra de las hermanas Ponzán, casada con un militar que se había sumado a la sublevación del 36.

Cuando Pilar se trasladó a Varilhes, en enero de 1940, la II Guerra Mundial daba sus primeros pasos. El fuego de la sangrienta tragedia que había abrasado España se reavivaba con gran fuerza, ahora por todo el planeta.

En mayo de ese mismo año Paco cruzó furtivamente la frontera para establecer nuevos contactos en el Alto Aragón e intentar liberar a camaradas detenidos. En las cercanías de Boltaña se topó con una patrulla militar y resultó herido. Amigos de la zona lo curaron y escondieron hasta que pudo regresar a Francia. Sólo unos días después, el 14 de junio, los nazis entraban en París y el 22 se firmó el armisticio que dividía Francia en dos zonas, una ocupada por los alemanes y otra bajo el control de un régimen que colaboraba con ellos, dirigido por el mariscal Pétain.

Pétain y Franco se habían conocido en Marruecos, en los años 20, y se profesaban mutua admiración. De hecho, Pétain fue el primer embajador francés ante el Gobierno franquista, antes de que acabara la Guerra Civil. Si la acogida de los franceses a los exiliados españoles había sido, salvo excepciones, desabrida y recelosa, la situación a partir de ese momento se hizo todavía más tensa.

En septiembre de 1940, los Ponzán se trasladaron a Toulouse, una gran ciudad, donde sus actividades en favor de los anarquistas fugitivos podían pasar más inadvertidas. Sin embargo, el Servicio de Inteligencia británico consiguió localizarlos. Desde el inicio de la contienda mundial, numerosos militares del bando aliado que huían de los alemanes buscaban la manera de alcanzar un refugio. En poco tiempo se había logrado trenzar una trama de casas y personas de confianza que facilitaban su viaje hacia el mediodía francés como única escapatoria posible, pues al Oeste se extendía el mar y por el Norte y el Este, el enemigo. Pero ante ellos se alzaban dos obstáculos difíciles de franquear: la frontera española y los Pirineos.

Para poner a salvo a docenas de hombres en peligro embolsados en Marsella y sus alrededores, los impulsores de esa cadena de evasión, el capitán escocés Ian Garrow y el general belga Albert Guérisse, cuyo alias Pat O’Leary daría nombre a la organización, solicitaron la ayuda de Paco y sus montaraces colaboradores. Curtidos luchadores, idealistas e irreductibles, acostumbrados a sortear tanto fusiles enemigos como quebrados riscos, eran los únicos capaces de hacer permeables las montañas y filtrar hasta territorio español a los hostigados por los nazis, e incluso conducirlos a grandes ciudades como Barcelona, desde donde los consulados británico y belga los podían trasladar hasta Gibraltar o Portugal.


Los dirigentes anarquistas en el exilio, el llamado Consejo General del Movimiento Libertario, se opusieron a colaborar con quienes habían abandonado a la República española a su suerte y desautorizaron la operación. Pero Paco, a pesar de los mutuos recelos, desoyó la decisión y aceptó prestar su apoyo. Con amigos entre comunistas, socialistas y liberales, su prioridad era la desaparición de la dictadura franquista y estaba convencido de que la derrota de Hitler precipitaría, a continuación, la caída de sus correligionarios españoles. Además, no era sólo la libertad de Francia o de Gran Bretaña lo que estaba en juego. La negrura del totalitarismo se cernía sobre todo el mundo.

La red dirigida por Ponzán se puso, por tanto, al servicio de los aliados, encargados a partir de ese momento de su armamento y financiación. Un flujo constante de civiles y militares, en especial pilotos derribados, fue guiado a lugares seguros por anarquistas españoles a través de desfiladeros pirenaicos o bien desde playas mediterráneas. Británicos, polacos, holandeses, belgas, checos, griegos, yugoslavos, estadounidenses…

Sólo Ponzán, el organizador, estaba al tanto de todos los detalles. Sus hombres ni sabían ni querían saber más que lo imprescindible para llevar a cabo cada trabajo, con el fin de no tener nada que contar si eran atrapados. Hubo misiones centradas en socorrer a un solo individuo, como un general inglés que fue acompañado hasta la Ciudad Condal. Y también las hubo con grupos numerosos, que precisaban una infraestructura diferente, como la que ayudó a cruzar a España a 62 judíos que, en su mayoría, llegaron con bien a su destino (un anciano murió de agotamiento en la montaña y un joven tropezó y se despeñó).

Antes de partir, se facilitaba a los huidos documentación falsa de impecable factura y, de ser necesario, ropa nueva o réplicas exactas de uniformes. De forma temporal, se alojaban en pisos francos o de personas amigas. Y no fue raro que algunos se cobijaran en la propia residencia de los Ponzán. Allí, cuando era posible, Paco intentaba ahuyentar los mordiscos del miedo con bromas o con conversaciones sobre Literatura, en particular sobre autores renacentistas europeos y del Siglo de Oro español, como evocaría tiempo después uno de sus asistentes más cercanos, Salvador Aguado (tras la guerra se exilió en Hispanoamérica y fue profesor en varias Universidades; publicó un ensayo sobre el Lazarillo que dedicó a Ponzán, en recuerdo de sus charlas).

En junio de 1941 fue detenido Ian Garrow, hecho que no frenó la actividad de Ponzán y sus hombres. Su sangre fría y su pericia les permitían maniobrar con destreza en un entorno cenagoso, habitado por arribistas, confidentes, espías y agentes dobles. Sobornos y traiciones se entremezclaban con la desesperación y las ganas de vivir. La policía de Vichy estaba al acecho y era fácil cometer un error o que alguien aprovechara la desgracia ajena para conseguir dinero, salvar la propia vida o la de algún allegado, a cualquier precio y de cualquier manera.

En octubre de 1942, Paco y Pilar Ponzán, junto a otros activistas españoles, fueron descubiertos y arrestados. Por fortuna, pese al minucioso registro de su domicilio, no fueron halladas ni las armas que guardaban ni los útiles para falsificar documentos.

Los hombres fueron enclaustrados de nuevo en el campo de Vernet d'Ariège, reconvertido por los alemanes en centro de reagrupación para familias judías “en tránsito”. Sin embargo, sólo estuvieron en él unas semanas. Agentes de los servicios secretos franceses, que jugaban con dos barajas al ver que la guerra no tenía vencedor claro, se presentaron con falsas órdenes de traslado y lograron liberarlos.

Tras su salida, Ponzán retomó su arriscada lucha en favor de los perseguidos por los nazis, aunque ésta se volvió todavía más complicada. En noviembre de 1942 la seguridad interna, las fronteras y la policía de toda Francia quedaron bajo mando de la Gestapo y las SS, secundadas por milicias locales ultraderechistas. Todo el mundo se convirtió en sospechoso; todo el mundo tenía pánico de que alguien llamara a golpes a la puerta de su casa o de que un coche se parara de pronto en la calle, a su lado. Significaba el fin.

Un antiguo legionario francés a sueldo de los alemanes logró infiltrarse en la organización y delató a gran parte de sus componentes. Unas cien personas acabaron encarceladas. La mayoría fueron torturadas y ejecutadas. Otras, conducidas a campos de exterminio alemanes, un infierno en el que muy pocos sobrevivirían. Albert Guérisse fue apresado en marzo de 1943 (cautivo en Dachau y Mauthausen, lograría salvar la vida) y Ponzán pasó a ser el hombre más buscado de Toulouse. Convenció a sus más cercanos compañeros para que escaparan, pero él permaneció en la ciudad. Además de su tarea clandestina, le preocupaba su hermana Pilar, que seguía recluida.

Se cambió el peinado, las gafas y se dejó bigote para pasar inadvertido. Aun así, el 28 de abril de 1943 un policía lo paró por la calle porque le sonaba su cara. Aunque no lo reconoció, al ir indocumentado, lo detuvo. Estuvo varios meses encarcelado, como un preso anónimo, a la espera de juicio. Pero en aquel tiempo la muerte hablaba alemán y estaba siempre al acecho. Alguien lo identificó, la Gestapo lo reclamó y el intendente general de la policía, Pierre Marty, quien sería fusilado al acabar la guerra, se lo entregó.

En cuanto se enteró de su detención, Palmira Pla abandonó Chartres, donde se había afincado y trabajaba como costurera, para instalarse en Toulouse. Sin camaradas que pudiesen auxiliarlo, ella era su único y efímero consuelo. Lo pudo ver a lo lejos durante su juicio y, cada cierto tiempo, le llevaba comida y ropa limpia a la cárcel.

En el verano de 1944 Pilar se unió a Palmira, tras aprovechar un motín generalizado para escapar del campo de Gurs junto a otras españolas. Por desgracia, la primera visita de la pareja al penal fue baldía. Paco ya no estaba allí.


El 17 de agosto de 1944, dos días antes de que los alemanes abandonaran Toulouse en retirada y cuando ya se combatía en sus calles, seleccionaron a una cincuentena de presos a los que no querían dejar atrás y los montaron en camiones. Al llegar al bosque de Buzet-sur-Tarn, a unos 30 km de la ciudad, el convoy paró y los hicieron bajar. Nadie sabe bien qué sucedió allí. En casas cercanas se oyeron ráfagas de ametralladora y, poco después, los vecinos vieron alzarse tres enormes columnas de humo, antes de que los vehículos regresaran en dirección a Toulouse.

Parece ser que, tras ametrallarlos, habían hecho tres pilas con los cuerpos de muertos y moribundos, las habían rociado de gasolina y les habían prendido fuego. Entre los vestigios carbonizados, hermanados ya para siempre, se encontraban los de Paco Ponzán. No pudo cumplirse, por tanto, una de sus últimas voluntades, reflejadas en el testamento autógrafo que dejó en prisión: Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales.

Tras la liberación de Francia, se sucedieron los homenajes y los reconocimientos póstumos. Se calcula que Ponzán y sus hombres, muchos aragoneses, sacrificaron sus vidas para salvar la de alrededor de 3000 personas de forma directa (más o menos, el triple que las salvadas por el mundialmente conocido Oskar Schindler) y muchísimas más de forma indirecta, pues actuaron incontables veces como correo de informaciones clave para el desarrollo de la guerra.

Sin embargo, quienes celebraron su coraje y sus obras le negaron su máxima ambición, acabar con la dictadura de Franco, que se prolongaría durante décadas.

Para saber más:
-BROME, Vincent: L'histoire de Pat O'Leary, París, Amiot-Dumont, 1957 (versión inglesa: The Way Back. The Story of Lieut-Commander Pat O'Leary, Londres, The Companion Book Club, 1958).
-CLAVET, Josep: Las montañas de la libertad, Madrid, Alianza, 2010.
-JUAN, Víctor: Por escribir sus nombres (novela), Zaragoza, Prames, 2007.
-MONTSENY, Federica: Pasión y muerte de los españoles en Francia, Toulouse, Espoir, 1969.
-PONS PRADES, Eduardo: Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.
-PONZÁN, Pilar: Lucha y muerte por la Libertad, 1936-1945, Barcelona, Tot Editorial, 1996.
-SÁNCHEZ AGUSTÍ, Ferrán: Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos, Lérida, Milenio, 2003.
-TÉLLEZ, Antonio: La Red de Evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Barcelona, Virus, 1996.
-VV.AA.: La España exiliada de 1939, Zaragoza, IFC, 2001.
-Francisco Ponzán, el resistente olvidado (vídeo documental): https://www.youtube.com/watch?v=H11q0ow7pTg



martes, 30 de junio de 2015

Juan José Laborde, un jacetano en la Corte del rey de Francia

Algunas veces el curso de la historia se acelera de manera brusca. Durante un limitado espacio de tiempo altera su habitual fluir y sobreviene un sensible salto cualitativo. En el mundo occidental, una de esas excepcionales ocasiones se vivió a finales del siglo XVIII, cuando la afilada hoja de la guillotina descabezó un Antiguo Régimen en descomposición.

En las décadas anteriores, los filósofos de la Ilustración habían aupado la Razón a un pedestal del que ya no ha bajado, los artistas volvieron sus miradas hacia la Antigüedad clásica, hubo guerras que convulsionaron continentes y nació un nuevo país, los Estados Unidos de América, que no tardaría en convertirse en señera potencia mundial. En todos y cada uno de esos trascendentes pasos previos al arrebato final tuvo un protagonismo incuestionable, si bien en la sombra, un jacetano llamado Juan José Laborde. En Europa le dedican tesis, estudios y publicaciones. Por el contrario, en su Aragón natal muy pocos han oído hablar de él.

A pesar de sus majestuosas moles pétreas, sus ásperos acantilados cortados a pico y sus tortuosas hoces, los Pirineos nunca han constituido un muro infranqueable. Desde la llegada del hombre al lugar, el tránsito de personas, mercancías e ideas entre sus dos porosas vertientes, la norte y la sur, ha sido incesante.

Los pueblos prerromanos que habitaron la Cordillera compartieron formas de vida y costumbres. Las calzadas romanas facilitaron, más tarde, el trasiego. Por ellas circularon carros, caballerías e infinidad de gentes a lomos de sandalias, abarcas o alpargatas. Los visigodos reinaron a ambos lados del macizo montañoso y, en la Edad Media, colonos llegados de lo que hoy es la Francia meridional abundaron en la repoblación del territorio arrebatado por los cristianos a los musulmanes.

Entre los extranjeros instalados en tierra aragonesa en tiempos más recientes, la francesa siempre ha sido, por vecindad, la comunidad más numerosa. Sobre todo en la capital, donde lograron enraizarse y medrar familias por todos conocidas (Bruil, Lac, Averly, Carde, Mercier…), así como en poblaciones próximas a la frontera. En una de ellas, en Jaca, primera villa del Reino, se afincaron a comienzos del siglo XVIII el joven Jean Pierre Laborde y su esposa, Marguerite Aleman de Sainte-Croix.

Jean Pierre era natural de Bielle, una pequeña localidad del Bearne emplazada en el valle de Ossau, comunicado con el oscense valle de Tena a través del paso de El Portalet. Allí su familia regentaba un hostal. Él, sin embargo, se estableció como tratante de ganado, aunque parece ser que también ejerció de ocasional banquero y no fue ajeno al velado contrabando de diferentes productos entre ambos países, práctica inmemorial en la zona desde la aparición de las invisibles barreras políticas.

El apellido Laborde, con sus variantes locales (Laborda, Labuerda), muy extendido en suelo oscense, incrementó todavía más su presencia tras el nacimiento de los cuatro hijos de la pareja. Juan José, llegado al mundo en enero de 1724, fue el menor y el único varón. En las calles de Jaca, al amparo de su centenaria catedral, al igual que en los cercanos parajes pirenaicos que luego añoraría, transcurrió su tranquila infancia. Pero al no ver claro su futuro en el Alto Aragón, cuando cumplió los 10 años su progenitor lo envió a casa de unos familiares en Bayona.

En aquel tiempo, la ciudad francesa despuntaba como uno de los puertos más prósperos del país vecino. Un primo suyo dirigía una compañía marítima de importación y exportación, y en ella entró de aprendiz. Trabajó duro y se mantuvo siempre atento a todo. Así, cuando en 1748 se produjo el fallecimiento de su primo, le sustituyó al frente del negocio con tan solo 24 años.

Con las riendas en su mano, la empresa prosperó de forma exponencial. Sus contactos en Madrid, pero también su condición de español y su dominio del idioma, le permitieron acaparar las importaciones francesas de plata procedente de las colonias hispanoamericanas. Desde la llegada de los Borbones al trono de España, los principales focos financieros de la Corte y de la Administración se encontraban en manos de banqueros originarios del suroeste de Francia, en dura pugna con inversores vascos y navarros. Y el panorama no varió tras la creación, en 1748, del llamado Real Giro, institución estatal que buscó monopolizar el lucrativo flujo de plata amonedada hacia Europa.

La moneda de plata española (el real de a ocho o piastra) era la más demandada y la única aceptada en todos los rincones del planeta, incluido el Extremo Oriente, por su acreditada calidad. Resellada por otros Estados o no, se convirtió en la primera divisa internacional (y también la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos, donde circuló hasta 1857).

Para gestionar el negocio, Laborde se asoció a François Nogué, marido de su hermana mayor, Orosia (nombre que subrayaba los vínculos de la familia con Jaca, cuya patrona es Santa Orosia). En 1752 fundaron Laborde & Nogué, que representó en Bayona a la Compañía Francesa de las Indias Orientales, necesitada de las monedas españolas para, entre otras transacciones, la compra de algodón hindú. A su vez, canalizó diversas operaciones económicas entre las monarquías española y francesa. En pago, obtuvo favores políticos y beneficios económicos de ambas.

Parte de los cuantiosos dividendos obtenidos con la plata fueron reinvertidos por Laborde en diferentes proyectos. Se hizo dueño de una flota de barcos de pesca que incluía varios balleneros, participó en el comercio transatlántico de materias primas, especias y frutas tropicales, adquirió una gran hacienda en Haití con el fin de cultivar caña de azúcar y hasta se involucró en la trata de esclavos, para dotar sus plantaciones de vigorosos braceros.

En el otoño de 1756 dio comienzo una encarnizada “guerra mundial”. La conocida como Guerra de los Siete Años (1756-1763) enfrentó en distintos campos de batalla a dos poderosas coaliciones. Por un lado, la formada como potencias principales por Francia, Austria, Rusia y Suecia. Por otro, la que integraron Gran Bretaña y Prusia, junto con varios aliados menores. Con el paso del tiempo, España también sería arrastrada a la contienda, de lado de los primeros, mientras que Portugal lo haría en apoyo de los segundos.

La penuria de fondos del Estado francés para abastecer y sostener a sus ejércitos le llevó a solicitar préstamos a Laborde. Éste adelantó el dinero preciso de su ya insondable bolsa o bien suministró equipos y víveres. Además, consiguió mediante un crédito personal, que le concedió de forma reservada el rey de España, 12 millones de libras en oro.


Gracias a ello, sólo unas semanas después del inicio del conflicto armado, el jacetano ya ejercía como consejero de la cancillería de Luis XV. Su influencia en palacio se abría paso a grandes zancadas. Y con poco más de treinta años, hacía gala de escudo de armas (que luego heredaría la localidad de Méréville, en la que Laborde residió en sus últimos años) y acuñó una divisa Ex parvo, multum (De poco, mucho), declaración explícita, sin pudor alguno, tanto de sus humildes orígenes como de sus formidables conquistas económicas y sociales. La joven aristocracia del dinero ya no se amilanaba acomplejada ante la rancia aristocracia de sangre.

En septiembre de 1758, presionado por los principales dirigentes políticos franceses, Laborde abandonó Bayona y, reacio a hacerlo en Versalles, como le habían sugerido, se instaló en París. Y al poco tiempo, sustituyó en el empleo de banquero de la Corte a Jean de Pâris de Montmartel, padrino de madame de Pompadour y titular del cargo durante lustros. Sin embargo, ahí no culminó su andadura.

Varios reveses diplomáticos y bélicos precipitaron el relevo del hasta entonces principal responsable de la política exterior de Francia, el cardenal Bernis. Su sucesor, el duque de Choiseul, encontró en Laborde uno de los pilares básicos de su labor. La sintonía entre ambos, que desembocó en una estrecha amistad, facilitó el ingreso del jacetano en el círculo íntimo de Luis XV y su elección como recaudador general de impuestos (fermier général).

El 9 de septiembre de 1760, se desposó en Bruselas con Rosalie Claire de Nettine, trece años menor. El padre de la novia, Mathias de Nettine, había sido el banquero más relevante de los Países Bajos austriacos; esto es, de gran parte de la actual Bélgica, que tras varios siglos bajo la tutela del rey de España había pasado a depender de las autoridades de Viena en 1714, al concluir la Guerra de Sucesión Española. Cuando Mathias de Nettine falleció en 1749, el negocio familiar pasó a ser regido, con mano de hierro, por su esposa, Barbe Stoupy. Con ese matrimonio se unían dos de las mayores fortunas de Europa y, como pretendía Choiseul, más que probable Celestina, se apuntalaba la alianza entre Francia y Austria.

Pero la estrecha relación entre ambos países no florecería en los campos de batalla. Pese al sostén económico de Laborde, la pericia como estratega del monarca prusiano Federico II el Grande tenía en continuo jaque a las tropas francesas y austriacas. Centroeuropa se vio arrasada (como revela Barry Lyndon, la película filmada por Kubrick). Y otro tanto sucedió en lejanos escenarios, como la India o Filipinas, donde se combatía con saña y los ingleses solían salir victoriosos.

Mientras, el Norte de América era sacudido por matanzas no menos pavorosas que las que asolaban el Viejo Continente. Aun cuando las tribus indígenas, salvo las de lengua iroquesa, se aliaron con los colonos y expedicionarios franceses, los británicos acabaron por imponer su ley (también hay películas sobre el tema, en particular las que recrean el final del último de los mohicanos, según la novela de James F. Cooper). Todo ello obligó a una Francia exhausta a buscar la paz en condiciones muy desfavorables. Y con la firma del Tratado de París perdió muchas de sus posesiones en América y Asia.

El descalabro no minó en exceso la posición privilegiada de Laborde. En 1764, sólo un año después del fin de las hostilidades, adquirió a poco más de 100 km de París el castillo de La Ferté-Vidame, hogar hasta su fallecimiento del duque de Saint-Simon, célebre por sus Memorias y por su amistad con Montesquieu, a quien acostumbraba a alojar en su mansión.

Decidido a hacer del lugar una morada regia, demolió la vetusta fortaleza medieval y encargó la construcción de un nuevo palacio a uno de los arquitectos de moda en Francia, Antoine Mathieu Le Carpentier. Al darse por concluidas las obras, en 1771, en el centro de la finca, cuya extensión se multiplicó con la compra de señoríos vecinos, se levantaba una majestuosa construcción de aire clásico, repartida en varios cuerpos escalonados y rodeada de versallescos jardines, estanques, pabellones, establos, granjas… La inversión ascendió a la colosal cifra de 14 millones de libras.

Ni la caída en desgracia de Choiseul ni el fallecimiento de Luis XV, en 1774, alejaron a Laborde de la gloria social. En su suntuosa residencia de La Ferté-Vidame recibió con asiduidad a ilustres visitantes. Por ella pasó, por ejemplo, el hermano de la reina María Antonieta, el futuro José II de Austria, el gran reformador y modernizador del Sacro Imperio Germánico, enfrentado a la Iglesia y a la nobleza.

Su fortuna se incrementó con la compraventa de terrenos e inmuebles, sobre todo en París, y con la especulación financiera. Aconsejó en sus inversiones a una heterogénea clientela compuesta por reyes, nobles y burgueses adinerados, en la que no faltaron destacados integrantes de la Ilustración. Ente estos últimos figuró Voltaire (moriría inmensamente rico), con quien llegó a tener bastante complicidad, hasta el punto de intercambiar cartas en las que el jacetano desvelaba confidencias referidas a su matrimonio (dichoso, parece ser, pues calificaba a su esposa de “templo de la virtud” y “su mejor amigo”).

En 1780, Laborde costeó la campaña militar de Jean-Baptiste-Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau, a la que se incorporaron los voluntarios del marqués de La Fayette en apoyo de la insurrección de las colonias británicas en el Norte de América. Los combatientes franceses, cuyo número triplicó al de los locales, se unieron al ejército de George Washington (equipado y avituallado por el diplomático español Francisco de Saavedra) y juntos batieron a los ingleses en Yorktown, un encuentro calificado por algunos historiadores como “la batalla que cambió el curso de la historia”. Tras la derrota, sumada a la que unos meses antes habían sufrido en Pensacola a manos del gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez (cuyo retrato, en homenaje, cuelga de las paredes del Capitolio), los vencidos se vieron obligados a iniciar unas conversaciones de paz que culminarían con el reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos de América, en 1783.


Ese mismo año, seducido por los vastos bosques que rodeaban la edificación principal, magníficos para la caza, el rey Luis XVI se encaprichó del castillo de Rambouillet, propiedad de su primo, Luis Juan María de Borbón, duque de Penthièvre. A cambio de su cesión, éste solicitó La Ferté-Vidame para su familia. No pudiendo negar nada al monarca, Laborde se vio obligado a vender su residencia por una simbólica cantidad. Sólo pudo retener para sí los muebles y objetos de arte que el duque de Penthièvre desdeñó (todo el lugar sería devastado unos años después, durante la Revolución Francesa, y todavía hoy continúa en ruinas).

No era prudente enemistarse con tan egregios personajes y, además, como todo el mundo en Francia, conocía la historia de Nicolas Fouquet, el otrora todopoderoso intendente de finanzas de Luis XIV. Su palacio de Vaux-le-Vicomte alcanzó tal majestuosidad que desató los celos del soberano, quien sospechó que tanto fasto podía tener su germen en la apropiación de fondos públicos. Fouquet fue arrestado por el capitán de la guardia real (llamado, por cierto, d’Artagnan) y, tras un tormentoso proceso judicial, “desapareció para siempre”, sin dejar huella, en las cárceles reales.

Laborde encajó el revés con entereza. Y unos meses después de ser privado de tan preciada posesión, se trasladó a Méréville. Aunque ya había cumplido los sesenta años, no se desalentó y decidió levantar otra morada elísea. Para ello, contrató a François-Joseph Bélanger, arquitecto de la Corte con marcado apego por la Antigüedad, así como a escultores, ebanistas y dos renombrados pintores, Claude-Joseph Vernet y Hubert Robert, paisajistas formados en Italia, consagrados por sus cuadros de ruinas romanas.

Junto a ellos, un ejército de 700 obreros especializados trabajaría durante diez años para dar vida a un extraordinario “jardín inglés”, trufado de idílicos elementos propios de la naturaleza salvaje (pequeñas cascadas, grutas, roquedales, riachuelos, serpenteantes caminos,…), que evocaban en Laborde el Pirineo de su infancia. Un oasis, según el escritor romántico François-René de Chateaubriand, que lo recorrió maravillado. El jardín reunió numerosas especies vegetales importadas y aclimatadas al lugar (sirvió de vivero a muchos otros jardines de Francia), pues Laborde, hombre del Siglo de las Luces, estaba interesado por la botánica, el progreso científico y los descubrimientos.

Ese interés por el conocimiento fue la base en la educación de sus hijos, dos de los cuales, Édouard y Ange Auguste, se embarcaron en la expedición dirigida por el conde de La Pérouse al océano Pacífico. Los navíos que la componían levaron anclas en agosto de 1785 con objetivos científicos, económicos y políticos. Exploraron las costas de América y Asia, Australia y varios archipiélagos de Oceanía. A su paso por Alaska, en la bahía de Lituya, Édouard y Ange Auguste murieron de forma heroica al tratar de salvar a unos compañeros arrastrados por la corriente (la expedición al completo desaparecería en el mar meses más tarde; hasta 2005 no se identificaron sus restos, hallados en las islas Salomón).

En su honor, en una pequeña isla en el corazón de un lago de los jardines de Méréville, fue erigida una gran columna rostral, un monumento conmemorativo propio de Grecia y Roma. Y en sus cercanías y de acuerdo, asimismo, a patrones del arte de la Antigüedad, fueron edificados un cenotafio (tumba vacía) para preservar la memoria del navegante inglés James Cook, uno de los primeros europeos en aventurarse por las aguas del Pacífico, y el Templo de la Piedad Filial, presidido por un busto de su hija menor, Nathalie, tallado por Augustin Pajou (en los últimos años del siglo XIX, todas esas construcciones fueron trasladadas al Parc de Jeurre, en el municipio de Morigny-Champigny, próximo a París; mientras el busto de Nathalie fue a parar al Louvre).


Alejado ya del ojo del huracán, Méréville se convirtió en refugio ideal para el sereno atardecer de Juan José Laborde. Luis XVI le concedió el título de marqués de Méréville, que desestimó utilizar de forma oficial y que se sumó al que Luis XV le había otorgado de marqués de Laborde. Su vida giró alrededor de sus jardines, el apoyo a sus hijos y sus dádivas. Todos los años donaba 24.000 libras para los pobres y en 1788 sufragó la construcción de cuatro grandes hospitales en París.

Su voluntario retiro propició que durante las primeras sacudidas de la Revolución Francesa los insurrectos no le prestaran atención. Pero el 7 de noviembre de 1793 fue arrestado y recluido en el parisiense palacio de Luxemburgo, acusado de haber ayudado al duque de Orleáns a trasladar su colección de arte a Inglaterra, es decir, a evadir capitales al extranjero. Un tribunal revolucionario presidido por Louis Antoine Léon de Saint-Just, apodado el “arcángel del terror”, lo condenó a muerte el 18 de abril de 1794 (el 29 germinal del año II) y ese mismo día, en la plaza de la Concordia, la cabeza del jacetano, separada de su cuerpo por la inclemente guillotina, acabó en un cesto. Tenía setenta años.

Sobrevivieron a su padre tres hijos, ya que, además, de los ahogados en Alaska, en 1792 había fallecido Pauline, casada con Jean-François de Pérusse, primer duque d'Escars o des Cars.

El primogénito, François, heredó sus títulos y su afición por las finanzas. Ingresó en la Marina y combatió en la Guerra de Independencia Americana. Miembro de los Estados Generales, participó en el famoso Juramento del Juego de Pelota, génesis de la primera Constitución de la República Francesa. Más tarde, se exilió en Londres (en realidad, había sido él quien orquestó el traslado de capitales y obras de arte del duque de Orleáns a Inglaterra), donde falleció soltero en 1802. La benjamina, Nathalie, estuvo casada con Charles de Noailles, duque de Mouchy, y fue una de las numerosas amantes de Chateaubriand.

El más ilustre y longevo de sus hijos fue Alexandre de Laborde, viajero, escritor, historiador y político. De joven tuvo relaciones amorosas con un personaje clave en la Revolución Francesa, Teresa Cabarrús (precipitó la caída de Robespierre y fue amiga inseparable de Josefina Beauharnais, la esposa de Napoleón), hija también de una franco-aragonesa y de Francisco Cabarrús, ministro de finanzas de Carlos III y creador del Banco de España. Pero la relación no llegó a buen puerto por la oposición de sus respectivos progenitores.

Alexandre de Laborde visitó con mucha asiduidad España, el país de procedencia de su padre, en misiones diplomáticas o a la cabeza de un equipo de artistas y eruditos que plasmó sus impresiones en varios libros, muy cotizados (si bien hay quien opina que, en realidad, su objetivo era el del espionaje, para preparar la inminente invasión de las tropas napoleónicas). De su paso por Aragón, dejó constancia en varios grabados. Los dedicados a Zaragoza tienen un valor especial, pues aportan detalles sobre algunas construcciones, como el monasterio de Santa Engracia, que poco después de ser llevadas al papel fueron arruinadas durante los Sitios.


Para saber más:
- DURAND, Yves: "Mémoires de Jean-Joseph de Laborde, banquier de la cour et fermier général", en Bulletin de la Société d'Histoire de France, 1968-69.
- ORMESSON, François d' y THOMAS, Jean-Pierre: Jean-Joseph de Laborde: banquier de Louis XV, mécène des Lumières, París, Perrin, 2002.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Maximino Cano Gascón, un maestro de la República en Las Hurdes

El 14 de abril de 1931 se proclamó la II República en España en medio de una esperanzada alegría general. Entre sus máximas prioridades figuró la de sacudir con fuerza el carcomido sistema educativo vigente y proporcionar al país una escuela obligatoria, pública, laica, mixta y moderna que le permitiera alcanzar el progreso económico, social y cultural que disfrutaban otras naciones europeas.

En España, hasta entonces, enseñar era penar. Quien lea las memorias del maestro oscense Valero Almudévar, activo en la segunda mitad del siglo XIX, podrá advertir cuán ardua era la tarea en el mundo rural. Funcionarios municipales recaudaban su escuálido salario entre los padres de los alumnos, en su mayoría sumidos en la indigencia. Muchos no podían satisfacer las demandas económicas por exiguas que fuesen y, a su vez, no entendían para qué debían aprender a leer o escribir sus hijos, pues para empuñar la hoz o apacentar ovejas no era necesario, incluso estorbaba. Así, había meses en que no se conseguía reunir la paga o se vivían auténticos motines populares.

Toda actividad docente se encontraba, además, tutelada por los caciques locales y por la Iglesia. Sin su visto bueno resultaba imposible emprender tarea alguna. No hay que olvidar que el último ejecutado por una Junta de Fe, hijas postreras de la Inquisición, había sido un maestro de primeras letras. Cayetano Ripoll no comulgaba con algunos dogmas católicos, se resistía a salir de su casa para presentar sus respetos al paso de la procesión y se le vio comer carne un Viernes Santo. No contento con eso, llevó a sus alumnos algún domingo al campo para observar la naturaleza sin que hubieran oído misa. Tal comportamiento, intolerable según el arzobispo de Valencia, merecía un castigo ejemplar. Y tras dos años encerrado en una mazmorra, fue ahorcado con asistencia de numeroso público en julio de 1826. Su cadáver fue metido en un barril pintado con llamas infernales y enterrado en un paraje apartado. Y de eso no hacía tanto tiempo.

Urgía, pues, impulsar un giro copernicano a la situación y los primeros Gobiernos de la República se pusieron manos a la obra sin pérdida de tiempo. Se proyectó la creación de nada menos que 27.000 escuelas de primaria (se calcula que más de un millón de niños estaban sin escolarizar y que el porcentaje de analfabetos superaba el 50% de la población) y se declaró no obligatoria la instrucción religiosa. Al mismo tiempo, con el sello de la Institución Libre de Enseñanza, se potenciaron las colonias escolares de vacaciones y se pusieron en marcha las Misiones Pedagógicas, alimentadas por voluntarios, que llevaron a recónditas poblaciones lectura, música, teatro, cine y arte.

Uno de los cambios más radicales consistió en dignificar la figura del maestro, cuya formación solía ser casi tan parca como magro su sueldo. A los aspirantes a ejercer el Magisterio se les exigió tener completo el bachiller antes de matricularse en las Escuelas Normales, en las que se instruían y donde comenzaron a disfrutar de un último curso con prácticas remuneradas. Se garantizó e incrementó su retribución, y se multiplicaron los cursos de reciclaje, en los que podían conocer de primera mano novedades didácticas.

Maximino Cano Gascón llevaba ya muchos años en la docencia cuando todas esas innovaciones pusieron del revés la escuela tradicional. Pero, como se verá, formó parte de las hornadas de vocacionales veteranos que renunciaron a la comodidad de la costumbre y abrazaron, plenos de optimismo y entusiasmo, el embate renovador. Había nacido en 1892 en Huesca, como hijo natural de un viudo pudiente. En 1910 obtuvo el título de maestro y enseguida comenzó a ejercer en pequeñas localidades aragonesas. Primero en Maleján, a los pies del Moncayo, y, más tarde, en distintos enclaves oscenses.

Durante sus primeros años de profesión combinó su quehacer cotidiano con su apego por la literatura. Se enfrascó en la redacción de una novela, que nunca terminaría, y en 1920 editó un librito de poemas y narraciones breves de resonancias modernistas, El primer amor. Lo más valioso de la publicación hay que buscarlo en su portada, pues revela su relación con el ilustrador, Ramón Acín, un artista, escritor, pedagogo y político cuyo generoso influjo marcaría de forma imborrable a varias generaciones de oscenses. No se conocen los vínculos que ligaban a Cano con un Acín sólo cuatro años mayor, aunque ya profesor en la Escuela Normal de Maestros de Huesca. Sin embargo, haberlos los hubo y tal vez se hallen en la base de episodios ocurridos años más tarde.



Tras unos apacibles cursos, desavenencias familiares, en concreto disputas por la herencia tras la muerte de su padre, movieron a Maximino a soltar amarras y solicitar empleos en poblaciones alejadas de su ciudad natal, en la que no volvió a residir. Y, de este modo, inició un rodar que le llevó a impartir docencia en Campillos (Málaga), Sanlúcar la Mayor (Sevilla), Caravaca de la Cruz (Murcia) y el pueblo turolense de Lechago. En los primeros meses de 1930 su peregrinar hizo escala en un destino que le marcaría de por vida. Pasó a dirigir la escuela de una alquería perdida, llamada La Huerta y enclavada en una de las más aisladas y paupérrimas comarcas del país, Las Hurdes.

Las Hurdes había saltado a las páginas de los periódicos unos años antes de la mano de Maurice Legendre, director de la Casa de Velázquez, un centro cultural francés abierto en Madrid. Este hispanista, intrigado por la existencia de una Peña de Francia en el interior peninsular, en tierras salmantinas, con un santuario donde se veneraba una Virgen hallada por un devoto francés en la Edad Media, se animó a conocerla en el verano de 1909. Ferviente católico, tanto el paisaje como el oratorio le cautivaron y desde entonces visitó el lugar con asiduidad.

En 1912, acompañado por un guía local, descendió algo más de lo habitual por las estribaciones meridionales de la Peña, hasta adentrarse unos kilómetros en el extremo norte de la provincia de Cáceres, en Las Hurdes. Y allí descubrió algo que lo sobrecogió. Una serie de pequeñas aldeas tachonaban un agreste rincón. Sus pobladores sobrevivían a duras penas, abandonados a su suerte. Nunca había visto nada igual. Atroz miseria en toda su desnudez. Le pareció haber dado un salto en el tiempo hasta un pasado remoto, excluido por completo de cualquier rasgo de civilización.

A su regreso a Madrid, profundamente turbado, inició una campaña para llamar la atención de la opinión pública sobre esas gentes y las deplorables circunstancias en que discurría su vida, castigada por el hambre, el paludismo y el bocio, males endémicos. En 1914 recorrió la zona en compañía de Miguel de Unamuno y en 1922 hizo lo propio con otro de sus amigos, Gregorio Marañón, quien encabezó una comisión sanitaria. Tanto ruido armó que, en junio de ese último año, hasta el mismo rey, Alfonso XIII, viajó hasta allí, en una excursión más propagandística que otra cosa. Cuando el séquito, las comitivas y los periodistas desaparecieron, todo continuó igual, inmutable.

No en vano, con Maximino Cano ya instalado allí, la comarca fue elegida como sede de terrible destierro por las autoridades republicanas. A ella fue a parar durante diez meses, entre mayo de 1932 y marzo de 1933, José María Albiñana, el creador del Partido Nacionalista Español, de corte fascista, incansable instigador de algaradas e insurrecciones (y en 1967, en tiempos de Franco, acogería al secretario general de la UGT, Nicolás Redondo). Tras su estancia, escribió un libro, Confinado en Las Hurdes, donde describía el lugar como “un puñado de chozas miserables, levantadas sobre estiércol secular, una breve humanidad enferma y harapienta, una promiscuidad repugnante de sexos y especies animales”.

En esas mismas fechas, en abril y mayo de 1932, Luis Buñuel rodaba, en compañía, entre otros, de Ramón Acín y Rafael Sánchez Ventura, su célebre documental Las Hurdes. Tierra sin pan. Con una estudiada puesta en escena, denunciaba su atraso, su centenario desamparo y la dejadez institucional. El crudo testimonio social del cineasta aragonés escandalizó a espectadores y atizó conciencias en varios continentes.

Pues bien, en ese entorno extremo, en "el fin del mundo", Maximino Cano inició una aventura educativa que sólo se puede calificar de asombrosa en compañía de José Vargas Gómez, originario del pueblo murciano de Abarán, responsable de la cercana escuela de Caminomorisco. Con el fin de dotar de humanidad y dar una oportunidad y un porvenir a unos niños condenados de antemano por todo y por todos, ambos maestros decidieron poner en práctica un sistema de enseñanza pionero en Europa.

Y, sin dejarse intimidar por las penosas condiciones en las que se desenvolvían sus alumnos, sucios, descalzos, mal vestidos y peor alimentados (la anemia y la tuberculosis eran habituales entre ellos), aplicaron en sus colegios las innovadoras teorías del pedagogo francés Célestin Freinet, basadas en la experimentación, el contacto con la realidad circundante y el trabajo en equipo como instrumentos básicos de educación.


Tras intentar paliar, en la medida de lo posible, las carencias materiales más acuciantes (se crearon un comedor escolar, aseos y un ropero, y las Misiones Pedagógicas llevaron libros), ambos maestros abandonaron el recitado de lecciones en voz alta, de memoria, por parte de monótonos coros infantiles en favor de actividades más ilustrativas y participativas. Cuando no se daban largos paseos por el campo para estudiar el medio natural, las plantas y los animales, se observaban con atención las labores de los adultos, se organizaban talleres de manualidades, se aplicaba el cálculo a problemas cotidianos o se redactaban textos de tema libre para exponer y debatir en clase. Un objetivo siempre presente fue el de armonizar el cuidado de los materiales, el respeto por los otros y la responsabilidad con una formación lúdica y amena, para engañar lágrimas y lástimas. La educación sin alegría es una educación a medias.

Con dinero de sus débiles bolsillos, los docentes compraron pequeñas imprentas con el fin de que los chavales las manejaran y publicaran sus propios trabajos en periódicos escolares. En abril de 1933 aparecía el primer número de Ideas y Hechos, en Caminomorisco, y sólo unos días después lo hacía el ejemplar inicial de Niños, Pájaros y Flores, en La Huerta (este último adornado con pajaritas, ¿un guiño a Ramón Acín y Huesca?). Los logros y experiencias se pusieron en común con otros colegios, hasta del extranjero. Se mandaron a centros mexicanos, uruguayos, franceses y belgas plantas disecadas, dibujos, cuentos oídos o inventados, sellos, etc. Cuando era necesario, los niños escribían en castellano pero dejaban espacios en blanco donde el maestro traducía el texto al francés. Y el mismo sistema empleaban los franceses y belgas en sus respuestas.

¡¡¡Y todo eso se hacía desde uno de los lugares más desventurados y míseros del país, Las Hurdes, a comienzos de los años 30!!! Una comarca de la que Marañón había llegado a decir: “contemplando aquellas viviendas y aquella pobreza inconcebible, se comprende que ciertas normas éticas que parecen fundamentales en la vida espiritual de los pueblos han de ser allí lujos exquisitos que no hay derecho alguno de exigir”.

No se sabe con certeza a cuál de los dos maestros correspondió la iniciativa de introducir los métodos freinetianos, pero su trabajo fue de los más tempranos en España. Entre los primeros promotores de Freinet en territorio patrio figura Jesús Sanz Poch. Becado en el Instituto Rousseau de Ginebra, supo de sus teorías de primera mano y las dio a conocer en la Escuela Normal de Lérida. Allí coincidió con un inspector de enseñanza primaria, Herminio Almendros (padre del prestigioso director de fotografía Néstor Almendros, exiliado y ganador de un Óscar), quien las divulgó por los pueblos a su cargo y, desde el curso 1931-1932, también por los de la provincia de Huesca, a la que fue trasladado. En la capital oscense, Almendros intimó con Ramón Acín, cuyas hijas, Katia y Sol, abandonaron la escuela oficial para recibir clases particulares de la esposa del primero, María Cuyás, de acuerdo a los postulados freinetianos.

Quizá Cano y Acín mantuvieran la relación y se intercambiaran información. O tal vez el freinetismo llegó a Las Hurdes por otras vías, gracias a contactos y experiencias previas de José Vargas o a través de libros y revistas especializadas. El caso es que desde Las Hurdes se extendió a otras zonas de Extremadura, pues Maximino Cano fue trasladado en septiembre de 1933 a Montijo, una población mayor, en la provincia de Badajoz. En Montijo aparecieron dos periódicos escolares, Floreal (de igual título que una revista editada por Acín) y Alborada, y sus centros educativos se convirtieron en referente para muchos otros. En poco tiempo, casi una treintena de maestros bebieron de ese manantial, cada vez más fecundo.

Pero en el verano de 1936 las fauces del infierno se abrieron en España y todo lo engulleron. En agosto, los militares alzados ocuparon la región y pisotearon cualquier atisbo de pedagogía moderna. El apocalipsis se llevó por delante, de golpe, lo hecho hasta entonces. La represión fue brutal. Aunque la gran mayoría nunca había alzado un arma ni hecho mal a nadie, los maestros fueron considerados peligrosos. Quien controla la educación, controla el futuro. Muchos, entre ellos varios freinetianos, fueron detenidos y ejecutados en los primeros días de la contienda, sin esperar a ningún juicio. Y otros muchos, hombres y mujeres, fueron a parar a prisión, de donde no todos saldrían con vida, pues se habían convertido en el "enemigo", como aseguraba José Pemartín, dirigente destacado del nuevo Ministerio de Educación Nacional: "Tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado —unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos— la causa nacional".

Maximino fue encarcelado, acusado de sindicalista y espía. Tenía una imprenta, con la que podía elaborar propaganda subversiva, y una radio (era un gran aficionado a montar radios y lo hacía en clase con sus alumnos), con la que podía escuchar emisoras enemigas. Además, se señaló que viajaba mucho a Las Hurdes, quizá para informar de movimientos de tropas. La verdad es que de ahí era la familia de su mujer, pues se había casado con una muchacha del lugar durante su estancia (su esposa y un hijo fallecerían durante la guerra), y la pareja hacía frecuentes visitas.

Al final, logró sortear la muerte, pero tuvo que pasar por un duro proceso de depuración y fue suspendido durante un tiempo de empleo y sueldo. En su favor influyeron de forma definitiva el enérgico testimonio del párroco de Caminomorisco y la solicitud de los vecinos y del alcalde de La Huerta, que lo recordaban con devoción, para que volviera a ejercer allí. Y eso fue lo que hizo, una vez libre.

Sin embargo, ya nada fue lo mismo. Tuvo que embridar sus ansias renovadoras y la pedagogía vanguardista acabó desechada para siempre. Y lo mismo le ocurrió a José Vargas, quien había regresado a su Abarán natal en 1934. Con una familia a su cargo e informes negativos del cura de su pueblo en el juicio a que fue sometido tras la victoria de los sublevados, no le quedó otro remedio que afiliarse a Falange como último recurso para sobrevivir.

La enseñanza en la España de Franco, liberada de malsanas doctrinas extranjeras, volvió a manos de la Iglesia católica. Se decretó la obligatoriedad de conocer de memoria el catecismo escrito por el turolense Jerónimo Martínez de Ripalda a finales del siglo XVI. En el Ripalda “modernizado” se podía leer: “¿Hay otras libertades perniciosas? Sí señor, la libertad de enseñanza, la libertad de propaganda y de reunión. ¿Por qué son perniciosas esas libertades? Porque sirven para enseñar el error y propagar el vicio”. Y el primer ministro de Educación de la posguerra, el también turolense José Ibáñez Martín, afirmó: “lo verdaderamente importante desde el punto de vista político es arrancar de la docencia y de la creación científica la neutralidad ideológica y desterrar el laicismo, para formar una nueva juventud poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca al Ser Supremo”.


















Maximino regresó a La Huerta en 1940, viudo y con tres hijas. Allí se volvió a casar y tuvo más descendencia. En 1946 se trasladó a Asturias, sin hacer mucho ruido. Primero dio clase en la escuela de Miranda y, más tarde, en la de Figueredo. Concluyó su carrera en tierras castellanas, Villadepalos y Medina de Rioseco, hasta su jubilación en 1958. Murió en Ponferrada, donde está enterrado, en 1973.

Hoy nadie lo conoce en su Aragón natal, ni tampoco sabe nada de su prodigiosa empresa en tiempos de la República. Y es una pena. Si alguien le prestara alguna atención, quizá se pudieran resolver las muchas incógnitas aún existentes. ¿Qué relación le unía a Ramón Acín? ¿El foco pedagógico aragonés influyó de alguna manera en el extremeño, o viceversa? ¿Tuvo algo que ver en la decisión de Buñuel y Acín de rodar en Las Hurdes? ¿Visitó el rodaje?

En un presente que sonroja y envilece, en el que la educación pública vuelve a ser ninguneada, con menos presupuesto y profesores para "ahorrar", en el que resurge la asignatura de Religión y desaparece la de Educación para la ciudadanía porque adoctrinaba (sic) —con lo provechosa que les hubiese sido a esos que acaparan bienes de forma compulsiva en supuestos paraísos—, la figura de Maximino Cano y su quijotesco ejemplo deberían ser un espejo en el que mirarnos. Porque él creyó que otra educación era posible, es decir, que otro futuro era posible.


Para saber más:
-Almudévar, Valero: Páginas originales (memorias de un maestro de escuela), Huesca, Museo Pedagógico de Aragón, 2010 (ed. facsímil).
-García Madrid, Antonio: Freinet en Las Hurdes durante la Segunda República: los maestros José Vargas Gómez y Maximino Cano Gascón, Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2008.
Un ejército de maestros: experiencias de las técnicas de Freinet en Castilla y Extremadura (1932-1936), Salamanca, Universidad Pontificia, 2009.
-Gertrúdix, Sebastián: Simeón Omella, el maestro de Plasencia del Monte, Zaragoza, Gobierno de Aragón-CAI, 2002.
-Hernández Huerta, José Luis: La influencia de Célestin Freinet en España durante la década de 1930, Villares de la Reina (Salamanca), Anthema, 2005.

martes, 4 de noviembre de 2014

Antonio Serón, el Virgilio bilbilitano

En el otoño de la Edad Media obras literarias, filosóficas y científicas nacidas en Grecia y Roma durante la Antigüedad lograron saltar las tapias de los monasterios donde habían sobrevivido atrincheradas más de mil años y ayudaron a los europeos a dulcificar la asfixiante omnipresencia de la Iglesia y alumbrar una nueva concepción de la existencia.

Ese revivir de la cultura clásica, el llamado Renacimiento, surgió en la península Itálica, ya que allí su poso era mayor, y se extendió con rapidez por toda Europa con el eficaz apoyo de la imprenta.

La imparable marea empapó a infinidad de literatos aragoneses, oscurecidos en nuestros días, a pesar de su valía, por los vaivenes de la historia y el brillo de sus contemporáneos castellanos. Uno de los más desconocidos de entre esa pléyade de desconocidos se llamó Antonio Serón, nació en Calatayud y fue poeta.

Lo único que se conoce de su biografía es lo que él mismo cuenta en su obra, de forma subjetiva, fragmentaria y sin preocuparse por la exactitud de los detalles. A eso hay que sumar que en esos poemas donde esboza episodios de su azarosa existencia se desdibujan las lindes entre experiencias vividas y ficción alegórica. Su vida se presenta como un relato de aventuras en verso poblado de dioses y criaturas mitológicas, por el que asoman taimados leguleyos, escritores de renombre, sanguinarios piratas, odaliscas de harén, obispos y reyes. Y en él no se sabe a ciencia cierta dónde acaba la realidad y dónde comienza el recurso literario.

Pero, aunque la trayectoria vital que traza, veraz o fantástica, resulte hoy asombrosa, no fue tan excepcional para su tiempo. De hecho, preludia la de Miguel de Cervantes pues, al igual que el universal creador del Quijote unas décadas más tarde, parece ser que Serón conoció traiciones, pobreza, batallas navales, esclavitud, redención, prisiones y destierros, antes de recibir la visita, al final de sus días, de la fama y los laureles.

En los manuales de literatura es habitual fechar el origen del Renacimiento en España a comienzos del siglo XVI e, incluso, considerar que la chispa prendió cuando el embajador de Venecia, Andrea Navagero (quien, por cierto, tras su visita a Zaragoza la consideró una “ciudad bellísima”, meritorio elogio en boca de un veneciano), convenció a Juan Boscán, en una tertulia mantenida en los jardines de la Alhambra en 1526, de que en sus poemas adoptase los metros del dolce stil novo, de moda en Italia.

Sin embargo, en la Corona de Aragón temas y composiciones habituales en la cultura grecorromana, así como nuevas formas poéticas, se iban abriendo paso desde mucho antes. En 1443 el soberano aragonés Alfonso V, tras lustros de combates en la zona, decidió establecer su Corte en Nápoles. Este monarca, entusiasta protector de las artes, se rodeó de un amplio séquito de humanistas entre los que sobresalieron Lorenzo Valla, Antonio Beccadelli (el Panormita), Jorge de Trebisonda y Giovanni Pontano. En Nápoles, todavía en el siglo XV, se llevaron a cabo traducciones de autores griegos y romanos, además de gestarse el Cancionero de Estúñiga, que reunió creaciones de rapsodas aragoneses, catalanes, valencianos, baleares y castellanos, junto a las de italianos.

Uno de ellos, el aragonés Juan de Villalpando, fue el primero de quien se tiene noticia en llevar al papel sonetos en castellano, si bien con versos de doce sílabas. Un poco después lo haría Íñigo López de Mendoza, el famoso marqués de Santillana, quien se crió literariamente en la Corte aragonesa. Estuvo al servicio de Fernando I y, después, ocupó el cargo de copero de su hijo, Alfonso V. Vinculado durante largo tiempo a los hermanos de este último (los infantes de Aragón evocados por Jorge Manrique: ¿Qué fue de tanto galán / qué de tanta invención / como trajeron?) y admirador confeso de Petrarca, en sus coplas “fechas al itálico modo” adoptó ya el endecasílabo, abriendo la puerta de ese modo a poetas posteriores como Garcilaso, cuya primorosa lírica nunca hubiera sido la que fue sin sus dos estancias en el reino de Nápoles (en 1522-1523 y en 1533).

El precoz “sabor a Italia” de raíz napolitana pronto tomó cuerpo en tierras aragonesas gracias a la proliferación de academias de humanidades (studi humanitatis). Frente a la enseñanza escolástica de las Universidades medievales, en poblaciones como Zaragoza, Uncastillo, Daroca, Calatayud y Alcañiz, se empezó a impartir una nueva educación, requerida por los dirigentes del naciente Estado moderno (regidores, legisladores, diplomáticos, docentes, funcionarios, etc.), que ponía un particular acento en el estudio de las lenguas y las letras clásicas.

En una de esas academias, en el colegio de los jesuitas de Calatayud (sobre su solar se levanta hoy la iglesia de San Juan el Real, con pinturas atribuidas a Goya), Antonio Serón aprendió latín, así como rudimentos básicos de Gramática, Retórica y Poética, bajo la atenta guía de Juan Franco. Su padre ocupaba el puesto de vicario en la administración ciudadana y había puesto un interés especial en su educación desde que vino al mundo en una fecha incierta, ya avanzado el siglo XVI.

Un temprano e inconveniente enamoramiento, junto a la inestabilidad política y el clima viciado que reinaban en la localidad, que se vio sacudida entre 1517 y 1522 por sangrientas refriegas armadas entre la nobleza y grupos de agricultores, artesanos y comerciantes (descritas por Serón con un tono homérico), movieron a su progenitor a enviarlo a Valencia para continuar con su formación. En la capital del Turia tuvo como maestro a Juan Ángel González y coincidió con otros poetas que ejercieron una notable influencia en sus composiciones, entre ellos Jaime Juan Falcón, quien mantendría ásperas disputas con otro humanista aragonés, el alcañizano Juan Lorenzo Palmireno.

Su plácida vida de estudiante junto al Mediterráneo, que añoró luego en sus rimas, se derrumbó cuando, al regresar a Calatayud para poner en orden los temas de la herencia tras el fallecimiento paterno, advirtió con estupor que el albacea testamentario, el jurisconsulto Antonio Calvo, le había desposeído de forma arbitraria de los bienes en depósito y que quedaba poco menos que en la indigencia (tal vez por ostentar la condición de hijo natural). Y después de acudir sin éxito a los tribunales y ver que vecinos y antiguos amigos le daban la espalda, se vio obligado a abandonar su ciudad natal sin recurso alguno.

Hay quien piensa que se alistó entonces en el ejército de Carlos I. No era raro en la época alternar la pluma y la espada, ya se tratara de miembros de la Corte, como los citados Jorge Manrique y Garcilaso (ambos fueron heridos de muerte en combate), o de figuras más alejadas del poder, como Cervantes, que perdió el uso de una mano en Lepanto tras recibir un disparo de arcabuz. Sin embargo, es más que probable que Serón, de haber participado en alguna campaña militar lo hubiese hecho constar en sus escritos (una vez magnificada e idealizada su intervención), donde encuentra un hueco todo suceso excepcional que vivió.

Él sólo señala que cuando todavía no había cumplido los treinta años y se dirigía hacia Italia por mar, su embarcación fue abordada por el corsario otomano Dragut, sobrenombre dado al célebre Turgut o Turgut Reis (reis significa almirante). Los turcos lo consideran, aún hoy en día, uno de sus grandes héroes. Le han dedicado una imponente estatua en Estambul y su localidad natal, en la costa de Anatolia, lleva con orgullo su nombre. Los españoles, por el contrario, lo tenían por un personaje abominable, de legendaria ferocidad, y así aparece retratado, por ejemplo, en Los trabajos de Persiles y Segismunda, novela cervantina en la que “azota a los remeros cristianos con el brazo muerto de otro cristiano cautivo”.

Lo cierto es que, en 1540, cuando apenas llevaba unos años surcando los mares, el navegante turco había sido apresado por Gianetti Doria, sobrino del almirante genovés Andrea Doria. Y pasó una larga temporada esclavizado como galeote o encadenado en una sucia mazmorra, una humillación que no ayudó a incrementar su afecto por los cristianos. No fue liberado hasta 1544, por Jeireddín Barbarroja, a quien sucedería en el mando de la flota corsaria, una vez satisfecho un descomunal rescate que los genoveses se vieron obligados a aceptar cuando 250 naves turcas pusieron cerco a su puerto.

Dragut no solía matar a sus “presas”, pues prefería obtener de ellas un beneficio económico. Llevó a Serón y al resto de sus compañeros a Estambul. Y allí fue vendido ante las puertas de la antigua basílica de Santa Sofía, reconvertida en mezquita, a un rico amo, quien lo puso al servicio de una de sus siete esposas, “blanca de piel, delgada, alta, de rostro apacible, ojos verdes, hermosa de cara, de seno redondo”.

Ésta, desatendida por un marido que sólo le dedicaba un día a la semana, según riguroso turno, se prendó del poeta (como Dido de Eneas). Los iniciales requerimientos de su dueña: “Tú eres mi dulce amor, tú mi placer exquisito, yo tu sierva, tú mi señor” no tardaron en convertirse en amenazas: “Créeme, en tus manos está tu vida. Volverás libre a España. Si desprecias mi amor, serás siempre mi esclavo”. Y ante tal disyuntiva, alguien que “no era tan ignorante en las cosas del amor”, alguien a quien “muchas veces habían solicitado mujeres hermosas”, ¿qué podía hacer?, “ni podía librarme de la esclavitud, ni ver en parte alguna ninfas tan propicias. El amor me conturbaba pues ¿quién ante una mujer así, joven y hermosa, que vencería a los brillantes del cielo, resistiría insensible y no respondería a la amante?”.

Rendido a los deseos de su propietaria, la muelle “esclavitud” de Serón (nada que ver con el terrible cautiverio de Cervantes en Argel años después) se prolongó durante un tiempo en una de las ciudades más fascinantes del mundo en aquel momento. Bajo el dictado de Solimán el Magnífico, la capital otomana vivía un apogeo político y cultural que dejaría huellas indelebles. Pero, con el correr de los meses, el aragonés comenzó a echar de menos su tierra y, sobre todo, su condición de poeta, pues había abandonado cálamo y tintero. Letraherido, convenció a un mercader veneciano para que le ayudara a huir. Y escondido en su navío pudo alcanzar la costa italiana.

Visitó Roma y poco después se instaló en Borja, bajo la protección del turiasonense Carlos Muñoz Serrano, clérigo y alto funcionario real que acabaría de obispo de Barbastro y a quien Serón dedicó varios poemas. El giro dado allí a su vida fue definitivo. Según cuenta, en un sueño se le apareció la Virgen y le aconsejó abandonar su sempiterno vagar y sus liviandades de juventud, además de vestir cogulla, ser morador del Carmelo y conducir el rebaño a “conocidos rediles” y “abrigadas sombras”.

Su vida conventual, sin embargo, resultó bastante efímera. Un sacerdote lo acusó de impío, disoluto, lascivo y hechicero (preparador de sortilegios amatorios) ante el obispo de Tarazona, Juan González de Munébrega, quien compatibilizaba ese cargo con el de inquisidor de Sevilla, donde fue flagelo de erasmistas y librepensadores durante décadas. Y, pese a proclamar su inocencia, acabó en un calabozo hasta oír la definitiva sentencia: destierro de la diócesis.

Inició en aquel momento un prolongado errar que le llevó, como profesor de Gramática y Retórica, a un sinfín de poblaciones de Andalucía, Castilla y Galicia, en ocasiones en condiciones de extrema precariedad. Hasta que a comienzos de la década de 1560 fue coronado por Felipe II con el título de “poeta laureado” (al parecer, a petición de las autoridades literarias de Calatayud). Gracias a ese galardón, su prestigio se incrementó de forma considerable y fue invitado a impartir docencia en Huesca, Zaragoza y Lérida, ciudad esta última donde se pierde su rastro alrededor de 1568.

Antonio Serón fue un poeta bastante prolífico. Sus obras llaman la atención por su estilo elegante, de métrica pulcra y precisa, y no pocos pasajes de notable inspiración, que hunden sus raíces en la poesía latina de tiempo de Augusto, una edad áurea marcada por autores de la envergadura de Virgilio, Horacio y Ovidio. Pero su característica más reseñable es que todas ellas están escritas en latín clásico. La zambullida en la Antigüedad alcanzó en Aragón tal profundidad que muchos de sus literatos sólo se expresaron en dicha “lengua muerta”. En ese terreno, en cantidad y en calidad, las letras aragonesas deslumbraron como ningunas otras durante todo el siglo XVI.

Su proyecto más ambicioso cristalizó en un extenso poema épico, en tres libros, Aragonia, en el que evoca la historia de Aragón, desde sus legendarios orígenes hasta la elección del conde barcelonés Ramón Berenguer como marido de Petronila, la única hija de Ramiro II el Monje. Su reconocible ideal se encuentra en la mítica fundación de Roma narrada por Virgilio en La Eneida. Y como el padre literario del héroe troyano, Serón sacrificó el rigor histórico en aras de la belleza poética, al contrario que su contemporáneo Jerónimo Zurita, quien en esa misma época hilvanaba sus Anales de la Corona de Aragón.

Además de ese magno texto, al que dedicó sus mayores afanes y tiempo, Serón escribió una serie de poemas de carácter narrativo o descriptivo, en su mayoría silvas y elegías (en la literatura latina, elegía es una composición que alterna un verso hexámetro y otro pentámetro, asociada a temas amorosos, lejos del luctuoso sentido actual). Se sirvió de ellos para dar a conocer líricamente fragmentos de su biografía, pero también para elogiar a algunos autores de su siglo, como Nebrija o Diego Ramírez Pagán (“el segundo Ovidio”), a quien debió de conocer en Valencia, así como para reprender a otros, en particular al navarro Jerónimo de Arbolanche, censurado asimismo por Cervantes en su Viaje al Parnaso.

Su crítica se convierte en social cuando recorre el infierno acompañado por su admirado Virgilio, tal como Dante en la Divina Comedia. Allí observa los tormentos que padecen politeístas, mahometanos y herejes, pero también cómo penan jueces venales, abogados codiciosos y eclesiásticos ávidos de poder o mujeriegos.

En uno de sus poemas más estimados describe la Calatayud de su niñez. Pocas ciudades españolas, si es que hay alguna, tienen la suerte de contar con un testimonio de primera mano de muchas de sus antiguas calles y de las gentes que las habitaban, ya que el poeta recorre las vías urbanas y detalla quiénes eran sus moradores, con nombres y apellidos, qué negocios las dotaban de vida y los festejos que en ellas se celebraban.


Y en dos cuestiones de interés se tiene a Serón por pionero. Fue el primero en versificar la historia de amor de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, los “Amantes de Teruel”, cuyas supuestas momias fueron halladas en 1555. Y también aparece como precursor en el uso del gentilicio “bilbilitano”, que terminó imponiéndose con el tiempo a calatayubí o calatayucense, hasta entonces en uso.

Su pluma estuvo siempre guiada por “Cintia”, denominación que da a su musa. Se trata del mismo alias que Sexto Propercio, poeta latino contemporáneo de Augusto, empleó para enmascarar a su amada. E igualmente puso título a una colección de versos, Cintia, historia de dos amantes, firmada por uno de los más notables humanistas del siglo XV europeo, Eneas Silvio Piccolomini, más conocido como Pío II tras ser elegido papa, en 1458 (esa obra, que reúne veintitrés composiciones de tema erótico, tiene como protagonista a una joven de quien el futuro Sumo Pontífice se había enamorado cuando estudiaba en la Universidad de Siena; censurada con posterioridad por las autoridades eclesiásticas, vería la luz de nuevo a finales del siglo XIX).

En vida, Antonio Serón fue elogiado por su amigo Ramírez Pagán en su Floresta de diversa poesía (1562). Pero su muerte trajo de la mano un rápido olvido. Sólo algunos eruditos repararon en su figura y obra. Ya en el siglo XVII, el zaragozano Juan Francisco Andrés de Uztarroz lo citó en Aganipe de los cisnes aragoneses celebrados en el clarín de la fama, en el que pretendía congregar a los escritores patrios más sobresalientes. Y el sevillano Nicolás Antonio, que reunió nada más y nada menos que a todos los literatos hispanos desde Augusto hasta sus días, lo menciona en su Bibliotheca hispana nova.

El también zaragozano Ignacio Jordán de Asso fue el primero en publicar una selección de sus poemas, en 1781. Lo hizo en Ámsterdam, donde ejercía de cónsul español, con el título Antonii Seronis bilbilitani carmina. En su tarea es probable que se valiera del manuscrito hoy guardado en la Biblioteca Nacional con el número 3663 y que con anterioridad fue posesión de Bartolomé Morlanes, capellán de la basílica del Pilar. Unos años más tarde, Félix Latassa recogió su nombre, al que sumó escuetos datos biográficos, en su Biblioteca de escritores aragoneses.

Pese a su evidente calidad y a que ha sido traducido hace escasas fechas por José Guillén Cabañero, en nuestros días nadie se ocupa en leer a Serón. Tanto los latinistas, cuyo interés se circunscribe a la Antigüedad, como los estudiosos del Renacimiento, ocupados en analizar los textos en castellano, lo ignoran. Como consecuencia, se ha instalado en tierra de nadie, en el limbo, en compañía de otros aragoneses que durante el siglo XVI escribieron en la lengua de Cicerón. Bueno, o ahí estaba hasta que el papa Benedicto XVI decidió suprimir el limbo.

Para saber más:
-Pérez Lasheras, Antonio: La literatura del reino de Aragón hasta el siglo XVI, Zaragoza, Ibercaja-DPZ, 2003.
-Sánchez Portero, Antonio: Noticia y antología de poetas bilbilitanos, Calatayud, Imp. Tipo Línea, 1969.
Segunda Noticia y antología de poetas bilbilitanos, Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, 2005.
-Serón, Antonio: Obras completas de Antonio Serón (2 vols., ed. José Guillén), Zaragoza, IFC, 1982.
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