viernes, 1 de julio de 2016

Sindulfo García, el inventor de la primera máquina para viajar en el tiempo

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con deambular por la Atenas clásica, la Roma de los césares o las calles de su propia ciudad dos, ocho o treinta siglos atrás y averiguar de primera mano cómo se vivía en el pasado? ¿O quién no siente curiosidad por las urbes del futuro, los androides semejantes a personas, las naves interestelares o la posibilidad de entrar en contacto con vida extraterrestre? ¿A quién no le gustaría dar saltos en el calendario, hacia delante o hacia atrás, revivir fechas ya muertas o visitar las no nacidas, como en las fabulaciones de Poe, Twain, Bradbury, Borges, Asimov, Vonnegut, Elena Garro o Philippa Pearce, entre otros muchos?

Viajar en el tiempo ha sido desde siempre un anhelo humano, fácil de rastrear en cualquier época y rincón del mundo, ya sea en cuentos, leyendas, obras literarias y, hoy en día, las pantallas de cine y los videojuegos. Antes de que la Revolución Industrial empezase a colonizar con máquinas el planeta, esos imaginarios desplazamientos temporales se efectuaban mediante sueños, drogas alucinógenas, tránsitos astrales, hipnosis o hechizos de nigromantes (para comprobarlo, basta con leer el exemplo XI de un clásico castellano como El conde Lucanor). Pero a finales del siglo XIX surgieron en la literatura occidental los primeros artefactos con tuercas, palancas y pedales capaces de transportar al hombre, a placer, por los raíles de la historia.

El más célebre entre los constructores de tales artilugios es, sin duda, el protagonista de La máquina del tiempo, la obra de Herbert George Wells. Y parte de su fama se debe a la extendida la idea de que fue el “padre” de todos los que vinieron después. Sin embargo, pese a que pocos lo sepan, eso no es así. Quien primero concibió y luego materializó en su taller una máquina del tiempo no fue un inventor londinense sino uno zaragozano, Sindulfo García (con él vamos a inaugurar una rama del blog, sin abandonar a los reales, que seguirán siendo inmensa mayoría, consagrada a los aragonautas de ficción, en especial, por su singularidad, a los alumbrados por la imaginación de autores que ni fueron aragoneses ni residieron en Aragón).

Sindulfo García es el personaje principal de una de las novelas más insólitas y menos conocidas de la narrativa europea dedicada a la ciencia ficción. Fue editada en los albores del género, cuando éste ni siquiera atendía a dicho calificativo, y se titula El anacronópete, un nombre muy poco comercial, la verdad, que se corresponde con el que fue bautizado el prodigioso ingenio y que nace de la unión de tres raíces griegas: ana (hacia atrás), cronos (tiempo) y petes (el que vuela).

Como dibujan las páginas del relato, don Sindulfo frisa en los cincuenta años. Doctor en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, posee una considerable fortuna, que acrecienta tras su breve matrimonio con una joven de familia adinerada, fallecida en un accidente al poco de celebrarse el enlace. Y todo su tiempo y dinero los invierte en la investigación científica. De su lado no se despega otro erudito zaragozano, Benjamín, unos diez años menor y sin recursos, políglota sin igual (habla docenas de lenguas, tanto vivas como muertas) y obsesionado con hallar el secreto de la inmortalidad, que persigue “con la terquedad de un sabio aragonés”.

El inicio de sus aventuras tiene lugar durante la Exposición Universal de París, de 1878, la misma que dio a conocer en Europa avances como el teléfono y la bombilla eléctrica (y donde el también aragonés Francisco Pradilla fue recompensado por su cuadro Doña Juana la Loca con la medalla de oro, la primera para España en este tipo de certámenes). Allí, en la Ciudad de la Luz, la Babilonia moderna, don Sindulfo presenta su portentosa creación ante autoridades y público, entusiasmados, que van a ser testigos de su viaje inaugural.

El aparato, de aire julioverniano, tiene considerables dimensiones, como un pequeño edificio con pisos compartimentados por habitaciones y almacenes. Y se encuentra dotado con insospechados adelantos mecánicos, que incluyen escobas que barren solas, lavadoras que, después de lavar, secan, zurcen y planchan, y cocinas capaces de desplumar un pollo y limpiarlo antes de guisarlo en un santiamén. Gracias a la electricidad, logra elevarse en el aire e impulsarse desde el centro de la atmósfera, en el vacío, a una velocidad vertiginosa: 175.200 veces mayor que la que emplea la Tierra en su movimiento de rotación, esto es, puede dar dos vueltas al mundo en un segundo (hay que recordar que cuando se publicó esta novela ni siquiera existían los aviones; el primer vuelo de una nave tripulada impulsada por un motor se debe a los hermanos Wright, en diciembre de 1903; duró 12 segundos y el prototipo recorrió 36,5 metros).

Como los días se suceden a medida que el planeta gira sobre sí mismo de Oriente a Occidente, para visitar el pasado el anacronópete debía desplazarse en dirección contraria, de Occidente a Oriente. De esta forma, se revertía la dinámica y se desandaba lo andado (un método bastante peregrino pero que, curiosamente, se parece al empleado por Superman en la primera de las películas interpretadas por Chistopher Reeve, con el fin de “rebobinar” el tiempo y salvar de la muerte a Lois Lane).

Para evitar que, al regresar al pasado, las personas rejuvenecieran al mismo ritmo en que avanzaba la nave y pasasen en cuestión de minutos de la madurez a la juventud, de la juventud a la niñez y de ahí a la nada, don Sindulfo había ideado el “fluido García”, que se administraba mediante una especie de descargas eléctricas y que hacía inalterables a quienes lo recibían.

Los primeros pasajeros, además de Benjamín y don Sindulfo, fueron una sobrina huérfana de éste y la criada de la joven, una madrileña lenguaraz. El zaragozano se había enamorado de su sobrina, pero ella no le correspondía, pues sólo tenía ojos para su galante primo Luis, capitán de húsares. A última hora se unieron a ellos, a petición del Gobierno francés, un grupo de antiguas prostitutas sin fortuna, ya entradas en años, para retornarlas a la mocedad y que a su regreso convencieran a las muchachas del país de que esa vida no tenía futuro, de manera que reinaran la decencia y las buenas costumbres. Y, de tapadillo, embarcaron de polizones el capitán de húsares, su asistente (Pendencias, un saleroso andaluz) y un pelotón de soldados de su compañía, recelosos, con razón, de las intenciones últimas de don Sindulfo, pues su objetivo oculto, en realidad, era recalar en algún momento histórico pretérito con leyes arcaicas que le permitieran contraer matrimonio con su sobrina, aunque fuera en contra de su voluntad.

En su etapa inicial, los crononautas se presentan en la guerra hispano-marroquí de 1860. Se ven envueltos en los combates y varios hombres del sultán intentan abordar la nave. En el último instante logran escapar y regresan al punto de partida. Al llegar a París desembarcan las prostitutas en su segunda juventud, ya que no se les había aplicado el “fluido García” en el viaje de ida (también “rejuvenecieron” sus ropas de seda y, sucesivamente, se convirtieron en hilos desmadejados, capullos, gusanos, huevos y mariposas), si bien nadie las reconoce ni se cree la historia que cuentan.

Reemprenden entonces los viajeros el trayecto hacia el pasado, con periódicas paradas para avituallarse y un don Sindulfo cada vez más desequilibrado por los celos. Recomiendan a los Reyes Católicos el proyecto de Colón, observan las luchas civiles en la Rávena bizantina de finales del siglo VII y arriban a la China del siglo III, azotada asimismo por disputas internas. Allí viven odiseas sin cuento de las que salen airosos con la ayuda de una momia que viajaba con ellos y que resulta ser una emperatriz de la época que vuelve a la vida, y del pelotón de húsares, que, una vez fuera de su escondite, desaparecen y aparecen por sorpresa antes de recibir el “fluido García”.

Siempre en busca del secreto de la inmortalidad, se trasladan todos a Pompeya en vísperas de la erupción del Vesubio (escapan a tiros del anfiteatro cuando iban a ser devorados por las fieras) y se entrevistan con Noé poco antes del comienzo del Diluvio que, como nadie ignora, tuvo lugar el año 3308 a.C. El patriarca bíblico les revela que la vida eterna es la recompensa para quien conoce a Dios y su palabra.


De vuelta al anacronópete, don Sindulfo, enajenado por completo por el rechazo de su sobrina, con la razón extraviada, quintuplica la velocidad habitual de la máquina y destruye sus mandos. La nave alcanza el caliginoso instante de la Creación y desaparece entre masas incandescentes.

La narración podía y debía haber acabado ahí. Mas, por no poner un broche lúgubre a un texto con bastante humor o para agradar a los lectores, acostumbrados a otros finales según los cánones de la novela decimonónica, termina con dos párrafos de última hora que malbaratan el turbador desenlace. Todo lo acontecido no había sido más que un mal sueño de don Sindulfo durante la representación teatral de una obra de Julio Verne, a la que había acudido acompañado de su amigo Benjamín y del matrimonio compuesto por su sobrina y un bizarro oficial.

El creador del personaje de don Sindulfo, de sus compañeros de expedición y de la primera máquina para viajar en el tiempo de la literatura occidental se llamó Enrique Gaspar y Rimbau. Vino al mundo en Madrid, en marzo de 1842, y tanto su padre como su madre se ganaban la vida como actores de teatro. Cuando tenía seis años, falleció su progenitor y la familia marchó a Valencia. Allí comenzó estudios de Humanidades y Filosofía, que debió abandonar para entrar a trabajar en la casa de banca y comercio del marqués de San Juan. Sin embargo, desde que nació había vivido sumergido en el mundo de las tablas y a él dedicaba todos sus afanes en sus ratos de ocio. Con trece años escribió una zarzuela y a partir de entonces ya nunca dio paz a la pluma. Poco después entró a colaborar en La Ilustración Valenciana y con quince presentó en público su primera comedia, cuyo papel principal interpretó su madre.


Al casarse ésta de nuevo, con el arquitecto Sebastián Monleón, se vio liberado de sus obligaciones familiares, abandonó su empleo y se zambulló a tiempo completo en el arte de Talía. En 1863, a los 21 años, regresó a Madrid, donde fue bien acogido por prensa y público. Los estrenos se sucedían y contrajo matrimonio con una valenciana de alta cuna, Enriqueta Batllés y Bertrán de Lis, hija de una dama de la aristocracia y de un médico que llegó a diputado y a rector de la Universidad levantina.

Su nombre se hizo popular y, dispuesto a renovar el teatro de la época, sus obras comenzaron a tratar temas con trasfondo social, como haría poco después el bilbilitano Joaquín Dicenta. En ellas denunciará la falsedad de los políticos, los despropósitos de la burguesía surgida de la primera Revolución Industrial y el papel asignado a la mujer en la nueva sociedad, bien en zarzuelas, bien en dramas y comedias como Huelga de hijos.

El segundo embarazo de su esposa en poco tiempo y las presiones de su familia política le arrastraron a buscar unos ingresos más estables que los proporcionados por el teatro. Y tras la Revolución de 1868, apadrinado por conocidos de su suegro y por su estrecha amistad con Adelardo López de Ayala, un dramaturgo aupado al sillón de ministro de Ultramar, logró ingresar en el cuerpo diplomático. Ocupó el cargo de vicecónsul en las ciudades francesas de Sète y Saint Nazarie, así como en la capital de Grecia, Atenas. Y en 1878 fue enviado a Extremo Oriente.

Residió en Macao, Cantón y Hong-Kong, hasta que en 1885 regresó a Francia. Ya como cónsul, estuvo destinado en Olorón, Bayona, Perpiñán y, en lo que fue el cénit de su carrera, Marsella, la segunda ciudad del país vecino. Durante un tiempo, su familia se trasladó a Barcelona, donde Gaspar llegó a estrenar alguna obra en catalán. Falleció en Olorón, en casa de una hija, en septiembre de 1902.

A pesar de su intensa actividad como diplomático, nunca dejó de escribir, ya fueran artículos, poemas, narraciones y, sobre todo, piezas teatrales, si bien su alejamiento de la escena española hizo menguar su ascendiente. De hecho, El anacronópete nació en 1881, durante su estancia en China, como el propio autor afirma en el relato al aludir a la batalla de Tetuán, acaecida el 4 de febrero de 1860: “Escribo estos renglones veintiún años después de aquel memorable acontecimiento”. Y lo hizo como una zarzuela, el entretenimiento más popular de la época, dividida en tres jornadas y trece cuadros. El texto conserva características del género chico en su estructura y reparto. Al igual que en muchas de las operetas en cartel en ese momento, entre los protagonistas se forma un triángulo amoroso, con una pareja de jóvenes galanes hostigados por un rico con escasos escrúpulos. Y están presentes el habitual dúo cómico (la criada y Pendencias) y coros, tanto masculinos (los húsares) como femeninos (las prostitutas francesas).

En esas fechas estuvo de moda en Europa un espectáculo musical basado en La vuelta al mundo en 80 días, de Verne, con una ostentosa puesta en escena, animales salvajes y unos decorados y un vestuario exóticos (tal vez el causante del mal sueño de don Sindulfo). Y algo parecido debió de ambicionar Gaspar para su obra. Pero la Gran Vía madrileña no era el West End londinense, ni la Rambla de Barcelona podía competir con el París de los primeros años de la III República (y de Zaragoza, mejor no hablar). Así pues, sin perspectivas de estreno, reacomodó su escrito, le dio forma de novela y lo publicó en la barcelonesa editorial Daniel Cortezo y Cía., con ilustraciones de Francesc Gómez Soler, en 1887.

La novela de Gaspar se anticipó por tanto casi una década a la de H. G. Wells, quien, a partir de abril de 1888, comenzó a publicar en Science School Journal un cuento titulado The Chronic Argonauts, que versaba sobre viajes en el tiempo y que interrumpió después de tres entregas, pues no le acababa de convencer. En los años siguientes escribió nuevas historias con similar argumento, pero hasta 1895 no llegó a la imprenta su composición definitiva: La máquina del tiempo.

Aunque el desplazamiento sea al futuro y no al pasado, y carezca de las pinceladas de humor irreverente del español, la obra de Wells comparte con la de Gaspar aspectos básicos: la presencia de un ingenio mecánico preparado para transportar al hombre por la historia a voluntad (desafiando las paradojas temporales y las leyes de la termodinámica), y su evidente enfoque de crítica social. Sin embargo, mientras que la del primero obtuvo la gloria, se ha reeditado en infinidad de ocasiones, se ha traducido a multitud de lenguas y conoce secuelas literarias y adaptaciones cinematográficas vistas por millones de espectadores, la de Gaspar fue pronto arrumbada en abandonados anaqueles.

Si se hubiera publicado en Inglaterra, es muy probable que hubiese alcanzado el reconocimiento que merece y que Zaragoza fuese celebrada en el mundo entero por ser la cuna de don Sindulfo, y no sólo por Agustina de Aragón y la Virgen del Pilar. Pero, al contrario que en otras latitudes, la cultura nunca ha sido una prioridad en la patria de don Quijote (y si no, que le pregunten a su autor, a Cervantes, que debe de andar en el más allá pálido de envidia al ver cómo conmemoran los compatriotas de Shakespeare el cuatrocientos aniversario de su muerte).

Durante más de un siglo, el anacronópete durmió en el olvido, hasta que en 1999 un club de ciencia ficción español lo “resucitó” y divulgó su existencia entre sus seguidores, en soporte digital. Al año siguiente, el Círculo de Lectores preparó una edición de escasa tirada de la novela de Gaspar, para coleccionistas, que la editorial Minotauro reimprimió en 2005, también a pequeña escala.

Cuando parecía que iba a quedarse como una curiosidad bibliográfica sólo apta para fanáticos locales del tema, en 2011 la British Library (la versión británica de la Biblioteca Nacional, una de las mayores instituciones culturales del mundo, con fondos que superan los 150 millones de publicaciones) organizó una magna exposición: “Out of this World: Science Fiction but not as you know it”, donde una hispanista estadounidense, Andrea Bell, y una profesora española afincada en Florida, Yolanda Molina-Gavilán, dieron a conocer la novela de Gaspar. Y pronto se convirtió en la principal atracción de la muestra. Los especialistas en el género allí reunidos, llegados de todo el planeta, no salían de su asombro. Existía una máquina del tiempo anterior a la de Wells, mucho más compleja y descrita con mayor precisión. Había un precursor de quien nadie tenía noticia y era español. Su traducción al inglés no se hizo esperar y, al calor del alboroto, ha conocido una nueva reedición en castellano que ojalá tenga una vida menos efímera que las anteriores.

¿Y cómo es que a un madrileño criado en Valencia se le ocurrió hacer zaragozanos a los dos protagonistas de unas fantasías dignas del cálamo de Luciano de Samosata? Nunca se podrá responder a esas preguntas con seguridad. Puede que sólo fuera un capricho, pero también es posible que tuviera una razón de ser. Los principales contactos de Gaspar con Aragón se fechan en la última etapa de su vida, cuando ocupó el consulado de Olorón, en el Pirineo Central francés. Zaragoza era la ciudad española de referencia para muchos acuerdos políticos y económicos allí suscritos. Y, movido por su cargo, visitó la ciudad y estableció relaciones y amistades en ella.

Sin embargo, es casi seguro que su interés por la capital aragonesa era anterior y no derivaba sólo de sus obligaciones profesionales. Enrique Gaspar fue un hombre de ideas políticas progresistas, que vivió sus mejores años tras la Revolución de 1868, La Gloriosa, a la que prestó su apoyo. Krausista y anticlerical, se interesó por el espiritismo, una doctrina que prosperó sobremanera en la segunda mitad del siglo XIX (entre sus más conspicuos adeptos figuran personalidades de la talla de Arthur Conan Doyle, el médico creador de Sherlock Holmes). Sus incondicionales proclamaban la supervivencia de los espíritus (almas) tras la muerte del cuerpo y la posibilidad de comunicarse con ellos a través de médiums. Muchos, además, creían en la reencarnación de esos espíritus en otras personas y los había que defendían que dicha reencarnación podía producirse en animales e, incluso, en seres de otros planetas.

Entre los partidarios de esta última tesis destacó el astrónomo y escritor francés Camille Flammarion, amigo personal de Gaspar. En su momento, sus libros fueron tan populares como los de Verne, pero el paso del tiempo ha sido inclemente con ellos. Las prolijas explicaciones científicas que intercala y sus reflexiones metafísicas embarran a menudo la historia, convirtiéndola en una ciénaga por donde avanzar resulta fatigoso. Gaspar, en el capítulo IX de su novela, hace una referencia explícita a Lumen (1872), un relato breve de Flammarion, incluido en Récits de l’infini (Relatos del infinito), en el que un espíritu cuenta sus vivencias tras su muerte corporal y su marcha a distantes estrellas a la velocidad de la luz, lo que altera la secuencia temporal y le permite observar desde allí episodios del pasado.

El tema de la transmigración de las almas aflora en El anacronópete cuando Benjamín y don Sindulfo advierten con estupor que la esposa del segundo, fallecida en un accidente, había sido en realidad la reencarnación de la emperatriz china que “revive” durante el viaje, pues ambas comparten idéntico carácter, formas de expresión y hasta gestos y tics nerviosos. Y aún hay más textos de Gaspar ligados al espiritismo. En su edición original El anacronópete era una de las tres narraciones agrupadas bajo el epígrafe de “Novelas”, que también incluía Viaje a China, donde el escritor madrileño describe su periplo por medio mundo hasta llegar a su destino en Extremo Oriente, y Metempsicosis. En la última, dos amigos mueren y se reencarnan en toros bravos, con recuerdos de su vida anterior. Se reconocen y logran comunicarse. Al final, son toreados y muertos en la plaza por el hijo de uno de ellos, a quien las bestias le traen a la memoria inexplicablemente a los fallecidos. Conmocionado, abandona el toreo y se hace protector de los animales.

En 1870, dos años antes de que apareciera Lumen, la zaragozana imprenta de Calixto Ariño ultimó la publicación de Marietta. Páginas de dos existencias, donde otro espíritu, en este caso el de una mujer napolitana que vivió en el siglo XVII, rememora episodios de su vida terrenal y sus experiencias ultraterrenas. Aunque el libro se halla firmado por un funcionario de la Diputación Provincial de Zaragoza, Daniel Suárez Artazu, en el prólogo se afirma que en realidad éste sólo fue un médium que recogió lo que la verdadera autora, Marietta, la joven napolitana, le dictaba desde la otra vida (según los testigos, la mano de Suárez Artazu escribía sola, a una velocidad inconcebible, mientras él llevaba una fluida conversación con varias personas). La publicación se hizo pronto famosa. En poco tiempo salieron a la venta nuevas ediciones de la misma en Zaragoza, Madrid y Barcelona. Y su reputación traspasó fronteras. Hay traducción al italiano y se reimprimió en México (el ejemplar que yo tengo, de los primeros años del siglo XX, lo compré en una librería de viejo de… ¡Londres!).


Su difusión no hizo sino incrementar el gran prestigio que el espiritismo aragonés ya poseía en todo el país. Tras el derrocamiento de Isabel II, en el 68, se decretó la libertad de culto, asociación e imprenta, y fue destinado a Zaragoza un nuevo capitán general, Joaquín Bassols y Marañosa. Había conocido el espiritismo durante su exilio en Francia y tenía dos hijos médiums.

A su alrededor se congregaron personalidades de diferentes ámbitos, que se reunían para celebrar sesiones espiritistas en Capitanía (por aquel entonces emplazada en un palacio del Coso, junto al teatro Principal). Primaban los militares de alta graduación, pero también había políticos, médicos, propietarios, abogados (uno de ellos, Lucio de la Escosura, posee la patente aragonesa más antigua de cuantas se conservan: una lavadora automática que hacía la colada en un tiempo récord, de tres a cinco horas) y artistas, entre los que figuraba Pablo Gonzalvo (el íntimo amigo del héroe de la independencia cubana José Martí, quien por esas fechas estudió Derecho en la Universidad zaragozana y quedó prendado del indómito carácter aragonés), a los que, con el tiempo, se unirían otros, como el arquitecto Félix Navarro (autor de obras del calibre del Mercado Central y la Escuela de Artes y Oficios).


El ascenso a ministro de la Guerra de Joaquín Bassols (tal vez con la esperanza de que, en caso de necesidad, pudiera pedir consejo a Aníbal, el Gran Capitán o Napoleón) y su consiguiente traslado a Madrid, en compañía de otros miembros de la sociedad Progreso Espiritista de Zaragoza, restó algo de empuje a la misma. Pero ni mucho menos significó su desaparición. En 1879, el diputado provincial Miguel Sinués publicó El espiritismo y sus impugnadores, en defensa de la doctrina. Dos años más tarde, el capellán del cementerio zaragozano denunció la existencia de lápidas contrarias al dogma católico con inscripciones que, por ejemplo, anunciaban: “Su espíritu voló a las regiones del infinito a los 79 años de su encarnación”. En 1883 nacían los noticieros El Iris de la Paz y Un Periódico Más, el primero en Huesca y el segundo en Zaragoza, como valedores de los valores espiritistas, la democracia y la libertad (para refutar sus “satánicas” tesis, ese mismo año comenzó su andadura el semanario católico El Pilar, que en nuestros días todavía se edita). Y en 1893 Benigno Pallol, con el seudónimo de Polinous, dio a conocer una interpretación anticlerical del Quijote de acuerdo a postulados espiritistas (Enrique Gaspar comenzó a traducir al chino las andanzas del Caballero de la Triste Figura durante su estancia en Extremo Oriente).

Un hombre clave del espiritismo aragonés en esos tumultuosos años fue el vizconde Antonio Torres-Solanot. Aun cuando nació en Madrid en 1840, donde su padre ocupaba un alto cargo político (llegó a ministro de la Gobernación durante la regencia de Espartero), siempre se consideró aragonés. Toda su vida transcurrió a caballo entre Madrid, Zaragoza y Huesca, tierra esta última de sus aristocráticos ancestros. Fue secretario de la Junta Revolucionaria oscense en 1868 y, fracasado en su intento de presentarse como candidato en las elecciones, se volcó en el estudio de filosofías orientales y de avances mecánicos. Se conserva una carta de Joaquín Costa, datada en enero de 1868, en la que el montisonense le confirma que en breve atenderá su solicitud y le remitirá los planos que trajo de París de un “velocípedo” (la primera bicicleta española, o una de las primeras, se fabricó en Huesca gracias a esos planos).

Su faceta más conocida tiene relación con el espiritismo. En 1872 surgió la Sociedad Espiritista Española, con sede en Zaragoza, de la que fue el primer presidente. Seis años más tarde fundó y dirigió El Espiritista, revista científica de estudios psicológicos que publicó varios números en la capital aragonesa. Y en 1888 promovió y presidió el I Congreso Espírita Internacional, celebrado en Barcelona, al que acudieron representantes de numerosos países de Europa y América.

Sus constantes encontronazos con la jerarquía católica se incrementaron tras la creación de las primeras escuelas laicas, de niños y de niñas, un proyecto para armonizar ciencia y creencia que sacó adelante en Zaragoza, en 1885, con la colaboración del maestro turolense Fabián Palasí Martín, también espiritista, masón y autor del libro Renacimientos o pluralidad de vidas planetarias.

¿Se inspiraría en parte Enrique Gaspar en las personalidades de uno o de varios de estos aragoneses de carne y hueso a la hora de dar vida a don Sindulfo y Benjamín? El secreto de la inmortalidad que perseguían ¿estaría relacionado con el ideario espiritista? Es probable que nunca lo sepamos. Pero no deja de ser una hipótesis sugerente.

Para saber más:
-BELL, Andrea y MOLINA-GAVILÁN, Yolanda: Cosmos Latinos. An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, Middletown (Connecticut), Wesleyan University Press, 2003.
-GASPAR, Enrique: Novelas, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía., 1887. / The time ship. A Chrononautical Journey, Middletown (Connecticut), Wesleyan University Press, 2012. / El anacronópete, Valencia, Trasantier, 2014.
-KIRSCHENBAUM, Leo: Enrique Gaspar and the social drama in Spain, Berkeley, University of California Press, 1944.
-POVÁN, Daniel: Enrique Gaspar, medio siglo de teatro español, Madrid, Gredos, 1957.
-SUÁREZ ARTAZU, Daniel: Marietta. Páginas de dos existencias y páginas de ultratumba, Zaragoza, Imp. de Calixto Ariño, 1870. / Barcelona, Daniel Cortezo y Cía., 1889.
-WELLS, H. G.: La máquina del tiempo, Madrid, Cátedra, 2015.

jueves, 21 de abril de 2016

Miguel Ezquerra, el defensor del búnker de Hitler

Toda hoja tiene un haz y un envés. Y toda moneda, dos caras. Durante la II Guerra Mundial muchos aragoneses combatieron la sanguinaria demencia nazi, bien desde la Resistencia en tierras francesas, bien encuadrados en alguno de los ejércitos aliados. Los hubo que expusieron su vida para escudar a los perseguidos y los hubo que la sacrificaron con el anhelo de legar a las generaciones venideras un mundo más libre y justo. Pero también los hubo que, guiados por su personal credo, por ardor aventurero, por necesidad o por azar, batallaron en favor de las fuerzas del Eje.

Uno de los más sorprendentes adalides de los empeños de Adolf Hitler fue el oscense Miguel Ezquerra Sánchez. En el ocaso del conflicto, cuando el triunfo era ya sólo una quimera, dirigió una unidad de las Waffen-SS bautizada con su propio nombre (Einheit Ezquerra o Einsatzgruppe Ezquerra). Estaba compuesta de forma mayoritaria por españoles y fue emplazada en Berlín, donde se batió con ferocidad en la apocalíptica defensa final de la capital alemana ante los soviéticos.

Las insólitas hazañas de Ezquerra, dignas de mejor causa, se recogen en un texto autobiográfico que tituló Lutei até ao fim (Luché hasta el fin), ya que fue editado por primera vez, en 1947, en Lisboa, donde residió durante un tiempo para alejarse de la policía franquista. El momento político vedaba su publicación en España, pues el régimen imperante, para sobrevivir, debía congraciarse con las potencias vencedoras en la contienda planetaria. Además, en sus páginas se traslucían críticas al país surgido de la “triunfal Cruzada” (ya desde sus primeras frases, referidas al año 1944: “En mi patria el ambiente me ahogaba. No me gustaban muchas de las cosas que veía a mi alrededor”), a la par que se fustigaba a partidarios del régimen corruptos, con nombres y apellidos.

Así pues, la versión española de su libro, Berlín, a vida o muerte, no pudo ver la luz hasta finales de 1975, ya en los estertores del franquismo. En ella desgranaba sus vivencias en los últimos meses de vida del III Reich, con algunas divergencias respecto a lo publicado en Portugal y un estilo áspero y pobre, aunque vivo, mechado de antisemitismo y con la habitual parafernalia dialéctica falangista, donde virilidad y españolismo se encumbran como valores máximos.

Dichas memorias han sido objeto de debate entre aficionados y estudiosos del tema desde su aparición. E, incluso, quienes comparten la ideología de Ezquerra han puesto serios “peros” a varios de sus pasajes. Investigaciones exhaustivas sobre la Batalla de Berlín, como la emprendida por Antony Beevor, basada en la documentación militar soviética desclasificada, han ignorado la presencia de españoles en el bando germano. Este hecho se ha sumado a la pérdida de los archivos alemanes, capaces de confirmar o desmentir un relato épico aderezado con nebulosos episodios. Y tampoco ayuda a clarificar la cuestión la peculiar personalidad del autor, atrabiliario, farfantón, con un desmedido afán de protagonismo, amigo de ponerse medallas reales o ficticias y una memoria selectiva, proclive a oportunos olvidos, medias verdades, exageraciones e inexactitudes.

Sin embargo, gracias al testimonio de supervivientes, hoy se da por seguro que la Unidad Ezquerra existió, que un puñado de españoles dirigidos por un aragonés estuvieron entre los últimos pretorianos de la cancillería hitleriana, que ofrecieron una encarnizada resistencia y que sólo capitularon, ya muy diezmados, cuando la incontenible avalancha de fuego guiada en la distancia por Stalin sepultó toda esperanza.

Miguel Ezquerra nació en enero de 1913 en Canfranc, donde su padre, que fallecería siendo él todavía niño, era responsable de un molino. Cursó estudios de Magisterio en Pamplona y su primer destino profesional, como maestro, lo condujo hasta la localidad navarra de Lodosa.

No por ello perdió su vínculo con el Alto Aragón, adonde regresaba en vacaciones. El verano de 1936 decidió disfrutarlo en la capital oscense. Falangista de la primera hornada, tenía la costumbre de reunirse con otros jóvenes de parejo pensar en la terraza del Café Universal. Allí debatían, bebían, vociferaban el Cara al sol y provocaban a contrarios políticos o a paseantes curiosos.

El sábado 18 de julio las radios daban la noticia de un intento de golpe de Estado encabezado por oficiales del ejército contrarios a la República. A primeras horas del domingo, con los soldados ya en las calles de Huesca, Ezquerra se dirigió al Gobierno Militar. El carné de Falange le facilitó al instante un arma y la licencia para usarla.

Le faltó tiempo para alistarse en el bando de los sublevados. Se desconocen con detalle sus andanzas durante la Guerra Civil y en sus memorias apenas les dedica un breve párrafo. Parece ser que se implicó en la ocupación de Ayerbe y Almudévar, antes de ingresar en la 2ª Bandera de la Legión. Fue herido en las proximidades de Huesca y, ya restablecido, se integró en la Columna Móvil de Aragón. Con ella participó en diferentes operaciones bélicas en las tres provincias aragonesas hasta que dolencias intestinales le obligaron a pasar por hospitales militares de Zaragoza y Valladolid.

Tras su mejora, disfrutó de varias semanas de descanso en Canfranc. De nuevo en el frente, solicitó plaza en un curso de alféreces provisionales organizado en Fuentecaliente (Burgos). Con los galones ya en la bocamanga, entró a formar parte de la 7ª Bandera de Castilla y luchó en la sierra de Guadarrama. En marzo de 1938 fue destinado al Regimiento de Infantería Granada nº 6, en Extremadura, y poco después se le concedió el empleo de teniente provisional, que ostentó hasta el final del conflicto. El historiador Luis Antonio Palacio, que le ha seguido la pista en los registros castrenses, revela que obtuvo varias condecoraciones, tanto por comportamientos colectivos como por acciones individuales.

En el curso de la guerra conoció a quien sería su esposa. El estallido de un obús le causó heridas oculares y fue llevado a Sevilla para su recuperación. A la espera de recibir el alta definitiva, se le asignó un empleo en la guardia de la prisión hispalense. Allí coincidía casi a diario con Consuelo Reinoso, hija de un acreditado republicano, secretario del Ayuntamiento, y con un hermano encarcelado por sus ideas políticas. Es muy posible que gracias a la mediación de Ezquerra a este último le fuera conmutada la pena de muerte. Y la relación entablada con Consuelo desembocó en boda.

Rendida la República, solicitó la licencia y se instaló con su familia en Madrid, donde retomó sus labores docentes. Pero al dar inicio la II Guerra Mundial, en pago por su apoyo a la rebelión militar franquista, se presentó como voluntario en la embajada alemana, que rechazó el ofrecimiento.

Se afincó a continuación en el Sur de Francia, en Bayona, para ejercer como profesor de español contratado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. La ocupación del país por el ejército nazi alteró su día a día y se vio obligado a regresar a Madrid.

Aun cuando ya tenía una hija y otra iba en camino, su visceral anticomunismo le espoleó para dejarlo todo y marchar al combate en cuanto se produjo la invasión de la Unión Soviética por parte de Alemania (Operación Barbarroja), en el verano de 1941. Otra vez se postuló sin éxito ante la embajada alemana y, más tarde, intentó ser incluido, también de forma infructuosa, en la llamada División Azul (la 250ª Infanterie-Division de la Wehrmacht), el contingente de voluntarios españoles que viajó a los frentes de Nóvgorod y Leningrado para acabar con el bolchevismo alentados por las autoridades nacionales, que sentenciaron en una conocida arenga que “¡Rusia es culpable!” y, por tanto, “El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”.

Ezquerra removió cielo y tierra durante meses y, por fin, en agosto de 1943, resultó admitido en uno de los reemplazos que partieron para cubrir las bajas que se producían entre los españoles. A su llegada a la Unión Soviética, gracias a su experiencia militar, fue asignado a una compañía antitanques con el grado de teniente. Sin embargo, su estancia no fue muy dilatada ya que a finales de septiembre fue herido por la metralla durante un bombardeo en los alrededores de Kólpino, un suburbio industrial de Leningrado. Tuvo que ser evacuado a un hospital de Riga (Letonia) y, de allí, a otro de Königsberg, la actual Kaliningrado.

Sólo unos días después, a principios de octubre, se ordenaba el retorno de la División Azul. El rumbo de la guerra había dado un giro brusco en las estepas heladas del Frente Oriental y Franco, más interesado en conservar el poder que en guardar lealtad a quienes le habían ayudado a conseguirlo, decidió su repatriación, presionado por los Aliados. El destacamento español fue disuelto de forma oficial el 17 de noviembre y los últimos expedicionarios abandonaron el suelo ruso ya en diciembre. Ezquerra fue uno de los más rezagados, pues no pudo ser trasladado a España, todavía convaleciente, hasta el día 21 de ese mes.

Es muy probable que sus heridas, junto con sus sempiternos problemas gástricos, le impidieran inscribirse en la llamada Legión Azul, la Spanischen Freiwilliger Legion o Legión Española de Voluntarios (LEV), unos dos mil hombres acogidos por la 121ª Infanterie-Division que siguieron en armas hasta ser desmovilizados en marzo de 1944. Sus más celosos miembros, no obstante, se negaron a regresar y encontraron acomodo diseminados en distintas unidades alemanas.

Para entonces, el Gobierno del general Franco, atento al devenir del conflicto y amigo como era de nadar y guardar la ropa, había decretado que todos aquellos españoles que prestaran servicio militar en alguno de los bandos beligerantes serían privados de la nacionalidad española. La medida no supuso un obstáculo insalvable para los devotos más recalcitrantes del nacionalsocialismo. Dispuestos a salvar la “Europa civilizada” del ataque de los “subhumanos” (untermenschen) que colmaban las infames “hordas rojas”, varios centenares intentaron cruzar la frontera francesa para alistarse en el cada vez más necesitado ejército alemán.

Ezquerra fue uno de ellos. Y aquí comienza su relato. Dejó a su familia en un pueblecito de la provincia de Sevilla y subió a un tren con destino a Irún. Durante el viaje conoció a varios camaradas con el mismo propósito y el 2 de abril de 1944, en compañía de un joven gallego, se abrió paso a las bravas en la aduana tras encañonar con una pistola al guardia civil que la custodiaba.

Los alemanes, ahora más receptivos, agruparon a todos los que lograron sortear los pasos fronterizos y los trasladaron a un campamento en las proximidades de Königsberg, de nuevo cerca del Frente Oriental. Al poco de llegar, Ezquerra protagonizó un violento altercado con compañeros que le quisieron gastar una broma y, airado, solicitó a los mandos que se le mantuviese la graduación que había ostentado durante su paso por la División Azul.

Éstos se lo concedieron y lo reubicaron, ya como oficial, en unidades acantonadas en el Pirineo francés, encargadas de ayudar a nuevos voluntarios españoles, así como de detectar y eliminar a los integrados en la Resistencia. Se le ofreció luego un puesto en el Servicio Secreto alemán (Abwerh) y viajó a París para ser formado en radiotransmisión, lenguajes cifrados y fabricación de explosivos. En la Ciudad de la Luz entró en contacto con residentes españoles con el seudónimo de Capitán Kronos para recabar información. En ese momento los Aliados ya habían desembarcado en Normandía y Ezquerra asegura en su libro haber dirigido a un grupo de compatriotas incorporados a las tropas que, sin fortuna, intentaron contener el avance enemigo.

París fue evacuado por los alemanes de forma precipitada y el oscense los acompañó en su caótica retirada. En busca de su batallón, pasó por Austria y Checoslovaquia, hasta dar con él en la ciudad alemana de Coblenza.

Partidarios de los alemanes procedentes de toda Europa, tanto civiles como militares, habían encontrado refugio en el interior del país. Y Ezquerra fue puesto al frente de un pequeño comando integrado por españoles, en su gran mayoría veteranos de la División Azul (de sus 36 componentes, 8 eran aragoneses).

A la cabeza del mismo participó en la Batalla de las Ardenas, la última gran ofensiva de los ejércitos hitlerianos. El mal tiempo, primero el barro y luego la nieve, había empozado a los Aliados en los bosques de la región belga de las Ardenas e impedía que su aviación pudiera despegar, lo que fue aprovechado por los mariscales Model y von Rundstedt para organizar un brioso contraataque en diciembre de 1944. El comando de Ezquerra se infiltró en las líneas enemigas y sorprendió a un bisoño destacamento estadounidense. Destruyó un enorme depósito de municiones e hizo más de trescientos prisioneros.

Sin embargo, el colofón de la operación no fue el deseado. Ezquerra tuvo que ser evacuado, pues sufrió congelaciones en varios dedos de sus pies, algunas de cuyas falanges le fueron amputadas, y en cuanto el cielo se despejó la supremacía aérea aliada frenó en seco la embestida alemana.

Ezquerra fue enviado entonces a Berlín, donde, dados sus recientes éxitos, se le ordenó organizar otra unidad, mayor, formada por españoles. Aunque en sus memorias le reste mérito, en esa decisión resultó decisiva la figura del general Wilhelm von Faupel, quien había fundado, junto con su esposa, el Instituto Iberoamericano para propagar el ideario nazi en los países de habla hispana. Con experiencia como asesor militar en Argentina y Perú, von Faupel había sido nombrado “encargado de negocios” ante el Gobierno de Franco en Burgos en octubre de 1936. Y ejerció como embajador alemán hasta agosto de 1937, cuando fue sustituido a petición española por su apoyo a Manuel Hedilla y a los sectores más radicales del falangismo. En la capital alemana mantuvo su postura y, a través del periódico Enlace, buscó aglutinar a españoles e hispanoamericanos leales a Hitler.

Ezquerra agavilló para su unidad a todo español que encontró. Rebuscó en el ejército alemán a los compatriotas que estuviesen alistados y los reclamó. A ellos sumó a residentes en Berlín necesitados de amparo, a trabajadores que habían llegado a Alemania a través de la organización Todt (creada para nutrir los centros de producción de obreros extranjeros así como de prisioneros, expatriados y judíos en régimen de esclavitud, ya que todos los alemanes en edad de combatir habían sido llamados a filas) cuyas fábricas habían sido destruidas por los bombardeos y vagaban sin recursos ni medios de huida, e incluso a deportados y presidiarios.

En total logró reclutar dos compañías, completadas con algunos franceses y belgas, que fueron acuarteladas en Postdam para recibir una rápida instrucción. El heterogéneo grupo impactó a un veterano del conflicto a su llegada: “Recibimos la orden de ir a Postdam donde se estaba reagrupando a todos los españoles en una sola unidad, capitaneada por Miguel Ezquerra. Nos supo mal abandonar a los camaradas de la SS-Wallonie con los que habíamos combatido y derramado nuestra sangre por un mismo ideal. Cuando llegamos a Postdam nos alojaron en un colegio de huérfanos militares y allí nos encontramos con un espectáculo circense descomunal, había más sargentos que soldados, legionarios pendencieros, gentes de mal vivir, despistados que no sabían dónde ir y antiguos veteranos de la División Azul y de otras unidades de la Wehrmacht. Seríamos aproximadamente entre 100 y 150. Recuerdo entre todos ellos a un legionario que hacia de escolta de Ezquerra, tenía la cara completamente tatuada y llevaba un enorme cinturón del Tercio con dos pistolas, una a cada lado. Años después, me contaron que murió sepultado entre las ruinas de Berlín”.

A mediados de abril de 1945 la Unidad Ezquerra entró en combate por primera vez, en Sttetin, donde defendió una cabeza de puente sobre el río Óder. Pero enseguida se le ordenó replegarse hasta Berlín. Los inconsistentes diques de contención puestos por el ejército alemán no tardaron en desmoronarse y un tsunami de hombres y armas procedente del Este anegó los alrededores de la capital alemana. El Segundo Frente Bielorruso al mando del general Rokossovski, el Primer Frente Bielorruso dirigido por Zhúkov y el Primer Frente Ucraniano de Kónev, además de una parte del renovado ejército polaco, más de dos millones de soldados, pusieron cerco al corazón del Reich.

Y después de haber padecido cuatro años de infames crímenes y brutales matanzas, lo hacían azuzados por acres proclamas: “¡Soldados del Ejército Rojo, ha sonado la hora de la venganza! ¡Lanzad la antorcha a la hoguera de Berlín! ¡Matad, matad, matad! ¡Violad, violad, violad! ¡Ningún alemán es inocente, ni siquiera los que todavía no han nacido!”, demandaba, por ejemplo, el escritor Iliá Ehrenburg (más lírico, la verdad, a su paso durante la Guerra Civil por Aragón, tierra a la que dedicó un sentido poema: “Será tu impulso, ¡corazón! / quemado y rojo Aragón...”).

Mientras miles de civiles buscaban refugio en el mar de escombros provocado por la aviación aliada, se atrincheraban los defensores: lo que quedaba de varias divisiones de las Waffen-SS y de la Wehrmacht, voluntarios extranjeros (nórdicos, holandeses, franceses, belgas...), policías y miembros de las Juventudes Hitlerianas y del Volkssturm, una milicia civil que incluía muchachos de escasa edad y ancianos. En total, unos 95.000 combatientes agotados, mal equipados y desorganizados.

El 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años, la artillería soviética comenzó a bombardear Berlín y cuatro más tarde la ciudad quedó sitiada. Ya no había escape. Los distritos de la periferia fueron pronto ocupados, pero no así el centro, donde durante una semana se recreó el Averno.

Los enfrentamientos se libraban cuerpo a cuerpo, casa por casa, día y noche. La artillería destrozaba edificios y las ametralladoras acribillaban calles, puertas y ventanas despedazando a sus ocupantes. Los soviéticos avanzaban palmo a palmo a costa de enormes quebrantos humanos y materiales (se calcula que perdieron más de 350.000 soldados, entre muertos, heridos y desaparecidos, y unos 2000 carros de combate). Pero la salvaje carnicería, acompañada de violaciones, saqueos, ejecuciones y suicidios colectivos, también devastaba a los defensores.

La Unidad Ezquerra, complementada con los restos de un batallón letón, fue destinada al barrio gubernamental, el epicentro de la lucha. Estableció su cuartel en las ruinas del Ministerio del Aire y fue dispuesta como fuerza móvil. Si bien en poco tiempo no hubo frente ni posiciones estables, cada cual luchaba donde podía, estaba encargada de acudir con urgencia allí donde era requerida para intentar cerrar las brechas que los soviéticos abrían en su avance. Sus fusiles y sus “puños de hierro” o panzerfaust (lanzagranadas antitanque de un único uso) hacían estragos entre la infantería y los carros de combate T-34 enemigos. Sin embargo, después de cada “salida” el número de sus miembros se reducía.


Entre misión y misión se sucedieron los dos episodios que más suspicacias han levantado entre los especialistas. En el primero, durante un descanso, un alto oficial invitó a Ezquerra a que lo acompañara por un laberinto de túneles subterráneos que desembocó, nada más y nada menos, que en el búnker de Hitler. En él, el mismísimo Führer le otorgó la Cruz de Caballero y le ofreció la nacionalidad alemana, que tuvo que rechazar por que un español lo es hasta su muerte. Al acabar el acto, saboreó un té en compañía de Goebbels y el general Hans Krebs.

Según Ezquerra, este mismo general, Krebs, solicitó su presencia cuando fue a parlamentar con el ruso Vasili Chuikov, el defensor de Stalingrado, las condiciones de una posible rendición alemana. Pero éste sólo aceptaba el sometimiento incondicional, que fue rechazado.

No es del todo imposible que en medio de aquella dantesca locura las cosas sucedieran tal y como el oscense las narra, aunque el jerarca nazi pasó sus últimos días de vida “sedado” para evitar un colapso nervioso y es más que improbable que encontrara un rato para recibir efusivamente a un oficial menor, extranjero, y concederle la nacionalidad alemana. Y tampoco parece tener mucho sentido que Krebs le pidiese que lo acompañara en su misión, ya que apenas lo conocía y Ezquerra no hablaba ruso y se defendía con torpeza en alemán.

Además, la misión de Krebs tuvo lugar el 1 de mayo, sólo un día antes de la rendición definitiva, y fue ordenada por Goebbels tras el suicidio de Hitler. Pero el Führer en persona, según Ezquerra, fue quien más tarde dictó que su Unidad ayudara a las que intentaban romper el cerco por el Norte de la ciudad para abrir una vía de escape.

Fuera quien fuera la persona que dio dicha orden, si es que ésta existió, lo cierto es que los hombres de Ezquerra que quedaban, muchos heridos y todos extenuados, se embarcaron en una huida desesperada, visto que todo estaba perdido y que las nuevas armas maravillosas (Wunderwaffen), que a última hora iban a revertir la situación según los más fanáticos, eran fruto de la fantasía.

Al intentar atravesar un puente cubierto de restos humanos y barrido sin cesar por las ametralladoras soviéticas, el grupo se deshizo. Sólo Ezquerra y tres compañeros lograron franquearlo. Poco después, ya sólo quedaban dos, Ezquerra y un sargento llamado Juan Pinar, quien optó por buscar la salvación por su cuenta (y que años más tarde, tras ser liberado por los soviéticos, se atribuiría la jefatura del grupo de combatientes españoles en Berlín). Al resto se le perdió la pista (alguno pudo escapar, pero casi todos murieron en la pelea, fueron fusilados o hechos prisioneros).

Tras enterarse del suicidio de Hitler, Ezquerra fue detenido e incorporado al torrente de cautivos que los vencedores conducían a pie hacia el Este. Al paso de su convoy por Polonia, una noche, entre Ezquerra y varios compañeros lograron matar a un guardia y fugarse. Decidieron separarse y se confundieron en el babélico caos de refugiados, deportados, exreclusos liberados y militares desmovilizados que, por miles, atravesaban Europa en distintas direcciones.

Ezquerra regresó a Berlín, convertido en una pira funeraria, y con ayuda de una amiga falsificó un documento de identidad argentino en el Instituto Iberoamericano, ya desmantelado (los von Faupel se habían suicidado). Con él, consiguió que los soviéticos lo evacuaran al sector británico de la ciudad, desde donde se trasladó a Bélgica haciéndose pasar por refugiado y, de allí, a París.

Los exiliados españoles de la ciudad lo conocían, por lo que tuvo que andar con pies de plomo. Tras fracasar en su intento de embarcarse hacia América, un antiguo camarada le prestó su documentación. Con ella viajó hacia el Sur en tren, a pie y en una bicicleta que robó hasta que, por fin, alcanzó la frontera española. Y ahí termina su relato.

De su vida posterior poco se conoce. Javier Nart lo entrevistó para la revista Interviú en 1982 y en el diálogo que mantuvieron trazó una trayectoria vital, después de su llegada a España, poco creíble. Aseguraba que al poco tiempo había sido requerido por el Servicio Secreto español. Luego se alistó en la Legión Extranjera francesa, con la que operó como agente doble para los españoles en Marruecos y estuvo en Vietnam. La abandonó y fue contratado por el dictador dominicano Leónidas Trujillo para adiestrar la “Legión Anticomunista del Caribe”. Como no le gustó lo que vio, se marchó a Brasil y Paraguay, donde contactó con antiguos nazis. En ese último país dirigió una concesión maderera que fracasó y, tras residir en Chile y Argentina, regresó a España.

En esa entrevista también afirmaba haber hablado en Sudamérica con Martin Bormann, el temible secretario personal de Hitler. Hoy se sabe seguro (por pruebas de ADN hechas a sus restos) que, como declaró un testigo, había muerto el 2 de mayo de 1945 al intentar huir de Berlín.

Como se ve, las lindes entre los recuerdos de Miguel Ezquerra y sus fabulaciones eran sumamente porosas. Pero no por ello todo lo que cuenta es falso. El núcleo central de sus memorias parece ser real, si bien la mayoría opina que las “enriqueció” de forma innecesaria, para darse importancia. No obstante, cuando publicó su libro todavía vivían muchos de sus compañeros de armas. Y nunca nadie lo desmintió ni lo acusó de fraude.

Miguel Ezquerra Sánchez falleció en octubre de 1984 en Madrid y está enterrado en el cementerio de La Almudena, en el panteón que guarda los restos de los veteranos de la División Azul.

Para saber más:
-ANSUÁTEGUI, Antonio (seudónimo de Francisco F. Mateu): Los últimos cien días de Berlín, Barcelona, Mateu, 1945.
-BEEVOR, Anthony: Berlín, la caída. 1945, Barcelona, Crítica, 2002.
-EZQUERRA, Miguel: Berlín, a vida o muerte, Barcelona, Acervo, 1975.
-NART, Javier: “El jefe español de las SS”, en Interviú, 10-16 de noviembre de 1982.
-PUENTE. Moisés: Yo, muerto en Rusia (Memorias del alférez Ocañas de la División Azul), Madrid, San Martín, 2003.
-SANZ JARQUE, Juan José: Del Ebro a Volchof (3 vols.), Madrid, Actas, 2010-2012.
-VADILLO, Fernando: Los irreductibles, Alicante, García Hispán, 1993.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Paco Ponzán, un grito de libertad

De uno de los laterales de la gran Place d’Europe, en el corazón de Toulouse, nace una rectilínea alameda que se adentra en los jardines Compans Caffarelli, un inmenso espacio verde siempre frondoso gracias al húmedo aliento del cercano río Garona. A mediados de 2010 esa serena arboleda, propicia para la meditación y el descanso, y hasta entonces innominada, fue bautizada por las autoridades locales.

Al acto acudió el alcalde socialista de la ciudad acompañado de su antecesor, conservador, pues se pretendía rendir tributo a quien todos en el lugar consideran un legendario héroe de la Resistencia durante la ocupación nazi del país, en la II Guerra Mundial. Alguien que, al concluir la brutal contienda, recibió unánimes y públicos elogios de los máximos dirigentes de las potencias aliadas como muestra de reconocimiento y admiración.

Entre otras distinciones, fue laureado por Francia con la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Guerra y el grado de capitán de sus fuerzas armadas; el Reino Unido le otorgó la Insignia de la Hoja de Laurel de la Corona, que sólo en muy excepcionales ocasiones se concede a los no nacionales, y la Medalla del Rey por el Valor en la Causa de la Libertad; y el gobierno de los Estados Unidos hizo solemne entrega de un Certificado de Gratitud firmado por el presidente Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las tropas que combatieron a Hitler en Europa.

Ese luchador ya mítico se llamó Francisco Ponzán Vidal, aunque en la clandestinidad también era conocido por varios alias: Vidal, Paco, Gurriato, El gafas o El maestro de Huesca. Y como este último apodo indica, no era francés sino que, como el propio Garona, hundía sus raíces en Aragón, una saturniana tierra donde no hay calles con su nombre ni ningún monumento en una plaza como homenaje; donde sólo un puñado de fervorosos incondicionales intenta que el sañudo olvido no consiga aventar el recuerdo de quien arriesgó su vida, todos los días durante varios años, para rescatar de la barbarie más infame a cientos de personas armado, sobre todo, con su audacia y su inteligencia.

Los padres de Paco Ponzán vivieron una primera madurez viajera. Su progenitor, Agapito, natural de Sena, un maestro ilustrado que nunca ejerció, era empleado de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, la Norte, una empresa ferroviaria creada en 1858 que se extendió por gran parte de la mitad septentrional del país hasta ser nacionalizada y absorbida por RENFE en 1941.

Escoltado siempre por su esposa Tomasa, nacida en la capital oscense, su trabajo le obligó a constantes traslados. Así, la familia vivió breves estancias en Asturias, Cataluña y Castilla hasta su definitivo regreso a Huesca, cuando Paco, llegado al mundo en Oviedo el 30 de marzo de 1911, había cumplido ya los dos años.

Su infancia en el Alto Aragón se vio marcada por el temprano fallecimiento de su padre, en 1919, en la terrible epidemia de la llamada “gripe española”. Tomasa, mujer religiosa, lo matriculó en el colegio de los Salesianos para que aprendiera las primeras letras. Pese a estar en todo momento arropado por su madre y sus cuatro hermanas, el único varón de la casa no se amoldó a las exigencias del centro y, tras varios cursos, acabó por abandonarlo. Entró entonces como aprendiz en la imprenta y librería Iglesias (todavía abierta, aunque ya sólo como librería), donde cristalizó su amor por los libros. Se convirtió en un lector insaciable y decidió retomar sus estudios.


Tras superar un examen, con tan sólo 14 años ingresó en la Escuela Normal de Huesca para estudiar Magisterio. Allí coincidió con un compañero que se convertiría en el hermano que no había tenido, Evaristo Viñuales, y también con un profesor de los que se guarda memoria de por vida, de los que son capaces de abrir surcos en el pensar de sus alumnos y plantar en ellos ubérrimas semillas, Ramón Acín. Militante anarquista desde muy joven, un Acín ya maduro se había dado cuenta de que la auténtica revolución, la única que podía dar frutos perennes, era la de la enseñanza. Estaba al corriente de las teorías pedagógicas más avanzadas y en su quehacer diario primaba la formación integral de la persona sobre los contenidos del temario.

Su ejemplo de honestidad, trabajo, generosidad, confianza en el ser humano y compromiso con los más humildes alentó a Ponzán a seguir su estela. Y sus desatadas ansias de justicia social, en una España donde reinaba la miseria, le llevaron a implicarse de forma apasionada en todo tipo de actividades “subversivas”: mítines, algaradas estudiantiles, apoyo a huelgas, sabotajes a pequeña escala… Se afilió a la CNT y la policía no tardó en estar tras sus pasos.

En la alborada de su vida adulta, con 18 años y sus estudios ya concluidos, inició su carrera de maestro. Su primer destino, provisional, fue Ipás, un pequeño pueblecito próximo a Jaca. Unos cursos después, fue enviado más al Sur, a Castejón de Monegros, una localidad ya mucho mayor, al Este de la sierra de Alcubierre.

Sus tareas docentes no le impidieron seguir con su participación en acciones políticas o de protesta, lo que se tradujo en repetidas visitas a prisión, donde eran habituales los malos tratos. Fue encarcelado en 1930, tras la sublevación militar de Jaca contraria a la monarquía; en 1932, por su apoyo a los trabajadores en huelga de una empresa química de Sabiñánigo; a finales de 1933, cuando se encontraba en Zaragoza para alentar una revuelta libertaria; y en 1934, acusado de complicidad en la fuga de varios presos anarquistas de la cárcel de Huesca.

A pesar de todos esos “contratiempos” pudo obtener por oposición una plaza de maestro en propiedad, si bien tuvo que desplazarse hasta Galicia. Estuvo una temporada como educador en el municipio coruñés de Mazaricos, en concreto en la parroquia de Os Baos (que en 1966 fue desalojada y anegada por las aguas del embalse de Fervenza, construido para dotar de energía hidroeléctrica a una fábrica metalúrgica). Y, en enero de 1936, dejó el interior para ejercer su profesión a orillas del mar, en Camelle, un caserío pesquero de la indómita Costa da Morte perteneciente al concejo de Camariñas. Allí donde fue, se adhirió a la sección local de la CNT.

Ese año, al terminar el curso académico, se dispuso a pasar sus vacaciones con la familia. Y en Huesca se encontraba cuando se produjo la insurrección militar del 18 de julio. Ante tal trance, nutridos grupos de militantes de izquierda, algunos llegados de localidades cercanas, se congregaron ante el edificio del gobierno civil oscense. Hubo una reunión con el gobernador, Agustín Carrascosa, para convencerle de que repartiera armas entre la población con el fin de defender la legalidad republicana. Sin embargo, éste, como otros, no calibró bien la gravedad del suceso y se negó. Paco Ponzán, que como una moderna Casandra vaticinó la tragedia que se avecinaba, era partidario de tomarlas por la fuerza. Pero su antiguo preceptor, Acín, refrenó su desbocado ímpetu y le rogó prudencia. Su moderación le costaría la vida.

Con sólo uno de los bandos enfrentados armado, los partidarios del fallido golpe de Estado pronto controlaron la situación y comenzaron la supresión sistemática de sus oponentes. No hubo ninguna clemencia. Las consignas dictadas por el general Mola eran claras: “es necesario propagar una atmósfera de terror. Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros”.

Ramón Acín estuvo entre los primeros en ser asesinados, el 6 de agosto. El día 23, Conchita, su esposa, formaba parte de una tanda de casi un centenar de republicanos, incluidas once mujeres, que serían paseados por la ciudad y luego ejecutados.

Paco Ponzán consiguió abandonar Huesca cuando se hizo evidente que todo estaba perdido. A escondidas, caminando por la noche, encontró abrigo en casas de amigos de Chibulco y San Julián de Banzo, hasta alcanzar Angüés, en zona republicana. Su hermana Pilar, asimismo maestra, no tuvo tanta fortuna. Fue detenida y recluida en el jacetano fuerte de Rapitán.

El vacío de poder que se originó en el Aragón fiel a la República al inicio de la Guerra Civil hizo posible la constitución, en octubre de 1936, del denominado Consejo de Aragón, una entidad política regida, de forma mayoritaria, por dirigentes de la CNT. En él, Ponzán ocupó en un principio la cartera de Transportes y Comunicaciones, aunque más tarde pasó a ser auxiliar de su amigo Evaristo Viñuales en la de Información y Propaganda.

La sede del Consejo se fijó en Caspe, donde Paco conoció a Palmira Pla, una maestra de Cretas que organizaba unas colonias escolares en las que amparar de cotidianos horrores a los más pequeños, aunque fuera sólo por unos días. E iniciaron una relación que sembrarían de obstáculos la locura, el odio y la sinrazón de las armas.

En el verano de 1937, tras los enfrentamientos en Cataluña entre partidarios de la revolución social (CNT-FAI y POUM) y aquellos que consideraban prioritario ganar la guerra, además de ver con recelo las políticas aplicadas por los anarcosindicalistas (Gobierno, Generalitat y PSUC), las autoridades republicanas decidieron disolver el Consejo de Aragón.

Viñuales y Ponzán se integraron entonces en la 127 Brigada Mixta, dirigida por un viejo conocido de ambos, Máximo Franco, natural de Alcalá de Gurrea. En esa unidad operaba desde el inicio del conflicto un pequeño grupo guerrillero, formado sólo por aragoneses, autodenominado Libertador. Y en él encontró Ponzán, un hombre de acción alejado del frente por su acentuada miopía, el medio ideal para dar lo mejor de sí mismo en pro de la causa republicana.

El grupo, que se integró en el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP), estaba especializado en arriesgados golpes de mano tras las líneas enemigas, donde mantenía una red de contactos encubiertos. Entre sus tareas destacaban el salvamento de evadidos, la voladura de puentes, vías férreas y otras líneas de comunicación, y la obtención de datos actualizados sobre movimientos de tropas y su composición. Ponzán, con el grado de teniente, pasó a preparar y coordinar sus misiones, así como a notificar su resultado al Estado Mayor.

A medida que el frente de guerra fue moviéndose hacia el Este, empujado por las ofensivas del ejército de Franco, también se trasladó el campo de acción de los miembros de Libertador. Ya en Cataluña, incorporó a sus filas a varios combatientes locales, conocedores del idioma y el terreno. Pero en 1939 nada pudo evitar el derrumbe definitivo de una República desbaratada y el 10 de febrero Ponzán, con sus hombres, cruzaba la frontera con Francia por la localidad gerundense de Puigcerdá para alcanzar Bourg-Madame, no muy lejos del Principado de Andorra.


Antes de ser interceptados por los gendarmes franceses, lograron ocultar sus armas, ya que albergaban la esperanza de seguir el combate contra el franquismo en un futuro próximo. Después, fueron conducidos al campo de internamiento de Vernet d'Ariège, unos kilómetros al Sur de Toulouse.

Edificado como campo de prisioneros en la I Guerra Mundial, Vernet d'Ariège se convirtió en un centro disciplinario en el que fueron confinados “extremistas” españoles y miembros de las Brigadas Internacionales. Entre sus más afamados moradores figuraron el escritor Max Aub (que plasmó su desolador testimonio en Laberinto mágico y Manuscrito cuervo) y el cartelista Luis García Gallo, quien había colaborado en la publicación de Felipe Alaiz Vida y muerte de Ramón Acín y fue, años más tarde, reconocido dibujante de cómics en Francia con el seudónimo de Coq (trabajó con Goscinny en series tan populares como Yvette, La Fée Aveline y Docteur Gaudéamus).

Aun cuando seguía internado, dados su experiencia y sus éxitos anteriores, la dirección de la CNT encargó a Ponzán organizar el paso a Francia de los anarquistas prófugos en España, así como de los huidos de los campos de concentración creados por los vencedores de la Guerra Civil. En busca de nuevos agentes, guías, enlaces, alojamientos y documentación, varios de sus colaboradores escaparon de Vernet d'Ariège, de donde el propio Ponzán pudo salir gracias a un contrato de trabajo, como mecánico, que le ofreció un activista francés de izquierdas, Jean Bénazet, afincado en Varilhes.

Allí se estableció de modo temporal y allí se reencontró con su hermana Pilar, quien llegó acompañada de la viuda y la pequeña hija de Evaristo Viñuales. Éste y Máximo Franco, atrapados en el puerto de Alicante junto a un aluvión de miles de republicanos desahuciados, se habían suicidado, cogidos de la mano, el 1 de abril de 1939 (“el día de la Victoria”) antes de dejarse atrapar por las tropas italianas enviadas por Mussolini, que los tenían cercados.

Pilar, al contrario que muchos compañeros, había logrado esquivar la condena a muerte tras ser sometida a un consejo de guerra y, meses más tarde, formó parte de un canje de prisioneros. En ambas ocasiones, es más que probable que su “buena suerte” estuviese ligada a Carmen, otra de las hermanas Ponzán, casada con un militar que se había sumado a la sublevación del 36.

Cuando Pilar se trasladó a Varilhes, en enero de 1940, la II Guerra Mundial daba sus primeros pasos. El fuego de la sangrienta tragedia que había abrasado España se reavivaba con gran fuerza, ahora por todo el planeta.

En mayo de ese mismo año Paco cruzó furtivamente la frontera para establecer nuevos contactos en el Alto Aragón e intentar liberar a camaradas detenidos. En las cercanías de Boltaña se topó con una patrulla militar y resultó herido. Amigos de la zona lo curaron y escondieron hasta que pudo regresar a Francia. Sólo unos días después, el 14 de junio, los nazis entraban en París y el 22 se firmó el armisticio que dividía Francia en dos zonas, una ocupada por los alemanes y otra bajo el control de un régimen que colaboraba con ellos, dirigido por el mariscal Pétain.

Pétain y Franco se habían conocido en Marruecos, en los años 20, y se profesaban mutua admiración. De hecho, Pétain fue el primer embajador francés ante el Gobierno franquista, antes de que acabara la Guerra Civil. Si la acogida de los franceses a los exiliados españoles había sido, salvo excepciones, desabrida y recelosa, la situación a partir de ese momento se hizo todavía más tensa.

En septiembre de 1940, los Ponzán se trasladaron a Toulouse, una gran ciudad, donde sus actividades en favor de los anarquistas fugitivos podían pasar más inadvertidas. Sin embargo, el Servicio de Inteligencia británico consiguió localizarlos. Desde el inicio de la contienda mundial, numerosos militares del bando aliado que huían de los alemanes buscaban la manera de alcanzar un refugio. En poco tiempo se había logrado trenzar una trama de casas y personas de confianza que facilitaban su viaje hacia el mediodía francés como única escapatoria posible, pues al Oeste se extendía el mar y por el Norte y el Este, el enemigo. Pero ante ellos se alzaban dos obstáculos difíciles de franquear: la frontera española y los Pirineos.

Para poner a salvo a docenas de hombres en peligro embolsados en Marsella y sus alrededores, los impulsores de esa cadena de evasión, el capitán escocés Ian Garrow y el general belga Albert Guérisse, cuyo alias Pat O’Leary daría nombre a la organización, solicitaron la ayuda de Paco y sus montaraces colaboradores. Curtidos luchadores, idealistas e irreductibles, acostumbrados a sortear tanto fusiles enemigos como quebrados riscos, eran los únicos capaces de hacer permeables las montañas y filtrar hasta territorio español a los hostigados por los nazis, e incluso conducirlos a grandes ciudades como Barcelona, desde donde los consulados británico y belga los podían trasladar hasta Gibraltar o Portugal.


Los dirigentes anarquistas en el exilio, el llamado Consejo General del Movimiento Libertario, se opusieron a colaborar con quienes habían abandonado a la República española a su suerte y desautorizaron la operación. Pero Paco, a pesar de los mutuos recelos, desoyó la decisión y aceptó prestar su apoyo. Con amigos entre comunistas, socialistas y liberales, su prioridad era la desaparición de la dictadura franquista y estaba convencido de que la derrota de Hitler precipitaría, a continuación, la caída de sus correligionarios españoles. Además, no era sólo la libertad de Francia o de Gran Bretaña lo que estaba en juego. La negrura del totalitarismo se cernía sobre todo el mundo.

La red dirigida por Ponzán se puso, por tanto, al servicio de los aliados, encargados a partir de ese momento de su armamento y financiación. Un flujo constante de civiles y militares, en especial pilotos derribados, fue guiado a lugares seguros por anarquistas españoles a través de desfiladeros pirenaicos o bien desde playas mediterráneas. Británicos, polacos, holandeses, belgas, checos, griegos, yugoslavos, estadounidenses…

Sólo Ponzán, el organizador, estaba al tanto de todos los detalles. Sus hombres ni sabían ni querían saber más que lo imprescindible para llevar a cabo cada trabajo, con el fin de no tener nada que contar si eran atrapados. Hubo misiones centradas en socorrer a un solo individuo, como un general inglés que fue acompañado hasta la Ciudad Condal. Y también las hubo con grupos numerosos, que precisaban una infraestructura diferente, como la que ayudó a cruzar a España a 62 judíos que, en su mayoría, llegaron con bien a su destino (un anciano murió de agotamiento en la montaña y un joven tropezó y se despeñó).

Antes de partir, se facilitaba a los huidos documentación falsa de impecable factura y, de ser necesario, ropa nueva o réplicas exactas de uniformes. De forma temporal, se alojaban en pisos francos o de personas amigas. Y no fue raro que algunos se cobijaran en la propia residencia de los Ponzán. Allí, cuando era posible, Paco intentaba ahuyentar los mordiscos del miedo con bromas o con conversaciones sobre Literatura, en particular sobre autores renacentistas europeos y del Siglo de Oro español, como evocaría tiempo después uno de sus asistentes más cercanos, Salvador Aguado (tras la guerra se exilió en Hispanoamérica y fue profesor en varias Universidades; publicó un ensayo sobre el Lazarillo que dedicó a Ponzán, en recuerdo de sus charlas).

En junio de 1941 fue detenido Ian Garrow, hecho que no frenó la actividad de Ponzán y sus hombres. Su sangre fría y su pericia les permitían maniobrar con destreza en un entorno cenagoso, habitado por arribistas, confidentes, espías y agentes dobles. Sobornos y traiciones se entremezclaban con la desesperación y las ganas de vivir. La policía de Vichy estaba al acecho y era fácil cometer un error o que alguien aprovechara la desgracia ajena para conseguir dinero, salvar la propia vida o la de algún allegado, a cualquier precio y de cualquier manera.

En octubre de 1942, Paco y Pilar Ponzán, junto a otros activistas españoles, fueron descubiertos y arrestados. Por fortuna, pese al minucioso registro de su domicilio, no fueron halladas ni las armas que guardaban ni los útiles para falsificar documentos.

Los hombres fueron enclaustrados de nuevo en el campo de Vernet d'Ariège, reconvertido por los alemanes en centro de reagrupación para familias judías “en tránsito”. Sin embargo, sólo estuvieron en él unas semanas. Agentes de los servicios secretos franceses, que jugaban con dos barajas al ver que la guerra no tenía vencedor claro, se presentaron con falsas órdenes de traslado y lograron liberarlos.

Tras su salida, Ponzán retomó su arriscada lucha en favor de los perseguidos por los nazis, aunque ésta se volvió todavía más complicada. En noviembre de 1942 la seguridad interna, las fronteras y la policía de toda Francia quedaron bajo mando de la Gestapo y las SS, secundadas por milicias locales ultraderechistas. Todo el mundo se convirtió en sospechoso; todo el mundo tenía pánico de que alguien llamara a golpes a la puerta de su casa o de que un coche se parara de pronto en la calle, a su lado. Significaba el fin.

Un antiguo legionario francés a sueldo de los alemanes logró infiltrarse en la organización y delató a gran parte de sus componentes. Unas cien personas acabaron encarceladas. La mayoría fueron torturadas y ejecutadas. Otras, conducidas a campos de exterminio alemanes, un infierno en el que muy pocos sobrevivirían. Albert Guérisse fue apresado en marzo de 1943 (cautivo en Dachau y Mauthausen, lograría salvar la vida) y Ponzán pasó a ser el hombre más buscado de Toulouse. Convenció a sus más cercanos compañeros para que escaparan, pero él permaneció en la ciudad. Además de su tarea clandestina, le preocupaba su hermana Pilar, que seguía recluida.

Se cambió el peinado, las gafas y se dejó bigote para pasar inadvertido. Aun así, el 28 de abril de 1943 un policía lo paró por la calle por que le sonaba su cara. Aunque no lo reconoció, al ir indocumentado, lo detuvo. Estuvo varios meses encarcelado, como un preso anónimo, a la espera de juicio. Pero en aquel tiempo la muerte hablaba alemán y estaba siempre al acecho. Alguien lo identificó, la Gestapo lo reclamó y el intendente general de la policía, Pierre Marty, quien sería fusilado al acabar la guerra, se lo entregó.

En cuanto se enteró de su detención, Palmira Pla abandonó Chartres, donde se había afincado y trabajaba como costurera, para instalarse en Toulouse. Sin camaradas que pudiesen auxiliarlo, ella era su único y efímero consuelo. Lo pudo ver a lo lejos durante su juicio y, cada cierto tiempo, le llevaba comida y ropa limpia a la cárcel.

En el verano de 1944 Pilar se unió a Palmira, tras aprovechar un motín generalizado para escapar del campo de Gurs junto a otras españolas. Por desgracia, la primera visita de la pareja al penal fue baldía. Paco ya no estaba allí.


El 17 de agosto de 1944, dos días antes de que los alemanes abandonaran Toulouse en retirada y cuando ya se combatía en sus calles, seleccionaron a una cincuentena de presos a los que no querían dejar atrás y los montaron en camiones. Al llegar al bosque de Buzet-sur-Tarn, a unos 30 km de la ciudad, el convoy paró y los hicieron bajar. Nadie sabe bien qué sucedió allí. En casas cercanas se oyeron ráfagas de ametralladora y, poco después, los vecinos vieron alzarse tres enormes columnas de humo, antes de que los vehículos regresaran en dirección a Toulouse.

Parece ser que, tras ametrallarlos, habían hecho tres pilas con los cuerpos de muertos y moribundos, las habían rociado de gasolina y les habían prendido fuego. Entre los vestigios carbonizados, hermanados ya para siempre, se encontraban los de Paco Ponzán. No pudo cumplirse, por tanto, una de sus últimas voluntades, reflejadas en el testamento autógrafo que dejó en prisión: Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales.

Tras la liberación de Francia, se sucedieron los homenajes y los reconocimientos póstumos. Se calcula que Ponzán y sus hombres, muchos aragoneses, sacrificaron sus vidas para salvar la de alrededor de 3000 personas de forma directa (más o menos, el triple que las salvadas por el mundialmente conocido Oskar Schindler) y muchísimas más de forma indirecta, pues actuaron incontables veces como correo de informaciones clave para el desarrollo de la guerra.

Sin embargo, quienes celebraron su coraje y sus obras le negaron su máxima ambición, acabar con la dictadura de Franco, que se prolongaría durante décadas.

Para saber más:
-BROME, Vincent: L'histoire de Pat O'Leary, París, Amiot-Dumont, 1957 (versión inglesa: The Way Back. The Story of Lieut-Commander Pat O'Leary, Londres, The Companion Book Club, 1958).
-CLAVET, Josep: Las montañas de la libertad, Madrid, Alianza, 2010.
-JUAN, Víctor: Por escribir sus nombres (novela), Zaragoza, Prames, 2007.
-MONTSENY, Federica: Pasión y muerte de los españoles en Francia, Toulouse, Espoir, 1969.
-PONS PRADES, Eduardo: Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2003.
-PONZÁN, Pilar: Lucha y muerte por la Libertad, 1936-1945, Barcelona, Tot Editorial, 1996.
-SÁNCHEZ AGUSTÍ, Ferrán: Espías, contrabando, maquis y evasión. La II Guerra Mundial en los Pirineos, Lérida, Milenio, 2003.
-TÉLLEZ, Antonio: La Red de Evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Barcelona, Virus, 1996.
-VV.AA.: La España exiliada de 1939, Zaragoza, IFC, 2001.
-Francisco Ponzán, el resistente olvidado (vídeo documental): https://www.youtube.com/watch?v=H11q0ow7pTg



martes, 30 de junio de 2015

Juan José Laborde, un jacetano en la Corte del rey de Francia

Algunas veces el curso de la historia se acelera de manera brusca. Durante un limitado espacio de tiempo altera su habitual fluir y sobreviene un sensible salto cualitativo. En el mundo occidental, una de esas excepcionales ocasiones se vivió a finales del siglo XVIII, cuando la afilada hoja de la guillotina descabezó un Antiguo Régimen en descomposición.

En las décadas anteriores, los filósofos de la Ilustración habían aupado la Razón a un pedestal del que ya no ha bajado, los artistas volvieron sus miradas hacia la Antigüedad clásica, hubo guerras que convulsionaron continentes y nació un nuevo país, los Estados Unidos de América, que no tardaría en convertirse en señera potencia mundial. En todos y cada uno de esos trascendentes pasos previos al arrebato final tuvo un protagonismo incuestionable, si bien en la sombra, un jacetano llamado Juan José Laborde. En Europa le dedican tesis, estudios y publicaciones. Por el contrario, en su Aragón natal muy pocos han oído hablar de él.

A pesar de sus majestuosas moles pétreas, sus ásperos acantilados cortados a pico y sus tortuosas hoces, los Pirineos nunca han constituido un muro infranqueable. Desde la llegada del hombre al lugar, el tránsito de personas, mercancías e ideas entre sus dos porosas vertientes, la norte y la sur, ha sido incesante.

Los pueblos prerromanos que habitaron la Cordillera compartieron formas de vida y costumbres. Las calzadas romanas facilitaron, más tarde, el trasiego. Por ellas circularon carros, caballerías e infinidad de gentes a lomos de sandalias, abarcas o alpargatas. Los visigodos reinaron a ambos lados del macizo montañoso y, en la Edad Media, colonos llegados de lo que hoy es la Francia meridional abundaron en la repoblación del territorio arrebatado por los cristianos a los musulmanes.

Entre los extranjeros instalados en tierra aragonesa en tiempos más recientes, la francesa siempre ha sido, por vecindad, la comunidad más numerosa. Sobre todo en la capital, donde lograron enraizarse y medrar familias por todos conocidas (Bruil, Averly, Lac…), así como en poblaciones próximas a la frontera. En una de ellas, en Jaca, primera villa del Reino, se afincaron a comienzos del siglo XVIII el joven Jean Pierre Laborde y su esposa, Marguerite Aleman de Sainte-Croix.

Jean Pierre era natural de Bielle, una pequeña localidad del Bearne emplazada en el valle de Ossau, comunicado con el oscense valle de Tena a través del paso de El Portalet. Allí su familia regentaba un hostal. Él, sin embargo, se estableció como tratante de ganado, aunque parece ser que también ejerció de ocasional banquero y no fue ajeno al velado contrabando de diferentes productos entre ambos países, práctica inmemorial en la zona desde la aparición de las invisibles barreras políticas.

El apellido Laborde, con sus variantes locales (Laborda, Labuerda), muy extendido en suelo oscense, incrementó todavía más su presencia tras el nacimiento de los cuatro hijos de la pareja. Juan José, llegado al mundo en enero de 1724, fue el menor y el único varón. En las calles de Jaca, al amparo de su centenaria catedral, al igual que en los cercanos parajes pirenaicos que luego añoraría, transcurrió su tranquila infancia. Pero al no ver claro su futuro en el Alto Aragón, cuando cumplió los 10 años su progenitor lo envió a casa de unos familiares en Bayona.

En aquel tiempo, la ciudad francesa despuntaba como uno de los puertos más prósperos del país vecino. Un primo suyo dirigía una compañía marítima de importación y exportación, y en ella entró de aprendiz. Trabajó duro y se mantuvo siempre atento a todo. Así, cuando en 1748 se produjo el fallecimiento de su primo, le sustituyó al frente del negocio con tan solo 24 años.

Con las riendas en su mano, la empresa prosperó de forma exponencial. Sus contactos en Madrid, pero también su condición de español y su dominio del idioma, le permitieron acaparar las importaciones francesas de plata procedente de las colonias hispanoamericanas. Desde la llegada de los Borbones al trono de España, los principales focos financieros de la Corte y de la Administración se encontraban en manos de banqueros originarios del suroeste de Francia, en dura pugna con inversores vascos y navarros. Y el panorama no varió tras la creación, en 1748, del llamado Real Giro, institución estatal que buscó monopolizar el lucrativo flujo de plata amonedada hacia Europa.

La moneda de plata española (el real de a ocho o piastra) era la más demandada y la única aceptada en todos los rincones del planeta, incluido el Extremo Oriente, por su acreditada calidad. Resellada por otros Estados o no, se convirtió en la primera divisa internacional (y también la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos, donde circuló hasta 1857).

Para gestionar el negocio, Laborde se asoció a François Nogué, marido de su hermana mayor, Orosia (nombre que subrayaba los vínculos de la familia con Jaca, cuya patrona es Santa Orosia). En 1752 fundaron Laborde & Nogué, que representó en Bayona a la Compañía Francesa de las Indias Orientales, necesitada de las monedas españolas para, entre otras transacciones, la compra de algodón hindú. A su vez, canalizó diversas operaciones económicas entre las monarquías española y francesa. En pago, obtuvo favores políticos y beneficios económicos de ambas.

Parte de los cuantiosos dividendos obtenidos con la plata fueron reinvertidos por Laborde en diferentes proyectos. Se hizo dueño de una flota de barcos de pesca que incluía varios balleneros, participó en el comercio transatlántico de materias primas, especias y frutas tropicales, adquirió una gran hacienda en Haití con el fin de cultivar caña de azúcar y hasta se involucró en la trata de esclavos, para dotar sus plantaciones de vigorosos braceros.

En el otoño de 1756 dio comienzo una encarnizada “guerra mundial”. La conocida como Guerra de los Siete Años (1756-1763) enfrentó en distintos campos de batalla a dos poderosas coaliciones. Por un lado, la formada como potencias principales por Francia, Austria, Rusia y Suecia. Por otro, la que integraron Gran Bretaña y Prusia, junto con varios aliados menores. Con el paso del tiempo, España también sería arrastrada a la contienda, de lado de los primeros, mientras que Portugal lo haría en apoyo de los segundos.

La penuria de fondos del Estado francés para abastecer y sostener a sus ejércitos le llevó a solicitar préstamos a Laborde. Éste adelantó el dinero preciso de su ya insondable bolsa o bien suministró equipos y víveres. Además, consiguió mediante un crédito personal, que le concedió de forma reservada el rey de España, 12 millones de libras en oro.


Gracias a ello, sólo unas semanas después del inicio del conflicto armado, el jacetano ya ejercía como consejero de la cancillería de Luis XV. Su influencia en palacio se abría paso a grandes zancadas. Y con poco más de treinta años, hacía gala de escudo de armas (que luego heredaría la localidad de Méréville, en la que Laborde residió en sus últimos años) y acuñó una divisa Ex parvo, multum (De poco, mucho), declaración explícita, sin pudor alguno, tanto de sus humildes orígenes como de sus formidables conquistas económicas y sociales. La joven aristocracia del dinero ya no se amilanaba acomplejada ante la rancia aristocracia de sangre.

En septiembre de 1758, presionado por los principales dirigentes políticos franceses, Laborde abandonó Bayona y, reacio a hacerlo en Versalles, como le habían sugerido, se instaló en París. Y al poco tiempo, sustituyó en el empleo de banquero de la Corte a Jean de Pâris de Montmartel, padrino de madame de Pompadour y titular del cargo durante lustros. Sin embargo, ahí no culminó su andadura.

Varios reveses diplomáticos y bélicos precipitaron el relevo del hasta entonces principal responsable de la política exterior de Francia, el cardenal Bernis. Su sucesor, el duque de Choiseul, encontró en Laborde uno de los pilares básicos de su labor. La sintonía entre ambos, que desembocó en una estrecha amistad, facilitó el ingreso del jacetano en el círculo íntimo de Luis XV y su elección como recaudador general de impuestos (fermier général).

El 9 de septiembre de 1760, se desposó en Bruselas con Rosalie Claire de Nettine, trece años menor. El padre de la novia, Mathias de Nettine, había sido el banquero más relevante de los Países Bajos austriacos; esto es, de gran parte de la actual Bélgica, que tras varios siglos bajo la tutela del rey de España había pasado a depender de las autoridades de Viena en 1714, al concluir la Guerra de Sucesión Española. Cuando Mathias de Nettine falleció en 1749, el negocio familiar pasó a ser regido, con mano de hierro, por su esposa, Barbe Stoupy. Con ese matrimonio se unían dos de las mayores fortunas de Europa y, como pretendía Choiseul, más que probable Celestina, se apuntalaba la alianza entre Francia y Austria.

Pero la estrecha relación entre ambos países no florecería en los campos de batalla. Pese al sostén económico de Laborde, la pericia como estratega del monarca prusiano Federico II el Grande tenía en continuo jaque a las tropas francesas y austriacas. Centroeuropa se vio arrasada (como revela Barry Lyndon, la película filmada por Kubrick). Y otro tanto sucedió en lejanos escenarios, como la India o Filipinas, donde se combatía con saña y los ingleses solían salir victoriosos.

Mientras, el Norte de América era sacudido por matanzas no menos pavorosas que las que asolaban el Viejo Continente. Aun cuando las tribus indígenas, salvo las de lengua iroquesa, se aliaron con los colonos y expedicionarios franceses, los británicos acabaron por imponer su ley (también hay películas sobre el tema, en particular las que recrean el final del último de los mohicanos, según la novela de James F. Cooper). Todo ello obligó a una Francia exhausta a buscar la paz en condiciones muy desfavorables. Y con la firma del Tratado de París perdió muchas de sus posesiones en América y Asia.

El descalabro no minó en exceso la posición privilegiada de Laborde. En 1764, sólo un año después del fin de las hostilidades, adquirió a poco más de 100 km de París el castillo de La Ferté-Vidame, hogar hasta su fallecimiento del duque de Saint-Simon, célebre por sus Memorias y por su amistad con Montesquieu, a quien acostumbraba a alojar en su mansión.

Decidido a hacer del lugar una morada regia, demolió la vetusta fortaleza medieval y encargó la construcción de un nuevo palacio a uno de los arquitectos de moda en Francia, Antoine Mathieu Le Carpentier. Al darse por concluidas las obras, en 1771, en el centro de la finca, cuya extensión se multiplicó con la compra de señoríos vecinos, se levantaba una majestuosa construcción de aire clásico, repartida en varios cuerpos escalonados y rodeada de versallescos jardines, estanques, pabellones, establos, granjas… La inversión ascendió a la colosal cifra de 14 millones de libras.

Ni la caída en desgracia de Choiseul ni el fallecimiento de Luis XV, en 1774, alejaron a Laborde de la gloria social. En su suntuosa residencia de La Ferté-Vidame recibió con asiduidad a ilustres visitantes. Por ella pasó, por ejemplo, el hermano de la reina María Antonieta, el futuro José II de Austria, el gran reformador y modernizador del Sacro Imperio Germánico, enfrentado a la Iglesia y a la nobleza.

Su fortuna se incrementó con la compraventa de terrenos e inmuebles, sobre todo en París, y con la especulación financiera. Aconsejó en sus inversiones a una heterogénea clientela compuesta por reyes, nobles y burgueses adinerados, en la que no faltaron destacados integrantes de la Ilustración. Ente estos últimos figuró Voltaire (moriría inmensamente rico), con quien llegó a tener bastante complicidad, hasta el punto de intercambiar cartas en las que el jacetano desvelaba confidencias referidas a su matrimonio (dichoso, parece ser, pues calificaba a su esposa de “templo de la virtud” y “su mejor amigo”).

En 1780, Laborde costeó la campaña militar de Jean-Baptiste-Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau, a la que se incorporaron los voluntarios del marqués de La Fayette en apoyo de la insurrección de las colonias británicas en el Norte de América. Los combatientes franceses, cuyo número triplicó al de los locales, se unieron al ejército de George Washington (equipado y avituallado por el diplomático español Francisco de Saavedra) y juntos batieron a los ingleses en Yorktown, un encuentro calificado por algunos historiadores como “la batalla que cambió el curso de la historia”. Tras la derrota, sumada a la que unos meses antes habían sufrido en Pensacola a manos del gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez (cuyo retrato, en homenaje, cuelga de las paredes del Capitolio), los vencidos se vieron obligados a iniciar unas conversaciones de paz que culminarían con el reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos de América, en 1783.


Ese mismo año, seducido por los vastos bosques que rodeaban la edificación principal, magníficos para la caza, el rey Luis XVI se encaprichó del castillo de Rambouillet, propiedad de su primo, Luis Juan María de Borbón, duque de Penthièvre. A cambio de su cesión, éste solicitó La Ferté-Vidame para su familia. No pudiendo negar nada al monarca, Laborde se vio obligado a vender su residencia por una simbólica cantidad. Sólo pudo retener para sí los muebles y objetos de arte que el duque de Penthièvre desdeñó (todo el lugar sería devastado unos años después, durante la Revolución Francesa, y todavía hoy continúa en ruinas).

No era prudente enemistarse con tan egregios personajes y, además, como todo el mundo en Francia, conocía la historia de Nicolas Fouquet, el otrora todopoderoso intendente de finanzas de Luis XIV. Su palacio de Vaux-le-Vicomte alcanzó tal majestuosidad que desató los celos del soberano, quien sospechó que tanto fasto podía tener su germen en la apropiación de fondos públicos. Fouquet fue arrestado por el capitán de la guardia real (llamado, por cierto, d’Artagnan) y, tras un tormentoso proceso judicial, “desapareció para siempre”, sin dejar huella, en las cárceles reales.

Laborde encajó el revés con entereza. Y unos meses después de ser privado de tan preciada posesión, se trasladó a Méréville. Aunque ya había cumplido los sesenta años, no se desalentó y decidió levantar otra morada elísea. Para ello, contrató a François-Joseph Bélanger, arquitecto de la Corte con marcado apego por la Antigüedad, así como a escultores, ebanistas y dos renombrados pintores, Claude-Joseph Vernet y Hubert Robert, paisajistas formados en Italia, consagrados por sus cuadros de ruinas romanas.

Junto a ellos, un ejército de 700 obreros especializados trabajaría durante diez años para dar vida a un extraordinario “jardín inglés”, trufado de idílicos elementos propios de la naturaleza salvaje (pequeñas cascadas, grutas, roquedales, riachuelos, serpenteantes caminos,…), que evocaban en Laborde el Pirineo de su infancia. Un oasis, según el escritor romántico François-René de Chateaubriand, que lo recorrió maravillado. El jardín reunió numerosas especies vegetales importadas y aclimatadas al lugar (sirvió de vivero a muchos otros jardines de Francia), pues Laborde, hombre del Siglo de las Luces, estaba interesado por la botánica, el progreso científico y los descubrimientos.

Ese interés por el conocimiento fue la base en la educación de sus hijos, dos de los cuales, Édouard y Ange Auguste, se embarcaron en la expedición dirigida por el conde de La Pérouse al océano Pacífico. Los navíos que la componían levaron anclas en agosto de 1785 con objetivos científicos, económicos y políticos. Exploraron las costas de América y Asia, Australia y varios archipiélagos de Oceanía. A su paso por Alaska, en la bahía de Lituya, Édouard y Ange Auguste murieron de forma heroica al tratar de salvar a unos compañeros arrastrados por la corriente (la expedición al completo desaparecería en el mar meses más tarde; hasta 2005 no se identificaron sus restos, hallados en las islas Salomón).

En su honor, en una pequeña isla en el corazón de un lago de los jardines de Méréville, fue erigida una gran columna rostral, un monumento conmemorativo propio de Grecia y Roma. Y en sus cercanías y de acuerdo, asimismo, a patrones del arte de la Antigüedad, fueron edificados un cenotafio (tumba vacía) para preservar la memoria del navegante inglés James Cook, uno de los primeros europeos en aventurarse por las aguas del Pacífico, y el Templo de la Piedad Filial, presidido por un busto de su hija menor, Nathalie, tallado por Augustin Pajou (en los últimos años del siglo XIX, todas esas construcciones fueron trasladadas al Parc de Jeurre, en el municipio de Morigny-Champigny, próximo a París; mientras el busto de Nathalie fue a parar al Louvre).


Alejado ya del ojo del huracán, Méréville se convirtió en refugio ideal para el sereno atardecer de Juan José Laborde. Luis XVI le concedió el título de marqués de Méréville, que desestimó utilizar de forma oficial y que se sumó al que Luis XV le había otorgado de marqués de Laborde. Su vida giró alrededor de sus jardines, el apoyo a sus hijos y sus dádivas. Todos los años donaba 24.000 libras para los pobres y en 1788 sufragó la construcción de cuatro grandes hospitales en París.

Su voluntario retiro propició que durante las primeras sacudidas de la Revolución Francesa los insurrectos no le prestaran atención. Pero el 7 de noviembre de 1793 fue arrestado y recluido en el parisiense palacio de Luxemburgo, acusado de haber ayudado al duque de Orleáns a trasladar su colección de arte a Inglaterra, es decir, a evadir capitales al extranjero. Un tribunal revolucionario presidido por Louis Antoine Léon de Saint-Just, apodado el “arcángel del terror”, lo condenó a muerte el 18 de abril de 1794 (el 29 germinal del año II) y ese mismo día, en la plaza de la Concordia, la cabeza del jacetano, separada de su cuerpo por la inclemente guillotina, acabó en un cesto. Tenía setenta años.

Sobrevivieron a su padre tres hijos, ya que, además, de los ahogados en Alaska, en 1792 había fallecido Pauline, casada con Jean-François de Pérusse, primer duque d'Escars o des Cars.

El primogénito, François, heredó sus títulos y su afición por las finanzas. Ingresó en la Marina y combatió en la Guerra de Independencia Americana. Miembro de los Estados Generales, participó en el famoso Juramento del Juego de Pelota, génesis de la primera Constitución de la República Francesa. Más tarde, se exilió en Londres (en realidad, había sido él quien orquestó el traslado de capitales y obras de arte del duque de Orleáns a Inglaterra), donde falleció soltero en 1802. La benjamina, Nathalie, estuvo casada con Charles de Noailles, duque de Mouchy, y fue una de las numerosas amantes de Chateaubriand.

El más ilustre y longevo de sus hijos fue Alexandre de Laborde, viajero, escritor, historiador y político. De joven tuvo relaciones amorosas con un personaje clave en la Revolución Francesa, Teresa Cabarrús (precipitó la caída de Robespierre y fue amiga inseparable de Josefina Beauharnais, la esposa de Napoleón), hija también de una franco-aragonesa y de Francisco Cabarrús, ministro de finanzas de Carlos III y creador del Banco de España. Pero la relación no llegó a buen puerto por la oposición de sus respectivos progenitores.

Alexandre de Laborde visitó con mucha asiduidad España, el país de procedencia de su padre, en misiones diplomáticas o a la cabeza de un equipo de artistas y eruditos que plasmó sus impresiones en varios libros, muy cotizados (si bien hay quien opina que, en realidad, su objetivo era el del espionaje, para preparar la inminente invasión de las tropas napoleónicas). De su paso por Aragón, dejó constancia en varios grabados. Los dedicados a Zaragoza tienen un valor especial, pues aportan detalles sobre algunas construcciones, como el monasterio de Santa Engracia, que poco después de ser llevadas al papel fueron arruinadas durante los Sitios.


Para saber más:
- DURAND, Yves: "Mémoires de Jean-Joseph de Laborde, banquier de la cour et fermier général", en Bulletin de la Société d'Histoire de France, 1968-69.
- ORMESSON, François d' y THOMAS, Jean-Pierre: Jean-Joseph de Laborde: banquier de Louis XV, mécène des Lumières, París, Perrin, 2002.
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